Happy Thank You More Please

I’ve realized the problem. You write short stories and I think you like living short stories. I’m kind of ready for the novel.

A veces basta con detenerse un momento, cerrar los ojos y escuchar atentamente lo que te rodea para descubrir ante ti aquello que tanto esperabas y a lo que tú mismo (sin darte cuenta) le cerrabas la puerta. Así ocurre en una de las escenas más románticas de «Happy Thank You More Please» y de eso va la película: de estar receptivo, de querer estar receptivo.

Josh Radnor es Ted Mosby en una de mis series favoritas, «How I Met Your Mother». Su personaje es ñoño hasta lo empalagoso y muchos lo odian, pero a mí me inspira bastante ternura en su ingenua búsqueda del amor eterno. El actor no quiere apalancarse y por eso ha optado por ponerse manos a la obra antes de que termine la serie creando su primera película. La escribe, la dirige y la protagoniza. Se presentó en el Festival Sundance 2010 y ganó el premio del público. Ha tenido que pasar más de un año para que se estrene en España, pero nunca es tarde para una película tan encantadora. Sencilla y pretenciosa a ratos, naïf siempre pero también encantadora.

«Happy Thank You More Please» es un cuento de Peter Pans treintañeros que viven y se enamoran en Nueva York. Ya sabéis: New York, l’amour. Es la historia de un escritor de relatos cortos que quiere dar el paso a algo más ambicioso: publicar su primera novela. Es también la historia de la amistad entre dicho escritor y un niño de familia conflictiva con un talento enorme para la pintura. Pero sobre todo, es el retrato de seis personajes que conforman tres parejas en momentos muy distintos de la relación.

Tenemos los dos exnovios que siguen encallados en esa relación que ya no existe; intentan rehacer su vida pero no lo consiguen. Tenemos la pareja en crisis, que está ante cambios profundos a los que no saben muy bien cómo enfrentarse. Y tenemos la pareja que acaba de conocerse; tiene que obligarse a estar ilusionados después de un historial de fracasos sentimentales. Todos comparten un mismo problema: el pánico al futuro. Les falta madurar. Abrirse al mundo.

Pero «Happy Thank You More Please» es ante todo un recordatorio de que debemos dar gracias. Gracias por estar vivos, gracias por tener buenos amigos, gracias por el amor que recibimos, gracias por todas las lecciones que aprendemos día a día. Esta gratitud es la clave de nuestra felicidad. Y todo esto, aderezado por una buena selección de canciones indie donde brillan con luz propia los temas de Jaymay, como por ejemplo Rock Scissors Paper.

El plantel de protagonistas es un amor; destaco a Malin Åkerman, actriz guapísima que ya me gustaba en «The Comeback» y aquí nos sorprende haciendo de Annie, la mejor amiga del protagonista: muy mística, tiene un tipo de alopecia que la ha dejado totalmente calva y aún así se esfuerza en sonreír cada día y hacer que quienes la rodean también sonrían. Es una bendición tener cerca gente así de vital.

En fin: si os gusta soñar despiertos y confiar en un mundo donde es posible enamorarse a primera vista mientras vas al metro para una entrevista de trabajo, no os la perdáis. No os contará nada nuevo, pero al terminar os dejará con una bonita sonrisa de agradecimiento. Más, por favor.

Sadness, be gone. Let’s be people who deserve to be loved, who are worthy, ‘cause we are worthy.

Bon Appétit

No hay receta para nosotros, así que tendremos que improvisar.

Mi consejero oficial de cine sigue acertando de pleno con sus recomendaciones. Una vez más, me sorprende con la película correcta en el momento oportuno. David Pinillos debutó en el cine llevándose el Goya 2011 a Mejor Director Novel, y no es para menos. Se trata de una película bien hecha, a medio camino entre el drama y la comedia romántica, muy resultona. En algunas cosas, me recordó (salvando siempre las distancias, claro) a la maravillosa «(500) Days of Summer».

Dani huye de su Bilbao natal en busca de su lugar en el mundo. Deja atrás a una novia a la que ya no quiere, aunque no se atreva a decírselo. Acaba trabajando en Wackerle, un prestigioso restaurante de Zurich donde hay más gente perdida como él: Hugo, un guapísimo italiano responsable de la cocina, y Hanna, una chica alemana que además de ser la sumiller del restaurante, enamorará al protagonista con su sonrisa y su espontaneidad. Supervisándolos a todos, está el estricto dueño del restaurante, Thomas, preocupado por las apariencias y por no perder todo aquello que tanto le ha costado construir.

