Haruki Murakami – De qué hablo cuando hablo de correr

Superarse a uno mismo o perder: no hay más opciones.

Segunda lectura de este libro de Haruki Murakami. Ya lo leí en su día, y me gustó, pero estaba convencido de que ahora sería cuando podría extraerle toda la sustancia. Entonces todavía no confiaba en seguir mis instintos. Me conformaba con el día a día. Y no escribía. Es curioso que últimamente haya tantas entradas en mi blog que tengan que ver con caminos, avanzar, correr. Causalidades.

De qué hablo cuando hablo de correr es una especie de memorias de Murakami. Todas las memorias que podría escribir alguien tan reservado como este escritor japonés, que apenas concede entrevistas o se deja fotografiar. Pero en este caso sí quiso compartir con sus lectores su experiencia tras más de 25 años entrenándose para correr maratones, y cómo este afán de superación y autoexigencia le han moldeado como persona pero también como escritor.

Dice que escribe igual que corre. Dedicándole cada día una cantidad de horas, sin pensar en nada más, el objetivo fijo en el punto de mira, hasta que se siente con ganas de continuar un ratito más… y entonces para. Guarda esas energías para el día siguiente, así le resultará más fácil retomar el hilo. Leyendo este libro queda claro que Murakami no es conformista. Impresiona especialmente el capítulo dedicado a la maratón de 100 kilómetros. La dureza de la prueba y la fuerza de voluntad del escritor se enfrentan en un duelo titánico del que afortunadamente podemos ser testigos gracias a este libro.

Recomendadísimo a todos aquellos que quieran lograr sus objetivos.

«No soy un humano. Soy una pura máquina. Y, como tal, no tengo que sentir nada. Simplemente, avanzo.» Repetí estas frases en mi cabeza una y otra vez como si fueran un mantra. Las repetí maquinalmente, en el sentido más literal del término. Y me esforcé en aislarme y en reducir todo lo posible el mundo que percibía en esos momentos. Lo único que yo veía eran, a lo sumo, los tres metros de terreno que tenía por delante. Más allá no había nada. Mi mundo se acababa en esos tres metros. No necesitaba pensar en lo que habría tras ellos. El cielo, el viento, la hierba, las vacas paciendo, el público, las voces de ánimo, el lago, las novelas, la verdad, el pasado, la memoria…, todas esas cosas nada tenían que ver conmigo. Llevar mis pasos tres metros hacia delante: ése era el único sentido de mi humilde existencia en tanto que ser humano, mejor dicho, en tanto que máquina.

Vicente Haya – El espacio interior del haiku

«El laberinto tranquiliza nuestras ansias de estar avanzando
pero en el fondo nos deja atados al lugar.»

Así, aquí, ahora. Los haikus son chispazos. Son ese momento en el que algo perfectamente normal te deja maravillado y con la boca abierta de par en par. Son dejar atrás lo aprendido y lo prejuzgado para confiar ahora en tus sentidos, en tu intuición, en lo que percibes directamente. De Vicente Haya ya recomendé hace un tiempo Haiku-dô, libro en el que desplegaba una selección de haikus nada fáciles de traducir. El espacio interior del haiku es anterior pero comparte su filosofía: ahondar en qué hace a un haiku ser un haiku.

Vicente Haya acierta en sus métodos para que sientas muy cercana un tipo de poesía que a menudo parece demasiado críptica (tres líneas no deberían dar para mucho, piensas). Él desmenuza no tanto el significado como el valor de las imágenes con que los poetas decidieron capturar un instante. El mero impacto de la imagen por encima de los adjetivos con que la adornaríamos. Y te invita a coger la pluma tú mismo: ver y escribir. Poema a poema, te da las claves para hacerlo.

En este libro no sólo lees poemas contundentes (escritos por haijins de todas las épocas: clásicos como Issô, Buson o Bashô, pero también gente anónima); además, conoces mejor la peculiar sensibilidad de Japón. Pero sobre todo, das un golpe de timón a la forma de recorrer y apreciar tu día a día. Después de leer un buen libro de haikus, sales a la calle con otra mirada: el mundo parece más fresco. Más lleno. Es una experiencia que recomiendo a cualquiera que quiera romper la rutina, convertir los días grises en otra cosa.

La iniciación en el haiku puede resultar decepcionante para algunos. Porque van a notar cómo paulatinamente sustituyen el sabor edulcorado de las cosas, que es a lo que estamos acostumbrados, por el auténtico sabor del mundo: mariposa, comida, silencio, ruido… No estamos acostumbrados al sabor de las cosas; lo que paladeamos del mundo es lo que nosotros mismos le añadimos para poder asimilarlo.

