Adam Soboczynski – El arte de no decir la verdad

Uno debe siempre controlarse para no dejar pasar ninguna oportunidad.



El arte de no decir la verdad viene a ser un cínico recordatorio de que nos pasamos la vida mintiendo, diciendo medias verdades, organizando estratagemas, para que la convivencia sea más fácil, cómoda incluso, sin mostrarnos más vulnerables de la cuenta. Sonreírle a un vecino que no conoces o desearle «Buenos días» a un compañero de trabajo insoportable son sólo dos ejemplos rápidos de esos falsos cojines que utilizamos para desenvolvernos existosamente en la sociedad. Si siempre dijéramos todo lo que de verdad cruza por nuestras cabezas, acabaríamos todos de ermitaños en una montaña remota.

Detrás de un título travieso que sin duda llama la atención, se esconde un libro a medio camino entre el recopilatorio de relatos y la autoayuda. No queda muy claro si con este repaso de mentiras universales el autor está realmente defendiendo su postura o dejándola en evidencia. Quizá ambas cosas, como diciéndonos: actuar así no está bien, lo sabemos, pero es inevitable, la única salida airosa en el mundo actual. Porque lo cierto es que existe una gran diferencia entre el dejarse llevar por todos esos engaños que nos inculcan desde pequeños y el ser capaces de utilizar estas armas a nuestro favor, sin perder por el camino la conciencia de quienes somos.

No sólo de mentir va la cosa: controlar los arrebatos, rechazar a las personas enamoradas, parecer auténtico (pero nunca parecer perfecto), ser capaz de disculparse, seducir y embaucar, inspirar confianza, cambiar de opinión, no hacerse nunca pesado, hacerse el ofendido, vestirse con habilidad… Muchos y muy variados son los temas que el autor trata a lo largo de los 33 capítulos del libro. Siempre, con la intención de ayudarnos a socializar y triunfar sin dejar de ser nosotros mismos, pero con escudos.

El mayor acierto del libro es que las vidas de estos personajes que mienten están entrelazadas: relato a relato, acabas conociendo todas las caras de la historia, las mentiras de uno afectan el porvenir de otro que también ha mentido. No hay víctimas, no hay verdugos tampoco. Con el mosaico completo, te das cuenta de que, efectivamente, sin esas armas, sin perfeccionar eso que el autor llama «el arte del fingimiento», estarías en clara desventaja.

Tan irónico y mordaz como útil, este libro es imprescindible. Os puedo asegurar que funciona. Conviene tenerlo en la mesilla de noche. Y estar preparados, eso sí, para guardarlo rápidamente en el cajón cuando vengan visitas, no vaya a ser que descubran vuestros trucos. Ésta es una de las críticas que más me ha costado escribir, es un libro difícil de explicar y aún más de asimilar. Ya lo decía antes: lo más curioso es que, a la hora de la verdad, el libro no te está instando a ser falso, sino a sacarle todo el partido a quién eres de verdad; eso sí: dosificándolo y sin exponerte ni quedarte indefenso. Parece contradictorio pero no lo es, hay que leerlo para comprenderlo. Y precisamente, descubriremos que mucho de lo que Adam explica ya llevabámos tiempo haciéndolo por pura intuición, si bien no con tanto garbo. Siempre hay lugar para la mejora.

Nos pasamos la vida actuando, teniendo que actuar, para expresar deseos, pensamientos y anhelos que en realidad ¡son fingidos! Y todo para tratar a los demás con delicadeza, para que en el futuro no nos perjudiquen y para tomar ventaja frente a nuestros competidores. Para ello, nos servimos del cuerpo y del lenguaje, frágiles herramientas que ponen al descubierto que desde que nos asomamos al mundo, una grieta nos recorre; que estamos escindidos en un interior espiritual y un exterior corpóreo; que queremos ser auténticos y, como mucho, lo parecemos. Nunca somos del todo nosotros mismos.