La película no destaca por su argumento, sino por la naturalidad con que está tratado todo. No hay grandes giros argumentales ni vueltas de tuerca: las cosas van fluyendo como toca, sin más. Sientes que si esta historia fuera real, ocurriría justamente así. Tal cual. Pasito a pasito, escena a escena, emoción a emoción, con los mismos miedos y los mismos besos fugaces que comparten Dani y Hanna. Ese acercamiento sutil, sin prisa pero sin pausa, ese notar la magia entre dos personas, ese tener miedo de decir demasiado, pero también miedo de no decir suficiente.

Los diálogos están cuidadísimos, hay escenas muy logradas (el paseo nocturno, la primera cena, el amanecer sobre Zurich…). Unax Ugalde y Nora Tschirner consiguen una complicidad excelente entre ambos, nada fácil teniendo en cuenta que sus personajes no cruzan la barrera de la amistad. A destacar la selección de canciones, temas que refuerzan tan bien las escenas que parecen compuestos expresamente para la película.

Me quedo con dos momentos: Hanna cantando Strange Things Will Happen en el coche (inigualables la dulzura de su sonrisa y ese cruce de miradas) y la improvisación de Dani, que con 4 ingredientes muy dispares (spaguettis, naranjas, huevos y caramelos de menta) se las maneja para preparar una deliciosa cena. La vida es eso: atreverse a cocinar algo rico incluso cuando la nevera se te pone a la contra. Y con paciencia y empeño, acabas encontrando tu lugar.

No Strings Attached / Sin compromiso

Siempre he presumido de no tener prejuicios. Cada película tiene su momento, y del mismo modo que me gusta ver películas con sustancia, profundas (por decirlo de algún modo: odio ese adjetivo), también disfruto con otras más palomiteras cuando toca. La verdad es que ahora que voy solo al cine más a menudo, el número de películas gafapasta que veo se ha incrementado, pero el miércoles me apeteció una buena dosis de comedia romántica sin pretensiones. Lo bueno de las comedias románticas es precisamente su previsibilidad: sabes que vas a salir del cine con una sonrisa de lado a lado, dando saltitos y creyendo en el amor. «Sin Compromiso» cumple su cometido. Al menos, conmigo, porque parece que a nadie más de mi entorno le ha convencido, todos la han encontrado absurda y lenta. Y quizá no les falta parte de razón, pero a mí no me importó.

Ya sabéis de qué va esto: chico conoce a chica, el destino los separa y los vuelve a unir cuando ninguno de los dos busca ninguna relación seria. Se convierten en follamigos y… En fin, no os voy a destripar la película pero os podéis hacer una idea. Si queréis sorpresas, giros argumentales y frases memorables, es que habéis entrado en la sala equivocada del cine. Lo cierto es que a Natalie Portman no se la acaba de ver cómoda en su papel (afortunadamente lo compensa siendo la buena actriz que es); Ashton Kutcher en cambio está en su salsa. La química entre los dos es aceptable, supongo que influye que sean tan guapos.

La película cobra color gracias a los personajes secundarios: el padre de Ashton en plan vieja gloria patética, la asistente friki y muy pava, la ex novia petarda, la jefa majara, la amiga basta, la hermana incapaz de estar sola… Son estos secundarios los que brindan las mejores escenas de la película, y debo reconocer que con ellos me reí mucho. La asistente desatada quitándose la camisa y hablando en voz alta es adorable, por ejemplo. He leído ciertas críticas hacia Ashton Kutcher (y su físico), los años no pasan en balde. A mí, en cambio, me gusta mucho más ahora: más natural, menos crío.

No cambiará vuestra vida, no pasará a engrosar vuestras listas de «las mejores comedias románticas», pero en mi caso me hizo pasar hora y media agradable. También es cierto que ahora estoy en una etapa muy receptiva, en cualquier cosa encuentro detalles que apreciar, pequeñas lecciones que aprender, ciertos detalles en los que sentirme identificado y otros con los que recordar cuál es mi camino. Y estoy así de receptivo y analítico incluso viendo algo insustancial como «Sin compromiso». Ni los planos del culazo de Ashton me despistan. Corroboro lo que siempre digo: no hay que obsesionarse en buscar, pero tampoco hay que cerrar puertas a nada. Hay que disfrutar de todas esas oportunidades que surgen espontáneamente, sin que las persigamos. Tener a miedo al sufrimiento sólo nos hace sufrir aún más.

Frédéric Beigbeder – El amor dura tres años

Al principio, todo es hermoso, incluso tú.

