Go On

“The next right thing will come to you.
Let it. Just be ready.”

Seguir adelante. No había título mejor para la nueva comedia de Matthew Perry. El hombre no consigue triunfar desde Friends pero sigue intentándolo y esta vez parece que va por el buen camino. En Go On interpreta a Ryan King, un locutor deportivo que acaba de enviudar y que se apunta a un grupo de terapia para superar la pérdida.

Daría para un dramón, sí, pero Matthew Perry apuesta por el optimismo (su anterior proyecto se titulaba Mr Sunshine, nada menos) y sus guionistas le dan la vuelta a la tortilla. La serie no va de pérdidas sino de ganancias. Abrazar el presente, darte cuenta de lo que tienes, de lo que puedes hacer, aceptar a las personas que te rodean tal como son, con todos esos detalles que las hacen únicas.

Únicos son, sin duda, los secundarios, un reparto extenso para una sit-com. Están la lesbiana viuda, la latina egocéntrica, el ciego, el acoplado, la loca de los gatos… pero hay más, como por ejemplo los compañeros de radio. Sinceramente, no recuerdo el nombre de ninguno. Son graciosos en su justa medida. Sirven todos de cojín, de contrarréplica para que Matthew Perry se luzca. Él es la estrella del show.

Empiezas a verla sin brújula, qué me están contando, pero capítulo a capítulo les coges cariño a todos. A Ryan King sobre todo. Es una comedia extraña, porque a veces te emociona (las visitas fantasmales de la esposa, por ejemplo), no siempre ríes tanto como esperabas, pero sigues viéndola porque así es la vida. Una sorpresa tras otra.

Girls

No ha sido un verano de series. Las series llegarán pronto, con las nuevas temporadas de todas las que sigo. Pero todo el mundo hablaba de Girls, esa serie sobre cuatro chicas con pretensiones hipsters que intentan sobrevivir en Nueva York. Me surgió la oportunidad de verla bien acompañado y como es lógico la aproveché.

Y de eso va esta serie, creo. De aprovechar las oportunidades cuando surgen. No es que las cuatro chicas lo hagan siempre; al contrario, a menudo huyen de aquello que podría hacerlas felices, no saben manejarlo. Pero viéndolas a ellas equivocarse, aprendes tú a caminar recto y con paso firme. Valentía para cruzar cada semáforo.

Girls es un poco Sexo en Nueva York con veinteañeras que no pueden comprarse ropa porque bastante trabajo tienen con buscar trabajo. Eso sí, van estupendas siempre, viven en pisazos salidos de un catálogo IKEA, gastan lo que no está escrito en condones y, por supuesto, van de fiesta en fiesta (en cada capítulo hay un evento, una presentación, un cumpleaños). Ser joven en Nueva York es eso.

Les coges cariño. A ellas y a sus novios, a sus amantes, a sus ligues, a sus follamigos con posibilidades de ser algo más. Les coges cariño porque querrías abrazarlas, que abrieran los ojos. Los abres tú, al menos. Bien acompañado y con una selección musical estupenda, ¿cómo no vas a sobrevivir? Gracias, chicas. Más, por favor.

2 Broke Girls

Todo es posible. Ése parece ser el mensaje de esta serie. Puede que sea un mensaje ingenuo, pero también me parece necesario, y muy de agradecer en una parrilla televisiva que tiende a la destrucción y el desánimo, como si la única opción fuera el Apocalipsis. Estas chicas opinan lo contrario: adelante, podemos conseguirlo.

Y más diferentes no podrían ser Max y Caroline, pero forman el mejor equipo. Una tiene el talento, la otra, la ambición. Los conocimientos económicos de quien hasta ahora estaba rodeada de dinero y la dureza de quien tuvo que sobrevivir cada día, combinados, fundan un incipiente negocio de repostería: Max’s Homemade Cupcakes.

Sólo les falta reunir 250.000 dólares. Para ello, además de trabajar en una hamburguesería, aceptarán todo tipo de encargos y trabajos basura. Es bonito ver cómo una tira de la otra. Siempre habrá días menos buenos, por eso es importante rodearte de gente que te hace sonreír, que te sube p’arriba cuando no tienes fuerzas. Alguien que te haga sentir invencible y que por tanto te invite a arriesgarte día a día.

2 Broke Girls va de comedia picante, casi todos los chistes son graciosísimos dobles sentidos sexuales, pero ante todo trata del poder del optimismo, la visualización, el hambre. Los sueños de dos chicas, cumpliéndose poco a poco. Todavía no se lo creen del todo, pero sabes que llegarán a comerse el mundo.

Me gusta que cada capítulo termine con el recuento de lo que llevan ahorrado. Incluso cuando la cantidad disminuye a causa de algún gasto imprevisto, sientes que Max y Caroline están algo más cerca de conseguir su sueño. Dar pasos, largos o cortos pero pasos siempre, tomar con una sonrisa todos los desvíos que surjan hasta que llegues a buen puerto. Dijiste que podíamos, y podemos.

Gracias, Glee

De pequeño me apunté a clases de teatro. Tenía 10 años, acababa de llegar a ese colegio y pensé que gracias a aquella actividad extraescolar conocería a gente afín con la que sentirme un poco más ubicado. La primera tarde esperé y esperé, y no llegó nadie, ni siquiera el profesor. Habían cancelado el taller porque sólo yo estaba apuntado. No consideraron oportuno avisarme. Casualidad o no, desde entonces me encerré en mí mismo, en mis lecturas.

