Ogai Mori – El ganso salvaje

No sé si será gracias al Book Journal que me autorregalé en Navidad, pero llevo un mes en el que no dejo de devorar libros. Siempre digo que desde que tengo la librería, leo menos que nunca; increíble pero cierto. Y aún así, me las apaño para recomendar títulos (y acertar a menudo). Ahora, quizá será por la chorrada de que me hace ilusión completar la ficha de los libros que leo, pero por fin he retomado un buen ritmo de lectura. Desde cuentas pendientes como «Un mundo feliz» o «La isla del tesoro» a apuestas personales como este «El ganso salvaje» que hoy voy a comentar, de Ogai Mori (autor japonés de principios del siglo XX que personalmente desconocía).

El libro es nada más y nada menos que la disección de una oportunidad perdida. Qué se esconde detrás de un hombre y una mujer que se enamoran a través de una ventana pero nunca llegan a conocerse. Dos personas a quienes la vida, tan casualmente como los juntó, los separa. No estoy soltando spoilers, ojo: esta oportunidad perdida es el eje de toda la narración.

Conocemos la historia a través de un personaje externo, un mero espectador que se limita a aportar objetivamente toda la información que ha llegado a sus oídos a lo largo de los años. No hay lugar para sentimentalismos ni drama, que es lo primero que podríamos pensar al leer la sinopsis. El testigo nos habla de las vidas de esas dos personas (y de la gente que los rodea), nos describe su día a día, su rutina y sus pequeñas miserias, nos desgrana cómo un cúmulo de casualidades une y separa a ese estudiante a punto de graduarse y a esa mujer, amante forzosa de un usurero.

De una sencilla imagen (una mirada cómplice en un Japón donde las apariencias y los roles establecidos lo son todo), acaba surgiendo un estudio desapasionado (pero no por ello menos conmovedor) sobre las pasiones humanas y sobre cómo nos enfrentamos a la necesidad de sentirnos menos solos: mientras unos están dispuestos incluso a pagar por un amor fingido, otros nunca se atreverán a decir un simple «Hola».

No negaré que el libro me ha impactado muchísimo. En cierto modo, es la cara negativa de una de mis películas favoritas, «Antes de amanecer» donde los dos protagonistas, tras tener un flechazo en el tren, sí se atreven a conocerse aunque sólo sea durante unas horas.

Bret Easton Ellis – Suites Imperiales

Bret Easton Ellis me parece un escritor fascinante. Más allá de las polémicas que siempre lo han acompañado (especialmente, por culpa del libro destroyer «American Psycho»), es un autor que se ha creado un mundo propio al que te arrastra para que convivas con una serie de personajes que se relacionan entre ellos de una novela a otra, todos antipáticos, nihilistas y al borde de la autodestrucción, pero no por ello menos atractivos o carismáticos: al contrario, los adoras. Su estilo es de frases glaciales y una minuciosidad quirúrgica que asusta y hace reír a partes iguales. No hay piedad en sus palabras: Easton Ellis desnuda el alma humana y la coloca ante un espejo despiadado.

Después de la joya que fue «Glamorama» y el bueno pero mejorable «Lunar Park», tenía ganas de ver con qué nos sorprendía esta vez. Así que este verano, en cuanto vi «Imperial Bedrooms»en la FNAC poco antes de irme a Chicago, no me resistí al impulso de comprarlo. Era el primer libro de Easton Ellis que disfrutaba en inglés, y su estilo gana tanto que, ya en Chicago, me compré «American Psycho» también en inglés, para volver a descubrirlo (de hecho, es como un libro totalmente distinto).

«Imperial Bedrooms» (Suites Imperiales en su traducción al español) es una especie de segunda parte de «Menos que cero», el libro con el que debutó a principios de los 80. Los mismos personajes, pero 30 años después, y flirteando con la realidad (mencionan, por ejemplo, que se hicieron un libro y una película sobre ellos, lo cual es cierto). Pero no se conforma con ser una secuela: en realidad es un «grandes éxitos» de toda la obra de Easton Ellis, ya que incluye elementos de todos sus libros: el ambiente de famoseo de «Glamorama», los momentos escabrosos de «American Psycho», la atmósfera de peligro inminente de «Lunar Park», etc.

