Estudio en escarlata

«Te lo has sacado de la manga». Para un mago, quizá sea un halago. Pero para mí, en pleno montaje de mi historia, fue una indicación clara de que algo no funcionaba bien. Pretendía sorprender, descolocar, por supuesto; que llegado a cierto punto el lector soltara «Ah, claro» al encajar las pistas. En ningún caso ese «No me lo veía venir» que se repitió con el primer borrador de la novela.

Desde que se lo dejé leer a los amigos más cercanos, admiro más que nunca a los buenos escritores de novela policíaca. Cómo consiguen despistarte. Es cierto que si lees de un tirón todos los relatos de Sherlock Holmes, acabas por adivinar los trucos de Arthur Conan Doyle, te adelantas a la solución. Pero hasta ese momento, has disfrutado del placer de que el final siempre te coja por sorpresa. La satisfacción de saberte tonto al no ser capaz de ver que todas las pistas las tenías delante. Tú también podrías haber resuelto el caso pero, claro, tú no eres Sherlock Holmes. El autor ha triunfado con su obra de orfebrería.

Y eso que parece tan fácil cuando funciona en los textos de otros, en realidad exige toda una serie de ajustes al escribir y planificar la historia. Es lo que he descubierto estos últimos meses. Lo que para mí era obvio, para un lector que parte de cero en el mundo que he creado, puede ser confuso o banal. Él sigue leyendo, ajeno a todas las pistas que intento darle y llegado el momento no entiende de dónde salen los nuevos sucesos. Una fiesta de Carnaval al girar la esquina en pleno agosto.

Viviendo cada día con mis personajes, perdí la perspectiva de mi propio texto. Como cuando la conversación viene y va en una fiesta y bromeas sobre un tema que los demás habían olvidado. Te miran como a un loco. Para cuando terminas de dar explicaciones, el chiste ya ha perdido su gracia. La tentación ante esos «Te lo has sacado de la manga», fue irme al extremo, ser obvio desde la primera página. Tampoco funcionó. Tuve que seguir ajustando para que la sorpresa fuera eso y no fuegos artificiales que explotan antes de tiempo.

Escribir es seducir. Tienes que desabrocharte dos o tres botones de la camisa. Ninguno más. Enseñando todas tus cartas demasiado pronto, se perdería el misterio. Nos gusta que nos embauquen lo justo, no que nos mientan ni que nos remarquen lo que ya habíamos entendido. Hay que dosificar la información. Píldora a píldora. Y en el balance entre decir mucho y demasiado poco, ocurre la magia. La sonrisa de complicidad, las manos cogidas, la cama.

Banana Yoshimoto : Amrita

«Los descubrimientos más memorables se realizan
cuando nos adentramos en las cosas por nosotros mismos
y, solos, las hacemos nuestras.»

Me gusta los libros que te sumergen en su historia. Y en verano más. Una historia sencilla, donde en realidad no ocurren demasiadas cosas, solo el descubrimiento de uno mismo. Cada frase una oleada, el libro te mece y te serena. Te atrapa en ese no pasar nada, porque quieres sentirte como la protagonista. Ella permanece siempre estoica y esperanzada.

Lo leí por recomendación de Aitor Villafranca, que acertó de pleno. Es un libro para las vacaciones. O para cuando necesitas estar de vacaciones. Una ventana a otro mundo donde nada va contigo, y todo ocurre despacio. Como la brisa entre las palmeras. Antes de darte cuenta, tu sofá se ha convertido en una hamaca y en la mano tienes un vaso de piña colada.

Banana Yoshimoto a veces se pasa de cursi. Aquí no. O sí, pero se lo perdonas. Dejas que te vaya desmenuzando la historia de esa chica que vuelve a nacer tras un accidente y poco a poco recupera el gusto por la vida, los detalles que la hacen feliz, las conexiones con viejos conocidos y nuevos amigos. En fin: hay que leerlo para ver la vida con otros ojos.

No tengas la misma prisa que yo. Mira bien la cena que ha preparado mamá, el jersey que te ha regalado. Mira bien las caras de tus compañeros de clase, las casas del barrio que demuelen para construir otras nuevas. Cuando se vive en el mundo real uno no se fija en lo que le rodea, pero estando en el camerino de un teatro no se te escapa nada. Date cuenta de que el cielo es azul, de que tu mano tiene cinco dedos, de que papá y mamá están ahí, lo mismo que las personas desconocidas con las que hablas por la calle: todo eso es como beber agua fresquísima. Si no se bebe cada día no se puede vivir. Si no se bebe, si el agua está ahí y no la bebes a grandes sorbos, la garganta se seca y se muere. No sé explicarlo bien, pero es así. Di que no tengo ningún pesar. Díselo a todos. Yo siempre acababa los deberes de vacaciones en la primera semana, lo mismo que el diario que nos mandaban escribir en vacaciones, y envidiaba a los demás, que lo hacían todo en la última semana deprisa y corriendo. Pero me veía obligada a hacerlos enseguida por miedo. Yo de niña era así. Sin embargo, la próxima vez que escriba un diario no cometeré el mismo error, describiré el calor del verano, los rayos de sol, día a día, tal y como lo vaya sintiendo. Tuve prisa. Eso es todo. (Páginas 259-260)

Que empiece la fiesta

La puerta de acceso a una mansión. Así tendría que ser la primera frase de cualquier libro. Con grandes letras de metal, una verja dorada, que pueda abrirse de par en par, y te conduzca hacia un jardín tras el cual se da esa fiesta a la que todavía no sabes si te han invitado. Cuando me da por curiosear en una librería, cojo los libros por sus portadas y por los ecos que despiertan la combinación de autor y título. Pero al final es la primera frase la que decide la compra. Tengo que sentir un flechazo. Admiro a autores como Bret Easton Ellis, capaces de condensar todo el argumento de la novela en su primera frase: «A la gente le da miedo mezclarse con la circulación de los autopistas de Los Angeles» en Menos que cero o «Abandonad cualquier esperanza…» de American Psycho.