Comprendí que estaba solo. Tendría que sobrevivir por mi cuenta, soportar las burlas como quien limpia el barro de los pantalones después de un día lluvioso. Empecé a escribir porque eso lo hacía para mí, era mi refugio. Qué distintas habrían sido las cosas si alguien más se hubiera apuntado a teatro. Quizá ahora seríamos actores. Pero estoy orgulloso del camino recorrido. Primero tuve que ser un chico introvertido para acabar convirtiéndome en alguien capaz de dar saltos.

Glee es irreal, un cuento de hadas pop, exagerado, entrañable. El Edén de los desubicados. Es esa clase de teatro que te gustaría haber tenido, ese lugar en el que podrás ser tú mismo. Y reinterpretarte, redescubrirte. Porque no eres quien te dicen que eres, un poca-cosa al que lanzar batidos, eres esa persona que deslumbra en un escenario. Subes y cantas los temas pop que te gustan y lo haces con un vozarrón y algún día te enamorarás y llegarás a Broadway y te aplaudirán. No mereces menos.

Sí, me gusta Glee. Me gusta que reinvente el sueño americano en su vertiente más Disney y marica. Seas gordo, gay, judía, paralítico, bailarín cuando los demás cantan, maniática compulsiva, negra, libanesa, pobre, estés embarazada, pretendas combinar el futbol con el canto, pienses que nadie te va a querer jamás, creas en los unicornios, prefieras las mujeres mayores o tu imagen en el espejo… En el instituto McKinley hay un pequeño auditorio donde otros te escuchan. Y cantan contigo.

No hay serie de televisión que haya hecho más por la normalización ni (más importante) por dar cobijo. Que te sientas acompañado, que sonrías cada semana, canción a canción. Saber que en alguna parte hay más desubicados como tú y que acabarás conociéndoles. En la adolescencia esto parece una quimera. It gets better, todo es posible, pero mientras tanto ven con nosotros.

Para mí Glee termina aquí. Yo ya sé lo que me esperaba después del instituto. Sé que hay vida. Pero me alegro de que para otros la serie siga adelante. Deseo que gracias a Glee se atrevan a cantar, se apunten a teatro, escriban, arriesguen, se acuesten con quien de verdad les gusta (y siempre hay alguien que de verdad nos gusta). Ser uno mismo, siempre y en abierto: no existe otra forma de sobrevivir. Después de muchos tumbos, al final todos llegamos a nuestro Nueva York particular.

Adiós, Mujeres Desesperadas

“Even the most desperate life is oh so wonderful.”

Parece un sitio perfecto para vivir. Su nombre sale flotando de la boca de la agente inmobiliaria como el humo de una taza de café: Wisteria Lane. Con sus casitas de colores pastel, todas bien alineadas a lado y lado de una calle por la que apenas pasan coches. Quieres vivir ahí, entre vecinos que te saludarán desde la distancia cuando saquen al perro, jardines con el césped perfectamente cortado, periódicos que se repartirán solos y pan recién hecho siempre en el horno.

Wisteria Lane, sí. Ese lugar ideal para esconder secretos o compartirlos. Correrás de buena mañana, organizarás una partida de póker con tus amigas, montarás un grupo de música o un restaurante italiano, conocerás al hombre de tu vida mientras te quedas desnuda fuera de casa, obsequiarás con tus propias madalenas a los nuevos vecinos. Porque todo es posible en esa zona residencial. Todo, incluso volver a empezar. De eso trataba Mujeres Desesperadas, en definitiva: de nuevas oportunidades. Las que damos y las que nos dan. Las que encontramos por el camino, las que sudamos por conseguir.

Muchas personas volvieron a empezar allí, pero sobre todo lo hicieron sus mejores vecinas: Susan, Lynette, Gabrielle y Bree. Una y otra vez, siempre levantaron cabeza cuando todo se les había ido de las manos, confiaron en las manos amigas y las sonrisas de desconocidos, aprendieron a amar bien y a volver a enamorarse, descubrieron sus vocaciones, se ayudaron unas a otras. Anoche las despedí para siempre. Cuesta creer que ya no me reiré con las torpezas de Susan, ya no sentiré cariño por la sonrisa impertérrita de Bree, ya no sufriré con la incapacidad de Lynette por pasar página, ya no me quejaré de la superficialidad de Gabrielle. Tampoco aplaudiré ya con las frases tajantes de Reneé o Edie, ni lloraré más con Karen McCluskey.

Desde Lost no esperaba tanto el final de una serie. Lo de esperar es un decir porque con las series pasa como con los buenos libros: de repente te das cuenta de que quedan 3 capítulos para el final y las ganas de conocer el desenlace se mezclan con la tristeza prematura. Tendrás que despedirte de esos personajes con los que has vivido tanto. Las audiencias, los contratos, el desgaste: factores externos que conducen a esa despedida. Y querrías demorarlo, pero ahí está la fecha en la app con el calendario de series. Afortunadamente, al igual que el de Lost, el final de Desperate Housewives estuvo a la altura. Se volvió a la comedia de las primeras temporadas, se cerraron todas las historias importantes, hubo de todo y más (juicio, boda, parto, muerte…), el sabor a despedida se mezcló con el de celebración.

Echas la vista atrás y te entra vértigo al comprobar cuánto han cambiado ellas cuatro, ya no sólo físicamente: han crecido, y no es que fueran unas niñas cuando empezaron. De todo se aprende, todo te moldea, y al final tiene sentido. Incluso la vida más desesperada es maravillosa, nos recuerda Mary Alice. Disfrutemos, pues, volviendo a empezar tras cada caída, siempre encontraremos una casa en las afueras y alguien con quien compartirla. Gracias, mujeres desesperadas.