Calm after the storm

Cuando estás enfermo, te llegas a convencer de que nunca volverás a estar bien. Te duele la muela o el oído y vas haciéndote a la idea: de ahora en adelante tendrás que vivir así, con este dolor. Nada existirá que no sea eso, piensas. Luego el dolor remite. Y no es que la vida mejore, pero sí vuelve a ser tal como la recordabas, y eso también te gusta.

«Baila, baila, baila», le recomiendan al protagonista de una novela de Murakami que lleva ese consejo por título. Tiene que seguir bailando aunque no sepa o no le apetezca, aunque no se sienta capaz de captar el ritmo. Bailar hasta que llegue la complicidad de una mirada. Irte o quedarte: la certeza de haber elegido bien.

Disfrutarás entonces de la recompensa. Tu calma tras la tormenta. Que no es una imagen única: el azul limpio entre los edificios de siempre y las flores que siguen en pie en todos los balcones, también el ladrido de bienvenida de un perro al abrirse aquella puerta, el café humeante que acompaña a todo nuevo libro, un abrazo doble. Todo habrá pasado y sabrás que lo lograste. De tanto bailar, llegaste al punto de partida.

Metafísica de los tubos

Cada historia tiene su propia estructura. Capítulos largos o cortos, flashbacks, partes diferenciadas: es algo que vas descubriendo sobre la marcha, a medida que escribes. En general, me gustan las novelas con capítulos muy breves que te invitan a leer uno más, y otro, y otro. Pero desde el principio intuí que El mar llegaba hasta aquí no sería así. Porque el protagonista iba a resolver un problema o situación al final de cada capítulo y para desarrollarlo de esa manera necesitaba más espacio (más páginas). Se me ocurrió que podía convertir los capítulos en pequeños cuentos que formaran parte de una misma historia.

De lo que piensas a lo que escribes hay un mundo. Lo de los cuentos sonaba bien en mi cabeza, pero me había puesto a escribir una novela, así que la historia acabó expandiéndose por todos ellos, vinculándolos. No podía ser de otra manera. A ratos, la novela parecía plastilina en mis manos. Plastilina de distintos colores: te da miedo mezclar fragmentos que escribiste en momentos muy diferentes, hasta que no queda otro remedio, y mezclas y mezclas para que la masa adquiera un color único y una forma característica.

Fue gracioso ir probando cómo funcionaban mejor algunos capítulos. Buscar el contraste a veces, la fluidez otras. Situar a conciencia algunos ganchos (cliffhangers) para arrastrar al lector hasta el desenlace. Los finales sorprendentes están muy bien, pero solo los disfrutan quienes llegan a ellos. Y yo quería que a mi final llegaran todos los lectores. Así que, aunque la mayoría de manuales recomiendan situar el clímax de la historia a pocas páginas del desenlace, yo situé una de las escenas clave justo a la mitad de la historia. Una conversación que, si todo va como espero, el lector estará esperando para que cambie el curso de la novela. Y lo hace, pero no de la forma en que uno esperaría.

Es un clímax prematuro. Casi serviría de final de la historia, pero ocurre a 2/3 del verdadero final. Quedan 50 páginas por delante. Es entonces cuando levanto el telón y digo: en realidad mi novela habla de esto. Claro que no calculé bien y en las revisiones tuve que esmerarme para que lo que venía después de ese falso final estuviera a la altura. «Esperad, esperad: ¡no os vayáis todavía!»: creo que un escritor se pasa media vida exclamando esto. Tiene que enganchar en cada frase, en cada capítulo, en cada parte de la historia. Enganchar, convencer, seducir: yo no estoy seguro de haberlo logrado, pero tras jugar con todas las piezas de que disponía, sí creo que les he dado la mejor forma posible para, al menos, intentarlo.

