¿Cómo dejar de ser uno mismo si eres algo mejor?

«A veces no basta con que merezca la pena». Con esta cita de Hiromi Kawakami empecé este año. Y poco después, un buen amigo me daba el mejor consejo: «Tienes que pensar en ti». Ese ha sido mi objetivo principal a lo largo de 2011: pensar en mí, dedicarme a mí. Quererme. En mi mente, se repetía una escena de Mujeres Desesperadas en que Edie Britt y Susan Delfino se quedan encerradas en un sótano; Edie acusa a Susan (que es mi mujer desesperada favorita y con la que más me identifico) de ser una arrastrada de los hombres porque nunca ha sabido estar sola: el diálogo me impactó especialmente, porque me di cuenta de que yo había sido igual durante 28 años. Y eso no podía ser así. Hay que saber depender de uno mismo. Alcanzar un estado mental que a veces describo como The Edge of Glory, pero también como State of Independence: no necesitar nada más que lo que ya tienes, lo que ya eres… pero dejando la puerta entreabierta a todo lo bueno que pueda llegar para completarte.

Cisne Negro fue una de las primeras películas que vi este año y me dio las claves para dejar de ser lo que se esperaba de mí, lo que yo me había creído que tenía que ser para ser yo. Así, pasito a pasito, empecé a conocerme a mí mismo. El Alex real. Ha sido un proceso de probar cosas nuevas, de no decir que no a casi ningún plan porque en cualquier plan podía descubrir una nueva faceta mía. No todo me gustaba, pero con todo aprendía. Y probando y descartando, poco a poco voy afinando quién soy. Quién me gusta ser.

Midnight In Paris me confirmó lo mismo que aseguraban en How I Met Your Mother, que lo nuevo siempre es mejor. Ha sido uno de mis lemas de 2011. Precisamente, el protagonista de HIMYM es el responsable de mi película estrella de este año: Happy Thank You More Please, que no he dejado de recomendar. Su filosofía vital ha sido el subtítulo de este blog durante muchos meses. Seamos personas que merecen ser queridas, porque lo merecemos. Eso y abrir los ojos a lo que siempre estuvo allí y no veías. O sobre todo: dar las gracias por todo lo que recibes de los demás. Dar gracias y pedir más, por favor. Last Night me sosegó porque viéndola supe que había hecho bien las cosas (todo lo bien que se puede hacer cuando tienes que decidir entre sobrevivir o hacer daño) y One Day resume muy bien lo que pienso y siento sobre esas historias que se quedan en Destino Oculto, como por ejemplo el romance intelectual de Weekend. La verdad es que este ha sido un año de mucho cine, aprovechando que ahora vivo en el barrio que siempre había querido vivir, Gracia, y tengo los Cines Verdi a 5 minutos de casa. Con El Árbol de la Vida sentí emociones intensas que tuve que digerir, mientras que las casi tres horas de Pequeñas mentiras sin importancia se me pasaron en un suspiro gracias a personajes que me gustaría tener en mi vida.

2011 ha sido un año de muchísima buena música, alguna nueva y alguna ya conocida: Florrie, El Pescao, Those Dancing Days, Andrea Corr, Aqua, The Sound of Arrows, Pastora, La Casa Azul… Canciones con las que he aprendido, canciones con las que he bailado.

También ha sido un año de muchos libros, porque me regalé un diario de lecturas y he retomado el hábito de devorar libros. He conectado con autores fantásticos, como Javier Montes, Hiromi Kawakami o Mathias Malzieu. He releído a Terenci Moix, cuya novela Olas sobre una roca desierta ha sido y será mi nuevo libro de cabecera porque «En algún lugar, supongo, tiene que haber algún reino, un mundo, un ser, una cosa, una sola idea que, nada más cogerla, me haga sentir un rey». Albert Espinosa ha sido muy decisivo también este año, sobre todo su mágico Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven. Sólo ahora me doy cuenta de lo importante que es ese título. Así pienso yo, y no quiero cambiarlo. Con Nada de Janne Teller aprendí las cosas a las que no quiero renunciar, y con Siddhartha de Hermann Hesse aprendí todo de lo que me puedo desprender para ser yo mismo. En mi corazón lector también hay un rinconcito para las lecciones de El arte de no decir la verdad y El año zen, libros que me han servido para sobrevivir en muchos momentos de este año.

