Head over feet

Ya no tropiezo. Antes, no hace tanto, me llamaban Susan Mayer. El apodo no era gratuito: tropezaba con el mismo aire. Cuando más cuidado intentaba tener, más se enredaban mis pies con todo lo que hubiera por el suelo, más dejaban caer mis manos lo que estuviesen aguantando. La torpeza es adorable, pero rompe cosas.

Hasta que un día reaccioné. Me di cuenta de los motivos. Estaba en la cocina, había escurrido los macarrones, ya estaban en el plato, con la salsa de tomate y el queso rallado, y justo entonces, al girarme para salir, pensé cuanto odiaba ir con prisas, tenía que comer en cinco minutos, me veía ya bajando al trote las escaleras del metro, seguro que lo perdería.

Pensé y el plato cayó al suelo. Todos los macarrones desparramados por el pasillo. Me quedé sin comida porque estaba pensando. Quejándome. Mientras limpiaba la salsa de tomate del suelo, eché la vista atrás y descubrí que mi torpeza no era natural. Nada fallaba en mis extremidades, era mi mente la que me traicionaba al pensar en cosas negativas. Así que decidí pensar menos, o pensar mejor.

Apartar los odios, rencores, mentiras, ansiedades, expectativas irracionales. Dejé de tropezar, ya no se me caían tantas cosas. La mente no es perfecta, claro, a veces aún me da por pensar. Me impaciento porque el futuro no llega, por ejemplo, y ahí está el cuerpo para devolverme al camino: me clavo la rodilla contra una estantería y se me cae el móvil al suelo. Relájate, ya no eres Susan Mayer. Ahora el aire lo respiras.

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