Es un libro melancólico, muy triste y emotivo, lo cual puede chocar en un autor así (aunque «Lunar Park» ya tenía trozos que te dejaban con la lágrima asomando, no en vano era parcialmente autobiográfico), pero se entiende mejor al leer su biografía: en la última década han muerto su padre y su novio. Es lógico que estas vivencias hayan afectado a su narrativa.

«Suites Imperiales» nos habla de vidas malgastadas, de gente encallada en un día a día que detestan pero del que no saben (o no quieren) salir, de los engaños y las vías de escape que buscamos ante la rutina que nos asfixia… Todas las páginas están impregnadas con el aroma del final de una época. Lees este cóctel de sexo, drogas, desesperación, violencia, paranoia y apartamentos tan amplios como vacíos con la sensación de que algo termina.

Esta vez, Easton Ellis se reserva las escenas más truculentas para el final, y lo cierto es que están narradas con desgana. Un aburrimiento seguramente intencionado, como si el autor quisiera despedirse de la violencia y la polémica pero fuera muy consciente de que, para bien o para mal, forman parte de su éxito.

En definitiva: un libro sorprendente, muy emotivo, muy crepuscular, que se disfruta más si conoces los libros anteriores del autor pero que en caso contrario, te servirá perfectamente como toma de contacto con su peculiar estilo.

Lo malo es que ahora toca esperar otros 5 años hasta su próxima maravilla.

Las adaptaciones infumables

Creo que se pueden contar con los dedos de una mano los casos de buenos libros adaptados al cine que han dado como fruto una buena película. De hecho, ahora mismo sólo recuerdo dos casos: «Parque Jurásico» (los dinosaurios impresionaban más en movimiento que por escrito) y  «Drácula» de Coppola, que supo adornarlo con una estética barroca rayando en el vídeoclip, una música fascinante y una necesaria relectura de la historia original: Drácula ya no era el villano insaciable, sino la víctima de un amor inmortal.

Aún así, siempre es preferible leer el libro original, que siempre alcanzará una profundidad, una capacidad de evocación y una conexión con el lector imposible de igualar por el cine, por muy bueno que sea. Y ya digo que «Parque Jurásico» o «Drácula» son excepciones, porque lo más habitual son bodrios que resumen media docena de capítulo, o se quedan con la superfície, o intentan ser tan fieles (sin entender que el cine y la literatura son lenguajes distintos) que acaban por ser un coñazo.

Es un tema que me duele especialmente como librero, porque libro que adaptan al cine, libro que se deja de vender. Es algo matemático. Ya sea «El Perfume», «La carretera» o los bestsellers de Dan Brown, libros con un buen ritmo de ventas, sabes que tendrás que devolverlos en cuanto estrenen la película. Supongo que ante tal panorama, la gente lo último que quiere es «perder el tiempo» leyendo una historia que ya se han encargado de destrozarles. Y les dará igual que les recomiendes el libro, que les prometas que es bueno… No lo querrán.

Por si fuera poco, las editoriales reeditan los libros con el póster de la película como portada. Una atrocidad  que intento evitar: los devuelvo y los vuelvo a pedir, hasta que me traen un ejemplar con la portada «normal».

La semana pasada estrenaron en Venecia «Tokio Blues», adaptación del libro más famoso de Haruki Murakami. Dicen que es peor que mala. Quiero creer que aún así, sus libros seguirán vendiéndose y que su prestigio no se quebrantará a la primera de cambio.

Pero me duele más el caso de «La soledad de los números primos». Para mí, el mejor libro de la última década. Ya hice mi crítica en el blog. Una joya que no me canso de recomendar y que soy feliz sabiendo que gusta. Desde mi hermano hasta los mejores clientes de la librería lo han leído y disfrutado. Ahora lo está leyendo mi novio y me encanta verle pasar sus páginas tendido en mi cama.

El caso es que la adaptación debe ser tan mala, que la rueda de prensa fue un despropósito. El director tuvo que pedir disculpas por el producto final y asegurar que el problema era que el texto original era demasiado complicado de llevar al cine. ¡Pues no haberlo hecho!

Noticia original sobre el pase de «La soledad…» en el Festival de Venecia con declaraciones como éstas: «A mí no se me da bien escribir diálogos», «Era dificilísimo captar la sutileza de la novela».