Enternece mirar ahora los primeros esquemas. Me obsesioné con ajustar la historia a 13 capítulos por algo tan aleatorio como que el 13 es mi númro favorito, pero los personajes querían respirar, tener tiempo para hablar, relacionarse, viajar. En el primer borrador llegué a 19 capítulos y finalmente, tras muchas podas y reestructuraciones, El mar llegaba hasta aquí tendrá estos:

1: Náufragos
2: Faros
3: Remolinos
4: Salvavidas
5: Rompeolas
6: Barandillas
7: Lagos
8: Redes
9: Acuarelas
10: Perlas
11: Ceniza
12: Sushi
13: Eclipse
14: Tierra
15: Estrellas

No conseguí mis 13 capítulos soñados pero, cosas del azar, mi favorito (Eclipse) sí es el nº13. Mi deseo es que el lector navegue del capítulo 1 al 15, que siga leyendo página tras página aunque algunas cosas le descoloquen, y que llegado al final, se sienta recompensado por haber seguido a Leo en este viaje. Todos somos náufragos pero solo algunos contemplan las estrellas.

The lunchbox

«A veces un tren equivocado
te lleva a la estación correcta.»

Así de caprichoso es el azar. Cuando estás atrapado, solo un error podría liberarte. Atrapado embutiéndote en el metro para ir y volver del trabajo, cocinando día tras día para tu marido, observando el giro incesante del ventilador del techo como único pasatiempo. Atrapado en una vida que no te gusta pero es la tuya.

La liberación: el olor del pollo tandoori al brotar de una fiambrera metálica, las palabras de alguien que por fin te comprende. Un desconocido, porque en The lunchbox hay dos desconocidos deseando conocerse. Deseando o necesitando: viene a ser lo mismo. Un error de logística los une y de golpe vuelven a sentirse humanos en medio de una ciudad abarrotada de gente.

Continúan los gestos mundanos: el cigarrillo en el balcón antes de dormir, tocar la ropa tendida para saber si sigue húmeda. Pero ahora con una sonrisa. Como si supieran que al sonreír en medio del tráfico y los compromisos familiares y el papeleo y los matrimonios que se derrumban, llegarán antes a su destino, sea cual sea.

Parece que las mejores cosas ocurren cuando no esperas nada o esperas otra cosa. Como esta película. Fui a verla como contrapunto de las que vi la semana pasada. Estaba casi solo en cine. Se apagaron las luces antes de tiempo y durante hora y media pude compartir olores, colores, dolores. Salí maravillado. El placer fugaz del cine y la buena comida, de los romances.

Florrie : Sirens

Este EP es un trampolín. Tras año y medio de silencio, Florrie tenía que volver a situarse en tu punto de mira. Tenía que enseñar que el contrato con una discográfica no la había cambiado. Que sigue siendo esa chica con ganas de probar sonidos y ritmos. Y Sirens viene a ser el prólogo de todo lo que es capaz.

Prólogo porque el disco completo llegará a finales de año. Pero en realidad este EP sería un recordatorio: aunque no se parezca en nada a Experiments, sí reconoces esas letras hipnóticas que se repiten y repiten como lluvia, hasta calarte entero, hasta que transmiten mucho más de lo que parecía en un primer momento. Reconoces la voz camaleónica, las percusiones insinuantes, la cadera que se va sola. Como se suele decir, cambiarlo todo para seguir igual.

Estas tres canciones tienen el sabor de los preliminares que te dejan con ganas de más. Será cuestión de seguir nadando, de hacerle caso al canto de las sirenas, tan tentador, y encontrar esa orilla donde todo se cumplirá. Si esto es solo un adelanto, como un primer hombro desnudo al quitarse la camisa, imagínate el resto.

Life, oh life

La vida que quieres, la vida que tienes, la vida que merecías. La oportunidades que no llegaron y las que dejaste escapar. Los momentos donde todo iba a cambiar y nada lo hizo, o solo un poco, y no de la manera que esperabas. La gente más joven que tú, con más suerte o más esfuerzos a sus espaldas: ellos son la prueba de que, sencillamente, no naciste donde ni cuando había que hacerlo.

No era cuestión de tiempo sino de que estuviera escrito. Esa vida que envidiabas de la gente valiente, esos volantazos que tú nunca darás porque no sabes conducir. Como un avión que nunca llega a despegar, dando vueltas tontas por las pistas numeradas del aeropuerto. El rumbo fijado pero no autorizado.

Encogimiento de hombros, qué remedio, pasos cortos uno tras otro por la misma calle de siempre en la misma dirección de siempre. Habrá que conformarse. Y entonces llega un mensaje. Dice algo muy simple que podría trastocarlo todo: «sí». Un nuevo comienzo, una nueva carretera, ¿una nueva vida?