Andrea Corr – Lifelines

Lifelines. Las líneas de la palma de la mano, pero también las cuerdas salvavidas. «Lifelines» es un título evocador, intencionadamente ambiguo para esta colección de versiones de 11 canciones que -en palabras de la propia Andrea Corr- no sólo la marcaron, también la salvaron. «Lifelines» nos muestra un recorrido vital, el de una vida a veces a la deriva, pero siempre manteniendo la esperanza de encontrar un poco de luz, de llegar a un futuro con más -y mejor- vida. Todo el álbum es un homenaje a la música, la música entendida como biografía y como refugio.
En «Lifelines», estamos en las antípodas de esos discos donde artistas en horas bajas se ponen a versionar clásicos ya mil veces versionados. Aquí Andrea Corr no está intentando reflotar su carrera. Gracias a la tranquilidad que debe de dar el estar casada con un multimillonario, la vocalista de The Corrs se ha permitido el capricho de grabar y traer a su terreno sus canciones-talismán, canciones más o menos conocidas, pero en ningún caso obvias. Velvet Underground, John Lennon, Vangelis, Roy Orbison, Nick Drake, The Blue Nile…  La selección da prioridad a lo que ha significado cada canción en la vida de Andrea.
Si en «Ten Feet High» se la notaba incómoda, esforzándose sin éxito por sonar moderna, pícara o incluso trascendente -el primer single pretendía ser un himno antibélico-, en «Lifelines» a Andrea Corr se la nota simplemente sonriente, cantando en bata y zapatillas, con el pelo recogido, una taza de la café en la mano y muchas ganas de pasarlo bien. Y es así cómo conectamos con el disco, sentimos incluso un poco de envidia porque a todos nos gustaría poder ponerle voz a todas esas canciones que van llegando a nuestra vida en el momento oportuno: describen exactamente cómo nos sentimos, el punto exacto en el que nos encontramos, son unas canciones que parecen escritas por y para nosotros, no podemos dejar de escucharlas una y otra vez.
Andrea canta con un sentimiento inusual, utiliza su fragilidad invulnerable para teñir las canciones de un optimismo que, en la mayoría de casos, originalmente no tenían. Esto se nota sobre todo en el corazón del disco, el tándem formado por «State Of Independence», «No 9 Dream» y «Tinseltown In The Rain»; con estos 3 medios tiempos, el álbum parece coger fuerzas. Suenan a sonrisas bajo la lluvia, a ese instante preciso en que el sol resurge tras las nubes.

El resto del álbum es más melancólico, a menudo habla de mantenerse a la expectativa («Pale Blue Eyes»«I’ll Be Seeing You», «Blue Bayou»«Tomorrow In Her Eyes») y nunca se deja arrastrar por la tristeza, ni siquiera en los temas más oscuros, como «Some Things Last A Long Time» o «Lifeline». Ésta última contiene, de hecho, el momento más divertido de todo el álbum. A media canción, Andrea imita el sonido que haría alguien ahogándose en un cómic: «blurb-blurb-blurb», pero notas que Andrea está aguantándose la risa, está disfrutando como una niña. Nos recuerda así que nunca te ahogas, aunque lo parezca.

Los productores John Reynolds y Brian Eno consiguen que este conjunto de 11 temas suene muy coherente a pesar de sus orígenes dispares. Por eso, el disco funciona tan bien como conjunto, algo rarísimo hoy en día, que los discos parecen hechos para que cada cual se haga una playlist con sus 5 o 6 favoritas. Hay algún que otro guiño al pop-folk de The Corrs, son momentos muy puntuales que tampoco desentonan. Al fin y al cabo, Andrea Corr está trayendo las canciones a su terreno, no se limita a copiar los originales.
Cuando meses atrás supe que la chica iba a lanzar un disco de covers levanté la ceja, escéptico. Y al final me encuentro con un disco perfecto, sin pretensiones, muy agradable, de esos que ganan con cada escucha y que te apetece que te hagan compañía trabajando, leyendo, cocinando, paseando. ¿Qué haríamos sin música en un mundo en el que todos, alguna vez, somos náufragos?

