Yukio Mishima – El color prohibido

Hace unos días terminaba un libro tan irregular como fascinante: «El color prohibido», de Yukio Mishima. Irregular porque es una de sus primeras obras, y se nota: Mishima peca de pedante, se excede en confusas reflexiones que estorban la trama y alargan innecesariamente un libro que bien podría haber ocupado la mitad. Y fascinante porque se trata de un libro de múltiples caras. Por un lado, nos muestra la vida homosexual en el Japón de 1950. Y por otra parte, como tantas otras obras de este autor, es un estudio salvaje de esas fuerzas en constante lucha que no serían nada la una sin la otra: la fealdad contra la belleza, la vida contra la muerte, la juventud contra la vejez, la bondad contra la maldad más terrible, el amor contra la ausencia de éste.

Yuichi es un joven homosexual, tan atractivo que incluso llama la atención de un escritor ya anciano y feo y absolutamente heterosexual. Todos giran la cabeza al ver a Yuichi, todos anhelan una mirada, un pedazo de su atención. Pero él es incapaz de sentir amor: nunca hacia las mujeres por motivos obvios y nunca hacia los hombres porque ninguno lo merece. Yuichi es Narciso, está fascinado por su propia belleza, nada más le importa que sentir que gusta y enamora a los demás. Se alimenta de esa atracción que sienten los otros hacia él. El escritor, al conocerle, decide utilizarlo en su particular venganza contra todas las mujeres que lo han despreciado a lo largo de su vida. Y de la alianza de dos personas tan distintas, nace el drama. Mishima no deja títere con cabeza.

Volviendo al tema gay, es curioso comprobar cómo algo en principio tan distante como sería el ambiente homosexual en un Japón que se levanta de las cenizas de la II Guerra Mundial, en realidad resulta tan familiar y cercano. Como si hubieran descrito la vida del Gaixample o Chueca hoy en día, vaya. En todas partes (y en todas las épocas) cuecen habas, que se dice. Ya me pasó algo similar al leer «La historia de Genji», libro del siglo XI en el que compruebas que ni siquiera las cortesanas de la corte Heian se libraban de los mismos problemas sentimentales que tú en la actualidad. Estas voces amigas viajando a través del tiempo y el espacio te ayudan a relativizarlo todo.

Pero en el caso de «El color prohibido», también me ha angustiado un poco. A menudo siento que, gustos musicales y audiovisuales aparte, no encajo en lo que se espera del prototipo de un gay moderno. Aguanto la superficialidad hasta cierto punto, el sexo esporádico no va conmigo (jamás he mantenido sexo con alguien con quien no sintiera o creyera sentir «una conexión»), me siento extraterrestre cuando oigo a mis amigos hablar de cosas como OT o Sálvame, jamás entenderé la gracia de Twitter, soy absolutamente inepto a la hora de ligar (o no me entero, o no me quiero enterar), el único gimnasio que he pisado en mi vida fue el del colegio porque no tenía más remedio, aún hoy una parte de mí se escandaliza/entristece al oír hablar de tríos y parejas abiertas (y Dios sabe que he intentado actualizarme), prefiero una buena conversación entre amigos en casa que salir de fiesta (aunque ahora que ya no permiten fumar, confieso que lo llevo mucho mejor), soy demasiado romántico. ¡Si hasta con un iPhone en la mano siento que sostengo una extraña e indescifrable piedra lunar! Y pienso: quizá en otro lugar, quizá en otra época. Pues no.

Y al final me enfado conmigo mismo porque no puedo ser tan injusto, no puedo caer en los mismos estereotipos y prejuicios que los homofóbos. Y sobre todo, no puedo quejarme: vivo en un país donde podemos casarnos e ir de la mano por la calle; he follado y he amado, tengo buenos amigos. No me ha ido mal, no me va mal siendo como soy. Y al fin y al cabo, esa sensación de «no encajar» es una chorrada. No todos podemos ser iguales, no todos somos iguales.

Hedwig and the Angry Inch

Tenía que ser entonces, ahí, así. Llevaba casi 10 años oyendo maravillas de ella, pero no fue hasta hace 3 semanas que por fin tuve la ocasión de ver «Hedwig and the angry inch». Por supuesto, la vi con mi amigo CainQ, que fue el primero que me habló de ella. Y me alegré de haber ido retrasando el visionado de esta película: aquel día, aquel momento era el indicado. Con CainQ, acompañados de galletas de chocolate, Coca-Cola y cervezas.

