El Pescao – Ciao Pescao

Estaba aprendiendo a nadar. Y el primer disco de El Pescao llegó justo cuando lo necesitaba. Fluir, quererse, perdonar, cantar. A todo eso aprendí por mi cuenta, pero Un viaje nada-lógico le puso la banda sonora perfecta. Es normal que, ahora que estoy tan bien, asentado en mi vida y mi trabajo y mi novio, El Pescao diga adiós.

Es una despedida temporal; en cuanto termine la gira a finales de este mes, David Otero se marcha un par de años a Sudamérica, para desconectar e inspirarse. Y es, además, una despedida con regalo: Ciao Pescao, un EP de 4 canciones nuevas. Fiel a su estilo, pero con el toque familiar de tener ya una banda establecida.

Todo se complica desafía el viento, porque cuando las cosas no son fáciles hay que seguir intentándolo, siempre hacia adelante, con la energía de una guitarra, cada paso un golpe de batería. Y llega el éxito, y con él la calma. Navegando por El mundo de los recuerdos, te reconcilias con el pasado. Esas pequeñas aventuras que te trajeron hasta aquí. Ya no duelen, por eso puedes rapear a ritmo de reggae algunas rimas graciosas: «Bola de Dragón Z» con «a Sabrina se le vio una teta».

En realidad la letra al completo no tiene ningún desperdicio: nostálgica y traviesa, un álbum de fotos amarillas donde alguien escribió la palabra «chocho». Corazón de Cristal no es un cover de Blondie (¡ojalá!) sino una declaración de intenciones: yo soy así, y así seguiré. Y cuando por fin zarpa el barco hacia nuevas aguas, El Pescao ya ha superado los miedos, dice las cosas que siente, da la bienvenida a los besos. Su consejo: quiere mucho, déjate llevar. Que no te llamen loco.

Las cosas pares

Los ojos, las orejas. Las extremidades. Las ruedas que te llevan lejos. Las peras y las manzanas al meterlas en la bolsa para pesarlas: coges 4 o 6, nunca 5. Los yogures y las galletas, todo lo que compras para preparar con cariño la cena o el desayuno. Los gemidos en la cama. Las patas de la cama. Las veces que lees los buenos libros o ves las buenas películas (una a solas, otra acompañado). Los invitados a un evento.

Las velas y los cubiertos, los minutos que tarda en consumirse el incienso, las veces que te gusta oír las cosas, los ticks verdes del WhatsApp, los dedos que se entrelazan, las ondas en el agua antes de volver la calma, las palabras de un «te quiero». Tú al mirarte en el mejor espejo: otros ojos. Sí, las mejores cosas son pares.

Casarme no entra en mis planes, pero considero imprescindible tener la posibilidad de hacerlo. 7 años de incertidumbre a causa de un recurso (acompañado de esa frase perversa: «ahora no podemos retirarlo», como si se hubiera puesto solo) y, por fin, una sentencia. Afortunadamente, desde hoy amar ya es constitucional para todos.

Fly me to the moon

La Luna. Así se llama el cortometraje más reciente de Pixar. Hace un par de meses oí maravillas sobre él en Confesiones tirado en la pista de baile, pero no podido verlo hasta hoy. Es precioso. La calidad técnica era incuestionable, al fin y al cabo es de Pixar, pero el encanto de La Luna reside en su pequeña historia.

La aventura de hacerse mayor en clave de leyenda. Tres generaciones de hombres realizan alguna especie de mantenimiento en la Luna (la respuesta llegará en el último fotograma). Nuestro protagonista es el más pequeño de ellos, un niño que empieza a mimetizar gestos de los adultos, pero también tiene despuntes de iniciativa.

Está aprendiendo. A llegar a la Luna, para empezar. Todos hemos intentado alcanzarla con los dedos. Escalón a escalón, él lo consigue. Hay en su peripecia ecos del Viaje a la Luna de Méliès, también se evoca esa reinvención de la realidad de El Principito y, desde luego, a nivel visual la primera referencia que viene a la mente es el videojuego Super Mario Galaxy.

Un cóctel para beber de un solo trago: 7 minutos perfectos. Como esos cuentos que te adormecían de niño, pero en forma de poesía animada para que los adultos vuelvan a abrir los ojos. Porque hacerse mayor es soñar despierto, más y mejor. Multiplicar las estrellas. A martillazos, aunque sea. Gracias, Pixar.

All the people in the world

Después de 18 años asistiendo puntualmente al Salón del Manga, ayer me emocioné. Han ampliado el recinto, ahora es más céntrico, al lado de Plaza España, hay más exposiciones, actividades (talleres de cocina, por ejemplo), más tiendas, más restaurantes… Habían apostado alto por la edición de este año, y los resultados se notaban: más gente que nunca y todo caras sonrientes.

Unos felices por encontrar productos que no sueles encontrar más allá de eBay, y otros felices por estar vendiendo tanto. Hasta los típicos expositores que van más por dejarse ver que otra cosa, ayer vendían a manos llenas. En los tiempos que corren, me emocionó ver tanta actividad, la verdad. Ver que algo funciona.

Siempre estaré del lado de quienes innovan, de los creadores. Quien dedica su pequeña editorial a la literatura japonesa o quien contrata una serie de televisión sobre un niño pelopincho que busca unas misteriosas bolas montado en su nube. Todos merecen reconocimiento, por atreverse, tender puentes, ayudarnos a crecer.

18 años han pasado desde que mi padrastro me acompañó a la primera edición del Salón del Manga, cuatro tiendecillas repartidas por los andenes de la Estación de Francia. Poco queda del niño tembloroso y apocado de entonces. Supongo que como la propia feria, crecí. Ni recortes ni prohibiciones: hay que apostar, hay que crecer. Y los resultados llegan. El Salón cumple mayoría de edad. ¡Ahora empieza lo bueno!

Head over feet

Ya no tropiezo. Antes, no hace tanto, me llamaban Susan Mayer. El apodo no era gratuito: tropezaba con el mismo aire. Cuando más cuidado intentaba tener, más se enredaban mis pies con todo lo que hubiera por el suelo, más dejaban caer mis manos lo que estuviesen aguantando. La torpeza es adorable, pero rompe cosas.

Hasta que un día reaccioné. Me di cuenta de los motivos. Estaba en la cocina, había escurrido los macarrones, ya estaban en el plato, con la salsa de tomate y el queso rallado, y justo entonces, al girarme para salir, pensé cuanto odiaba ir con prisas, tenía que comer en cinco minutos, me veía ya bajando al trote las escaleras del metro, seguro que lo perdería.

Pensé y el plato cayó al suelo. Todos los macarrones desparramados por el pasillo. Me quedé sin comida porque estaba pensando. Quejándome. Mientras limpiaba la salsa de tomate del suelo, eché la vista atrás y descubrí que mi torpeza no era natural. Nada fallaba en mis extremidades, era mi mente la que me traicionaba al pensar en cosas negativas. Así que decidí pensar menos, o pensar mejor.

Apartar los odios, rencores, mentiras, ansiedades, expectativas irracionales. Dejé de tropezar, ya no se me caían tantas cosas. La mente no es perfecta, claro, a veces aún me da por pensar. Me impaciento porque el futuro no llega, por ejemplo, y ahí está el cuerpo para devolverme al camino: me clavo la rodilla contra una estantería y se me cae el móvil al suelo. Relájate, ya no eres Susan Mayer. Ahora el aire lo respiras.