Imperial Teen – Feel The Sound

Feel The Sound da ganas de enamorarse. De que la primavera surta efecto, de que te invadan otra vez esos nervios tontos antes de una cita, de que puedas ir de la mano bajo el sol y la lluvia, cantando los dos porque qué otra cosa se puede hacer cuando solo te apetece cantar la misma melodía una y otra vez. Tiene la frescura de un primer disco pero ya es el quinto del grupo, y en el fondo se nota el buen hacer de quien tiene muchas tablas.

Suenan a grupo de chicos y chicas recién salidos del instinto cuando en realidad son cuatro integrantes ya entrados en la cuarentena. Estos intentos de sonar juveniles suelen notarse forzados (Megalomania de Aqua, ciertos momentos del MDNA de Madonna…) pero a Imperial Teen les sale todo tan natural que ni siquiera viendo fotos de los miembros del grupo se rompe el hechizo. «Seguro que son los padres», piensas negando la evidencia. Será ese punto de ingenuidad, esas ganas de jugar a badminton, esos chapoteos en la playa, los estribillos perfectos o los juegos de voces en la mejor tradición pop. El caso es que funciona, y de qué manera.

It’s You es atemporal como la canción del tráiler de una buena comedia romántica. Es inevitable querer comerte el mundo mientras escucho Runaway, la fuerza juguetona se contagia. No Matter What You Say sonará pronto en un anuncio, es de justicia, y sino ya lo rodaré yo: parece poca cosa, pero entonces llega el estribillo y los pies se te van con ellos. Digas lo que digas, te apetece bailar. Over His Head me ha recordado a The Sounds, y lo digo como piropo, tiene algo de esa contundencia sueca. El disco pasa muy bien porque la mayoría de las canciones rondan los 3 minutos y medio (una ni siquiera llega los 3 minutos) y todas comparten esa atmósfera de estar flotando, de revivir tras el invierno.

Feel The Sound es, en definitiva, la banda sonora oficial de la primavera: escúchalo si estás enamorado, pero escúchalo también si quieres estarlo: con estas canciones luminosas sonando en tu reproductor, alguien llegará seguro. Alguien que te cogerá sin previo aviso y levantará el vuelo contigo para dibujar las nubes. Y te sorprenderás cantando Don’t Know How You Do It. Tu mundo se habrá trastocado, no entenderás qué ocurre, por qué las cosas funcionan de una manera nueva ni por qué ésa sonrisa te llena tanto. Quizá sea porque la has provocado tú. Tendrás que admitirlo: el chico te gusta. La canción podría alargarse hasta la eternidad, y no te cansarías. Porque, a veces, para sentirte vivo basta con tararear unos simples «da-dara-dara, da-dara-dara».

Kiseki (Milagro)

«Imagínate que todo fuera perfecto. Te ahogarías.»

De una película por encargo también puede salir una obra muy personal de su director. Por ejemplo, el Drácula de Coppola. Una de esas películas en la que el autor se deja la piel y su impronta única, quizá precisamente porque no pretendía hacerlo. Un proceso casi inconsciente. Algo así ocurrió con Kiseki, proyecto que llegó a las manos de Kore-Eda con un objetivo doble: promocionar la nueva línea de tren de alta velocidad y dar protagonismo a los hermanos Maeda, dos jovencísimos cómicos ya bastante famosos por esas tierras.

Estas dos premisas vertebran el relato: dos hermanos que viven separados pretenden pedir un deseo gracias a la energía que, según han oído, produce el cruce entre dos trenes shinkasen. Las dos horas previas a ese clímax son un recorrido por el mundo de ambos niños y sus amigos. Redescubres el mundo a través de su mirada ingenua. El día a día del colegio, los profesores que pasan del enfado al estímulo, las aventuras y las horas muertas que disfrutas con los amigos, cuidar de tus padres como si fueras tú el adulto… Vuelves a ser niño, sí.

La película conquista por su naturalidad. Luego lees las notas de producción y entiendes por qué: no se dió guión a los niños, se les pidió que actuasen tal como lo harían viviendo esas escenas. Se les daba objetos para que interactuasen con ellos a voluntad. Por eso se les nota tan espontáneos, tan distintos a los robóticos niños que suelen poblar las películas. Kore-Eda sabe cómo darles alas, cómo aprovechar esa improvisación para que la película gane enteros. Y así es cómo una película costumbrista levanta el vuelo y se convierte en algo más, una fábula sobre las infinitas maravillas del mundo.

Ayer descubrí una cita de Oscar Wilde que le vendría muy bien a Kiseki: «La suerte es una ciencia: si creas las condiciones, obtienes los resultados.» Eso son los verdaderos milagros. Y lo entienden muy bien los niños. Ellos todavía creen en la magia porque nunca habría que dejar de creer en ella. Y aprenden que todo es perfecto tal como es, porque no podría ser de otra manera.