Les Petits Mouchoirs / Pequeñas mentiras sin importancia

154 minutos. «¿Dónde me he metido?», pensé al descubrir en el programa -me fascina que algunos cines conserven todavía la tradición de ofrecerte estas fichas de la película; yo las colecciono- la exagerada duración de «Pequeñas mentiras sin importancia». Empezamos con un plano secuencia impactante, atronador y acabamos con un plano congelado agridulce y mudo. En medio: dos horas y media con muchas carcajadas y alguna que otra escena dura, a veces incluso te descubres riendo con el corazón en un puño (la ridícula desesperación de esa mujer refugiándose de madrugada en el porno virtual, por ejemplo).

No diré que al final la película se pasó como un suspiro, porque no sería exacto -la película es larga y no lo intenta disimular-, pero sí diré que salí del cine deseando más, mucho más, deseando una serie entera dedicada a estos personajes: dos temporadas como mínimo, cada una con 13 capítulos de 45 minutos. Tan humanos son los personajes y tan identificado te sientes con ellos, tanto cariño les coges a pesar de sus defectos (que son muchos), tantas ganas te quedan al final de seguir sabiendo de sus vidas.

«Pequeñas mentiras sin importancia» gira en torno a las vacaciones de verano de un grupo de amigos; unas vacaciones vistas no sólo como un acto de escapismo, sino también -y sobre todo- como el ejemplo máximo de su egoísmo. Y es que en esas ganas de pasarlo bien, esa necesidad de que nada se tuerza, de que ni siquiera las comadrejas amenacen la calma del refugio playero, hay mucho de dar la espalda a la realidad, a sus problemas y a los de los demás. Se consuelan pensando que no han abandonado a su amigo hospitalizado porque van a acortar las vacaciones: dos semanas en vez de un mes, y al fin y al cabo sólo estarán a una hora de avión de París.

Así somos. Nos acomodamos en las pequeñas mentiras porque es más fácil así, porque mentir en las pequeñas cosas parece un acto inocente. Mentimos a los demás autoconvenciéndonos de que es lo mejor para ellos, cuando en realidad lo que hacemos es mentirnos a nosotros mismos, retrasar ese momento en el que habrá que afrontar la verdad: la persona a la que verdaderamente quieres, lo que verdaderamente te llena, la sexualidad que verdaderamente sientes. Y mientras estás mintiendo, ese momento de sinceridad parece muy lejano, como la costa cuando navegas en barco bajo el sol, pero a menudo olvidas que también existen bancos de arena, golpes imprevistos que te obligarán a mirarte al espejo y ser sincero de una vez por todas.

«Pequeñas mentiras sin importancia» también nos recuerda la importancia de lo que se dice, y de cómo se dice. Hay un personaje que, a modo de ejemplo, explica un experimento de Masaru Emoto que no sé si será verdad pero en cualquier caso me fascina como metáfora. Emoto puso arroz hervido en dos tarros y los cerró; a un tarro le colocó una etiqueta con la frase «Te quiero» y al otro una etiqueta con la frase «Te odio». Día a día, al primer tarro le agasajaba con palabras cariñosas, mientras al segundo le escupía palabras llenas de rencor. El arroz odiado se pudrió enseguida, mientras el arroz amado seguía intacto.

Y de eso se trata: de hablar pero hablar bien, de cuidar el lenguaje, de quejarse menos (o directamente, no quejarse), de proyectar una imagen más optimista de nosotros, de dedicarles a la gente que nos rodea las buenas palabras que merecen. Toda esa energía positiva acabará llegándonos de vuelta. En ese sentido, estad muy atentos a cuál es el único personaje que termina la película mejor de lo que la empieza. No hay que conformarse con las mentiras, hay que aprender a hablar y hay que aprender a escuchar.

Cine francés generacional, cinta coral ensalzada por un reparto excelente, comedia y drama muy bien hilados, canto a la amistad (pero a la de verdad), un pequeño empujón para que seamos optimistas, sinceros y hablemos de las cosas que nos importan, banda sonora de lujo (mezcla de canciones muy famosas con momentos indie)… Todo eso y mucho más. Una sorpresa agradable sobre las sorpresas desagradables de la vida.

Mumon Ekai – La puerta sin puerta

La iluminación siempre llega después que el camino del pensamiento se ha bloqueado. Si tu camino del pensamiento no está bloqueado, todo lo que pienses, todo lo que hagas, es como un fantasma que te enreda.

Mumon Ekai nació en China, pero su recopilación de 48 kôan «La puerta sin puerta» fue muy influyente en diversas sectas del budismo zen japonés, como la Rinzai. De hecho, todavía hoy -ocho siglos después de su escritura- se sigue utilizando este libro.