Mientras me reñían
por haber cogido el girasol,
yo miraba la flor

Ah, la luna con su halo de niebla…
Esa noche me quité los pantalones
a golpe de piernas

Así es la alondra:
una voz que cae en picado
y, cuando la busco, nada

Ryuichi Sakamoto – La música os hará libres

Antes de este libro, no conocía a Ryuichi Sakamoto todo lo que me gustaría, básicamente canciones sueltas, sobre todo de bandas sonoras, como por ejemplo Forbidden Colours de la película Feliz Navidad, Mr. Lawrence. Pero sabía que con ese título tan potente, La música os hará libres, no podía fallarme. 270 páginas para disfrutar de todas las vivencias y reflexiones que comparte con sus lectores un hombre único.

Y lo de único no lo digo gratuitamente. No es fácil encontrar a un hombre tan independiente, tan templado y apasionado a la vez, tan agradable, tan culto, tan ajeno a las modas (aunque consciente de ellas), tan intuitivo.   El adjetivo «interesante» a menudo se sobreutiliza para al final no decir nada, pero a Ryuichi Sakamoto esa definición le sienta como un guante. Es un tipo interesante. Alguien con quien te gustaría tomarte un café tranquilamente, intercambiar opiniones, y sobre todo escucharle. Da gusto leerle, así que escucharle ya debe ser el orgasmo.

Sakamoto repasa aquí sesenta años de vida, salta de un episodio a otro, y no siempre con conexiones lógicas. Sucesos importantes los resume en dos líneas y otros en apariencia menores los disecciona con intensidad a lo largo de varias páginas. Pero precisamente esa sinceridad a la hora de abordar todas las cosas que cuenta (un padre que no le miró a los ojos hasta que fue adolescente, una chica que se suicidó, las revueltas estudiantiles de los años 70, los atentados del 11-S…) dice mucho de él. Habla de lo que le interesa, y de lo que aprendió y sintió en cada episodio. No da lecciones, sólo comparte: «me pasó esto y pensé esto otro».

Sakamoto habla, por supuesto, de sus influencias musicales a lo largo de los años. De cómo descubrió los acordes de novena gracias a los Beatles y a Debussy, sin ir más lejos. De su obsesión por mezclar pop y música clásica y vanguardia. Pero también habla de sus influencias personales, sobre todo de hombres y el impacto que produjeron en su vida. Sorprende oírle hablar con tanta naturalidad de la belleza masculina y de cómo se enamoró de algunos de esos hombres, los describe con más detalle que a sus novias y esposas.

Al pensar en cualquier artista, es tentador pensar en talento innato. Sakamoto le da la vuelta a la tortilla: el músico y la estrella pop en que se convirtió fue un cúmulo de casualidades y de decisiones no siempre conscientes. De crecerse en las dificultades, porque él no las ve como retos o limitaciones sino como una oportunidad para mejorar. De eso trata La música os hará libres, de un hombre inconformista buscándose siempre a sí mismo, saltando de prueba en prueba y de error en error para encontrar su lugar en el mundo. Echar la vista atrás y descubrir el camino que te ha traído hasta donde estás ahora.

Esta autobiografía es accesible para todo tipo de públicos, conozcan o no al músico, porque consta de capítulos muy breves que agilizan la lectura, y el lenguaje, incluso cuando Sakamoto se mete a hablar de aspectos más técnicos, es sencillo (que no simple).  En definitiva: una lectura amena, instructiva y más que recomendable. Si os gustan las personas que desprenden un magnetismo único, no dudéis en echarle un vistazo al libro.

Vivía haciendo solo lo que me gustaba. Era una vida de color de rosa. Por supuesto, escuchaba música, leía libros, y también fue la época de mi vida en la que vi más películas. Y salí por primera vez con una chica, y fui a manifestaciones y asambleas. Hacía constantemente novillos en el instituto, pero, no sé por qué, me parecía que estaba muy ajetreado.

Starting today I’m not gonna waste another moment

Vértigo: Sensación de inseguridad y miedo
a precipitarse desde una altura.

Estar encerrado en casa curándote de un gripazo te da tiempo de sobras para pensar. Y no todo es pensar en cosas buenas, claro. Pero piensas por ejemplo en todos esos días que terminan y no sabes qué decir de ellos. Como si aún tuvieras 15 años y sólo pudieras hablar de los chicos que vas conociendo y no del recuerdo de la planta que parecía una palmera, la viste en un balcón, con sus hojas camuflándose en una pared verde, un pedazo del Caribe en Barcelona. Quizá esos días vacíos no tuviste tiempo para pensar. Ahora sí. Y la vida es eso: detenerse a pensar, detenerse a observar. Detenerse como método para avanzar.

Han sido días curiosos. Medio grogui por la medicación, no me apetecía leer, ni ver series o películas, apenas escuchaba música y no escribía tanto como quería (pero escribía: eso es inamovible). Todo lo que me llena, aplazado. Suerte de José Luis Sampedro, esos 10 minutos oyéndole hablar en la televisión me alimentaron el alma como un buen caldo caliente. Yo ni siquiera podía hablar, porque estaba afónico. Me dio por pensar que así deben sentirse los monjes zen en su templo solitario en lo alto de una montaña, acompañados sólo por los sonidos del bosque y las gotas de luz. Así debe sentirse también el protagonista de mi novela en cierto momento extremo al que le hago llegar y que dio pie a uno de los títulos provisionales del libro: El vértigo.
¡Genial! En las entrevistas, ya no tendré que decir «todo es autobiográfico excepto ese momento concreto», ahora podré decir que todo lo he vivido.

