Garden State / Algo en común

«Good luck exploring the infinite abyss.»

Mi consejero oficial de cine me regaló Algo en común por Reyes, aunque la película tuvo que esperar a esta semana para que pudiera verla. Acompañado por una entusiasta Natalie Portman, Zach Braff ejerce de director, guionista y actor protagonista, igual que hizo Josh Radnor en Happy Thank You More Please. Y también igual que HTYMP, tiene un buen reparto y apuesta por una reinterpretación indie de las clásicas chico-conoce-a-chica.

En este caso, chico siempre deprimido conoce a chica siempre sonriente. Él ha aprendido a esconder la verdad; ella, a mentir. Él evitaba a toda costa volver a su pueblo, y por tanto revisitar el pasado; ella cría hámsters a decenas, quizá le gusta su vida efímera. Ambos conectan al instante: a ella le atrae su torpeza inexperta, a él, su risa. La música que le enseña. Tienes que enamorarte de alguien que en vuestra primera conversación te dice: «Esta canción te cambiará la vida».

La galería de secundarios de la película da color a la cinta: un enterrador, un explorador, un inventor, una ama de casa que canta en los funerales… Eso sí, en ciertos momentos desearías que los protagonistas disfruten de otro rato a solas. (¿No notas nada raro ya en el póster? No es habitual que para promocionar una comedia romántica salgan tres personajes o un número impar: siempre hay uno que estorba, que no pertenece allí. Luego llega la escena del póster y tus ojos solo ven a los personajes de Zach y Natalie, subiendo a la grúa, gritándole al mundo su euforia. Ellos dos son la película.)

La banda sonora está a la altura de lo que esperarías sobre una historia de amor entre dos personas peculiares. Coldplay, Zero 7, The Shins, Nick Drake, Simon & Garfunkel… Guitarras suaves, compases ensoñadores, canciones de las que te dan ganas de volar, como hacen ellos junto a la chimenea. Una de esas buenas selecciones de temas que apetece escuchar de vez en cuando, porque te hacen compañía.

Creo que Algo en común tiene también cierto punto Beginners, ya que trata de volver a empezar como si fuera tu primera vez. La capacidad de perdonarse a uno mismo para reconciliarte con el pasado y así avanzar. Entender que una simple pieza de plástico puede cambiar tu vida y un accidente terminarla en cualquier momento. Si te tortura el pasado y planificas meticulosamente el futuro, no queda tiempo para disfrutar lo único a tu alcance: esos momentos mágicos que compartes con la chica que ríe. Hay que coger al vuelo las oportunidades. Ya se te ocurrirá sobre la marcha cómo encajar las piezas. Que la muerte te pille jugando, como a los hámsters.

«So what do we do?»

If I don’t believe in love

Has oído hablar de él. Es guapo, sabe cómo conseguir que la gente ría, le gusta ir al cine, leer buenos libros, viste bien, pero como por descuido, como si hubiera cogido lo primero que tenía en el armario. No cree en el amor. Unos dicen que es por el fracaso de una relación amorosa, otros dicen que en realidad nunca creyó en ese sentimiento. Engancha su autosuficiencia. Su sonrisa ancha, también. Podría tener más años de los que aparenta, o podría tener justo los que dice tener. Ahora no piensas en eso. Vas camino de su dormitorio, atravesando a oscuras el piso. Los muebles son solo bultos. Los besos muerden y la ropa vuela.

«Vete cuanto antes. Has sobrepasado tu tiempo.»

Eso les dice él a todos los chicos que pasan por su cama. Te lo han advertido. Con los más divertidos tarda un poco más en decirlo, espera a que el sol se filtre por la persiana; con los paraditos lo suelta sin llegar a terminar siquiera el cigarrillo de después. Pero a todos les convence de que con ellos será diferente, que son especiales y podrán quedarse eternamente. Es su estrategia. Su sonrisa, otra vez. Podrías resistirte pero no quieres. Querrías contener las ilusiones pero no puedes. Ya lo hemos dicho: es guapo, sabe cómo conseguir que la gente ría.

Tú también tienes tu historia. Todos la tenemos. Heridas que curar y necesidades que calmar. Te tumbas en su cama y piensas que si en este momento él sacase una pistola de debajo de la almohada, te dejarías disparar. Después le besarías para aplacar su venganza contra el mundo. Te desnudas despacio, deseando que él note cómo te tiemblan los dedos y entienda que solo buscas su abrazo, unas palabras dulces, un beso de buenas noches. Como él. Piensas en la canción de Dido que escucharás luego de camino a casa.