Los kôan son cuentos breves que plantean un problema en apariencia absurdo o ilógico y que los maestros zen utilizan para poner a prueba los progresos del alumno, provocarles un shock mental que les acerque al satori (iluminación). Se trata de desprenderse de lo racional, de todo lo preconcebido (la influencia externa) y dejarse llevar en cambio por la intuición y experimentación propias, dar un salto más allá de una explicación lógica o basada en lo puramente sensorial.

Uno de los kôan más famosos es: «Conoces el sonido que hacen dos manos al aplaudir. Ahora dime: ¿cuál es el sonido de una sola mano?». Resulta tentador dar respuestas racionales como «un chasquido de dedos», pero hay que atreverse a ir más allá de eso, desentrañar toda la profundidad de la paradoja. Parece imposible aplaudir sólo con una mano, sí. ¿Cómo hacerlo posible? ¿Existe un sonido sin sonido?

Enfrentarse a este libro es una experiencia curiosa. Lo cierras con la mente más abierta, con la sensación de haberlo entendido todo y no haber entendido nada. Empiezas a plantearte lo absurdo que es en realidad todo aquello que damos por sentado, ese conjunto de leyes, normas, prejuicios, frases hechas, enseñanzas, consejos, tópicos, ideas preconcebidas. Nos dicen que las cosas son de una manera y lo aceptamos así, nunca nos atrevemos a dudar, a reinterpretar o simplemente confiar en nuestro instinto. Sentir en vez de analizar. Porque en realidad, ¿cómo sé que el color naranja es el mismo color para mí que para los demás? Quizá lo que para mí es naranja para otra persona sería el equivalente de mi azul.

Leer «La puerta sin puerta» es como una versión hardcore de «El curioso incidente del perro a medianoche», la aventura de ese niño autista que es incapaz de entender el mundo de unos adultos que tan lógicos se creen con sus ideas ambiguas. ¿Qué significa «Prohibido pisar la hierba»? ¿Qué hierba? ¿La hierba en contacto directo con el cartel, la que lo rodea? ¿Toda la hierba? Sé que Christopher disfrutaría de la lectura de estos kôan, de hecho él los descifraría con más facilidad que cualquiera de nosotros.

A nosotros no nos queda más remedio que enfrentarnos a estas historias chocantes con algo de curiosidad y mucho de perplejidad. En la primera lectura de cada kôan, no entiendes nada. Los comentarios que añade Mumon Ekai después de cada cuento parecen despistarte aún más. Te sientes atascado. Entonces vuelves a leer el kôan y algo hace click en tu interior. Sigues sintiendo que la verdad está lejos, pero has dado un primer paso y la satisfacción es enorme.

Os dejo cuatro de los kôan del libro que más me han gustado:

Dos monjes discutían acerca de una bandera. Uno decía: «La bandera se mueve». El otro decía: «El viento se mueve». El sexto patriarca pasaba casualmente por allí. Les dijo: «Ni el viento, ni la bandera; la mente se mueve».

Seijo, la muchacha china -observó Goso-, tenía dos almas, una siempre enferma en casa y la otra en la ciudad, una mujer casada con dos hijos. ¿Cuál era la verdadera alma?

Basho dijo a su discípulo: “Cuando tengas un bastón, te lo daré. Si no tienes ningún bastón, te lo quitaré.”

Sekiso preguntó: «¿Cómo podéis seguir subiendo desde lo alto de un poste de cien pies?». Otro maestro dijo: «Uno que se siente en lo alto de un poste de cien pies ha alcanzado cierta altura, pero todavía no domina el Zen completamente. Debería seguir subiendo a partir de allí y aparecer con su cuerpo entero en las diez partes del mundo».

En definitiva: hay que atreverse a pensar.

Rubicon

«La suerte está echada» (alea iacta est), dicen que pronunció Julio César justo antes de cruzar con sus tropas el río Rubicon, que con su estrecho caudal marcaba el límite del poder del gobernador de las Galias. Con esta acción de rebeldía, Julio César dio comienzo a la Segunda Guerra Civil de la República de Roma. Cruzar el Rubicon, pues, significa entrar en un punto de no retorno, tomar una decisión consciente de las consecuencias que deberás afrontar, dejar atrás la tiranía en busca de la libertad.

