It was like Rockaway Beach in the month of June

«Si algo no te gusta en tu vida, tienes la libertad de intentar cambiarlo», reza el nuevo anuncio de Aquarius. Adoro el mensaje. Consumo poca publicidad (el efecto de encender la tele sólo para DVDs y videojuegos) pero reconozco que entre chorrada y chorrada, a veces se cuelan frases magníficas como ésta.

Me gusta que incentiven a la gente a arriesgarse. Cambiar tu nombre por uno menos convencional: cambiarlo como metáfora de tomar la iniciativa, elegir la ruta secreta, desoír las advertencias, apostar por lo desconocido. A la gente le da miedo el cambio. Adoramos a quienes se arriesgan (o venden la imagen de arriesgarse) pero a la hora de la verdad, nos asalta el vértigo si tenemos que tomar decisiones. Aunque sea para vendernos un producto, Aquarius nos recuerda que tenemos el derecho (¿o la suerte?) de elegir.

Llama la atención que estos anuncios tan vigorizantes suelan ser los de bebidas. Y es que quizá sean las bebidas el mayor icono de liberación, ocio, felicidad -a solas o con los amigos-, fiesta, verano, cambio, color. Cuando viajo al extranjero, tengo la secreta costumbre de probar las bebidas más raras que se me crucen: Coca-Cola de vainilla, Fanta de melón (la cosa más refrescante del mundo, pero sólo se vende en Japón), Mountain Dew de lima, etc. Impresiona la variedad que te puedes encontrar, y rara vez están malas. A veces te asustan esos envases con ciertos nombres y ciertos colores, pero no hay mayor satisfacción que atreverse a comprarlas y dar ese primer sorbo.

Capítulo aparte merecen los anuncios buenrollistas que anuncian cerveza, especialmente en verano. Suponen la idelización de esas vacaciones que a todos nos gustaría tener pero nunca nos atrevemos a hacer realidad. También es cierto que a veces aspiramos a demasiado. Damos vueltas y vueltas, esperamos que pasen trenes dorados y dejamos escapar los de plata y bronce porque no brillan tanto. Por eso me gusta el eslógan de Estrella Damm de este año, ligeramente irónico después de tantas imágenes bucólicas: «Las cosas normales pueden ser extraordinarias». Decidir cambiar y aceptar los resultados: no hay más.

¿Cuáles son vuestras frases fetiche?

Preludio de que algo emocionante va a pasar

El taquillero da un pequeño respingo cuando le pides sólo una entrada para la película de la Sala 3. «¿Una?», te pregunta, pronunciando esa palabra como si perteneciera a algún idioma secreto que nadie debería conocer. «Una», repites con la sonrisa ahora más ancha. Pagas, coges tu entrada y te adentras en el cine. Ignoras el puesto de palomitas. Mientras te rasgan el ticket, miran detrás tuyo con cierta curiosidad mal disimulada: no, no te has olvidado de darle las demás entradas, nadie te acompaña. Has ido solo al cine. Y no tienes cara de que te hayan dado plantón: estás sonriendo.

Parece que haya actividades vetadas para una sola persona. Cuando dices que has ido a algún lado (al cine, a un restaurante, a pasear, de compras…), lo primero que tiende a preguntarte la gente es «¿Con quién?». Nada de «¿Y qué tal, cómo te lo pasaste?». Es muy revelador. ¿Tanto nos asusta la soledad? ¿Tan poco nos interesa lo que hacemos? ¿Tanto miedo tenemos de que los demás nos miren con compasión al pensarse que estamos solos en el mundo?

¿Tan extraño es que te apetezca degustar una película sin interrupciones o deambular por los pasillos de una exposición en silencio, simplemente conectando con las obras? ¿Tan inconcebible resulta que seas capaz de comprar ropa sin necesitar a nadie al lado que decida por ti lo que te queda bien o mal? Eso no significa que no tengas amigos, familia o incluso una pareja/ligue con quien compartir todas esas actividades, sólo que también sabes disfrutar de tus buenos momentos de soledad.

Ahora que estoy soltero salgo más que nunca con los amigos: comidas inesperadas, cenitas fuera y en casa, copas, discotecas, fiestas, viajes, a veces pasamos el día entero en algún pueblo lejos de Barcelona, vamos al cine o a mirar tiendas… No paro. Y lo disfruto. Hay que cuidar a los amigos, hay que dejarse querer y devolverles esa energía que te dan. Pero esto no está reñido con seguir conservando ciertos momentos para uno mismo. Son muy necesarios. Para relajarse, para mantener la perspectiva. Para recordar quién eres. Para no perder la costumbre de tomar decisiones por ti mismo. Para no olvidar qué significa disfrutar de la compañía, también.

