Perfect sense

«That is how life goes on. Like that.»

El cuerpo humano está construido de tal forma que podemos alimentarnos exclusivamente a base de harina y grasas. Podemos alzar la voz sólo para ofender o escuchar sólo aquello que nos interesa. Podemos hacer fotos para capturar instantes que de otra forma olvidaríamos, a menos que les asociemos un olor. Podemos follar y acto seguido echar al otro de la cama con una simple patada.

Usos vulgares de los cinco sentidos. ¿A eso estamos limitados? ¿Somos algo tan básico? ¿Nada más que animales que devoran, follan, gritan, husmean, no atienden a razones? ¿O podemos ser algo más que máquinas que se olvidan y se quejan de las cosas? Eso es lo que intenta explorar Perfect sense. Se vale de una historia mágica. Chico conoce a chica en un entorno apocalíptico: a causa de una extraña enfermedad, la humanidad va perdiendo uno a uno sus cinco sentidos, y con ellos se va también la cordura.

No os voy a engañar. Es una película terrible, hay secuencias devastadoras, deja a Contagion en pañales. La combinación de imágenes, música y voz en off te noquea. Así sería el fin del mundo. Y sin embargo, creo que terminas de verla con una sonrisa sincera porque se trata de una experiencia absolutamente catárquica. Es un poco como el libro Nada de Janne Teller: asistes horrorizado a la pérdida de todo lo que considerabas imprescindible, pero al igual que con la película Beginners, esto te sirve para renovar las ganas de estar vivo.

Para mí, es un misterio que Perfect sense haya pasado tan desapercibida. No habría oído hablar de ella de no ser por David, lector de este blog que suele acertar con las recomendaciones que me hace. La historia no es ninguna amenaza. Es una invitación. Un estímulo, un disparador. Éste es el tipo de historias que me gustaría escribir: fábulas (como Gattaca, por ejemplo) que usan la ciencia ficción para hablar de la importancia de vivir de otra manera, más abiertos o predispuestos. Hay que acariciar la música, contemplar los besos, escuchar la comida, saborear los recuerdos, oler los colores.

Shame

Pam, pam, pam. La cabecera de la cama abollando la pared o los mazazos del director Steve McQueen contra tu cabeza. Mete la cámara entre las sábanas de su protagonista, la introduce por la polla de éste, lo penetra hasta el fondo, hasta el alma, se la arranca de cuajo y nos la estampa en la cara sin avisar. Zas.

La presentación inicial del personaje de Brandon (Michael Fassbender en la mejor interpretación de su carrera) es fascinante, creo que no se podría haber hecho mejor. Esa música in crescendo (¡y qué música tiene toda la película!), esos planos intercalados, repetitivos, obsesivos y el remate de ese «You are disgusting» que da el pistoletazo de salida a todo lo que tiene que llegar después. Desde los tiempos de American Psycho que no veía un retrato de personaje (y de rebote, o por extensión, de toda una sociedad) tan logrado. Diseccionando a Brandon, nos disecciona a todos. A ratos te preguntas si la pantalla no será en realidad un espejo reflejando la sala de cine abarrotada.

Una recomendación: no pestañéeis. Cualquier detalle y cualquier frase son imprescindibles para enriquecer y entender con toda su fuerza el discurso de la película. Desde las recomendaciones del camarero hasta los pósters cambiantes de los vagones de metro. Nada es gratuito. Piezas todas de un engranaje perfecto. Me gusta la gente que se vale de todas las herramientas a su alcance, también las más sutiles, para retratar a sus personajes y el mundo en el que viven.

Y sí, a eso has venido, eso te han vendido: hay mucho sexo. Sexo divertido, sexo incómodo, sexo bestia, sexo triunfal, sexo desesperado, sexo a solas, sexo en trío, sexo en la cama, contra la ventana, en cuartos oscuros, en lavabos, junto a la carretera, sexo, sexo, sexo. Parece que ninguno de los personajes piense en otra cosa que sexo, cada uno a su manera. Todo es sexo, nos dice McQueen. ¿Por qué da tanta vergüenza hablar de ello?, nos pregunta McQueen. ¿Por qué el señor que tenía yo al lado, acompañado de su esposa, se tapaba la cara cuando salían tetas? ¿Acaso no tenía tetas la esposa?

