Que empiece la fiesta

La puerta de acceso a una mansión. Así tendría que ser la primera frase de cualquier libro. Con grandes letras de metal, una verja dorada, que pueda abrirse de par en par, y te conduzca hacia un jardín tras el cual se da esa fiesta a la que todavía no sabes si te han invitado. Cuando me da por curiosear en una librería, cojo los libros por sus portadas y por los ecos que despiertan la combinación de autor y título. Pero al final es la primera frase la que decide la compra. Tengo que sentir un flechazo. Admiro a autores como Bret Easton Ellis, capaces de condensar todo el argumento de la novela en su primera frase: “A la gente le da miedo mezclarse con la circulación de los autopistas de Los Angeles” en Menos que cero o “Abandonad cualquier esperanza…” de American Psycho.

Así que me propuse conseguir un efecto parecido con El mar llegaba hasta aquí. El día que me senté a escribir el primer manuscrito, la primera frase brotó sencilla y obvia, como una margarita en el campo: “Siempre llovía”. No podía ser otra. Dos palabras que definían la atmósfera de ese mundo que rondaba mi cabeza. Un mundo donde, cómo no, llueve día y noche sobre las ciudades, escena tras escena. Es una parte importante del argumento. Pero no tardé en considerar que como primera frase era algo blanda. Peor que eso: yo, que nunca compraría un libro que empiece con la frase: “Era una mañana de verano y el sol lucía en lo alto”, había terminado por sucumbir a la presión climatológica.

Le di vueltas. Mantuve la intención de definir el mundo ya en la primera frase, pero tenía que hacerlo por todo lo alto. Necesitaba algo que sonase poderoso. Que le dejase claro al lector que tenía entre manos una historia donde no solo llovía, también pasaban grandes cosas. Así que retorcí una frase tras otra hasta que di con una que me convenció: “Tanta lluvia lo aplastaba todo”. Mucho mejor. Ya no era una simple lluvia, ahora ni los edificios estaban a salvo. Estaba orgulloso de mi hallazgo.

Cuando el primer capítulo original quedó descartado, con él cayó también esa primera frase. Conseguí reubicarla más adelante, en medio de un párrafo, como si ya no tuviera ninguna importancia y me hubiera salido sin pensarlo. Pero lo importante es que mi primera página estaba otra vez huérfana. El capítulo que finalmente se quedaría como el primero empezaba entonces con un “Nadie quiere venir a Granada” que me gustaba mucho, pero que despistaría a cualquiera, ya que la novela, al fin y al cabo, transcurre en su 75% entre Barcelona y Madrid.

La salvación llegó pronto. Un día, hablando un amigo, nos dio por analizar la sensación de dejar a alguien. Esa despedida en el pasillo, el sonido de la puerta a tus espaldas, encontrarte solo con tu maleta en ese rellano y no saber hacia dónde tirar. Me había pasado a mí y le había pasado a él. Y le pasaba también al protagonista de mi novela. De hecho, ése era su punto de partida. Así aporreé unas pocas palabras:

“Un portazo, una maleta y un rellano.”

Y supe que ya tenía mi primera frase. Ningún verbo, pero tres acciones claras. Con esa frase, además, acabé de definir la intención del manuscrito. El mar llegaba hasta aquí cuenta la historia de alguien que tiene que atravesar muchas puertas hasta encontrar su sitio. Alguien que, como yo en su día, tendrá que descubrir que los finales siempre son el inicio de algo más. El libro no podía empezar de otra manera que con un portazo. No será la mejor primera frase, pero en cuanto la escribí, supe que había venido para quedarse.

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