En 2011 he encontrado nuevos faros cuyas señales me guían, como mis pizarras favoritas de toda Barcelona. Me he comprado por primera vez mi propia cama. Ya no necesito el llavero con forma de llave de Kingdom Hearts: primero se partió un trocito y hace unos días la cadena se rompió; no la arreglé, me limité a sonreír. He comprendido que se puede sonreír bajo la lluvia. Que hay que ser positivo siempre, y por eso en Facebook cada día lo he empezado colgando una canción que me sube el ánimo. It’s a beautiful life. He aprendido que hay que dejar espacio en la nevera para tener sólo las cosas que me gustan. Y también he comprobado que hay que perder el miedo a arriesgarse, porque prueba a prueba, vamos aprendiendo. Mejorando.

He salido mucho más, aprovechando no solo la soltería y las nuevas amistades sino también que ya no se puede fumar dentro de los locales y gracias a eso no me lloran los ojos y cuando vuelvo a casa mi ropa sigue oliendo a limpia. He probado alcoholes muy variopintos, y ahora los disfruto. He bebido por primera vez delante de mi madre, brindando con ella. Pero lo más importante de todo 2011 es que he mejorado la constancia. Me he propuse acabar mi primera novela antes de cumplir 30 años, y sé que lo voy a conseguir porque desde agosto, escribo como mínimo una página cada día. Además, por ahora estoy muy contento con los resultados. Y sé que retomar este blog a principios de año y tomármelo en serio me sirvió para, meses después, ser capaz de escribir de forma constante.

En 2011, por fin, puedo decir que he aprendido a disfrutar la soledad. No me ha importado estar solo. Me gusta tener tiempo para mí. Me gusta, por ejemplo, ir solo al cine y pedir una entrada y que a veces la persona de la taquilla no me entienda porque al parecer sólo oye los números pares. Pero también he disfrutado de los amigos, por supuesto. Han sido muy importantes, algunos incluso decisivos. He hecho nuevos amigos, pero también he redescubierto gente que ya estaba en mi vida pero con la que ahora los lazos se han hecho más fuertes. Con todos ellos he vivido cenas, Fireworks, conciertos, bar de los miércoles, noches de jueves, Xalupadas, Malasaña, cerveza japonesa, Blue Tropics, 43, Arenas y Átames y Museums (y Cangrejos y Metros), el Maresme, Lavapiés, tiradas de cartas, On The Floors, Cremas, Penúltimas, Udons y Recons, películas, risas, cumpleaños, simulacros, viajes, exposiciones, desayunos en el McDonald’s… muchas experiencias, mucha gente que ahora está en mi vida y de la que me ha gustado disfrutar y espero seguir haciéndolo el año que viene. Gracias a todos por estar ahí.

Por último, también quiero dar las gracias a quienes leéis este blog y contestáis a veces o incluso lo recomendáis. Nos vemos el año que viene: mañana mismo. 2012 va a ser aún mejor. De The Edge of Glory pasaremos a The Glory.

Más, por favor.

The Artist

Renovarse o morir. No rebelarse contra los caminos del mundo (que diría el Dokkôdô). Saber seguir el avance de los tiempos; dejar que las cosas fluyan, y tú con ellas.  Le recomendaría a Lucía Etxebarria echarle un vistazo muy atento a esta película, después de su última polémica. La tecnología avanza, y debemos ser capaces de utilizarla a nuestro favor.

