Paolo Giordano – La soledad de los números primos

Este Sant Jordi, Enric me regaló dos libros. Como siempre le cuesta elegir uno para mí (como librero que soy, él sabe que libro que quiero, libro que cojo), esta vez el que más quería (“Henders”) me lo compré yo mismo y a él le di un montón de libros que me apetecían, para que de entre todos ellos eligiera uno y así fuera relativamente sorpresa. Y me sorprendió con sus dos elecciones: “Un mundo feliz” (que siempre he querido leer, este tipo de ciencia ficción con futuros distópicos me encanta) y “La solitud dels nombres primers”.

Mi historia con este último libro es curiosa. Salió el año pasado, en Marzo, cuando yo ya empezaba a preparar los pedidos de ese Sant Jordi. No conocía el libro (es imposible seguir la pista ante la contínua avalancha de novedades), me lo presentó un comercial y me pareció interesante, así que lo pedí. En Italia había arrasado en crítica y público y la historia prometía. Un chico y una chica solitarios, condenados a encontrarse y desencontrarse a lo largo de su vida.

Al principio, nadie le hacía mucho caso. Ahí estaba, en el escaparate, solo y acumulando el polvo de los coches. Cogí un ejemplar para mí, y empecé a leerlo en casa. Tuve tiempo de leer apenas tres o cuatro capítulos (que me entusiasmaron), porque de repente la gente se interesó por él, nos quedamos sin ejemplares en la tienda y la primera tirada estaba agotada, así que bajé el libro otra vez a la tienda para tener alguno que vender. Al final en Sant Jordi recibimos muchos más y vendió bien, aunque quedó a la sombra de Millenium y otros libros más mediáticos. Una lástima.

Recuerdo que una de las chicas que lo compró fue por recomendación mía. Ella quería un libro para regalar a su exmarido, con el que deseaba reconciliarse a pesar de los problemas que habían tenido (infidelidades por parte de ella y demás). Y mi intuición me llevó a recomendarle éste. Ahora mismo no sé si hice bien. En el fondo, sospecho que sí. No creo que se reconciliasen, pero el libro era el adecuado.

Desde entonces, otras lecturas se han cruzado en mi camino y en todo un año no he podido retomar el libro. Así que cuando Enric me lo regaló hace una semana, sentí que el círculo se había cerrado. Lo volví a empezar lentamente, poco a poco me fui enganchando, y entre ayer y hoy me he leído las últimas 150 páginas.

A lo largo de mi vida, habido muchos libros que me han gustado, bastantes que me han entusiasmado, y sólo unos cuantos de los que no me desprendería jamás. Pero en realidad, muy pocos me han agarrado el corazón, estremeciéndome con esa dulce congoja página tras página, cada frase un nuevo pinchazo que podrías haber escrito tú pero no lo has hecho, cada palabra una botella que alguien te manda desde su propio abismo. Libros con los que conectas porque te conocen y hablan de ti, de tus miedos e inseguridades, de tus sueños, de tu futuro y de tu pasado. Libros que sabes que revisitarás a lo largo de los años y siempre te provocarán la emoción de un nuevo primer amor que no acabó bien.

Hoy, “La soledad de los números primos” pasa a engrosar esta pequeña lista, en las que hay libros como “El día que murió Marilyn” de Terenci Moix, “Nunca me abandones” de Kazuo Ishiguro y “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” de Haruki Murakami. Se lo recomiendo a cualquiera que haya conocido la soledad. Que se haya enfrentado a ella con miedo, sabiendo al mismo tiempo que es imposible (e inútil) escapar de ella, que a menudo esa soledad es un refugio que nos construimos como mecanismo de autodefensa, un refugio de espinas que acariciamos con cariño. A cualquiera que no quiera o no sepa hacer con su vida lo que hay que hacer, lo que se espera que uno haga. A cualquiera que sepa que se puede estar solo en compañía, y que eso no es necesariamente algo malo. A cualquiera que sepa que la persona de tu vida no es necesariamente la persona con la que tienes que compartirla.

Con un estilo casi clínico, que sugiere más que describe, a través de sus gestos y de lo que no dicen, vamos conociendo a estos dos inadaptados (o mejor dicho: adaptados a su propio mundo), les vemos crecer y aprender a vivir (o intentarlo, al menos). Hay escenas durísimas (la de la cena y el baño, por ejemplo); no es un libro que recomiende a todo el mundo, porque no a todos les gusta sentir el corazón en un puño, no todos entenderán la humana torpeza de estas dos personas que chocan una y otra vez con los muros de su propia angustia. Pero para quién sepa apreciarlo, esta sensación de comprender a Mattia y Alice será espléndida.

Y sólo puedo darle las gracias a Paolo Giordano por haber escrito esta pequeña maravilla. Espero con ansias su siguiente obra.

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