Llego tan tarde que no me voy a poner ahora a valorar en profundidad el reparto (espectaculares todos los actores y actrices), las canciones (de esas bandas sonoras que añades a Spotify nada más acabar la peli, porque todas las canciones son perfectas), el guión ni la película en general. Digamos que su fama está más que justificada y no me decepcionó un ápice. Todo lo contrario. Si sois aún más desastres que yo y todavía no la habéis visto, corred: alquiladla, descargadla, compradla. Hay que verla.

Pero sí me apetecía comentar lo identificado que me sentí con el protagonista. Y no es que cambiarme de sexo entre dentro de mis planes, pero su entrega absoluta a la búsqueda del amor me conmovió. Hay personas que lo sacrifican todo por amor, incluso su dignidad. No les importa arrastrarse por el barro, hacer el ridículo. Se dejan la piel luchando por conseguir ese ideal con el que una vez soñaron y al que no piensan renunciar. Y lo que es peor: en su obstinación, arrastran a quienes los rodean en esa espiral destructiva.

Es tristemente fascinante ver a alguien enamorado romperse las uñas para lograr que el otro le mire y sólo recibir un portazo a cambio. Ya le puedes prevenir o aconsejar, que no servirá de nada. No te escuchará. El enamorado está tan sedado por las endorfinas que atacan su cuerpo que incluso esos portazos le parecen algo parecido a una suave caricia. Nos han educado así: el amor tiene que ser algo casi divino, inalcanzable, desgarrador. No puede ser fácil. Exige dolor, sacrificio. Y por eso, por amor se aguanta con una sonrisa cualquier humillación; se puede perdonar el desdén, una y mil infidelidades, todos los insultos, prácticas sexuales que te disgustan, un abuso económico, cualquier maltrato (psicológico e incluso físico), todos los desplantes imaginables. Y en tu prisión, los recibirás con gratitud eterna por permitirte a cambio roer ese mendrugo duro y mohoso al que llamas amor.

Demasiado a menudo, la búsqueda del amor te lleva a comportarte como un masoquista que paga a una dominatrix para que le clave un tacón de aguja en los testículos. Cuanta más fuerza y más desprecio, más gemidos de placer. Qué simbólica es esa escena al principio de «Hedwig and the angry inch» en que derriban el muro de Berlín poco después de que Hedwig se haya cambiado de sexo para huir de allí. Y encima, su amante le abandona por otro. Ésa es la recompensa de tanto sacrificio.

El único consuelo es que nadie se salva de este ridículo. Ni siquiera toda una faraona como Cleopatra, que lo perdió todo (incluso su país) por amor. A los artistas, el amor y el inevitable desamor les sirve para crear sus mejores obras. Y poco o mucho, reconforta la certeza de que siempre, el día menos esperado, el hechizo se rompe y podemos escapar por fin de ese yugo que nos sometía. Me gusta definirlo como un «click»: un hecho casual y en aparencia inocuo provoca que algo gire en tu interior y puedas volver a caminar por ti mismo. Una canción, una película, una conversación a tu lado mientras vas en metro, otra persona, un comentario cualquiera, un accidente. Click.

No os perdáis la canción The Origin Of Love, el mejor tema de «Hedwig and the angry inch» y una de las explicaciones más bonitas de cómo nació este sentimiento y de porqué necesitamos tanto buscar un alma gemela. La letra no tiene desperdicio, está inspirada en el discurso de Aristófanes en «El Banquete» de Platón. Al principio, formábamos parte de un ser único y, separados por los dioses de nuestra otra mitad, estamos condenados a buscarla y juntarnos con otras mitades semejantes, con la frustración de que podremos unir y coser nuestros cuerpos, pero nunca las almas. Y aún sabiéndolo, no dejaremos de intentarlo.

You want to go outside? Why, Rapunzel!

Viernes con sesión doble de cine. El destino o la casualidad han querido que acabase viendo dos películas sobre gente encerrada contra su voluntad. Una «Rapunzel» (me niego a llamarla Tangled/Enredados), la otra «Buried». Una princesa y un tío bueno, una torre muy elevada y un ataúd bajo tierra.

