Os hablé hace unos meses de un panel publicitario de la estación de metro de Plaza España. Era una especie de faro que me guiaba: los anuncios que colgaban en él siempre me ofrecían la respuesta correcta en el momento que más la necesitaba. Al cambiar de casa y por tanto de ruta hacia el trabajo, dejé de pasar por delante de ese panel, pero no me preocupé: estaba convencido de que tarde o temprano aparecería otro faro. Y es que el universo no te deja solo jamás. Las señales están siempre ahí, sólo necesitas estar atento.
Ayer me di cuenta de que llevo un par de meses disfrutando de este nuevo faro. Se trata de las pizarras del bar Xalupada, en Barcelona. El bar en sí, a primera vista, parece bastante normal, pero si entras y le das una oportunidad verás que sin duda tiene su encanto. Te reciben dos camareros muy guapos y más que simpáticos (sobre todo cuando ya te conocen un poco), las mesas son en realidad pizarras en las que puedes dibujar lo que quieras con tizas de colores mientras esperas a que te sirvan algunas de sus muchas delicias (las ensaladas aliñadas con el mejor vinagre de módena que he probado, los bocadillos horneados y con nombres divertidos como Polloso o Excalibur, las enormes tablas de carne y patatas rodeadas de diversas salsas que dan nombre al local, postres irresistibles como el coulant o la copa bicolor de chocolate…), hay un cuadro de David Bowie en las escaleras que suben a los lavabos (sí, este detalle me robó el corazón).
Es en definitiva un lugar agradable, donde se come bien, a un precio correcto para ser el Eixample, te sientes a gusto, ponen buena música. He pasado grandes veladas aquí, ya sea charlando, filosofando, haciendo tiempo para salir de fiesta, simplemente cenando o incluso viendo el futbol. Ir a la Xalupada se ha convertido casi sin darme cuenta en el símbolo de mis meses de soltería: buenos amigos, buena compañía, muchas risas, conversaciones trascendentes y conversaciones banales, un escaparate inagualable de tíos buenos, alguna que otra clara, confesiones… Una sensación permanente de felicidad a las puertas de aún más felicidad (para que nos entendamos: the edge of glory). La Xalupada es un refugio, ya sea en día laborable o el fin de semana. Disfruto.
Y como iba diciendo, las pizarras que cuelgan de las paredes de este bar, las frases que escriben en ellas los camareros y que van renovando cada pocas semanas, se han convertido también en mis pequeñas perlas, palabras de sabiduría o simplemente de ánimo que, al igual que aquel lejano panel publicitario del metro, siempre llegan cuando más las necesito. Frases tontas quizá pero que siempre han aparecido el día en que cavilaba acerca de esos temas, como para darme ánimos o confirmarme que siga confiando en mi instinto. Lo de siempre: señales que te van guiando, como el camino de baldosas amarillas de Dorothy.
Son frases como «Yo no creo en Dios, creo en la música. Unos rezan, yo subo el volumen», «¿Crees en el amor a primera vista… o vuelvo a pasar?» o la que vi ayer y me apasionó (muy en la línea de lo que expuse comentando Rubicon): «La experiencia es personalidad. Si nunca hiciéramos nada, no seríamos nadie». Sí: ayer vi esta frase y sonreí. Les di un abrazo a mis amigos; supongo que para ellos ese gesto debió llegar de la nada, pero es que me sentí reconfortado. Me sentí muy tranquilo. Como el marinero que (re)encuentra el rumbo después de la tormenta.
And sometimes I get nervous
When I see an open door
Close your eyes, clear your heart
Cut the cord
¿Y vosotros habéis descubierto ya cuál es vuestro faro?