Quizá a alguien le doy lástima si me ve leyendo solo en una cafetería junto al mar. A mí en cambio me da lástima la gente que depende tanto de los demás que no sabe estar sola: sin otras personas a su alrededor, serían absolutamente incapaces de decidir qué película ver, qué ropa comprarse, en qué restaurante cenar. Se dejan arrastrar por las opiniones externas. Quedan con los demás no porque disfruten realmente de su compañía sino porque les angustiaría estar solos, verse obligados a rellenar las horas. Suele ser gente insegura que, enfrentada a la soltería, se agarra a clavos ardiendo.

Por mi parte, yo prefiero disfrutar de ambas cosas: después de una tarde paseando solo, pensando, leyendo, escuchando música, empapándome del ambiente y del paisaje, parece que una cena y posterior farra con los amigos saben aún mejor.

Crystallizing galaxies spread out like my fingers

¿Y sabes qué? Luego el mundo te premia. El universo conspira a favor de los que lo mueven. (…) ¿Tú quieres mover el mundo o que te mueva?
(Albert Espinosa, «Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven.»)

Ahora es el momento, se titulaba el libro de la estantería que me había llamado la atención por tener un lomo idéntico (color salmón con una franja blanca para el autor y el título, clásico diseño de la editorial Mondadori) al de uno de mis libros favoritos, La broma infinita. Me parecía muy curioso que esa persona tuviera entre sus escasos libros precisamente éste de un autor tan minoritario como David Foster Wallace. No fue así. Se trataba de otro libro, y yo ni siquiera lo conocía.

Pero no sentí decepción alguna. «Ahora es el momento» sonaba poderoso. Sonaba casi como lo opuesto a La broma infinita: se rompe el círculo, ahora importa el presente, lo real. Supe que el libro estaba diseñado así para atraer mi atención, para llevarme a cogerlo de aquella estantería justamente esa mañana, y no otra. Había sido una semana intensa, de muchos cambios, de vértigos y sorpresas y alguna que otra duda. Con su título, el libro misterioso me corroboraba lo que ya intuía. Que avanzo por la senda correcta. Que, efectivamente, ahora es el momento. Y lo es.

En otra época de mi vida, habría devuelto el libro a la estantería nada más descubrir que no era el mismo que yo creía. Ni siquiera le habría prestado atención al título. Lo habría guardado y habría salido de allí con la cabeza gacha y media sonrisa, sin confiar en mí ni en mis posibilidades. Ahora no. Ahora me quiero y tengo energía y soy capaz de hacer las cosas que me gustan. Y las hago. Ahora sé que cuando crees en señales y estás receptivo a ellas, éstas van apareciendo de la nada para guiarte. Abres los ojos y ves ese camino oculto.

Cuando pierdes el pasaporte la misma mañana en que debías coger un avión, puedes estresarte y agobiarte en vano o bien puedes pensar que quizá no debías coger ese vuelo, que en contra de lo que pensabas nada positivo te esperaba en tu destino. Cuando en la tienda se ha agotado el producto específico que ibas a buscar, puedes lamentarte de tu mala suerte o bien darte cuenta de que justo al lado de ese espacio vacío, en el mismo estante, hay otro producto parecido, pero mejor (quizá incluso más barato).

Cuando te toca trabajar un día que creíste que tendrías fiesta, puedes refunfuñar o bien considerar que será un día especialmente productivo en el trabajo, que quizá un extraño te sonreirá de camino al autobús. Cuando conoces a alguien en circunstancias muy curiosas -tantas casualidades que casi parece una película- pero no sientes ningún flechazo, puedes cerrar los ojos y alejarte rápidamente, o bien puedes decirle a ese nuevo amigo: «Gracias. Más, por favor» y confiar en que esa persona acabará (a)trayendo algo muy bueno a tu vida.

No es que todo esté escrito. El destino es un libro, sí, pero sus páginas están en blanco y sólo tú tienes el bolígrafo. Escribir (o no) a partir de las ideas, inspiraciones y señales que acuden a tu mente será siempre decisión tuya. Si piensas que nada ocurre gratuitamente, si estás convencido de que todo tiene un motivo… entonces pierdes el miedo a escribir. Y llegan las mejores páginas. Todo se alinea a tu favor.

Henri Brunel – El año zen

Atento al instante que pasa, al capullo que se abre, a la hierba que muere, trato de habitar en mi vida. Escucho la palabra de los sabios, de los maestros zen, y oigo con ellos, en la brisa que dobla los árboles e inclina la hierba de los campos, la melodía del infinito.

El francés Henri Brunel es autor de numerosos libros sobre el zen. Suyas son muchas de las recopilaciones de relatos que ha publicado la editorial Olañeta. El año zen es un libro mucho más personal: durante un año, el autor se dedicó a mantener una actitud zen ante la vida, y a recogerlo en un diario. Su intención, dice, es «fijar en las palabras, antes de que se extinga, la belleza de las cosas».

