Jeux d’enfants

Vale, lo reconozco. Siempre digo que el amor eterno no existe, pero era porque no había visto esta película, que en España se estrenó como Quiéreme si te atreves. Una historia de amor eterno llevado hasta sus últimas consecuencias. Ni Romeo y Julieta llegaron tan lejos. Gracias una vez más a David por acertar de lleno con sus recomendaciones cinematográficas.

No sé qué tendrá el cine francés que últimamente me gusta tanto. Y Jeux d’enfants no es una excepción. La presencia de Marion Cotillard siempre ayuda, claro, y ya no digamos la de Guillaume Canet, chico todoterreno que tan pronto me enamora en Last Night como me sorprende dirigiendo la monumental Pequeñas mentiras sin importancia.

Ésta es la historia de dos amigos que desde la infancia juegan a desafiarse mútuamente. Todo vale: mearse delante del director, ir en ropa interior a un examen, robarle los pendientes a una chica, decir «no» el día de tu futura boda. ¿Capaz o no? Les preocupan tan poco las consecuencias que nadie puede comprender la gracia de ese juego. Un juego que, ya de adultos, se vuelve demasiado peligroso porque ellos en ningún momento pierden la crueldad de los niños.

El género de la comedia romántica, y ya no sólo comedia (porque en muchos momentos, Jeux d’enfants no pretende hacernos reír): cualquier historia acerca de dos personas que se enamoren, es un tema tan explotadísimo que se agradecen soplos de aire fresco, amoríos extraños y otras formas de narrar. En algunas escenas, esta película puede rallar lo pretencioso. Pero casi siempre, el director Yann Samuell te sorprende: teatrillos en movimiento, sueños que cobran vida, un montaje arriesgado, gente que vuela, efectos especiales aquí y allá para llevar el humor al extremo, planos homenajeando al expresionismo alemán… Los Fesser dirigiendo una película romántica, algo así parece a ratos.

Y algo que me fascinó de veras fue que la mayor parte de la banda sonora conste de diferentes versiones de La Vie En Rose. Versiones de Louis Armstrong, Donna Summer, Zazie, Trio Esperança y, por supuesto, también la original de Edith Piaf. No sé si era ésa la intención, pero al no acompañar la película con la típica selección de canciones bonitas sino elegir una sola, y además tan emblemática, para mí se refleja perfectamente la obsesión casi enfermiza de Julien y Sophie a lo largo del tiempo.

Y nada puede prepararte para ese finalazo. Ya estaba encantado con Jeux d’enfants, pero entonces llegué a sus últimos cinco minutos y tuve que aplaudir. En el cine me habría levantado de la butaca. Artista es el que arriesga, y para acabar así tu película hay que tenerlos muy buen puestos. Será que al final no estaban tan locos, Sophie y Julien. Gracias a todos los que me vais recomendando estas películas únicas. Más, por favor.

Like Crazy

«Patience always pays off.»

Hay días que demuestran la magia de las señales. Son esos días en que por la mañana te da por pensar que todavía no has comprado una silla para ese escritorio en el que pronto tendrás que terminar a ordenador tu novela, y por la noche acabas viendo sin saberlo una película en la que el protagonista se dedica -de todos los oficios del mundo posibles- a diseñar y fabricar sillas.

Like Crazy, sí. Leía ayer la crítica de Fersitu. Me acordé de ver los carteles hace meses y pensar automáticamente que sería una moñada (parejita, playa, noria, puesta de sol: décadas de prejuicios alimentados por Hollywood). Pero tras el texto de mi compañero blogger pensé que no, que Like Crazy me iba a encantar. Él la ponía por las nubes y destacaba sobre todo las actuaciones de los dos protagonistas y la selección musical; coincido con él: son dos de los puntos fuertes.

En la línea de One Day o Restless, te encuentras con un romance distinto contado de forma original, pero muy humana. La prueba de que es una película maravillosa la tienes por ejemplo en todas esas escenas en que los protagonistas no se cruzan ni una palabra, y sin embargo te lo dicen todo. Llenan el silencio, como sólo lo llenamos cuando estamos enamorados. No necesitamos decir nada porque hemos encontrado a quien nos completa. Anton Yelchin y Felicity Jones están encantadores y consiguen transmitirte todo eso gracias a la química entre ellos, claro, pero también gracias a las melodías a piano que los acompañan, gracias a una cámara que los acaricia paseando y bajo las sábanas, y gracias también a un montaje certero, casi de vídeoclip.

