No regrets, they don’t work

“La vida se parece a una pintura sumi-e”. Ésta es la frase que más me ha llamado la atención por ahora del libro que me estoy leyendo estos días, El Año Zen (Henri Brunel). “No hay derecho al arrepentimiento”, continúa el texto. “Si se quiere retocar un cuadro sumi-e, el trazo se convierte en mancha, el fresco, en embadurnamiento. Todo acto hecho es para la eternidad. El curso de nuestra vida nunca vuelve atrás, y la forma que a cada paso se dibuja no se borra”.

No he podido evitar imaginarme mi vida como una galería de pinturas sumi-e, esa técnica de pintura minimalista (negro sobre blanco), que nació en China y se popularizó en Japón, vinculada a la meditación zen. Todos y cada uno de los momentos de mi vida -los memorables y los más nimios; los buenos pero también los tristes- colgados uno tras otro. Expuestos todos con orgullo. Intocables. Al fondo, queda mucho de galería por recorrer; allí, las paredes aún están vacías pero ya tienen los clavos preparados para exponer próximas pinturas.

Nos pasamos media vida cogiendo el pincel con pulso vacilante, temerosos de posarlo sobre el papel, conscientes de que una vez terminado el cuadro, querremos retocarlo. No confiamos en nuestro talento y el miedo a actuar nos atenaza. Igual de paralizante (pero mucho más tentador) resulta recordar los errores y las acciones del pasado, querer cambiar ese pasado, desear haber tomado otro camino, ansiar haber dicho lo que se calló. Queriendo cambiar lo incambiable, nos olvidamos de admirar la belleza de la obra ya terminada.

Lo hecho, hecho está, y es hermoso. Todos nuestros cuadros son hermosos. En algunos detectaremos, sin duda, trazos indecisos, manchas que no deberían estar allí. Está bien que así sea. No somos maestros. Estamos practicando, acumulando experiencia. La vida es un entrenamiento contínuo. Esos trazos, esas manchas nos servirán para aprender de nuestros errores y coger el pincel con más fuerza la próxima vez.

Quizá os haya llamado la atención el círculo de la primera imagen. Es más que bonito: es poderoso, auténtico, desprende vitalidad, energía. Quien se atrevió a pintarlo, lo hizo así…

…y seguramente no fue su primer intento. Lo precedieron muchos errores, seguro. Muchos lienzos emborronados. Bonitos a su manera, muy admirados por sus amigos y alabados por la crítica probablemente, aunque todavía alejados de la intención original del artista. Pero él no desistió. Siguió pintando. Volvió a lanzar un único brochazo hacia el techo. Con decisión. Estoy seguro de que sonrió al contemplar su obra. “Por fin”, pensó. Así que sigamos pintando sin miedo, sin arrepentimientos, que aún nos queda mucha galería por rellenar, muchos cuadros hermosos por exponer.
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