Brunel comparte con el lector sus impresiones de la naturaleza que lo rodea, rememora episodios de su vida, cita poemas, proverbios, haikus, recoge relatos, anécdotas e incluso fragmentos de las biografías de maestros zen como Ryokan y Dôgen. Hay una entrada para casi cada día, y día a día acompañas al autor en su exploración del paso de las estaciones, su apreciación del momento presente.

El libro es una maravilla aunque no te interese el zen. Te vacía el cerebro en un sentido positivo, te transmite paz y serenidad, pero también mucha sabiduría. Aunque las entradas son muy variadas, todas consiguen el mismo efecto: relajarte. Las descripciones de los paisajes del pueblo de Brunel, sus momentos del pasado, los bellos haikus que cita -algunos de cosecha propia, la mayoría de los maestros de este arte-, los cuentos… A veces te dibujan una sonrisa en la cara, a veces te dejan meditando.

Para mí, El año zen supone la evasión perfecta del ritmo de vida de la ciudad. Mucho más relajante y productivo que ver cierta televisión. Si conectáis con él, será un libro que os gustará guardar cerca para volver a consultar páginas aleatorias. Y además es una fuente inagotable de frases y poemas memorables…

El ladrón huido
ha olvidado
la luna en la ventana.

No lo olvidéis, la eternidad es ahora.

Se puede, sin riesgo, agrietar de sonrisas este rostro gastado.

Chaparrón de verano
y casi al final
tu paraguas a mi encuentro.

Una mariposa
pegada al asfalto
sueña con flores.

Se es libre de lo que se acepta, y prisionero de lo que se rechaza.

Si no sabemos «mirar», no vemos más que la apariencia de las cosas.

Es difícil atrapar un gato negro en una habitación oscura, sobre todo cuando no hay gato.

Si bien no somos más que una gota en el océano, también somos el océano.

Es inútil intentar convencer a los que están persuadidos de poseer la verdad.

Lo que tiene que suceder, sucede. La sabiduría siempre encuentra un camino.

No regrets, they don’t work

«La vida se parece a una pintura sumi-e». Ésta es la frase que más me ha llamado la atención por ahora del libro que me estoy leyendo estos días, El Año Zen (Henri Brunel). «No hay derecho al arrepentimiento», continúa el texto. «Si se quiere retocar un cuadro sumi-e, el trazo se convierte en mancha, el fresco, en embadurnamiento. Todo acto hecho es para la eternidad. El curso de nuestra vida nunca vuelve atrás, y la forma que a cada paso se dibuja no se borra».

No he podido evitar imaginarme mi vida como una galería de pinturas sumi-e, esa técnica de pintura minimalista (negro sobre blanco), que nació en China y se popularizó en Japón, vinculada a la meditación zen. Todos y cada uno de los momentos de mi vida -los memorables y los más nimios; los buenos pero también los tristes- colgados uno tras otro. Expuestos todos con orgullo. Intocables. Al fondo, queda mucho de galería por recorrer; allí, las paredes aún están vacías pero ya tienen los clavos preparados para exponer próximas pinturas.

Nos pasamos media vida cogiendo el pincel con pulso vacilante, temerosos de posarlo sobre el papel, conscientes de que una vez terminado el cuadro, querremos retocarlo. No confiamos en nuestro talento y el miedo a actuar nos atenaza. Igual de paralizante (pero mucho más tentador) resulta recordar los errores y las acciones del pasado, querer cambiar ese pasado, desear haber tomado otro camino, ansiar haber dicho lo que se calló. Queriendo cambiar lo incambiable, nos olvidamos de admirar la belleza de la obra ya terminada.

Lo hecho, hecho está, y es hermoso. Todos nuestros cuadros son hermosos. En algunos detectaremos, sin duda, trazos indecisos, manchas que no deberían estar allí. Está bien que así sea. No somos maestros. Estamos practicando, acumulando experiencia. La vida es un entrenamiento contínuo. Esos trazos, esas manchas nos servirán para aprender de nuestros errores y coger el pincel con más fuerza la próxima vez.

Quizá os haya llamado la atención el círculo de la primera imagen. Es más que bonito: es poderoso, auténtico, desprende vitalidad, energía. Quien se atrevió a pintarlo, lo hizo así…

…y seguramente no fue su primer intento. Lo precedieron muchos errores, seguro. Muchos lienzos emborronados. Bonitos a su manera, muy admirados por sus amigos y alabados por la crítica probablemente, aunque todavía alejados de la intención original del artista. Pero él no desistió. Siguió pintando. Volvió a lanzar un único brochazo hacia el techo. Con decisión. Estoy seguro de que sonrió al contemplar su obra. «Por fin», pensó. Así que sigamos pintando sin miedo, sin arrepentimientos, que aún nos queda mucha galería por rellenar, muchos cuadros hermosos por exponer.