«Rapunzel» es un digno 50º cuento clásico de Disney. Lástima de canciones (forzadas y olvidables más allá de «Mother Knows Best» y «I’ve Got A Dream»), pero a cambio tenemos una historia con el encanto acartonado de antaño, divertidos secundarios (el camaleón Pascal y el caballo Maximus), el príncipe más guapo de toda la historia de la factoría Disney y un apartado artístico de excepción que aúna lo mejor de la animación tradicional y la animación 3D. Una delicia visual. Espero que repitan más esta técnica porque han acertado de pleno.

A destacar también cómo juegan a invertir los roles: esta vez es la princesa quien lleva la voz cantante (pero sin tener que demostrar lo feminista que es en cada escena, como le pasaba a Mulan; a Rapunzel le sale natural). La madrastra es tremenda, clásica villana Disney pero desatada y dramática como ella sola. Fan. Y además… ¿es la primera vez que se ve sangre tan explícita en una película Disney? En fin: no os la perdáis. (Y os confirmo que no hace falta que gastéis el dinero extra del 3D, mejor invertid la diferencia en un bote más grande de palomitas.)

Os reto a ver la película sin enamoraros de estos dos…

Y llego a casa encantado del cine y me pongo a ver con Hidroboy, mi compañero de piso, nada más y nada menos que «Buried», de la que procuré huir el año pasado porque me conozco. Pero cuando la he visto en su lista de Apple TV le he dicho convencidísimo: ésta, ésta. ¡Como si no me pusiera nervioso yo en el ascensor cuando tarda más de la cuenta o da alguna sacudida!

Hora y media de angustia ininterrumpida. Ryan Reynolds encerrado en un ataúd, a varios metros bajo la arena del desierto, sin más compañía que un mechero y un móvil al que se le agota la batería (y encima está configurado en árabe). El personaje chora contra la impasible burocracia mientras lucha por encontrar una salida o una explicación, oxígeno, algo. Y a cada rato piensas: ya no le puede pasar nada peor. Pues sí que puede, tú. La situación empeora y empeora y vuelve a empeorar, alcanzando cotas absurdas pero de una intensidad hipnótica.

No es una película que vaya a recomendar a nadie, porque el mal rato está garantizado, pero debo reconocer que me ha parecido excelente y cuando termina por un lado piensas que se te ha hecho eterna (y ésa es su intención), pero también te sorprendes de que haya sido tan amena una película con un único personaje y un escenario tan minúsculo. Tiene mérito.

Y así 95 minutos.
Moraleja del día: cuando te sientas atrapado, rescátate tú mismo. No esperes que los demás lo hagan por ti.

Roxette – Charm School

Después de 10 años, un cáncer, algunos discos en solitario y 300 recopilatorios, vuelven Roxette con un nuevo álbum de estudio. Siempre han sido uno de mis grupos favoritos, con esa habilidad tan suya de crear melodías perfectas, ya sea en forma de baladas (con la preciosa voz de Marie) o de temas más cañeros. El último álbum, «Room Service» era muy flojo, ¿recuperarán la forma con «Charm School»?

1. Way Out
Seguramente, si no fuera por los ocasionales coros de Marie, la canción parecería un descarte de los álbums en solitario de Per Gessle. Pero ella, por poco que cante, consigue traer la canción a terreno propio. Podría ser de «Crash! Boom! Bang!». No es la bomba, pero sirve de carta de presentación.
Sometimes you don’t decide for yourself.
8/10

2. No One Makes It On Her Own
¿»Spending My Time (2011)»? Eso parece. De esas canciones que comienzan intentando aparentar indiferencia y acaban desgarradas. Una pequeña maravilla que te va enamorando escucha a escucha.
Have you ever been loved and thought it would last forever? Well, then you know nobody makes it on her own.
9/10

3. She’s Got Nothing On (But The Radio)
100% Roxette. Suena moderno y clásico al mismo tiempo. Creo que no ha convencido a mucha gente, pero a mí me apasiona. Quiero decir, que no desencajaría para nada en un recopilatorio junto a otros clásicos cañeros del grupo. Para mí, el disco ya merece la pena sólo por darnos esta canción.
What she got she got to give it to somebody…
10/10

4. Speak To Me
En las previews parecía bonita, pero al escucharla entera la decepción ha sido mayúscula. Genérica, que es lo peor que puede ser algo.
Speak to me loneliness, speak to me bitterness.
5/10

5. I’m Glad You Called
También genérica, pero la letra tiene más gracia. Cuando ya crees haber olvidado a alguien, y te llama, y todo vuelve a tu cabeza, y sientes al mismo tiempo tedio y alegría.
Hate to say I’m glad you called but you know I always tell the truth.
6/10