Promocionan The Artist como una historia de amor, y la hay, y es preciosa, pero la verdadera columna vertebral de la película es la historia de un actor de cine mudo que entra en decadencia con la llegada del cine sonoro. Él ridiculiza el invento, y la industria y el público le dan la espalda. Jean Dujardin borda el papel de galán crápula y a la vez tierno, en horas bajas, pero con empuje suficiente para salir adelante.

La película es en blanco y negro y, rizando el rizo de los riesgos comerciales, es muda a lo largo del 99% del metraje. No hay voces ni más sonidos que la música, gran banda sonora que refuerza cada escena. El ya mencionado Jean Dujardin y la encantadora Bérénice Bejo brillan como el dúo protagonista, son muy expresivos porque la película se tiene que apoyar en sus gestos, miradas y expresiones pero nunca caen en lo ridículo. Ambos están arropados por un gran elenco de secundarios y un equipo técnico que consiguen trasladarnos a una forma de hacer cine que ya no existe. A los dos minutos de empezar te olvidas de que la película sea de una forma o de otra y simplemente disfrutas de lo que te están contando.

Mis momentos favoritos: la pesadilla (donde el director se atreve a jugar con el sonido atronador) y el abrazo de la protagonista, Peppy Miller, con la chaqueta de George Valentin. Emocionante. ¿He hablado ya de la música? ¿De la expresividad de los actores? ¿De cómo juegan con el montaje y los sonidos y los carteles de texto? ¿He dicho ya que tenéis que verla todos?

Ahora la han estrenado en pocos cines, pero dentro de unos meses la reestrenarán por todo lo alto porque arrasará en las ceremonias de premios. Quiero creerlo. Tendría que ser así, porque es un homenaje al cine. Al cine de verdad, al que quiere emocionar y contar historias y hacerlo bien, por encima de las previsiones de ingresos en taquilla y el merchandising. Da gusto poder ir al cine a ver precisamente eso: cine.

The Future

Esta película gana en el recuerdo. En el cine le notas elementos que quitarías (¡ese gato digital filosofando con voz aguda!), pero esos defectos se olvidan al día siguiente y, a partir de entonces, al hablar de ella, lo haces con un buen sabor de boca.

El Futuro nos cuenta los días finales de una pareja y lo hace con todo el realismo de la situación: con todo lo que tiene de trágico y de cómico, pero sin prescindir de la fantasía (el gato parlanchín que ya he mencionado, pero también cosas como el poder de detener el tiempo).

No es que Jason y Sophie ya no se quieran, es más bien que su relación los ha adormitado. Ya no hay pasión, no sólo entre ellos: tampoco tienen pasión ya por su trabajo, y han renunciado a todos sus sueños. Tienen que romper con eso en lo que se han convertido (una pareja con sendos portátiles que apenas se hablan y no se levantan del sofá ni a por agua) para poder explorar el mundo y descubrir quiénes son, quiénes quieren ser. Claro que eso conlleva locuras y vértigos, y son esas cosas -esas consecuencias de ansiar un cambio- las que explora la película.

Lo mejor: la larga secuencia donde Jason se deja guiar por su instinto y va siguiendo todas esas casualidades que él ve como señales llamándolo hacia su futuro, su nueva vida. Ahí la película me pareció fascinante, cómo van enlazándose todas las pistas hacia una resolución imprevisible.

Pero hay más momentos brillantes: el grito desde la ventana (momento reflejado en el póster), cierta escena de sexo (un culo en pompa como metáfora de la necesidad absoluta de algo parecido a la pasión) o la de la playa, controlando las olas.

Sorprendente, experimental, divertida, implacable y a ratos pretenciosa. Como el futuro mismo. Dadle una oportunidad si tenéis ocasión.

Restless

You can get a lot done in three months.

