El taquillero da un pequeño respingo cuando le pides sólo una entrada para la película de la Sala 3. «¿Una?», te pregunta, pronunciando esa palabra como si perteneciera a algún idioma secreto que nadie debería conocer. «Una», repites con la sonrisa ahora más ancha. Pagas, coges tu entrada y te adentras en el cine. Ignoras el puesto de palomitas. Mientras te rasgan el ticket, miran detrás tuyo con cierta curiosidad mal disimulada: no, no te has olvidado de darle las demás entradas, nadie te acompaña. Has ido solo al cine. Y no tienes cara de que te hayan dado plantón: estás sonriendo.
Parece que haya actividades vetadas para una sola persona. Cuando dices que has ido a algún lado (al cine, a un restaurante, a pasear, de compras…), lo primero que tiende a preguntarte la gente es «¿Con quién?». Nada de «¿Y qué tal, cómo te lo pasaste?». Es muy revelador. ¿Tanto nos asusta la soledad? ¿Tan poco nos interesa lo que hacemos? ¿Tanto miedo tenemos de que los demás nos miren con compasión al pensarse que estamos solos en el mundo?
¿Tan extraño es que te apetezca degustar una película sin interrupciones o deambular por los pasillos de una exposición en silencio, simplemente conectando con las obras? ¿Tan inconcebible resulta que seas capaz de comprar ropa sin necesitar a nadie al lado que decida por ti lo que te queda bien o mal? Eso no significa que no tengas amigos, familia o incluso una pareja/ligue con quien compartir todas esas actividades, sólo que también sabes disfrutar de tus buenos momentos de soledad.
Ahora que estoy soltero salgo más que nunca con los amigos: comidas inesperadas, cenitas fuera y en casa, copas, discotecas, fiestas, viajes, a veces pasamos el día entero en algún pueblo lejos de Barcelona, vamos al cine o a mirar tiendas… No paro. Y lo disfruto. Hay que cuidar a los amigos, hay que dejarse querer y devolverles esa energía que te dan. Pero esto no está reñido con seguir conservando ciertos momentos para uno mismo. Son muy necesarios. Para relajarse, para mantener la perspectiva. Para recordar quién eres. Para no perder la costumbre de tomar decisiones por ti mismo. Para no olvidar qué significa disfrutar de la compañía, también.
Quizá a alguien le doy lástima si me ve leyendo solo en una cafetería junto al mar. A mí en cambio me da lástima la gente que depende tanto de los demás que no sabe estar sola: sin otras personas a su alrededor, serían absolutamente incapaces de decidir qué película ver, qué ropa comprarse, en qué restaurante cenar. Se dejan arrastrar por las opiniones externas. Quedan con los demás no porque disfruten realmente de su compañía sino porque les angustiaría estar solos, verse obligados a rellenar las horas. Suele ser gente insegura que, enfrentada a la soltería, se agarra a clavos ardiendo.
Por mi parte, yo prefiero disfrutar de ambas cosas: después de una tarde paseando solo, pensando, leyendo, escuchando música, empapándome del ambiente y del paisaje, parece que una cena y posterior farra con los amigos saben aún mejor.