Así que me propuse conseguir un efecto parecido con El mar llegaba hasta aquí. El día que me senté a escribir el primer manuscrito, la primera frase brotó sencilla y obvia, como una margarita en el campo: «Siempre llovía». No podía ser otra. Dos palabras que definían la atmósfera de ese mundo que rondaba mi cabeza. Un mundo donde, cómo no, llueve día y noche sobre las ciudades, escena tras escena. Es una parte importante del argumento. Pero no tardé en considerar que como primera frase era algo blanda. Peor que eso: yo, que nunca compraría un libro que empiece con la frase: «Era una mañana de verano y el sol lucía en lo alto», había terminado por sucumbir a la presión climatológica.

Le di vueltas. Mantuve la intención de definir el mundo ya en la primera frase, pero tenía que hacerlo por todo lo alto. Necesitaba algo que sonase poderoso. Que le dejase claro al lector que tenía entre manos una historia donde no solo llovía, también pasaban grandes cosas. Así que retorcí una frase tras otra hasta que di con una que me convenció: «Tanta lluvia lo aplastaba todo». Mucho mejor. Ya no era una simple lluvia, ahora ni los edificios estaban a salvo. Estaba orgulloso de mi hallazgo.

Cuando el primer capítulo original quedó descartado, con él cayó también esa primera frase. Conseguí reubicarla más adelante, en medio de un párrafo, como si ya no tuviera ninguna importancia y me hubiera salido sin pensarlo. Pero lo importante es que mi primera página estaba otra vez huérfana. El capítulo que finalmente se quedaría como el primero empezaba entonces con un «Nadie quiere venir a Granada» que me gustaba mucho, pero que despistaría a cualquiera, ya que la novela, al fin y al cabo, transcurre en su 75% entre Barcelona y Madrid.

La salvación llegó pronto. Un día, hablando un amigo, nos dio por analizar la sensación de dejar a alguien. Esa despedida en el pasillo, el sonido de la puerta a tus espaldas, encontrarte solo con tu maleta en ese rellano y no saber hacia dónde tirar. Me había pasado a mí y le había pasado a él. Y le pasaba también al protagonista de mi novela. De hecho, ése era su punto de partida. Así aporreé unas pocas palabras:

«Un portazo, una maleta y un rellano.»

Y supe que ya tenía mi primera frase. Ningún verbo, pero tres acciones claras. Con esa frase, además, acabé de definir la intención del manuscrito. El mar llegaba hasta aquí cuenta la historia de alguien que tiene que atravesar muchas puertas hasta encontrar su sitio. Alguien que, como yo en su día, tendrá que descubrir que los finales siempre son el inicio de algo más. El libro no podía empezar de otra manera que con un portazo. No será la mejor primera frase, pero en cuanto la escribí, supe que había venido para quedarse.

Milk and toast and honey

Ya lo sabías. Claro que lo sabías, pero siempre te gusta que te lo confirmen. El potencial de tus ideas. Una idea, no muy grande, más bien pequeña, en la que has depositado algo de esperanza y un poquito de ilusión. «Pues me gusta», dice él. Y sonríes. Le gusta.

No solo eso: le ve futuro, añade. Inténtalo. A lo grande. Corrige esto y lo otro. ¿Será esto la autosuficiencia? Confiar en contar ideas y que a veces los demás den el visto bueno. O que te orienten. Alimentarte de su gesto de aprobación, un leve movimiento de cabeza antes de beber la taza de café.

Te sientes afortunado de tener gente sabia alrededor. Gente con otros ojos y otras voces que te hacen crecer. Siempre a mejor. Poco a poco, por el sendero de las ideas que de tanto soñarlas se vuelven grandes.

Mr. Unhappy

Ya no le reconoces. Ese chico enfurruñado, desconfiado, al punto de parecer arisco. Esperaba que los demás le dijeran algo porque él se consideraba el centro del mundo. Cuánto sufría, pobrecito. Ahora lo ves tan lejano como si nunca hubieras sido tú.

Te cuesta reconocerte en el pasado. Ahora sabes que cualquier mañana se puede remontar con una visita sorpresa o con una frase tan inesperada como exacta. Sabes que no tiene sentido esperar lo peor, si al fin y al cabo has sobrevivido tantas veces que cualquier naufragio será solo el penúltimo.

También sabes que a veces lo olvidarás. Que en los momentos de flaqueza, llegarás a convencerte de que las reglas del juego han cambiado. Quizá por eso envías mensajes en una botella, para que le lleguen a tu yo futuro y le hagan sonreír. Recuperará las ganas de buscarse a sí mismo, transformarse, afinando cada día un poco más en la criatura que quieres llegar a ser. Tu vida es esto: dejar de reconocerte para continuar conociéndote.

Always saying something is wrong with me
Well, something is wrong with you, man
Because ever since it’s over between you and I
I feel so amazing
Mr. Unhappy, why didn’t you let me be?