Oscar Wilde – El retrato de Dorian Gray

Tengo muchos libros favoritos: «El día que murió Marilyn» (Terenci Moix), «Glamourama» (Bret Easton Ellis), «La historia interminable» (Michael Ende), «It» (Stephen King), «Drácula» (Bram Stoker), «Parque Jurásico» (Michael Crichton), etc. Pero si hay uno que destaca por encima de todos los demás, es «El retrato de Dorian Gray», la única novela del genial Oscar Wilde.

Lo habré leído un porrón de veces, y con cada relectura me parece un libro más apasionante, más actual. La obsesión por la belleza, por la juventud, por lo superficial; las dobles vidas; las miserias de la deslumbrante alta sociedad; vender tu alma por un placer efímero; el atractivo irremediable de la autodestrucción; el arte, la muerte, la soledad. Wilde trata muchos temas en su obra, y los trata todos con una demoledora pero acertadísima ironía.

Las palabras de Wilde nos desnudan a todos, parece que él conoce el alma humana mejor que nadie y nos retrata sin piedad (pero con arte, al menos). Cada uno de los personajes que habitan en la novela representa una forma distinta de entender la vida. Sus diálogos son memorables, cada frase es digna de ser subrayada. Wilde no se casa con nadie, y creo que en parte, por eso fascina tanto este libro, y toda la obra de este escritor en general. La suya es una literatura atemporal. En la librería, disfruto al comprobar que es de los pocos autores clásicos que sigue vendiéndose a un buen ritmo.

No es de extrañar que la crítica lo despreciase en su época: «El retrato de Dorian Gray» huye de los convencionalismos, tanto su puesta en escena como su mensaje eran demasiado modernos para la era victoriana; de hecho, siguen siéndolo. En sus obras de teatro, camufló las críticas bajo una capa de comedia: la gente aplaudía, se reía de sí misma de una forma aparentemente amable. En sus relatos (magníficos), recurría a estilos más convencionales como los cuentos de hadas o el terror gótico. Pero esta novela es implacable.

Es, además, un libro profético, trágico. Por un lado, es imposible no ver los paralelismos entre Dorian Gray y el hombre que, años después, sería amante de Wilde: Alfred Douglas. Ironías de la vida, ya que cuando escribió el libro no se conocían; creo que los tres protagonistas masculinos eran desdoblamientos del propio Wilde: su forma de entender la vida y el arte, sus fantasías, sus temores, lo que le gustaría ser… Por otra parte, varios pasajes del libro se utilizaron durante el juicio contra Wilde que acabaría llevándole a la cárcel, para demostrar su homosexualidad. El escritor no se cansó de repetir que no se puede condenar a alguien por lo que escribe. Fue en vano.

Me daba rabia no haber encontrado nunca una edición perfecta del libro. La primera vez que lo leí, fue en catalán; una traducción horripilante («letters» como «letras», «library» como «librería», etc). Luego heredé de mi abuela unas Obras Completas de los años 50… una traducción puritana, demasiado correcta, muy de la época. Y así fui saltando de una versión a otra: portadas horribles, ediciones que no hacían justicia a libro. Hasta que esta semana di con una edición espectacular por parte de Galaxia Gutemberg y he decidido autorregalármela por mi cumpleaños.

Tapa dura, enorme (casi del tamaño de un DIN A4), rebosante de ilustraciones contemporáneas inspiradas en el libro (he seleccionado algunas para amenizar la entrada de hoy), papel de alta calidad, portada elegante… Y la traducción es buenísima, también. Una obra de arte. Cuesta un pastón, pero ha merecido la pena.

Próxima misión: encontrar una buena edición en inglés.

No hay libros morales o inmorales. Los libros están bien escritos o mal escritos. Eso es todo. (Oscar Wilde, en el prefacio del libro.)

PD: El domingo iré a ver la película, nueva adaptación del libro. Tiemblo sólo de pensarlo y, sin embargo, tengo mucha ganas de verla.

Paolo Giordano – La soledad de los números primos

Este Sant Jordi, Enric me regaló dos libros. Como siempre le cuesta elegir uno para mí (como librero que soy, él sabe que libro que quiero, libro que cojo), esta vez el que más quería («Henders») me lo compré yo mismo y a él le di un montón de libros que me apetecían, para que de entre todos ellos eligiera uno y así fuera relativamente sorpresa. Y me sorprendió con sus dos elecciones: «Un mundo feliz» (que siempre he querido leer, este tipo de ciencia ficción con futuros distópicos me encanta) y «La solitud dels nombres primers».