Pero la película es mucho más que sexo. Es por ejemplo la relación entre Brandon y su hermana Sissy (una frágil, enorme Carey Mulligan). De hecho, cuando nos la presentan, en ningún momento dicen que sea la hermana. Da igual. En seguida entiendes que no se trata de una exnovia. Notas esa relación de hermanos. En los gestos y miradas, en la complicidad. Es sólo otro ejemplo de lo bien construida que está la película, lo perfiladísimos que están los personajes. Vives con ellos, porque en cierto modo eres ellos.

Personajes. Unos olvidan lo bonita que es su ciudad y otros llegan con su ingenua maletita de sueños, sin ni siquiera tiempo de apreciar la ciudad. Adoro la escena del restaurante con vistas, sí. Ahí Brandon, su jefe y su hermana se desnudan como nunca, precisamente sentados en ese escenario, más que en cualquier escena de sexo, ahí cómodos y rodeados del paisaje de la ciudad nocturna, bebiendo martinis con aceituna. La versión de New York, New York que canta Mulligan dice tantísimas cosas que ya no hace falta que Sissy y Brandon hablen directamente del misterio que pulula sobre sus cabezas.

Shame es una película de intuiciones, sinceridades, sensaciones descarnadas. No podría ser de otra manera, tratando de lo que trata, pero sólo los valientes la habrían rodado así. Sales del cine cansado y satisfecho.

La guerre est déclarée

«No malgastes tu energía en detalles pequeños.»

Declaración de guerra, nada menos. Ya lo dejan claro en el propio título. Esta película es una especie de exorcismo sus dos protagonistas, Valérie Donzelli y Jérémie Elkaïm, a la postre también guionistas, compositores de la canción principal y, en el caso de ella, directora e incluso peluquera y maquilladora.  Partieron de una vivencia real, la grave enfermedad de su hijo, para hablar del amor y de las ganas de vivir (o de sentirse vivos, que no es exactamente lo mismo). Es evidente que el grado de implicación de la pareja para explicar esta historia es máximo.

Un material que en otras manos habría dado un film lacrimógeno, reducido a las cuatro paredes del hospital, con ellos, quizá gracias a esa distancia que se obligan a mantener para que no se les acuse de sensibleros, se convierte en pura magia. Empiezas a notar esa magia en la forma de resumir en menos de cinco minutos la intensidad del romance de Romeo y Julieta (sí, así se llaman los protagonistas), pero se mantiene a lo largo de toda la película. Secuencias que se convierten en vídeoclips mágicos, en maravillas del montaje. Donzelli no duda en saltar del trampolín una y otra vez. Y todo es más meritorio aún sabiendo que casi toda la película se ha rodado con una cámara fotográfica.

Por cierto, Jérémie Elkaïm quizá os suene de aquella Presque rien (Primer verano) tan famosa hace muchos años (sí, esa que todos recomendaban porque en el póster salían dos tíos buenos pero era infumable). Aquí ha crecido, está aún más guapo, ha mejorado como actor y brinda una gran actuación, al igual que su compañera. Pasan del humor al drama y siempre resultan convincentes. Y es que Declaración de guerra sabe mantener formidablemente el equilibrio entre tragedia y comedia. Nunca te extraña soltar una carcajada a pesar de lo que está ocurriendo, ni te reprimes esa lágrima cuando toca.