Más que una novela, a ratos «El amor dura tres años» es una especie de manual de autoayuda con tintes autobiográficos. Un ensayo sobre el fin del amor, un estudio del desamor para autoconvencerse el propio autor y tratar de convencerte a ti por el camino. Y lo consigue. Frédéric Beigbeder (autor del bestial «13,99€») fue publicista, y eso se nota. Sus frases son lapidarias. Puros eslógans. Provocadores, salvajes, sinceros, indiscutibles. Terapia de shock intravenosa con forma de libro.

A través de capítulos muy breves (el más largo tiene 5 páginas; la mayoría, 2), Beigbeder va desgranando el fracaso amoroso de su alter ego Marc Marronier: se enamoró, se casó, se divorció. Y vuelta a empezar, porque se vuelve a enamorar, y vuelve a sufrir, ahora con el añadido de saber que todo terminará dentro de 3 años, porque el amor (según el autor y según la bioquímica) está diseñado para durar sólo ese lapso de tiempo. El entorno de la novela: el París burgués, de los veinteañeros y treintañeros modernos. Contando sus miserias, Beigbeder expone las de toda una generación entera obsesionada con el lujo, las fiestas, las apariencias, el sexo esporádico y todo lo que sea fácil y rápido.

Lo leí hace muchos años, después de que «13,99€» me impactase, y recuerdo que entonces «El amor dura tres años» no me gustó tanto. Quizá porque es uno de esos libros que tienes que leer en el momento preciso. Entre el título y el argumento ya os imagináis cuál es ese «momento preciso». Ahora, en cambio, me ha encantado. En su descreímiento, Beigbeder coge los tópicos, los retuerce, los lleva al extremo, pero lo hace con una sinceridad tan brutal, que no sólo te obliga a sentirte identificado, también te lleva a suplicar: «dame un poco de esperanza, coño». Y te la da, claro. El libro no es sólo un largo lloriqueo emo sobre el desamor, también es la búsqueda de una salida, con la voluntad de aprender a hacer las cosas bien en el futuro. Lo dicho: es un libro para leer en el «momento preciso».

En el momento preciso y con un lápiz en la mano, porque lo necesitaréis para subrayar un frase tras otra y párrafos enteros. Os dejo una selección de citas del libro para que podáis haceros una pequeña idea del contenido.

El primer año, se compran muebles. El segundo año, se cambian los muebles de sitio. El tercer año, se reparten los muebles.

Nuestra generación es demasiado superficial para el matrimonio. Casarnos es como ir al McDonald’s. Luego, hacemos zapping.

Cuando uno lo tiene todo demasiado pronto, acaba deseando un desastre que lo libere. Una catástrofe para sentirse aliviado.

Llegará -fatídico- el día en que tendrás que esforzarte. En que tus «te quiero» ya no tendrán el mismo sabor. A mí, la voz de alarma me pilló en la fase de afeitado. Me afeitaba todas las noches para no pinchar a Anne al besarla por la noche. Y, una noche -ella ya estaba durmiendo (había salido sin ella hasta el amanecer, el típico comportamiento lamentable que uno se permite con la excusa del matrimonio)-, no me afeité. Pensé que no era grave, ya que ella no iba a darse cuenta. En cambio, aquello significaba simplemente que ya no la quería.

El amor se acaba cuando es imposible volver atrás.

Todo el problema del amor radica en lo siguiente: para ser felices necesitamos seguridad cuando resulta que para estar enamorados necesitamos inseguridad. La felicidad se basa en la confianza mientras que el amor exige dudas e inquietud.

El amor es una catástrofe espléndida: saber que te vas a estrellar contra una pared, y acelerar a pesar de todo: correr en pos de tu propio desastre con una sonrisa en los labios; esperar con curiosidad el momento en que todo se va a ir al carajo. El amor es la única decepción programada, la única desgracia previsible que deseamos repetir.

The time stood still, the time was flying

Una semana de verano en Granada. Una mañana gris en Madrid. Un encuentro fortuito de medio minuto en Barcelona, en una tarde que no recuerdo si hacía sol, o si llovía, o qué. Así nace y muere el primer amor. Fin de la historia. Una historia normal, sin más misterios: un amor adolescente que naufragó como tantos otros miles de amores adolescentes pero que, como es lógico, a mí me marcó por ser el mío. Varias casualidades me han llevado estos días a recordar la historia; entre otras cosas, que buena parte de La mecánica del corazón transcurra en Granada, precisamente en Granada.

Ya os conté hace unas semanas el reencuentro con P, mi primer amor, en Madrid, y por qué ese reencuentro me llevó durante mucho tiempo a asociar esa ciudad con la lluvia. Faltaba el último capítulo (bueno, y también el primero, claro: la feliz semana en Granada… pero eso me lo guardo, por ahora). Y es que P y yo nos volvimos a ver una última vez, años después de que fracasase estrepitosamente el intento de darnos una nueva oportunidad.

