Vicente Haya – El espacio interior del haiku

“El laberinto tranquiliza nuestras ansias de estar avanzando
pero en el fondo nos deja atados al lugar.”

Así, aquí, ahora. Los haikus son chispazos. Son ese momento en el que algo perfectamente normal te deja maravillado y con la boca abierta de par en par. Son dejar atrás lo aprendido y lo prejuzgado para confiar ahora en tus sentidos, en tu intuición, en lo que percibes directamente. De Vicente Haya ya recomendé hace un tiempo Haiku-dô, libro en el que desplegaba una selección de haikus nada fáciles de traducir. El espacio interior del haiku es anterior pero comparte su filosofía: ahondar en qué hace a un haiku ser un haiku.

Vicente Haya acierta en sus métodos para que sientas muy cercana un tipo de poesía que a menudo parece demasiado críptica (tres líneas no deberían dar para mucho, piensas). Él desmenuza no tanto el significado como el valor de las imágenes con que los poetas decidieron capturar un instante. El mero impacto de la imagen por encima de los adjetivos con que la adornaríamos. Y te invita a coger la pluma tú mismo: ver y escribir. Poema a poema, te da las claves para hacerlo.

En este libro no sólo lees poemas contundentes (escritos por haijins de todas las épocas: clásicos como Issô, Buson o Bashô, pero también gente anónima); además, conoces mejor la peculiar sensibilidad de Japón. Pero sobre todo, das un golpe de timón a la forma de recorrer y apreciar tu día a día. Después de leer un buen libro de haikus, sales a la calle con otra mirada: el mundo parece más fresco. Más lleno. Es una experiencia que recomiendo a cualquiera que quiera romper la rutina, convertir los días grises en otra cosa.

La iniciación en el haiku puede resultar decepcionante para algunos. Porque van a notar cómo paulatinamente sustituyen el sabor edulcorado de las cosas, que es a lo que estamos acostumbrados, por el auténtico sabor del mundo: mariposa, comida, silencio, ruido… No estamos acostumbrados al sabor de las cosas; lo que paladeamos del mundo es lo que nosotros mismos le añadimos para poder asimilarlo.

Mientras me reñían
por haber cogido el girasol,
yo miraba la flor

Ah, la luna con su halo de niebla…
Esa noche me quité los pantalones
a golpe de piernas

Así es la alondra:
una voz que cae en picado
y, cuando la busco, nada
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