Ayer, por Sant Jordi, una amiga me regaló un libro infantil, y me conquistó. Porque me gusta ser un niño de 29 años, porque solo los niños comprenden la grandeza de las cosas inconexas: tu reflejo en una campanilla, los golpes de una mano en el hombro, un perro en la mochila, el sabor sutil de un pastelillo, la caricia de unas flores… Momentos al margen del camino, porque la meta no importa. A la meta ya llegarás algún día, si es que llegas; por ahora, disfruta. Acepta que hay piedras y pasos elevados, que las cosas no son perfectas precisamente para que puedas tomar desvíos y compartirlos con la gente especial.

«Al final no pedí un deseo. Escogí el mundo.»

This way could be my Book of Days

Se puede leer por muchos motivos. Y se puede leer todo tipo de libros, que para eso los venden. Lo importante es que, con un libro en las manos, seas invencible. Sí, invencible porque el buen libro te aísla: deslizándote por sus páginas no estás exactamente aquí, aunque realmente te sientas más aquí, más tú que nunca. Te aferras tan fuerte a esa piedra de papel encuadernado. Durante esas horas es lo único que tiene sentido. Y eres feliz, porque de eso se trata, de esa  plenitud, de cerrar un libro con la sensación de que estás un paso más cerca. ¿De qué? Ya se verá. Dependerá de ti, del libro, del camino.

El primer libro del que tengo recuerdos (aunque, por supuesto, no fue mi primer libro) se titulaba Quan la Tina marraneja. Tendría yo 6 o 7 años y, como es lógico, a esa edad no le veía ningún doble sentido al título. Solo sabía que era infumable. A Tina no le gustaba la col lombarda y a mí no me gustaba que me explicasen que no le gustaba la col lombarda. No me aportaba nada. O no conectábamos. Leí una y otra vez aquel primer capítulo, un bucle creado por mi propio aburrimiento, como si a base de releerlo, las desventuras alimenticias de Tina fueran a volverse interesantes. Sobra decir que no me acabé el libro a tiempo para el examen.

Mi idilio con los libros podría haber terminado ahí mismo. Pero tomé otra decisión: leer solo los libros que me gustasen. O como mínimo los que me atrayeran, porque ya lo he contado otras veces: los libros te llaman, sientes que tienes que poseerlos a toda costa, como Bastian al ver el volumen de La Historia Interminable en la librería de Koreander. Tuve la suerte de que mi madre y sobre todo mi abuela alimentaran esta sed lectora sin poner trabas. No todas las abuelas regalarían un ensayo sobre Jack El Destripador que se le ha antojado al nieto de 11 años; la mía sí, y por eso (y por muchas otras cosas) la quise tanto. Ahora sonrío cuando, en mi tienda, alguna abuela no se atreve a comprarle un tomo de Dragon Ball al nieto. Si supieran…

Con los libros he crecido. Pegué el estirón leyendo a Stephen King y Michael Crichton, desembarqué en la edad adulta de la mano de Terenci Moix, durante mis primeros trabajos basura encontré consuelo en las páginas furiosas de Chuck Palahniuk y David Foster Wallace, refloté el año pasado con la compañía de Albert Espinosa, los samurais, Javier Montes, Mathias Malzieu… Cuando he cambiado de casa, siempre ha habido unos títulos y unos autores que tenían que venir conmigo sí o sí para que aquellas cuatro paredes se sintieran como un hogar. Luego ya llegarían los muebles. Son estufas, los libros. El placer del agua cálida en verano.

Así que… ¡Feliz Sant Jordi a todos! Especialmente a quienes, como yo, hoy no vayan a recibir un libro. Pero nos lo autorregalaremos. O cogeremos uno de la estantería y lo releeremos. O lo escribiremos, si es necesario. Sea como sea, leed mucho y leed a gusto.

The stars and the sun dance to your drum

Todos tus mañanas podrían ser así. Hundirías las manos en botes de pintura y esparcirías los colores alrededor, convertirías tu mundo en un cuadro de Pollock, un vídeoclip de MIKA. Saltarías de charco en charco. Todas tus tardes podrían ser así. Fotografiarías cada puesta de sol dorando los tejados, dorando aquella azotea con plantas exóticas que algún día compartiremos. Viajarías, volarías, merendarías cada tarde algo distinto. Todas tus noches podrían ser así. Especiales como las noches de verano, cuando solo importan los mojitos y la música del concierto al aire libre y el escalofrío de la brisa y el mimbre clavándose en los lugares que luego habrá que acariciar. Toda tu vida podría ser como te gusta, sí. Hay algo que te frena. Tú.

Ayer salí a hacer fotos. Estrenaba una cámara analógica, de las de carretes de 36 fotos. Me la regalaron hace ya año y medio y todavía no me había atrevido a usarla. Tenía pensadas mil fotos que haría pero siempre pensaba: ¿y si no pongo bien el carrete, y si me equivoco con la configuración, y si al reverlas salen todas blancas? Yo, que de pequeño me encargaba de la cámara familiar y cambiaba carretes con toda soltura, ahora prefería esperar. A aprender por arte de magia o a que alguien me enseñase, un tutorial como colofón de una cita más o menos romántica.