Se acerca final de año y me gustaría terminarlo colgando algunas críticas pendientes. Restless la vi la semana pasada. Había visto el tráiler, pero (extraño en los tiempos que corren) no cuenta apenas nada, y aún así me llamó poderosamente la atención. Parecía preciosa. Y vaya si lo era. Cuenta una historia de amor, pero no es una película romántica. Y salen muchos funerales a lo largo del metraje, pero tampoco es un dramón.

Restless «sólo» es la historia de cómo a veces, conoces a la persona correcta en el momento oportuno, justo cuando estás perdido y necesitas alguien que te devuelva a la senda de tu propia vida. Sabes que no es una persona que se vaya a quedar eternamente junto a ti, pero en ese poco tiempo compartido te enseña (te recuerda, veces) cosas importantes. Apreciar los pájaros, tocar el xilófono, ir en bici, lanzar piedras, enviar cartas, decir adiós a los fantasmas que te hacían compañía, quererte, reír. En fin: esos amarillos de los que tanto habla Albert Espinosa.

La pareja protagonista son los estupendos Mia Wasikowska y Henry Hopper, que ya encadilan al público desde esa primera mirada en medio de un funeral. Gus Van Sant no apuesta por el melodrama de una historia que se prestaría a ello, sino por ensalzar lo positivo. Prueba de ello es que hasta la escena que parecía más trágica acaba siendo una broma divertida, y se hace un uso excelente de las elipsis para incidir en el efecto vitalista que tienen estos dos personajes, el uno con el otro. Todo adornado con una fotografía cálida y un vestuario de modernos que estuve deseando tener una escena tras otra. Qué bien les queda todo y cuánto me gustaría tener la ropa de él en el armario.

¿Sabéis esas peliculitas que sin ser ninguna maravilla, os emocionan y os cuentan cosas? Pues eso es Restless, ni más ni menos. Corred a verla si aún la encontrais en cartelera. Y enviad vuestras cartas pendientes mientras haya tiempo. Siempre. Que no queden cosas por decir.

In Time

You saved my life. Now. And every moment since I met you.

Siendo «Gattaca» una de mis películas favoritas, os podéis imaginar las ganas que tenía de ver «In Time», película del mismo director y guionista, Andrew Niccol. No está libre de lagunas (y eso en un primer visionado en el que estás más dispuesto a creértelo todo y dejarte engañar) y confieso que habría preferido otro dúo protagonista, pero pronto te olvidas de Justin Timberlake, de los agujeros argumentales, y disfrutas de una emocionante -y constante- carrera contrarreloj.

Somos tiempo. Vendemos nuestro tiempo en el trabajo para poder comprar tiempo de ocio. Invertimos nuestro tiempo en tareas, gentes, actividades, relaciones. Andrew Niccol lleva este concepto al extremo y nos traslada a un mundo en el que no existe dinero porque literalmente la gente paga con tiempo, y si se les acaba quedan desactivados para siempre. Es un mundo de eterna juventud, donde nadie envejece pasados los 25 años (memorable plano en el que tres mujeres: suegra, esposa e hija parecen idénticas).

La buena ciencia ficción es la que habla de nuestro mundo y nuestro momento, y eso hace «In Time». El discurso de la película no podría sonar más actual. Habla de lo mismo que hablan los indignados y el movimiento Occupy Wall Street. La esclavitud  a una mayoría por parte de una minoría privilegiada, la perversión de mantener las desigualdades porque, dicen, es la única forma de que nuestra civilización funcione. Amanda Seyfried y Justin Timberlake, a modo de Bonnie & Clyde o pareja de Robin Hoods modernos, intentarán dinamitar el sistema desde dentro.

Creo que al final el mensaje de «In Time» no es el de montar una revolución. O sí, pero montando esa revolución a nivel personal. Trabajar en algo que nos guste, compartir momentos con gente que nos enriquezca, avanzar por el día a día más relajados (¿qué prisa hay?), aprovechar cada instante, hacer las cosas que nos gustan. Disfrutar de nuestro tiempo. Acordarnos de vivir.