Y es que si la vida se basa en experiencias, la literatura no podría ser menos. Creo que cuando un libro tiene alma (la del escritor, que la volcó en sus páginas para que te vieras reflejado en ellas), se nota. Luego están esos libros asépticos que parecen salas de espera de hospital, escritores tímidos que no se dejan ver ni de refilón. Esos no pueden interesarme. Pero no quería hablar de libros. Quería hablar, más concretamente, de una frase que encontré anoche en la solapa de un libro. Era el primero que cogía en 3 días. Acababa de escribirle a una amiga que los cambios dan vértigo pero siempre son a mejor. Y entonces cogí este libro de la editorial Funambulista, que resulta que en las solapas de todos sus títulos, explican el por qué de su nombre. Y lo hacen así:

Quizá el vértigo no sea el problema, sino la solución a la condición humana; fijémonos en el funambulista, que, en palabras de Roger Caillois, «sólo logra su objetivo confiando en el vértigo y no intentando resistirse a él».

Y entonces me acordé del único sitio alto en el que no he sentido vértigo. Precisamente, el edificio más alto en el que he estado, la azotea del Rockefeller Building. No sentía vértigo porque tenía toda Nueva York a mis pies, llevaba apenas un par de horas en la ciudad y quería explorarla entera, zambullirme en sus calles, en cada uno de los rincones que intuía ya desde las alturas. Ahora cerramos Enero, que siempre es un mes de traspaso, y por fin sé que empieza de verdad mi 2012. Con voz, con alma y sobre todo con ambición. Hace un mes dije que todos deberíamos ser principiantes, hoy añado que también debemos ser funambulistas. Hay que sentir el vértigo, confiar en él, y explorar.

Christian Bobin – Autorretrato con radiador

«Lo que parece que empieza, tan sólo continúa.»

Para empezar el año, me regalé un pequeño cuaderno con la idea de utilizarlo de diario. Era del Principito, con él montado en su planeta y la frase «Lo esencial es invisible a los ojos». Y he ido anotando puntualmente mis pensamientos, observaciones, vivencias, dibujos, citas que me he ido encontrando. Pero hay días que llega la noche, te vas a dormir, coges el diario y no sabes qué decir. ¿Acaso no te ha pasado nada ese día? Parece que no. Nada que merezca la pena quedar recogido en el cuaderno, al menos.

«En lo que trata de arruinarnos, crece nuestro tesoro.»

Christian Bobin, en Autorretrato con radiador, me ha dado una lección. Durante un año, se dedicó a escribir sobre flores. Compraba dos ramos por semana, siempre flores distintas, contempló cómo se inclinaban hacia la ventana, cómo se arrugaban, cómo buscaban la vida más allá del florero. Y escribiendo sobre flores, claro, acabó escribiendo también acerca de la ausencia y la compañía, de la búsqueda y el encuentro, de la escritura y la lectura. Pedazos de vida. Todo lo recoge. Compone un autorretrato a partir de las cosas que observa.

«Lo que quiere ser colmado en nosotros
quiere en realidad ser obedecido.»

Es un libro mágico. En cierto momento, el autor asegura que cada libro no es sino el reflejo de su lector (y no de su escritor, como podríamos suponer). Los libros te escuchan, dice. Puede que tenga razón. Y éste lo hace de forma única. Te duele la cabeza y la página siguiente te habla del dolor de cabeza, piensas en canicas y ahí aparecen, rodando por un párrafo precioso, piensas en las nubes y llegan frases nubladas (nubes blancas y nubes negras, según), evocas la infancia y el libro te habla de infancia. ¿Lo has escrito tú? Llegas a pensarlo en más de un momento. Llegas a desearlo.

«Lo que encuentro es mil veces más bello que lo que busco.»

Autorretrato con radiador se trata, en realidad, de un amuleto. Conviene guardarlo cerca y releerlo a menudo, abriendo páginas al azar. A ver qué encuentras. Por ejemplo, citas como las que he repartido por esta entrada. Y otras mejores que sólo verán tus ojos. Atesorarás cada frase como debieron venerar el primer fuego que se encendió en la Prehistoria. Y por el camino, aprenderás a llenar de luz cada día, porque todos los días la tienen. No la busques, tan sólo abre la ventana y contempla la lluvia, las nubes, el sol, los árboles, el muro, los coches, la araña. Todo puede enseñarte a bailar.

«Lo que la lluvia, la nieve y el sol hacen a una acera, agrietándola
y dejando pasar una hierbecilla a través de las grietas,
es lo que a mí me gusta hacer con el papel en blanco.»