Salía yo del metro de Plaza Catalunya, esa salida que forma una especie de plaza subterránea en ruinas y que da al bar Zurich. Yo había quedado con un chico. Era la típica cita inesperada que sabes que va a ser un desastre: lo sabes tan bien que no te molestas ni en arreglarte, y te aseguras de llevar el reloj en hora para poder mirarlo a media cita con gesto de «uy, ¡pero qué tarde es!» y así irte cuanto antes. Iba a subir las escaleras y entonces te vi, P. Tardé horas, años, siglos en asimilar que eras tú. Tú en Barcelona. En la ciudad donde en su momento ibas a venir a estudiar y no viniste, donde si hubieras venido quizá todo hubiera sido distinto. Tú. Aquí, por fin. Tan cerca, pero más lejos que nunca.

Me arrepentí al instante de no haberme arreglado. Tampoco sé si lo habrías notado, pero es verdad: me arrepentí. Tú en cambio estabas muy guapo. No sé si más guapo que en Granada, pero más guapo que en Madrid, eso seguro. Parecías tan maduro, tan feliz. Habías cambiado. Estabas tan distinto, y sin embargo te parecías tanto al P que me enamoró aquel verano en Granada. Con tu camiseta azul y tus pantalones cortos y tu sonrisa.

-¡Holaaa! -nos dijimos al darnos cuenta de que sí, de verdad éramos tú y yo, éramos nosotros.
-¿Qué haces por aquí? -preguntaste con toda naturalidad. Como si Barcelona no fuera mi ciudad.
-¡Eso tú! Qué sorpresa…
-Pues ya ves, estoy aquí -le sonreíste, incómodo, a tu acompañante. Comprendí que querías irte. Comprendí que no habría tiempo para todas las cosas que me habría gustado decirte, preguntarte, escucharte decir.
-¿Acabaste ya Bellas Artes?
-No, todavía me quedan dos años. ¿Cómo llevas tú la… Comunicación Audiovisual?
-Lo dejé, ahora estoy estudiando cine.
-Qué bien, qué bonito.
-A ver si quedamos algún día, ¿no?
-Sí, claro. A ver. ¡Hasta luego!

Tu acompañante y tú entrásteis al metro, yo subí las escaleras. Me giré una última vez pero ya no estabas. No sé por qué tuvimos que coincidir aquel día. No sé por qué no hemos vuelto a coincidir jamás, ahora que los dos vivimos en la misma ciudad. No sé por qué nunca hemos cumplido esas promesas de ir a tomar un café alguna tarde. O sí lo sé. Lo sé perfectamente: todo se acabó. Pero es triste. Tan triste como encontrar el cuadro inspirado en un relato mío que me pintaste con todo el cariño, y encontrarlo mientras busco pósters en casa de mis padres para decorar mi nueva habitación, y guardarlo en el fondo del armario para no volver a tropezar con él. Tan triste como fijarme una noche en un tío tirando a feo en la barra del Átame, pero encontrarlo casi atractivo, y darme cuenta a los cinco minutos que es porque me recuerda remotamente a ti. Tan triste como esa plaza subterránea donde nos vimos por última vez, mal iluminada, su techo desconchado y esa lámpara rescatada de algún antiguo teatro derruido.

Siempre he odiado esa salida de metro, me parece fea e impersonal, como si ese rincón donde se cruzan tantos pasillos no perteneciera realmente a Barcelona. Quienes me conocen saben que siempre intento quedar en la puerta del FNAC («pero la puerta de verdad, la de arriba, no la del Zurich»), y lo hago precisamente para evitar esa salida. No ha sido hasta rememorar esta anécdota que he comprendido porqué. El subconsciente, qué buena memoria tiene, el maldito. Lo más curioso es que mis otras dos grandes relaciones nacieron a menos de cien metros del punto exacto donde me despedí de P por última vez. Y para más inri, al cabo de poco tiempo de la despedida, pusieron dentro del andén de Plaza Catalunya un Dunkin’ Donuts (mi perdición), y sólo se puede entrar por allí. El destino, qué bien se lo pasa, el maldito.

Es demoledor ese último reencuentro con una expareja tuya: lo ves más guapo y más interesante que nunca, tú tampoco estás nada mal ahora, pero constatas lo que en realidad ya sabías: que la vida os ha llevado por caminos muy distintos, que ya nada podría cambiar entre vosotros, porque ya ni él ni tú sóis los mismos y por tanto no hay vuelta atrás. Un «Hasta luego» que en realidad significa «Adiós, hasta nunca». Buena suerte.