La serie «Rubicon» demuestra ya muy buen gusto en la elección de su título. Buen gusto, simbolismo y declaración de intenciones. Porque de eso trata la serie, de tomar decisiones que lo cambiarán todo, de lidiar con las consecuencias y seguir adelante: «We all make choices along the way. Sometimes good, sometimes bad. But we choose. It’s what makes us unique, special» . Y en eso consiste la vida en el fondo, ¿no? De crearse un camino a base de decisiones, y no arrepentirse después, porque fueron las correctas.

Da gusto encontrar series así hoy en día, que huyen de los tópicos, no imitan a los formatos de éxito, no tratan al espectador como un niño al que hay que dárselo todo mascado. «Rubicon» apuesta encontrar por su propio ritmo (planos muy abiertos y largos, mucho silencio: ni rastro del montaje frenético que esperarías de una serie sobre conspiraciones e intrigas gubernamentales), prescinde de cliffhanghers en los últimos 15 segundos de cada capítulo a favor de una sabia dosificación de la información. Todo va llegando con cuentagotas, pero acaba llegando, y lo más importante: encaja.

Se exige una implicación total del espectador. Lo dice uno de los personajes: «Find the dots. Connect the dots. Understand the dots.» Hay que estar atento a los detalles, a las pistas, a las frases, incluso a los simbolismos (una tubería manchada de sangre como metáfora de lo que está por ocurrir).  La verdad que buscas siempre estuvo ahí, delante de tus narices; sólo necesitas encontrar las claves necesarias para interpretarla correctamente.

Por eso, en «Rubicon hay que ir uniendo las piezas que van soltando tan sutilmente y llegado al final, asombrarse de que por una vez los guionistas hayan construido un puzzle inteligente donde todo encaja. Sólo son 13 capítulos, pero qué inmensa satisfacción da llegar al final. ¿Final abierto? Sí: desgraciadamente, en el último momento AMC no renovó la serie. Pero, personalmente, no veo qué más habría aportado una segunda temporada. La conversación final es demoledora y sintetiza perfectamente qué ocurre en la vida real con estos asuntos. Me sirve como cierre de la serie.

«This job it’s all about not taking care of yourself.» Otra de las puntas de lanza de la serie es la manera de mostrarnos cómo este trabajo consume tanto a todos los personajes que ni siquiera tienen tiempo o ánimos de ocuparse de unas vidas personales que hacen aguas. Desde el protagonista hasta el secundario más discreto, pasando por los villanos, todos se ven superados por esa avalancha de informes, exigencias, horarios despóticos, amenazas y conspiraciones.

La madre recién divorciada que tiene que dejar a su hija en manos de su indeseable exmarido, el hombre con problemas en su matrimonio, la chica de inteligencia frustrada que se refugia en las drogas, romances incipientes que quedan en segundo plano porque hay que seguir investigando… Es angustioso verles ahogarse lentamente y sin remedio, y está todo tratado sin momentos lacrimógenos, sólo asistes a un realismo muy crudo. Y como ocurre con todo lo importante de esta serie, se insinúa más que se afirma: tienes que ir uniendo los puntos para entender y cogerles cariño a los personajes.

«It’s only bullets whistling by, they can’t kill you», sentencia uno de los personajes en el capítulo final en relación a las conspiraciones. Y tiene razón. Ahí están: silbando alrededor, amenazantes como una balada, pero si te mantienes al margen no te matarán, podrás seguir cómodamente con tu vida. Sólo cuando abres los ojos y las detectas, sólo entonces resulta tan fácil obsesionarse por ellas, cruzar el Rubicón y (entonces sí), luchar por la verdad y ponerse en peligro. Es sensacional asistir a todas esas escenas -muy tensas, puro thriller- en que la paranoia se va instalando en la vida de los personajes: se sienten en amenazados, espiados, perseguidos, inseguros. Pero siguen adelante porque saben que para ellos no hay marcha atrás.

Seguir con los ojos cerrados o despertar. Tomar la pastilla roja o tomar la pastilla azul. Decisiones, una vez más. Gracias, «Rubicon».

Oscar Wilde – El arte de conversar

Mucha gente actúa bien pero muy poca gente habla bien: eso demuestra que hablar es, con mucho, más difícil que actuar, y muchísimo más admirable.