La vida es así, parecen decirte Valérie y Jérémie. No te sientas culpable de reír. Y es que de eso va la película: no de la enfermedad del hijo, sino de cómo sus padres la afrontan. De cómo precisamente por eso quieren disfrutar más de la vida. Más que sobreponerse a los obstáculos, quieren aprender de ellos. Recuperar las cosas que les gustan, y probar otras nuevas (correr, por ejemplo). Es un optimismo radical que impregna cada segundo de la película. Ayuda, y mucho, la banda sonora, una combinación ganadora de canciones francesas y música clásica (podéis disfrutarla en Spotify). Guerra a la muerte, a la infelicidad, a la apatía.

Francine Prose – Cómo lee un buen escritor

Mientras estudiaba cine, ya hace unos añitos, fui incapaz de disfrutar de las películas como hacía antes. Me pasaba esa hora y media que duraba cada película analizando cómo estaba hecha. En la pantalla ya no veía historias contadas con más o menos arte sino una mera sucesión de planos, contraplanos, secuencias, panorámicas, saltos de ángulo, fallos de raccord,  iluminaciones planas o expresivas, pistas que habían plantado los guionistas en cada escena para adelantar futuros giros de guión, tipos de personajes, la idea original. Me costó tiempo volver a disfrutar las películas sin más, ir al cine o apretar play y dejarme sorprender.

Creo que el arte nos impacta precisamente por la ingenuidad con la que nos acercamos a él. Y estoy convencido de que los conocimientos técnicos lo vuelven opaco. La música, por ejemplo: soy incapaz de saber si un compás es 3/4, 4/4 o 6/8: las canciones me gustan o no me gustan, y las veces que he intentado fijarme en el ritmo, o en el tipo de instrumentos, o incluso las notas, he terminado sin oír realmente la canción, como si la música se diluyera y sólo quedase un pum-pum asincopado. Ruido de fondo. O la pintura: estudié con interés la asignatura de Historia del Arte y sigo comprando bastantes libros, pero a la hora de la verdad, comprendí que hay cuadros que me maravillan y otros que no, al margen de corrientes y técnicas pictóricas.

Pero claro, entiendo que se valora de forma más constructiva una obra de arte si conoces los ingredientes de los que parte cualquier artista, las herramientas que tiene que utilizar, entender que todos parten con igualdad de condiciones. Y es así como puedes ver quien es más diestro y quién más pasional, comprendes los méritos de ciertas obras teniendo en cuenta su época o su técnica. Este paso, estudiar y (re)conocer, es especialmente importante para quienes, además de disfrutadores de arte, aspiran también a ser creadores: ¿cómo podrías crear una película, una pieza de música, un cuadro o un libro si no conoces las urdimbres que los hacen posibles?

Y esa es la misión que se propone Francine Prose en su libro (cuyo título original, por cierto, es más acorde al contenido: «Leer como un escritor. Una guía para gente que ama los libros y para aquellos que quieren escribir»). Leer de otra manera. Fijándote en el orden de las palabras, su selección (¿por qué ese sustantivo y no otro, por qué precisamente ese adjetivo?), la construcción de frases, párrafos y escenas enteras, la importancia de lo que no se dice, las descripciones, los gestos, los diálogos. Te invita a pasearte por el backstage de los libros, y quizá es eso lo que haya que hacer con todo arte. Pasearse, no acampar en el camerino.

Lástima que luego la selección de autores y obras de referencia se centre tanto en la literatura norteamericana del siglo XX, hablando de obras que aquí ni siquiera se han traducido, en vez de clásicos más universales. Habría venido bien una adaptación del libro para su exportación. Pero la idea es buena, y aún mejor es el deseo final de Francine Prose. Que entiendas que todo está escrito, pero nadie lo ha escrito como tú. Y quizá entendiendo porqué todos esos autores escriben de forma única, podrás encontrar tu propia voz.

En los libros, fijarme en cómo están escritos para mí siempre ha sido algo natural, y no me ha impedido disfrutarlos. No me pasa como con el resto de artes. Al revés, destripándolos es como los disfruto más. Releo cada frase perfecta hasta entender por qué me lo parece. Decido qué diálogos me gustan y qué características comparten. El dominio de los tiempos. El barroquismo pop de Terenci Moix y las frases-bisturí de Chuck Palahniuk. Las descripciones más inmersivas y las que sólo están de florero. Las metáforas.