There where the air is free, we’ll be what we want to be

Hubiera dado el mundo por haber tenido valor para decir la verdad, para vivir la verdad. (Oscar Wilde)

Llevo días retrasando una entrada con mi reseña del libro «El arte de no decir la verdad». La tenía reservada para hoy, en plan crítica cáustica a ciertos aspectos del a menudo superficial mundo gay. Pero no me parecía justo. Así que prefiero homenajear a todas las personas que han luchado, trabajado o simplemente aportado su granito de arena para que hoy, en efecto, podamos disfrutar de todos los derechos que tenemos, gozar de un legado cultural envidiable y caminar con la cabeza bien alta. De ellos, y de muchos otros, sí estoy orgulloso. Estos son algunos de mis ídolos paganos. Como se suele decir en estos casos, no están todos los que son, pero sí son todos lo que están.

Hubo otros tiempos donde el amor entre dos hombres era aceptado con más o menos normalidad, incluso (o sobre todo) entre los más poderosos. Tenemos, por ejemplo, al Emperador Adriano: humanista, pacifista (prefería consolidar fronteras que expandirlas), apasionado y divulgador de la cultura helenística, promotor de la cultura en general, precursor de la multiculturalidad, viajero incansable… Su gran amor fue el efebo Antinoo; tras su muerte, lo deificó y fundó en Egipto una ciudad en su honor: Antinópolis. Eran otros tiempos, desde luego; entonces se comprendía que el amor tiene otros nombres (si bien no para las mujeres, que todavía no tenían derecho al placer). Tampoco me olvido de Alejandro y Hefestión, de Aquiles y Patroclo, de los filósofos griegos, de otros emperadores… Precursores nuestros, todos ellos.

Cabe dar gracias también a todos los artistas que a lo largo de la historia han representado sin pudor la belleza del cuerpo masculino. Deleitándonos la vista, estoy convencido de que también han contribuído a que haya más visibilidad, menos puritanismo. Miguel Ángel, Leonardo, los escultores de la Grecia y la Roma clásicas, y tantos otros. Me parece absolutamente transgresor que en su época, Miguel Ángel erigiera una estatua como el David, que más allá de su inspiración bíblica, es un canto al ideal de belleza masculina.

En tiempos donde parece que los militares gays sólo existen en las películas porno y aún colean los efectos de la campaña «Don’t ask, don’t tell», es gracioso recordar que hubo tiempos en los que las castas guerreras no sólo aceptaban sino que incluso incentivaban el amor homosexual entre sus guerreros. Se entendía que estas relaciones entre dos soldados incrementaban la fidelidad, el entusiasmo y el coraje de las tropas, y por ello existían rigídas normas de conducta. Ocurrió así en sitios tan dispares como la Grecia clásica o el Japón de los samuráis.

Desafiar las leyes y la hipocresía de su época le acabó costando la salud al pionero Oscar Wilde, que murió a consecuencia de las inclemencias por las que pasó en la cárcel. Mientras les hizo reír exponiéndoles sus miserias, la alta sociedad le permitió ser excéntrico, tener sus caprichos e incluso pasearse del brazo con su amante Bosie. Pero cuando se atrevió a denunciar a uno de «los suyos», la sociedad bienpensante se vengó con furia. Resulta muy inspirador leer sus discursos durante los juicios, pero sobre todo nunca me cansaré de recomendar toda su obra: ya sean sus bellos relatos, sus cínicas obras de teatro, sus poemas o su única novela, la eterna El Retrato de Dorian Gray, eterna porque además de estar muy bien escrita, su temática sigue teniendo vigencia máxima.

Más suerte tuvo Terenci Moix, que ni siquiera durante el franquismo escondió su homosexualidad: ni en las entrevistas ni, desde luego, en su obra. Se estrenó con La torre de los vicios capitales (si bien algunos relatos no superaron la censura), siguió con un título tan marica como El día que murió Marilyn, pronto llegó Mundo Macho… Lo suyo nunca fue la militancia, sino la normalidad. Escribía sobre lo que sentía, lo que amaba, lo que deseaba, lo que pensaba. Y quizá por eso siempre gozó del apoyo y el cariño del público, de la crítica y de todos los sectores, incluso de la derecha. Por encima de todo lo demás, en la prosa de Terenci aprecias su sinceridad absoluta. Sinceridad a menudo desgarradora, como en No digas que fue un sueño y su secuela El sueño de Alejandría, pero también en obras presuntamente petardas como Garras de astracán. Recomiendo especialmente sus tres volúmenes de memorias, claves para entender un personaje tan especial. Gracias por todo lo que me has aportado y enseñado, Terenci. No es casualidad que mi nick en internet sea Lleonard Pler, en honor del protagonista de uno de tus mejores libros, El sexo de los ángeles.

