-¿Tu llavero es una llave? -me preguntó mi amigo, examinando el objeto en cuestión.
-Claro -respondí.
Mi respuesta destilaba una seguridad, una lógica aplastante que no sabía muy bien de dónde venía, porque lo cierto es que jamás me había planteado lo raro que pudiera parecerles a otros esto de utilizar una llave como llavero. La mezcla de sorpresa e incredulidad de mi amigo me llevaron a analizar por primera vez el porqué de este llavero y no otro.
No es una llave de verdad porque es una llave-espada. Y no abre cualquier puerta, abre la puerta del Kingdom Hearts (Reino de Corazones). Es un videojuego, claro. Pero la metáfora es bonita. Compré el llavero en Japón, en la tienda oficial de Square-Enix. Es una tienda relativamente céntrica pero bien escondida; desde la estación más cercana (Shinjuku, salida oeste), te espera una buena caminata por una calle en la que sólo parece haber edificios de oficinas. Y cuando crees que desfallecerás, entonces aparece la tienda. Tienen de todo y más relacionado con todas las franquicias de la compañía, especialmente de Dragon Quest y Final Fantasy: peluches, juguetes, juegos, papelería, camisetas, decoración, bisutería. Y también llaveros, claro. Los tienen expuestos como si fueran joyas y te los empaquetan como si hubieras comprado un anillo de compromiso.
Compré dos, uno para mí y uno para mi ex. Al salir de la tienda cargados de bolsas, nos sentamos un momento en un banco, para descansar. Ya habíamos retomado nuestro camino hacia la estación cuando descubrimos que me había olvidado la lujosa bolsa con los llaveros en el banco. Ni rastro de ella. Mi ex se enfadó mucho, como siempre se enfadaba cuando yo hacía algo mal (más adelante, al recordar la anécdota, él aseguraba que no se había enfadado, sólo le daba lástima el dinero que había perdido yo, unos 4.000 yens). Decidí volver a la tienda a comprar otros dos llaveros. La extrañeza con que me miraron los dependientes sólo se puede comparar con la de mi amigo, años después, al descubrir mi llavero-llave. «Pues sí que le debe gustar Kingdom Hearts», pensarían.
Durante muchos años, guardé el llavero en su envoltorio original. Lo mantenía a buen recaudo, en un cajón. Me daba miedo utilizarlo o, quizá, perderlo otra vez. Pero ¿de qué sirve el miedo? No es más que una cadena con la que nos limitamos. Pensamos que sólo sin atrevernos a descubrir qué hay fuera estaremos a salvo; mantenemos la puerta cerrada a cal y canto y su llave, escondida en el rincón más oscuro. Más vale malo conocido, nos inculcan. Y lo aceptamos. Y así, renuncia a renuncia, es cómo nos adentramos en arenas movedizas de las que resulta muy difícil escapar. Empeñados en sacrificarnos a ciegas una y otra vez, llegamos hasta el punto de anularnos como personas.
No recuerdo qué llegó antes, si la ruptura o el utilizar por fin este llavero-llave para su cometido original. Sé que con ambos gestos cogí las riendas de mi vida. Por primera vez en 28 años, lo importante en mi vida pasaba a ser yo. Sólo yo. Reencontrarme, evolucionar, avanzar, conocer, disfrutar. Sin prisas. Con una meta muy clara: ser feliz. Aprender a caminar sin bastones, sin clavos ardiendo. Como bien dicen en La puerta sin puerta: «Cuando tengas un bastón, te lo daré. Si no tienes ningún bastón, te lo quitaré».
Y quizá esto es lo que representa esta llave que no es una llave de verdad, pero que es mía: mi voluntad, que ahora -si así lo desea- se atreve a abrir puertas extrañas y acometer tareas con la fuerza y la determinación de una espada.
Ahora comprendo que quienes somos se refleja incluso en nuestros actos más pequeños. También en algo tan insignificante como el llavero que elegimos. Los días que me siento particularmente poderoso, llevo mi llavero a la vista de todos, colgando del bolsillo izquierdo del pantalón. Por eso lo vio aquella noche mi amigo. Lo cogió y lo examinó casi científicamente.
-¿Tu llavero es una llave? -me preguntó.
-Claro -respondí.
Él bebió un sorbo de su gintonic, me volvió a mirar, me estudió bien, muy atentamente, y entonces sonrió, satisfecho:
-Claro.
Por cierto, él no utiliza ningún llavero: sólo dos llaves unidas por un sencillo aro metálico. Quizá es que ya no necesita nada más. Admiro esa austeridad suya.