Es el propio montaje el que remarca los otros dos protagonistas: la distancia y el tiempo. Nada menos. Y con ellos, los celos, las terceras personas, la absurda burocracia, los momentos en que tirarías la toalla. No hay nada fingido aquí. En una entrevista, decía Drake Doremus, director y guionista de la película, que ésta tiene un fuerte componente autobiográfico. Y se nota. Las emociones salen de la pantalla durante la hora y media que dura. Eso debieron notar en el Festival de Cine de Sundance, donde el año pasado premiaron esta cinta con dos premios: el del Jurado y una mención de Mejor Actriz.

El año pasado me propuse ver sólo películas buenas (o al menos, intentarlo: que intuyera que pueden serlo). Este año me propongo el siguiente paso: ver sólo películas que me hagan sentir, que me transmitan. Que, como Like Crazy, me emocionen con cada detalle: una silla, una mirada, una canción. Quiero decir, El Topo estuvo muy bien, los actores estupendos y la música de Alberto Iglesias acertadísima… pero no me dijo absolutamente nada. Salí del cine tal como había entrado. Y yo no quiero eso, yo quiero terminar de ver una película y saber que esas dos horas me han merecido la pena. Porque para eso veo películas yo, para eso leo, escucho música, contemplo arte: para sentir.

No hablo sólo de «sentir» como sinónimo de llorar con una «película romántica», porque aunque Like Crazy lo sea, la cautivadora Beginners me emocionó como ninguna y en ella el elemento romántico estaba en segundo plano: lo importante era la transformación del personaje de Ewan McGregor a partir del aprendizaje vital de su padre, encarnado por Christopher Plummer (¡Oscar ya!). Sentir como sinónimo de aprender. Cine que me transforme. No es fácil encontrarlo, ya lo sé, pero confiaré en mis instintos, como ayer al leer aquella crítica. Seguiremos intentándolo. Like Crazy.

Rose Murphy – Peek-A-Boo

«Wishing are the dreams we dream when we’re awake»
Viendo The Artist, me quedé prendado de uno de los pocos momentos sonoros de la película: el montaje musical que hacen para mostrar la ascensión a la fama de Peppy Miller. Suena en esa secuencia una canción muy simpática, cantada por una voz muy aguda que pensaba que era la de la propia actriz, Bérénice Bejo. Era justo la voz y el tipo de canción que te imaginabas que cantaría su personaje. Ya en casa indagué y resulta que no, que para la película utilizaron la versión que Rose Murphy grabó en los años 40 de un clásico del jazz, Pennies From Heaven. Acertaron de lleno con la selección, porque sirve de presentación perfecta de ese personaje.

Every time it rains, it rains pennies from heaven
Don’t you know each cloud contains pennies from heaven
You’ll find your fortune’s falling all over the town
Be sure that your umbrella is upside down
Trade them for a package of sunshine and flowers
If you want the things you love, you gotta have showers

Me gusta tantísimo Pennies From Heaven que busqué en Spotify un recopilatorio de Rose Murphy. Hay muchos, y todos tienen un contenido parecido porque su popularidad se concentró durante apenas dos años, 1948 y 1949, y a esa época pertenecen la mayoría de grabaciones. Elegí éste porque me parece el más completo y la portada está diseñada con gusto. La mayoría son versiones de clásicos del jazz a los que Rose Murphy aporta su inimitable estilo.

Oyéndola, no dirías que es la misma señora de la foto. O quizá sí: ¡esa sonrisa! Su estilo no se basa sólo en esa voz aguda, bordeando lo infantil, una especie de Betty Boop negra. También forman parte de Rose Murphy esas onomatopeyas que utiliza (sus famosos chee-chee y brrr-brrr), ese piano que tocaba ella misma con manos ligeras, los cambios improvisados en la letra, la rudimentaria caja de ritmos, y las ocasionales palmadas cuando está disfrutando tanto que tiene hacer eso: dejar todo lo demás y dar palmadas. Y quizá por pasárselo tan, tan bien cantando y tocando no se la considera una de las grandes profesionales del jazz.

La alegría que transmite esta mujer con su música es incomparable. No recomiendo escuchar este recopilatorio entero, puede resultar tan empalagoso como un atracón de cupcakes. Pero es perfecto para ponerlo en modo aleatorio y canturrear durante 3 o 4 canciones. ¿Sabes esos días en que necesitas algo que te contagie alegría? Rose Murphy lo hace como nadie: le canta a las mejores cosas de la vida (The Best Things In Life Are Free), te anima a seguir soñando (Wishing), es tan optimista que le da la vuelta a su paraguas para recoger todo lo bueno que caiga del cielo (la ya mencionada Pennies From Heaven), pasó por cuatro divorcios pero siempre estuvo dispuesta a abrirle los abrazos al amor (I Wanna Be Loved By You, en la versión que sirvió de inspiración para Marilyn Monroe), te la imaginas siempre moviendo las manos de lado a lado con su sonrisa ancha, pletórica (Honeysuckle Rose).