Freddie Mercury era muy tímido pero lo compensaba con sus dotes de estrella sobre el escenario. A pesar de la discreción con la que siempre llevó su vida privada, es indubable que su muerte contribuyó a sensibilizar al mundo sobre la tragedia del SIDA. Pero prefiero quedarme con sus gestos teatrales y su excentricidad, con su voz potente: cantando, actuando, Freddie Mercury te invitaba a ser tú mismo. Bien conocido es todo el repertorio de Queen, pero hoy también quiero destacar la calidad de su carrera en solitario: sólo nos dejó dos discos y varios singles dispersos, pero todos ellos son más que recomendables. Podéis empezar a conocerlo con el reciente recopilatorio Lover of Life, Singer of Songs (precioso título, por cierto: qué bonito que te recuerden así).

Tampoco quiero olvidarme de David Bowie, que sin ser gay, sí ha abierto mentes coqueteando con la bisexualidad y la androginia. Lo suyo siempre ha sido la transformación constante: en looks, en sonidos, pero siempre imponiendo su personalidad apabullante. Con sus personajes, su estética revolucionaria y sus temas, él también ha sido una pieza clave de la transgresión de ser uno mismo. Un auténtico Rebel, Rebel, sin duda. Sin él no existirían Madonna, Marilyn Manson, Lady Gaga ni muchos otros.

Y no puedo dejar de hablar de Pet Shop Boys. Mucho antes de que, a principios de los noventa, el cantante Neil Tennant saliera del armario, ya nos habían dejado numerosos vídeos e himnos donde la homosexualidad estaba presente de forma más o menos obvia: Opportunities, West End girls, It’s a sin, Domino dancing, Being boring, Was it worth it?, Go West… Sus letras siempre se han destacado por la normalidad. Si te gustan los hombres, ¿por qué deberías cantar sobre otra cosa? Lo de cantarles a chicas inexistentes se lo dejan a otros. Por tanto, su arte es así no para vender más sino por coherencia con ellos mismos. La hipocresía de la gente hizo que a partir de la salida del armario se les criticase por lo mismo que ya llevaban años haciendo y que en cierto modo se los marginase por ello, pero Pet Shop Boys no han cambiado. Pocas formaciones pueden presumir de 25 años de buena música, buenos vídeos y buenos conciertos, todo presentado con el envoltorio del buen gusto. Imprescindibles.

Y por supuesto, no quiero despedirme sin dar las gracias a todos los hombres y mujeres que han luchado -y siguen luchando- en épocas y lugares donde ser uno mismo podía o puede implicar la muerte. Es gracias a ellos que hoy en día tenemos los derechos que merecíamos, es gracias a su lucha que podemos caminar orgullosamente y sin miedo, ir de la mano en público, incluso casarnos. Somos afortunados porque gracias a ellos hoy, aquí, ser gay y ser persona ya no es un sueño.

I want to know everything, maybe someday I will

Empezar por el primer capítulo. Parece la forma más sensata de ponerse a escribir una novela. Primero escribes el primer capítulo, después el segundo, y entonces el tercero, y así hasta llegar al final. Con este método, sólo he conseguido escribir una miríada de novelas incompletas, historias a medio nacer y personajes sin un futuro claro. Coitus interruptus literarios, y no hay nada más frustrante.

Como sea que una de mis metas antes de cumplir 30 años es terminar como mínimo uno de estos manuscritos, opté por encontrar un nuevo método de escritura, algo que me desbloquease la mente y me permitiera llegar a buen puerto. Con esa intención, retomé el proyecto que más me ilusiona hoy por hoy. Prefiero no mencionar su título real todavía pero el nombre del documento Word es «Máscaras».