Sí. Ayer salí a hacer fotos y eso fue lo que hice. Fotos. Por instinto. Sin pensar en el revelado futuro. Riéndome de la posibilidad de que hubiera colocado mal el carrete y por tanto no hubiera fotos que revelar. Daba igual. La tarde de Barcelona invitaba a quitarse la chaqueta y el sol resaltaba detalles nuevos en cada rincón. El placer de cada click. Disfrutar la ciudad con ojos de turista, cruzarla entera, desde mi barrio hasta el mar. Y me sentí bien. Por fin lo hacía, por fin me atrevía.

También me compré unas gafas de sol. Las primeras de mi vida. Siempre pensaba: «Algún día encontraré unas gafas de sol que me queden bien». Pero a todas les ponía pegas. En verano iba con el ceño fruncido y uno de los ojos medio cerrado. Pero ayer las vi. Mis gafas, molonas como ellas solas, y las compré. Hay que hacer las cosas que te gustan. Sin esperar a que llegue el momento perfecto, porque el único momento es ahora. «La felicidad no existe. Solo existe ser feliz cada día», dice Albert Espinosa, y he comprendido que tiene razón. Todo lo demás son excusas y a mí no me interesan. Mueve los pies. Primero uno, luego el otro: ya has dado un paso. Ya estás junto al bote de pintura. Ahora ábrelo, a ver qué pasa.

Rufus Wainwright – Out Of The Game

«Sometimes you need a stranger to walk with.»

«No te vayas», susurras con el emocionante crescendo de gaitas que despide el último tema, Candles. Todo el disco sirve de escenario para la batalla dulce entre los holas y los adioses. Conseguir lo que querías y estar a punto de perderlo. Saberte muy frágil porque por primera vez en mucho tiempo te sientes invulnerable. ¿Cuánto durará? No lo sé, pero no te vayas. Ya has perdido antes, ahora quieres ganar, ya te toca: que cada encuentro suene tan triunfal como Welcome To The Ball.

El título del álbum no podría ser más irónico. Rufus Wainwright está aquí totalmente dentro del juego, consciente de la calidad del material que ofrece, amo y señor de su talento, como en la portada. Lo ha vendido como su disco más pop, yo opino que esa definición solo es una máscara. Porque ni la producción de Mark Ronson, a ratos gospel (Jericho, sobre todo), a ratos soul de local polvoriento, y a ratos casi synth-pop, puede esconderlo: éste es el disco más sincero del cantante. Por eso su voz suena menos teatral que otras veces. Le basta con sentir las letras.

Tenía muchas expectativas puestas en este disco, después de que la canción Out Of The Game fuera la banda sonora oficial de mi viaje por Granada. La primera escucha me dejó descolocado. Sí pero no. De igual modo que hay personas de las que no te prendas hasta la segunda vez que los ves («¿pero cómo no me fijé en lo guapo que era antes de ayer?»), el álbum me conquistó a la segunda escucha. Los coros fueron abrazándome, las letras fueron calando, los sonidos se tornaron cálidos, llegó la conexión, los brazos desconocidos que se rozan en la penumbra. Rufus sonrió y yo con él. Os invito a sentir lo mismo.

Se le nota enamoradísimo en canciones como Respectable Dive (lanzarse a la piscina pero con cabeza, vestido de gala) o sobre todo Song For You: viene a ser el Your Song de Rufus, una declaración de amor en toda regla: «podría escoger muchas letras, pero solo hay una canción para ti». Tiene algo de créditos finales de una película romántica. Casi todo el disco suena así, en realidad: pomposo pero con los brazos abiertos. La sinceridad inspira ternura.

También hay cápsulas del tiempo: Montauk es una carta para su hija sobre las futuras visitas que hará a sus dos padres cuando sea mayor y se haya emancipado. Perfect Man llega directa de los años 40, y no es la única. El tiempo deja de tener sentido porque Rufus Wainwright solo quiere compartir su felicidad actual, recién casado y con una hija. Hubo pérdidas pero él ha ganado (solo así se comprende que una canción titulada Bitter Tears suene tan victoriosa). Tiene zapatos nuevos y un traje nuevo y hasta un bastón que en realidad no necesita. Canción a canción, comparte viñetas de su presente a las que te permite asomarte.

Para cuando llega Sometimes You Need, descubres una necesidad que guardabas muy dentro, tan enterrada que ni siquiera sabías que la tenías. Rufus te comprende, se ha metido en tu cabeza y lo saca todo a flote. Y querrías llorar. Un abrazo eterno, de los que ahogan, para no ahogarte. En este momento, en este abrazo que podría durar horas, eres feliz. El sofá es un océano para nosotros. Sin soltarte, Rufus susurra un Quédate en Madrid a la inglesa: «Let’s get lost in Los Angeles». Nada más romántico. Y crece la música, como en los cuentos de hadas, crece y crece porque te has quedado.