Destriparlos, sí. Hasta la última página. Lo hacía ya de pequeño, con los libros tipo «Elige tu propia aventura», que los releía y hacía diagramas hasta comprender su estructura y distribución, sus trucos, las trampas del autor para que intuyeras atajos donde sólo habría abismos y pozos que te llevaban de vuelta a la primera página. Buceo en los libros. Siempre he leído así, supongo que es la única forma en la que sé leer. No sé, es curioso esto de los libros.

Leyendo a Chéjov no es que me sintiera feliz, exactamente, pero sí tan cerca de la felicidad como sabía que podría estar. Y se me ocurrió pensar que en eso radicaba el placer y el misterio de la lectura, así como la respuesta a quienes dicen que los libros desaparecerán. Por ahora, los libros son todavía la mejor manera de llevar con nosotros el gran arte y su consuelo en un autobús.

James Sallis – Drive

No suele pasar que un libro te ayude a apreciar la película inspirada en él. «El libro siempre es mejor», dice el tópico, y es verdad. A veces, se da el caso de buenas películas basadas en grandes libros: unas porque consiguen trasladar parte del corazón de la novela a la pantalla (Nunca me abandones), otras porque proponen una interesante relectura del material original (pienso en «Drácula» de Francis Ford Coppola, donde el vampiro es menos villano que nunca y la historia gira alrededor de un amor inmortal). Pero por buenas que sean, el libro juega con la ventaja de poder profundizar en los personajes y las situaciones, ganarse al lector durante todas esas horas compartidas.

Total, que había visto hace unas semanas Drive. Salí del cine un poco confuso. No es que no me hubiera gustado, pero sí me había parecido todo un poco batiburrillo, como queriendo tocar muchos palos y no destacando en ninguno. Algo así como Isabel Coixet dirigiendo un guión de Tarantino (también me habría valido Sofia Coppola). Pero sí, Ryan Gosling es carismático y la música está muy bien elegida (aunque no siempre tan bien colocada). Es decir: pasé un buen rato, pero no tan bueno como parece que dicen todos los demás. Y ahí la tenía pendiente de revisión, a ver si la segunda vez la disfrutaba más, hasta que pensé que quizá sería mejor (más productivo) ponerme con la novela. Al fin y al cabo, el libro siempre es mejor, ¿no?

En este caso, sí y no. La prosa escueta de James Sallis convierte en un recital de poesía la vida de los delincuentes de poca monta, los ajustes de cuentas se transforman bajo su máquina de escribir -casi puedes oír el golpe de cada tecla- en emociones a flor de piel. Frases lapidarias que tejen un precioso tapiz de vidas echadas a perder y los supervivientes que quedan tras la batalla del día a día. Flashbacks, flashforwards, elipsis, algún que otro coche, no demasiada sangre, y su buena dosis de alcohol y fastfood. Es disfrutando la novela que me dije: pues oye, han hecho una película estupenda.

El material del que partían ya era bueno, pero menudo trabajo han hecho recomponiendo el puzzle, escarbando en todas las posibilidades que ofrecía la historia (para que os hagáis una idea: en la novela, el personaje de Irina sale en dos capítulos, y ninguno dura más de 6 páginas), convirtiendo algunas reflexiones en secuencias adrenalínicas y ciertas descripciones en un homenaje al cine negro setentero y ochentero. La novela de Sallis es oscura como un callejón donde te van a matar pero entonces llegan el guionista Hossein Amini y el director Nicolas Winding Refn y encienden las luces de neón de los ochenta, aprietan el botón play de su boombox y -Ryan Gosling mediante- erotizan hasta la médula a Driver, un eterno solitario. En su paso a la pantalla, la ciudad se vuelve sexo y cada latido, un videoclip. Suena A Real Hero. Pisas el acelerador.