6. Only When I Dream
No está mal, creo que puede ser una de las growers del disco, pero le pesan 2 cosas: estar precedida por otras 2 canciones lentas y no llegar a la altura de la canción homónima de The Corrs, que abría «Talk On Corners».
Only when I dream I touch you and I breathe you…
5/10

7. Dream On
Empieza muy Roxette. Muy de sus canciones tranquilas y melancólicas que nunca serán singles pero que te gusta encontrar y redescubrir al escuchar cualquiera de sus álbums. Suena atemporal, y supongo que eso es bueno. Personalmente, me recuerda a «Cinnamon Street».
Dream on, yesterday is gone and it’s clear I’ll never get out of here…
8/10

8. Big Black Cadillac
Vuelve la caña. Sintetizadores, guitarras enlatadas y un ritmo contundente nos introducen en un tema que intenta ser «Sleeping In My Car (2011)». Se queda muy lejos de conseguirlo, claro, pero no por ello la canción es peor.
I’m sure you missed my touch, I never really, really missed you that much.
9/10

9. In My Own Way
A mí es que cualquier canción que incluya versos como «I’m a woman» me aburre.
I don’t want to own you, I don’t want to lead you, I just want to love you in my own way.
4/10

10. After All
Típico tema correcto que te deja indiferente el 1º día y con los años se acaba convirtiendo en uno de tus favoritos. Desenfadado, muy de anuncio de Vodafone.
Your life goes on and on and on after all.
6/10

11. Happy On The Outside
Es bonita, vale, pero quizá esa letra tan tópica y previsible la hace más olvidable de lo que debería.
So be ready to fall in love though her heart hides the scars.
5/10

12. Sitting On The Top Of The World
Típico tema de cierre de disco: pequeño, con sonidos de burbujas por doquier, coros etéreos y Marie cantando estupendamente.
I’m sitting on top of the world and I like it
7/10

En resumen, un disco muy, muy mejorable pero donde como mínimo todas las canciones suenan a los Roxette clásicos. El genio de antaño queda lejos. Es como un recopilatorio de no-singles, con todo lo que ello implica.

Historia de un parque

Barbra Streisand, tú eres diva como yo…

Ayer me reí como hacía semanas que no me reía gracias a la obra «Historia de un parque». Buena compañía, una sala acogedora, un público lleno de monumentos y de «señoras que», un escenario, un banco, una farola. Y tres actorazos defendiendo con ganas un buen texto.

El punto de partida: tres hombres practicando cruising en un parque, por la noche, cuando ya no queda rastro de las familias con niños y las parejas de enamorados que lo habitaban de día. Pero la obra no se centra en lo excitante o escabroso que pueda ser el sexo anónimo detrás de unos matorrales, sino en los deseos y los frustraciones de esos tres personajes, sus tres formas de encarar la vida, su supervivencia a base de mentir y disfrazarse. Y al fin y al cabo, se trata de comprobar cómo al final nadie somos tan diferentes. Todos somos esclavos de nuestras pasiones y de nuestros miedos, y por más que intentemos engañarnos y rebelarnos contra ello, todos necesitamos sentir un poco de cariño.

La obra es muy divertida, con grandes escenas y diálogos y monólogos hilarantes, aunque por supuesto no faltan los momentos más serios y emotivos. Los tres actores lo bordan: Ramón Reche (Jonás, «el duro, pero…» – buf!, podría enamorarme), Álex Molero (Gabi, «el ingenuo» – monísimo, y con un cambio del personaje muy bien defendido), y Antonio Nieves (Ángel, «el plumífero»… enorme, genial, a ratos lleva todo el peso y con él las carcajadas están aseguradas). Se nota la ilusión de los 3 en la obra, tienen muy buena química entre ellos y una complicidad con el público muy de agradecer. A destacar también los momentos musicales (personalmente, me quedo con el breve uso de la versión de «Somewhere» de Pet Shop Boys, pero todos son brutales).

Recomiendo ir a verla incluso si el tema del cruising ni te va ni te viene. La mejor prueba: las señoras que teníamos detrás no paraban de reír (fan de ellas). Al fin y al cabo, ese tema es sólo una excusa para reír y hablarnos de todos nosotros.

No os la perdáis si queréis pasar un rato más que agradable. Más información en su blog oficial.