Siempre pensé que era una novela tristísima sobre un futuro sin futuro. Leídas con perspectiva, las páginas que ya tenía escritas me revelaron la semilla de una historia optimista que siempre estuvo ahí. Un personaje luchando no sólo por su felicidad sino también la de quienes le rodean. La larga travesía que te lleva de la negación a la aceptación, de la densa oscuridad a la luz empalagosa.

Así que fui valiente y escribí el último capítulo del libro. Le di a Klaus todo lo que quería, o mejor dicho, sólo lo que necesitaba. Le descubrí ese futuro que le esperaba en la última página, ése que se merecía. Y entonces fluyeron todas las ideas, todas las opciones, todas las páginas que quedaban por escribir antes de llegar allí. Ahora sólo queda ir rebobinando: primero el último capítulo, luego el penúltimo, después el antepenúltimo, y así hasta volver llegar al primero. Es curioso, pero me resulta mucho más fácil escribir de esta manera.

Cuando no conoces el final que quieres, es muy tentador o incluso inevitable acabar perdido en el bosque, dando brazadas inútiles en el océano mientras te hundes poco a poco. Sólo conociendo de antemano la meta -su aspecto, su posición exacta- serás capaz de explorar todas las posibilidades sin desviarte de tu rumbo. Mi meta no es otra que la felicidad. La de Klaus (el protagonista de la novela) y la mía. Una felicidad autónoma, si se puede expresar así; una felicidad que dependa única y exclusivamente de uno mismo. Klaus ya ha llegado a ella, ahora sólo me queda acabar de dibujar el camino que tuvo que recorrer hasta llegar a ese escenario helado lleno de promesas.

Mathias Enard – Habladles de batallas, de reyes y elefantes

Los puentes son cosas hermosas, siempre que permanezcan. Todo es perecedero. Eres capaz de tender una pasarela de piedra, pero no sabes abandonarte a los brazos que te esperan.

Hacía tiempo que no me sumergía en una librería tranquilamente: explorar sus mesas, deambular entre sus estantes, hojear los libros que ya conozco, dejarme sorprender por nuevos títulos y llamativas portadas… Sentir ese canto de sirena del próximo libro que deberás leer. Y así ocurrió con este Habladles de batallas, de reyes y elefantes. En cuanto lo vi en la mesa, al ladito de Pigmeo, lo nuevo de Chuck Palahniuk (autor que me encanta pero que últimamente me provoca cierta pereza), supe que este libro de Mathias Enard sería mi próxima lectura. No fallaba nada: buen título, buena portada, buena sinopsis y evocadoras frases iniciales: «La noche no conduce al día. Arde en él.»

Nos pasamos la vida construyendo puentes. Algunos seguirán en pie después de muchos años, otros se derrumbarán demasiado pronto. Construimos puentes de una orilla a otra; puentes entre culturas y religiones, entre pueblos; puentes para entendernos, para ayudar a un amigo; puentes hacia un nuevo amor; puentes hacia el pasado, para acariciar los recuerdos; puentes entre una página en blanco y una página escrita, dibujada, abocetada. Puentes que no siempre nos atreveremos a cruzar, a pesar de la satisfacción que sabemos que nos daría llegar a la otra orilla y volver la vista atrás. Admirar cuánto hemos caminado, aprendido.

Habladles de batallas, de reyes y elefantes nos habla de todo lo que enumera el título, claro, pero también del diseño de un puente con el que Miguel Ángel intentará unir las dos orillas de Constantinopla, aún sabiendo que Leonardo Da Vinci fracasó antes que él. Mezclando historia y ficción, Mathias Enard teje una bellísima historia donde sus breves capítulos son casi poemas en prosa. No hay una palabra fuera de lugar, todas están escogidas y colocadas con el mayor de los mimos. Sientes en tu piel la fascinación de Miguel Ángel por ese ambiente desconocido, esa Constantinopla esplendorosa, llena de luz y de rincones oscuros en los que dar rienda suelta a los instintos.

