Quieres hacer un viaje. Coger un mapa, señalar un punto al azar y ponerte en marcha. Tienes los días, tienes el dinero, tienes la posible compañía. Sólo falta el destino. Tampoco pides mucho, aceptarías repetir una ciudad que ya conoces, porque ahora todo te parece nuevo. Cualquier rincón servirá mientras tenga magia.
Es decir: callecitas empinadas por las que dejarse perder, rincones y fachadas que capturar con la cámara, un restaurante con un romántico reservado, vistas desde un mirador que tendremos que alcanzar escalando, plazas donde desayunar bollería recién hecha, fuentes perdidas y un paseo para bordear el mar o el río o la montaña.
Conversaciones y mucho tiempo compartido, porque en los viajes las horas parece más largas, o será que cunden más cuando damos pasos. Risas, dedos que señalan, el crujido del mapa desplegable y el móvil apagado, el hotel como refugio. Conocerse mejor explorando la ciudad, como en una secuela de Antes del amanecer.
Lo normal, vaya. Cerrar los ojos cuando el avión despegue y llegar. No contar el tiempo que queda para volver, olvidarse del calendario por tres días o un fin de semana. Disfrutar cada esquina, apoyarse en cada barandilla templada. Sí, este verano quieres hacer un viaje y que el azar te señale.