Wishing will make it so
Just keep on wishing and care will go
Dreamers tell us dreams come true
It’s no mistake
And wishes are the dreams we dream 
When we’re awake

Sherlock (Holmes)

«Stop boring me and think. It’s the new sexy.»

¿Cómo se desenvolvería Sherlock Holmes en la era 2.0? En la era de internet, los teléfonos móviles, el terrorismo internacional, los blogs, Twitter… ¿Cambiaría mucho el personaje? Podríamos pensar que sí, pero la serie británica Sherlock, que acaba de estrenar su segunda temporada consigue actualizar el personaje y al mismo tiempo, mantenerse fiel al estilo de las aventuras que Sir Arthur Conan Doyle escribió hace ya más de un siglo.

Cambia que el doctor Watson ahora en vez de publicar libros, abre un blog comentando los casos que resuelve su compañero de piso. Y la tecnología se actualiza, claro, complicando los casos, ahora más vistosos y trepidantes. Son capítulos largos, de más de una hora, pero pasan en un suspiro. Sherlock sigue siendo asocial y rematadamente inteligente, con un humor áspero que no pretende serlo; Watson tiene un punto entrañable que no parecía estar en los libros de Doyle. Hay bromas sobre una relación homosexual entre ambos, claro, pero quedan perfectas en el contexto actual. A destacar el nuevo James Moriarty, toda una reinvención del personaje. Uno estaba harto de ver siempre al mismo tipo de profesor que se mueve entre las sombras. Su presentación en la primera temporada me dejó sin habla.

La serie también es muy imaginativa a la hora de poner en escena el método deductivo de Sherlock Holmes. Textos, gráficos y números se pasean con libertad por la pantalla para indicarnos en qué se fija Sherlock, hay barridos imaginativos en los que la figura de Sherlock borra de la pantalla las personas que le aburren, los mensajes de móvil son carteles en el aire (en vez de un primerísimo primer plano para hacer publicidad del móvil en cuestión: qué diferencia con las series y las películas estadounidenses, qué respeto al producto). Una presentación moderna, a ratos digna de un vídeoclip, pero al mismo tiempo austera y totalmente acorde con el personaje. Y es que en todo momento se nota que la serie está hecha con un mimo absoluto, muy fiel al estilo de las aventuras originales. De hecho, casi todos los capítulos son adaptaciones libres (pero llenas de guiños) de casos famosos del detective.

Qué diferencia con otra revisión reciente del personaje de Sherlock Holmes, las películas de Guy Ritchie. Ver ayer en el cine Sherlock Holmes: A Game of Shadows y hoy el primer capítulo de la segunda temporada de Sherlock impacta, la verdad. Menudo cambio. Si la primera película más o menos funcionaba, sin abusar (demasiado) de la violencia, con el toque justo de humor gamberro y con una ambientación de época muy digna, la nueva película A Game of Shadows descarrila, convirtiéndose en una cinta de acción de un personaje que nos dicen que es Sherlock Holmes (¿nos lo creemos?).

Robert Downey Jr está tan desmadrado, llegando en casi cada escena a la autoparodia, que a ratos piensas si no será el Johnny Depp de Piratas del Caribe disfrazado de inglés victoriano. Jude Law (lo único que echo en falta de la nueva serie inglesa, cómo me gusta este hombre) hace lo que puede para compensar el amaneramiento de Downey Jr, pero lo tiene difícil. Y a todo esto, cuesta creer que Noomi Rapace fuera la Lisbeth Salander de la versión sueca de Los hombres que no amaban a las mujeres, porque de gitana zíngara hace aguas, la pobre.

La verdad es que viendo tamaño despropósito estaba convencido de que esta película era obra de algún director menor que se había visto con carta blanca para deshacer el correcto trabajo previo de Guy Ritchie. Hasta el uso de la cámara lenta se hace pesado en esta entrega, todo lo contrario que en la anterior. Pero no, en los créditos finales remarcan una y dos veces que el director sigue siendo Guy Ritchie. Debo decir que la única escena que me pareció realmente graciosa e ingeniosa es la más homoerótica de todas, cuando Sherlock y Holmes casi se ponen a follar en pleno tren.

En definitiva: dos formas totalmente distintas de actualizar un personaje clásico para los gustos del siglo XXI. Yo tengo clarísimo con cuál me quedo. La que lo moderniza drásticamente pero sigue dejándolo reconocible. La que nos enseña que la típica imagen de Sherlock con boina (algo que no aparece en los libros) es puramente accidental: un disfraz improvisado para evitar a los paparazzis. Humor, conocimiento del personaje original, ubicación en el contexto actual. Bravo por Sherlock. Mañana estrenan otro capítulo, por cierto, esta vez basado en El sabueso de los Baskerville. Con ganas de descubrir qué han inventado para este caso.

Beginners

«You point, I’ll drive.»

