Pollo con ciruelas

Flaco favor le hacen a esta película con ese título y ese póster y ese eslógan. Afortunadamente, dieron el tráiler cuando vi Prometheus y pensé: esto hay que verlo. Herencia de su origen de cómic, Pollo con ciruelas tiene un punto de mágico realismo que puede recordar a otras películas francesas como Amélie o Jeux d’enfants.

Y me gusta eso. Cada vez tiendo más a este tipo de historias, muy realistas y por tanto identificables, pero con puntos de contacto con la fantasía. Traspasar la barrera de los sueños, espejos deformadores, escenarios de cuento desplegable, imaginación desbordada. Para realidad pura y dura ya tenemos el día a día.

El humor, el amor y el drama se confunden en Pollo con ciruelas. Hay momentos tremendos (la escena que da lugar al título, por ejemplo) pero también secuencias magistrales, como cinco minutos hacia el final en los que se resume una historia de amor a través de los años y la distancia. Me hizo pensar en el inicio de Up: así de buena y emocionante y bonita es.

El amor como motor. Inspiración, chispa de vida. Estás muerto sin saberlo y entonces revives. Y creas. Y sigues creando y ya no hay quien te pare. También se puede crear a partir de la sonrisa. Lo olvidamos demasiado a menudo pero ésas son, creo, las cosas que más merecen la pena. Las que te dibujan una sonrisa.

Prometheus

Tendría 8 años o así. Una tarde de domingo, mientras mis padres hacían la siesta, me puse a escondidas la cinta de una película que me habían dicho que no viera, que me daría mucho miedo. De pequeño lo desafías todo. Pero sí, me dio tanto miedo que en la famosa escena del comedor tuve que parar. Seguí viendo la película a lo largo del día, a cachos, parando cuando el terror era insoportable.

La cinta era Alien. Luego llegaron tres buenas secuelas que nunca superaron a la original. Y ayer se estrenaba en España una película que puede o puede no ser una precuela de Alien. O quizá una película ambientada en el mismo universo pero sin relación alguna. Depende de a quien creas.

Yo digo que claramente es una precuela. No repite el terror pero está llena de guiños, pistas, respuestas y nuevos interrogantes sobre la saga. Y lo mejor de todo es que también funciona como película independiente. Ciencia ficción de la buena, con sus cuestiones metafísicas, sus paisajes helados y sus personajes enfrentados a una tensión latente.

Los peligros de preguntarse demasiado. Sobreanalizar, arañar porqués. No le busques tres pies al gato; déjale caminar con sus cuatro patas, como debería ser. Sí, deberías aceptar tu mundo tal como es. Ser feliz con lo que tienes. Dar las gracias. La vida es mucho mejor cuando sencillamente la disfrutas.

Gattaca

«There is no gene for fate.»

«Un futuro no muy distante», reza el primer cartel de Gattaca. Tan poco distante que ya está aquí, porque el único elemento de ciencia ficción de la película es la velocidad de los análisis de ADN. Y ahí radica el encanto de esta obra maestra, en la familiaridad de lo que cuenta.

Vivimos en un mundo que aspira a la perfección. La perfección mediocre, por supuesto. Prefabricada, clónica. Quien no es perfecto, quien no es igual no existe. Se condena la diferencia porque da miedo. La sorpresa da miedo, lo inexplorado. No se deja margen a la improvisación, no vaya a ser que ocurra algo que te rompa los esquemas.

Ha sido un impacto revisionarla tantos años después, puede que 10. Muchas imágenes seguían grabadas en mi inconsciente, tanto es así que alimentaron el imaginario visual de la novela que estoy escribiendo. Verlas en movimiento y no sólo en palabras me ha dado una energía nueva.

Hay gente a la que le prestas tu cuerpo y también hay gente que te presta sus sueños. Les das forma sin que se den cuenta. Pero se darán cuenta. Lo acabarán apreciando. Porque al final siempre lo ves: ves las cosas buenas y te permites volar hasta el espacio. Fluir para volar, no hay otra manera.

Siempre Feliz

Suena Somewhere Over The Rainbow en una de las escenas claves de la película. Y la versión elegida, la del hawaiano Israel Kamakawiwo’ole, encaja misteriosamente bien con esos paisajes nórdicos. Quizá porque de eso va Siempre Feliz, de buscar el paraíso aunque tengas que cruzar todos los arcoiris habidos y por haber.

La protagonista se ha construido un refugio, un cuento de hadas artificial en el que ella siempre sonríe porque tiene que hacerlo. Arquitectura efímera: todo se desmorona en cuanto llegan de vecinos una pareja mejor, más feliz. Cuando las grietas se hacen evidentes te das cuenta de que todo importaba, el mínimo gesto, la pequeña palabra.

La música juega un papel importantísimo en la película. Unos músicos van marcando los capítulos y además se nota una cuidada selección de canciones para acompañar las escenas. Pero destaco sobre todo la subtrama del coro. Funciona como símbolo de atreverse a hacer lo que nunca harías, lo que te habían dicho que no hacías bien. Y lo haces. Vaya que si lo haces.

Destrucción y reconstrucción. Caerse para aprender a levantarse, parece que ése siempre será nuestro ciclo vital. Detectar las minas, seguir adelante por el campo, soltar lastre, abrazar lo nuevo. Sonreír de verdad. Ahora sí serás feliz, porque ahora ya sabes.

Les chansons d’amour

«Quiéreme menos pero quiéreme más tiempo.»

Y sigo a vueltas con el cine francés. Esta vez, un musical de la sección retrospectiva de la muestra FIRE. Un triángulo amoroso que acaba convirtiéndose en pentágono aunque le falte uno de los vértices. Todo salpicado de deliciosas canciones y con las calles de un París lluvioso como telón de fondo. (Nota: tienes que volver.)

Sabes que un musical ha triunfado cuando al terminar lo primero que haces es buscar la banda sonora. Ocurre con Les chansons d’amour, sus canciones irrumpen directamente en todas tus listas de reproducción románticas. Y las tarareas asomado al balcón, como si fueras un personaje más.

La vendían en la sinopsis como una película buenrollista. Y a ver, algo hay, algunas escenas como la de Je n’aime que toi te dejan con una sonrisa de oreja a oreja, pero en general la historia no es tan alegre como parecía al principio. Eso sí, lo que ocurre te pone las pilas. Y eso bien vale un visionado y los que hagan falta.

Cuánto tiempo invertido en etiquetar, forzar la mente, tener celos, elucubrar, hacerse el remolón. Con lo fácil que es invertir esas horas en quererse. Abrazados en la cama, dando besos en silencio. Nada más. Las palabras ya las cantarán otros. Ahora importa la acción, cada gesto. Si todavía estamos vivos, aprovechémoslo. Amemos.