Lo malo de Oscar Wilde es que nos dejó solamente una novela, tres libros de relatos y cinco obras de teatro (eso sin contar sus artículos, poemas y cartas, claro). Lo bueno es que todos ellos son brillantes. Precisamente porque sus obras completas se pueden reunir en un único volumen y no hay mucho por (re)editar, me pareció muy interesante una iniciativa editorial como «El arte de conversar» que, lejos de ser un ensayo sobre el tema del título, es una recopilación de la maestría oral de Wilde: veintisiete relatos breves con los que le gustaba entretener a la gente con la que mantenía conversaciones y cientos de sus ocurrentes aforismos (muchos extraídos de sus obras escritas y otros inéditos al haberlos improvisado mientras hablaba).

Así, los cuentos incluidos en el libro no los escribió el propio Wilde de primera mano, sino que los recogieron sus amigos, admiradores y conocidos en cartas, biografías, etc… Fascinados todos ellos por sus ocurrencias y sus dotes para hechizar a los interlocutores, no querían que se perdiera el talento de este gran narrador oral. Por eso, se agradece el trabajo de investigación, se agradece la intención de acercarnos a la magia que se debía de desplegar en aquellos salones literarios mientras Wilde hablaba y los demás escuchaban, pero la verdad es que esta colección de relatos orales resulta algo pobre si la comparamos con los que nos dejó escritos. La mayoría de cuentos incluidos no son más que anécdotas más o menos graciosas y otros apenas son el germen de ideas que desarrollaría en sus obras más famosas. Hay algún relato a rescatar, como «La ilusión del libre albedrío», «La moneda falsa» o «La resurrección inútil», pero son los menos. Eso sí: todos tienen el mérito de la improvisación.

Los aforismos, por su parte, sí conforman una colección extensa y valiosa, dividida en numerosos temas (dinero, literatura, hombres, mujeres, política, arte, trabajo, belleza, amistad…). Todas las obras de Wilde, todas las páginas incluso, rebosan de frases que subrayar, y aquí se recoge una buena muestra de sus frases lapidarias, con el añadido de que, en castellano, muchas de ellas son exclusivas de este volumen. Conviene tener esta colección de aforismos a mano, porque Wilde siempre aporta algo de luz y mucho de sabiduría. A destacar también los extractos de dos de los juicios que sufrió el escritor: con qué fina ironía y con qué valentía le respondía al juez.

Como suelo hacer con este tipo de libros, os dejo con una selección de las mejores citas. O como mínimo, las que más me han llamado la atención ahora; en otra época de mi vida, seguro que me habría fijado en otras.

Barnizar es el único proceso artístico con el que están realmente familiarizados los miembros de la Real Academia.

El verdadero artista es un hombre que cree absolutamente en sí mismo porque es absolutamente él mismo.

La mayoría de nuestros retratistas modernos están destinados al olvido. Nunca pintan lo que ven; pintan lo que el público ve. Y el público nunca ve nada.

Vivir es la cosa más rara del mundo. La mayoría de la gente sólo existe.

La vida no es compleja. Nosotros somos los complejos. La vida es sencilla y lo sencillo es lo correcto.

En París se puede perder el tiempo deliciosamente, pero nunca el camino.

No existen libros morales o inmorales. Los libros están bien escritos o mal escritos. Eso es todo.

Si uno no puede disfrutar un libro una y otra vez, no tiene sentido leerlo.

Es difícil no ser injusto con aquello que se ama.

Siempre hay algo ridículo en las emociones de la gente a la que dejamos de amar.

Hay cierta fatalidad con los buenos propósitos, y es que se piensan demasiado tarde.

La única diferencia entre un capricho y una pasión para toda la vida es que el capricho dura un poco más.

El asesinato es siempre un error. Uno nunca debe hacer algo que no se pueda contar después de la cena.

La única diferencia entre el santo y el pecador es que el santo tiene un pasado y el pecador un futuro.

El egoísmo no es vivir como uno quiere, sino pedir a los demás que vivan como uno quiere.

Cualquiera puede simpatizar con los sufrimientos de un amigo, pero se requiere de una naturaleza muy superior para simpatizar con el éxito de un amigo.

Hoy los pícaros parecen tan honestos que la gente honesta, para diferenciarse, se ha visto obligada a vestir como los maleantes.

Una verdad dejar de serlo cuando más de una persona cree en ella.

Soy la única persona en el mundo a la que me gustaría conocer por completo, pero no veo la oportunidad para que eso suceda ahora.

Tengo los gustos más sencillos: siempre me quedo satisfecho con lo mejor.

Conviene recordar que Oscar Wilde siempre tiene razón.