Beginners es mi nueva película favorita. Fue la recomendación de David, un lector de este blog que suele acertar con mis gustos, me habló de ella y me la apunté en mi lista de películas pendientes. No pude verla en el cine porque mientras todavía estaba en cartelera, una serie de coincidencias me llevaron a ver El Caso Farewell (que me encantó); pasaron los meses, y al final todo se juntó para que viera Beginners el día 1 de enero de 2012. Conozco a otras dos personas que se la reservaron para verla el mismo día, supongo que es un título muy evocador para Año Nuevo. Y así, por fin, aquella misma noche la vi. Y entendí que todo se había confabulado para que recibiera este año precisamente con esta película. No había película mejor.

No es una comedia. Tampoco es exactamente un drama, aunque yo lloré a moco tendido. Trata de la muerte, de los fracasos, de las cosas a las que renunciamos, de los finales. Trata de gente que vuelve a empezar y se sienten principiantes, torpes, inexpertos. Trata de ese vértigo ante lo nuevo, un vértigo del que ya he hablado alguna vez en este blog.

Pero, sobre todo, creo que Beginners trata de cómo nos complicamos las cosas, cuando todo debería ser mucho más sencillo porque, al fin y al cabo, antes de nosotros hubo gente que se las apañó bien, gente que pudo sobrevivir cuando las cosas eran más complicadas. Hubo gente que tuvo menos tiempo que nosotros para aprovechar la vida, pero lo hizo, así que por ellos pero sobre todo por nosotros mismos (porque nos lo debemos): vivamos.

Hal: Imagínate que desde que eras pequeño, siempre habías soñado con algún día tener un león. Y esperas, y esperas, y esperas, y esperas y el león no llega. Entonces llega una jirafa. Puedes estar solo o puedes estar con la jirafa.
Oliver: Yo esperaría al león.
Hal: Por eso me preocupas.

Beginners no habla de conformarse con jirafas (eso sería la lectura fácil), sino de descubrir que las jirafas también son bonitas y fuertes como un león y pueden hacernos felices. Me gusta mucho la escena en la que Oliver ve a su padre abrazado a su amante, su jirafa particular, y la voz en off dice: «Por primera vez, vi a mi padre enamorado». Este proceso de descubrir leones en jirafas está perfectamente simbolizado en la historia de amor que vive Oliver con Anna: cuando se conocen, ambos van disfrazados y encima ella no puede hablar por culpa de una laringitis. Tienen que conocerse a pedazos; intuir, prejuzgar, adivinar, sorprenderse. Enamorarse es eso.

La relación de Oliver con su padre Hal es espectacular. Al quedarse viudo con 75 años, el hombre (encarnado por nada menos que Christopher Plummer: corren rumores de Oscar y espero que así sea) sale del armario y se pasa los siguientes cinco años disfrutando de esa liberación, recuperando el tiempo perdido, construyéndose una nueva vida. Por el camino, le enseña a su hijo a vivir. Pero Oliver no se da cuenta de eso hasta que Hal muere. Es entonces cuando se da cuenta de la absoluta alegría que sentía su padre por estar vivo y ser libre cuando le llamaba de madrugada para hablarle de la música house que acababa de bailar. Y Oliver descubre que no sólo él, también su madre le enseñó eso a su manera; ella le tendía un ramo de flores y le decía nada más y nada menos que:

«Here’s simple and happy. That’s what I meant to give you.»

La película va hilvanando esa nueva vida de Oliver sin su padre (su rutina y su trabajo, sus momentos con el perro de Hal, su incipiente romance con la enigmática Anna), con todos los recuerdos de su padre que este día a día le va evocando. Es un montaje a partir de emociones y sensaciones y repeticiones. Es la vida fluyendo. Hay momentos de auténtica poesía audiovisual, con uno de los mejores usos de voz en off que recuerdo. Beginners es lo más parecido a un libro que he visto en forma de película. Dura 1 hora y 40 minutos pero yo tardé el doble en verla porque a cada rato tenía que detenerme, revisionar escenas enteras, empaparme bien de todas esas maravillas que estaba viendo (como cuando con un libro lees y relees el mismo fragmento). Me refiero a escenas como ésta:

Anna: Puedes preguntarme cualquier cosa.
Oliver: ¿Cualquier cosa? ¿Qué hay ahí fuera?
Anna: Eso es un árbol. Y coches. Otro edificio como éste. Gente en el edificio como nosotros. La mitad de ellos creen que las cosas nunca saldrán bien. La otra mitad cree en la magia.

Si creéis en la magia o bien os gustaría creer en ella, Beginners es vuestra película. Lloraréis, seguramente mucho, pero no encontraréis película más vitalista que ésta. Y es que tenemos que convertirnos en principiantes, ahora.