Pronto el dormitorio estará cubierto de sangre, salpicaduras rojas manchando los pósters y las sábanas y el suelo. Te montas encima suyo. Uno de los dos tiene que morir. Le besas, le arrancas la camisa, le acaricias. Y no entiendes por qué tiene que ser un enfrentamiento. Sus pezones pequeños. Por qué, si ambos buscáis lo mismo, otra cabeza en la almohada al despertaros por la mañana, por qué hay que andar jugando al Risk, fingiendo esa frialdad y esa distancia que no existen porque ahí estáis, juntos. Así que sacas tu pistola, le apuntas a la cabeza, un poco por debajo del flequillo tintinero, tu dedo tiembla, se aferra al percutor como un náufrago al único tablón de madera que todavía no se ha hundido. Intentas que tus ojos no resbalen por su pecho desnudo. Él se limita a sonreír. Sabe muy bien que ha ganado.

Lights will guide you home and ignite your bones

Una llamada de número desconocido: antes no la cogías. Pensabas: será publicidad o algo peor, alguien que busca algo, que te exige. No te gustaban las llamadas de desconocidos como tampoco te gustaba quedar con un amigo y que éste se presentase con alguien que no estaba previsto, alguien a quien no conoces. Sonrisa a sonrisa, fuiste entendiendo que la gente nueva es también la que trae cosas nuevas. Mariposas. ¿Te imaginas pasarte toda la vida, desde el momento que naces, siempre con la misma gente? Ahora te llama un desconocido y descuelgas con los brazos abiertos. Hola.

Hoy me han llevado a comer a casa de los Hare Krishna. Lidia, mi amiga amarilla, quien sino; y con nosotros, Montse, mi amiga violeta. Los tres nos hemos adentrado por los callejones de Ciutat Vella bajo un cielo que no se animaba a descargar la lluvia. Lidia sabía llegar: iba mirando los portales uno por uno, como si cualquiera pudiera ser el edificio al que nos dirigíamos. Y sí: uno cualquiera era. Ni más vistoso ni más humilde. Siete escaleras, una puerta, un pasillo, la bienvenida, y un comedor encantador lleno de esa gente que explora rincones. La comida (vegetariana) era deliciosa. Me he comido hasta el pimiento, que no me gusta, y el rollito de seitan, que jamás lo había probado, pero allí todo sabía distinto, todo gustaba.

Era la bondad de los desconocidos. Su sonrisa al vernos entrar, ninguna pregunta, toda la libertad para sentarnos, comer. Te acogían en su casa y solo podías actuar en consecuencia: sentirte libre y dar las gracias. Hay gente así. No diré desinteresada: sencillamente están tan serenos que, solo con su presencia, ayudan a los demás a encontrar su sitio. Me he acordado durante la comida de las dos chicas de Granada que, mientras estaba bailando yo en el Rincón de San Pedro, se acercaron, se presentaron, me dieron conversación y me animaron a soltarme bailando igual que lo haría en Barcelona. Y lo hice y ahí el viaje despegó. Bailar house bajo la Alhambra. Hay gente así, sí.

Acepta caramelos de los desconocidos. Sonríeles, cógeles de la mano, cocínales, invítales al cine, muéstrales el camino. Como Céline en Antes del amanecer, bájate del tren con ellos: parecerá que los conozcas de toda la vida. Desea que tus amigos te presenten gente nueva; de repente, alguien que estaba tan cerca, a un amigo de distancia, puede marcarte, enseñarte, inspirarte. Alguien con quien compartir lo que pensabas que querías guardarte para ti solo. Por eso, conviértete en su faro y descubrirás que él es el tuyo.

Sing hello

Debemos desear lo nuevo. Eso aseguraba el personaje de Judi Dench al final de El exótico Hotel Marigold. El futuro asusta porque implica cambios, pero tienes que darte cuenta de que ésa es también su mayor virtud. Porque te hará crecer gracias a las novedades, todo lo desconocido que traerá a tu vida. Aprendes lo que no sabes, te sorprende lo que no has visto, recorres caminos extraños porque tienes que llegar a nuevos destinos. Pero no hay que adelantar acontecimientos: al principio conviene relajarse, sentir, nada de planificar: el futuro no existe todavía. Déjate llevar pasito a pasito.

Acuérdate de ese hombre huraño que era el único inquilino de su rellano. Se había acostumbrado a estar solo en aquel pedazo de edificio. Saludaba a los vecinos de otros pisos cuando se los cruzaba en el portal o el ascensor, pero luego subía hasta el 4º piso y se sentía el amo y señor de esos pocos metros cuadrados: tres puertas siempre cerradas y luego la suya, que podía demorarse en abrirla tanto como quisiera, sin que nadie le mirase raro o le interrumpiera, podía canturrear y saltar, incluso pasearse en calzoncillos por el rellano si quería: nadie le vería. Se sentía libre y no quería que eso cambiase.

Y disfrutó de su libertad hasta que un día llegaron cajas y cajas a la puerta de al lado. Por la mirilla vio el trajín de transportistas. Una mudanza. Un nuevo inquilino. Resopló. Pensó en los ruidos que habría a partir de ahora. Las juergas nocturnas le mantendrían despierto hasta las tantas y luego por la mañana seguro que el vecino pondría la música muy alta y le despertaría. Tendría que saludarle cuando se lo cruzase de camino al ascensor. Igual hasta tenía un perro que ladraba, o le acorralaría hablando del tiempo (o, peor, de su trabajo y sus hobbies). Seguro que era de esas personas que siempre estaba llamando para pedir prestado un tornavís o un abridor. Esas personas que luego lo pierden y se hacen los locos. Sí, seguro.