Página a página, asistimos a un canto sobre el amor y el deseo: amor y deseo por las personas, por los cuerpos, por las ciudades, por las culturas, por la música, por todo lo nuevo y todo lo antiguo… Amor también por la creación: buena parte de la novela consiste en la lucha de Miguel Ángel por derrotar a la página en blanco. ¿A quién no le gustaría espiar al artista mientras busca la inspiración? Aquí podemos hacerlo.

Cierras el libro como cuando te despides de un gran amor. En el estómago, una emoción extraña: mezcla de alegría por lo vivido y nostalgia por esos dedos que no volverán a rozarse. Sólo cabe darle las gracias a Mathias Enard por construir para nosotros este delicado puente hacia una historia que, como las mejores historias, quizá nunca ocurrió. Carne de museo.

Nada nos pertenece. Encontraremos la belleza en terribles batallas, el coraje en la cobardía de los hombres, todo entrará en la leyenda.

Niccolò Ammaniti – Que empiece la fiesta

Adoraba el hambre y odiaba el apetito. El apetito es la expresión de un mundo ahíto y satisfecho, dispuesto a rendirse.

Creo que ya he comentado alguna vez que soy bastante difícil a la hora de que me regalen un libro: si me gusta, es muy probable que ya lo tenga. Además, reconozco que quizá peco de ser demasiado esnob para leer según qué cosas. Con el cine y la música soy menos exigente, no así con los libros: leo para vivir. Mi amigo Álvaro me pilló perfectamente el punto sorprendiéndome con este libro de un autor italiano que desconocía pero de quien, después de esta lectura, me voy a hacer con sus anteriores libros. Regalazo doble, pues: un buen libro y un nuevo autor en mi vida.

Álvaro no lo sabía pero me fascinan los libros protagonizados por hombres guapos y exitosos, tan crápulas como magnéticos e inteligentes. Si ya además son escritores, gloria (es el caso de uno de mis libros favoritos: «El sexo de los ángeles» de Terenci Moix). Y todo ello se cumple en «Que empiece la fiesta», protagonizada por el escritor Fabrizio Ciba: famoso, promiscuo, con miedo de tener sentimientos reales porque teme que dejaría de amar a los personajes de sus libros, creído, con un talento natural para el engaño… Una joya. Quieres odiarle y tienes la certeza de que te enamorarías de alguien así, de sus ojos y su aura prefabricada de artista torturado.

Lo que empieza como una novelita muy distraída en torno a la preparación y el desarrollo de «la fiesta del siglo», acaba siendo una crítica feroz a una sociedad adormilada, que desfila de fiesta en fiesta, demasiado ocupada mirándose al ombligo entre risas como para acordarse de lo más importante: vivir. Picotean en vez de comer porque hoy en día comer -comer de verdad- está mal visto aunque te mueras de ganas de hacerlo. Hay protocolos inquebrantables y acuerdos tácitos que respetar. Los vistosos manjares que preparamos son sólo para admirarlos desde la distancia y tocarlos con la punta de los dedos, para socializar hablando de ellos, pero nunca para servirte el pedazo que te apetece, y repetir si hace falta.

Todos los personajes están tan hartos de sus vidas y tan necesitados de atención que quieren morir siendo mártires: prefieren ser recordados por un sacrificio inútil que por una vida plena. El tramo final del libro, con su inesperado guiño a «Jurassic Park», es tan salvaje que ni en las catacumbas se está a salvo. La carcajada intrascendente de los capítulos anteriores muere congelada en los labios. El hombre se cree un depredador intocable pero, por mucha fiesta y mucha opulencia con que lo adorne, siempre encontrará a un depredador mucho más poderoso y hábil que él. Al final a todos nos espera la misma muerte.

¿Hay lugar para la redención, para una segunda oportunidad, para un pedazo de esa felicidad que queremos devorar? Por supuesto. Depende de nosotros decir «no» y salir de ese círculo. Coger las riendas. Deberíamos apostar por un individualismo que nos mejore como personas y, por extensión, como sociedad.

En definitiva: gran toma de contacto con Niccolò Ammaniti, que a ratos me recordaba a los momentos más divertidos de Bret Easton Ellis. Repetiré, sin duda.

Vamos, salgamos de aquí, el mundo verdadero nos espera.