Mi historia con este último libro es curiosa. Salió el año pasado, en Marzo, cuando yo ya empezaba a preparar los pedidos de ese Sant Jordi. No conocía el libro (es imposible seguir la pista ante la contínua avalancha de novedades), me lo presentó un comercial y me pareció interesante, así que lo pedí. En Italia había arrasado en crítica y público y la historia prometía. Un chico y una chica solitarios, condenados a encontrarse y desencontrarse a lo largo de su vida.

Al principio, nadie le hacía mucho caso. Ahí estaba, en el escaparate, solo y acumulando el polvo de los coches. Cogí un ejemplar para mí, y empecé a leerlo en casa. Tuve tiempo de leer apenas tres o cuatro capítulos (que me entusiasmaron), porque de repente la gente se interesó por él, nos quedamos sin ejemplares en la tienda y la primera tirada estaba agotada, así que bajé el libro otra vez a la tienda para tener alguno que vender. Al final en Sant Jordi recibimos muchos más y vendió bien, aunque quedó a la sombra de Millenium y otros libros más mediáticos. Una lástima.

Recuerdo que una de las chicas que lo compró fue por recomendación mía. Ella quería un libro para regalar a su exmarido, con el que deseaba reconciliarse a pesar de los problemas que habían tenido (infidelidades por parte de ella y demás). Y mi intuición me llevó a recomendarle éste. Ahora mismo no sé si hice bien. En el fondo, sospecho que sí. No creo que se reconciliasen, pero el libro era el adecuado.

Desde entonces, otras lecturas se han cruzado en mi camino y en todo un año no he podido retomar el libro. Así que cuando Enric me lo regaló hace una semana, sentí que el círculo se había cerrado. Lo volví a empezar lentamente, poco a poco me fui enganchando, y entre ayer y hoy me he leído las últimas 150 páginas.

A lo largo de mi vida, habido muchos libros que me han gustado, bastantes que me han entusiasmado, y sólo unos cuantos de los que no me desprendería jamás. Pero en realidad, muy pocos me han agarrado el corazón, estremeciéndome con esa dulce congoja página tras página, cada frase un nuevo pinchazo que podrías haber escrito tú pero no lo has hecho, cada palabra una botella que alguien te manda desde su propio abismo. Libros con los que conectas porque te conocen y hablan de ti, de tus miedos e inseguridades, de tus sueños, de tu futuro y de tu pasado. Libros que sabes que revisitarás a lo largo de los años y siempre te provocarán la emoción de un nuevo primer amor que no acabó bien.

Hoy, «La soledad de los números primos» pasa a engrosar esta pequeña lista, en las que hay libros como «El día que murió Marilyn» de Terenci Moix, «Nunca me abandones» de Kazuo Ishiguro y «Crónica del pájaro que da cuerda al mundo» de Haruki Murakami. Se lo recomiendo a cualquiera que haya conocido la soledad. Que se haya enfrentado a ella con miedo, sabiendo al mismo tiempo que es imposible (e inútil) escapar de ella, que a menudo esa soledad es un refugio que nos construimos como mecanismo de autodefensa, un refugio de espinas que acariciamos con cariño. A cualquiera que no quiera o no sepa hacer con su vida lo que hay que hacer, lo que se espera que uno haga. A cualquiera que sepa que se puede estar solo en compañía, y que eso no es necesariamente algo malo. A cualquiera que sepa que la persona de tu vida no es necesariamente la persona con la que tienes que compartirla.

Con un estilo casi clínico, que sugiere más que describe, a través de sus gestos y de lo que no dicen, vamos conociendo a estos dos inadaptados (o mejor dicho: adaptados a su propio mundo), les vemos crecer y aprender a vivir (o intentarlo, al menos). Hay escenas durísimas (la de la cena y el baño, por ejemplo); no es un libro que recomiende a todo el mundo, porque no a todos les gusta sentir el corazón en un puño, no todos entenderán la humana torpeza de estas dos personas que chocan una y otra vez con los muros de su propia angustia. Pero para quién sepa apreciarlo, esta sensación de comprender a Mattia y Alice será espléndida.

Y sólo puedo darle las gracias a Paolo Giordano por haber escrito esta pequeña maravilla. Espero con ansias su siguiente obra.