Una noche, el hombre libre que ya no lo era tanto pensó en hacerse en una tortilla de patatas. Ya tenía las patatas a medio freír cuando descubrió que los huevos de la nevera estaban podridos. Pensó en el vecino. A veces oía el trajín de sus llaves en el rellano, cuando iba o volvía de una rutina desconocida, pero todavía no se habían cruzado. Su primer impulso fue resistirse: no quería pedirle un par de huevos. Seguro que no tendría o no querría dárselos. Pero las patatas se freían tristes en la sartén y amenazaban con quemarse en vano.

Así que el hombre se armó de valor, se vistió, por instinto más que por coquetería comprobó cómo iba en el espejo, se arregló el pelo y antes de llamar a la otra puerta, se aclaró la voz, ensayó su sonrisa de vecino modélico. Todo un ritual para pedir solo dos huevos. Lejos de sentirse ridículo, sentía que estaba dando los pasos correctos. Por fin, llamó a la puerta, y ésta se abrió, y sus latidos se calmaron. Le impactó la sonrisa de su vecino, ancha y graciosa y amigable en la penumbra del rellano. Dijo hola y le salió más sonoro de lo que pretendía.

-¿Huevos para una tortilla? Pues justo ahora he terminado yo una, y me va a sobrar… Pasa.

Ni siquiera pensó en rechazar la invitación. Entró y cenaron juntos. Hablaron mucho, de todo y de nada porque los temas iban y venían. Pero sobre todo rieron. De repente, el hombre fue consciente de que hacía ya muchos años que no compartía risas con nadie. Y le gustó esa sensación.

-¿Y ahora qué?

Miraron los platos vacíos, faltaba por traer el postre; miraron la caja de la película que el vecino planeaba ponerse a solas después de la cena; miraron la puerta del piso. La patatas a medio freír quedaban muy lejos. Ahora qué. Ésa era la palabra: ahora. Con una sonrisa doble, ambos se encogieron de hombros.

Convertirnos en principiantes es disfrutar de esos comienzos.

North by Northwest / Con la muerte en los talones

«That’s a good omen, don’t you think?»

Sigo con el ciclo Hitchcock de los Cines Verdi. Esta vez tocaba una de sus películas más míticas pero que yo no había visto todavía. Solo conocía la escena del avión, nada más. Y me alegro, porque disfrutarla por primera vez en pantalla grande ha sido espectacular. Salí del cine con la boca abierta de par en par y un aplauso en el corazón.

Es una película absolutamente moderna. En el montaje, en el guión, en la planificación de encuadres y secuencias… pero también en los diálogos: picantes, llenos de dobles sentidos, hasta se da a entender que hay un personaje homosexual. En fin: atrevidísima para su época y una lección de cine incluso hoy en día, que tenemos un mayor bagaje de thrillers y cine de aventuras.

Hitchcock vuelve a jugar con el espectador y levanta el telón a mitad de la función, desvelando el misterio. Pero esta vez me parece bien porque da paso a la verdadera película: la historia de amor entre Roger (Cary Grant) y Eve (Eva Marie Saint). Sí, la gente recordará Con la muerte en los talones por los momentos más espectaculares: el avión en el maizal o el enfrentamiento final en el Monte Rushmore, pero en realidad lo que nos está contando Hitchcock es una gran metáfora de cómo nos enamoramos.

Tiene todos los ingredientes del romance clásico: el vértigo que te empuja al cambio, un encuentro casual, un primer flirteo que se convierte en una cita inesperada, complicidad, dudas, aventuras de punta a punta del país, porque la vida es más emocionante cuando compartes esas odiseas con alguien. Lo bueno se hace esperar y las camas son estrechas. Pero te tomas las cosas con calma y humor porque sabes que al final todo saldrá bien.

Es delicioso cómo al principio, en la fase de conocerse, interpretamos el papel de un personaje más interesante en un intento de deslumbrar. De nada sirve porque al otro lo que de verdad le atrae de nosotros es lo que intuye debajo del disfraz. El amor nos convierte en superhéroes y uno de los poderes, quizá el primero y más importante, es ver el alma. Y sonreír cada vez que lo haces.

Gracias a Hitchcock por su mejor película (de las que llevo vistas, al menos) y gracias a los Cines Verdi por permitirme descubrir esta obra maestra en el mejor momento posible. Con la muerte en los talones confirma que el amor también otorga invencibilidad. Te apuntan con una pistola, te persiguen con un avión, te obligan a atravesar cornisas, te empujan precipicio abajo, y siempre sobrevives. El final será feliz porque, al fin y al cabo, somos superhéroes, ¿no?