Francesco Piccolo – Momentos de inadvertida felicidad

Ahora mismo eres feliz. Vas por la calle tan tranquilo, pensando en tus cosas, y algo ocurre o algo ves, algo intrascendente, que te lleva a darte cuenta de un hecho tan simple: eres feliz. Puede ser alguien saltando al recibir una llamada, los cambios de cartel en las marquesinas, el olor de los bares en los que no has entrado…

Te creías el único testigo de esos instantes en los que el mundo pareció desnudarse. Pero en Momentos de inadvertida de felicidad alguien ha recogido todas esas pequeñas cosas que te hacen feliz. Las aventuras de una botella de vino, cuando llega la persona a la que le guardabas el sitio, el mundo que ves desde tu toalla.

Son instantes cazados al vuelo, una especie de blog temático en forma de libro. Recuerdos y sensaciones, notas en una servilleta, flashes que te hacen sonreír porque en muchos casos te identificas con ellos, y con los que no, deseas vivirlos algún día. Te fijarás mejor la próxima vez que vayas a una fiesta.

Un libro para regalar. Para sentirte bien. Para tenerlo cerca, en la estantería o la mesita de noche, y abrirlo al azar uno de esos días transparentes en los que parece que nada ocurre. «Ah, sí», susurrarás, ya más sereno. Otra cosa para añadir a tu catálogo de momentos de inadvertida felicidad: los libros que cierras con una sonrisa.

La lista de todas las casas que se habitan en una vida. El número exacto de besos que se están dando en este momento. Me gustaría que ninguna puerta se estuviera cerrando, que ningún ser humano estuviera tosiendo, que ningún ciudadano no se sintiera ciudadano; y que siempre en este momento alguien estuviera diciendo: qué bonito es vivir aquí. Aunque fuera para sus adentros.

Let us fly to Bountyland

Qué ricos los mochis. Sobre todo los más grandes, los que están rellenos de helado. Estos, cuando los sacas del congelador, están tan fríos que tienes que ir pasándolos de una mano a otra. La tentación de morderlos enseguida es grande, pero todavía están duros como una piedra. Tienes que esperar.

Ojalá inventasen un sistema para que salieran del congelador ya blanditos, listos para degustar, ese punto justo en que el helado sigue siendo helado, no chorrea, pero puedes mordisquearlo, y el mochi se estira y se estira. Entonces podríais moderlo juntos y no se rompería, como el queso de la pizza.

Tu mochi seguirá duro y frío un buen rato. Piensas: «Te derretiré como mi helado favorito». Como cuando paseas por el puerto un día de sol, sonriendo bajo las gafas de sol, dando cucharadas a la tarrina que acabas de comprar, sin prisa, pero tampoco despacio, que no te gusta pringarte. Todo podría ser así de fácil.

Por ahora te conformas. Imitas al pastelero, acaricias el mochi haciendo círculos con las manos, como el niño de Karate Kid con la cera. Tus manos cálidas poco a poco van derribando toda resistencia y el mochi se ablanda. Eres feliz durante esos segundos previos a la explosión de sabor. En el fondo, el proceso es divertido. Los mochis tienen que ser mochis, por eso te gustan tanto.

Starships were meant to fly

El sabor del mar al darte un chapuzón. Lo habías olvidado. El escozor dulce de la sal te despeja la nariz. Y te lanzas al agua aunque esté fría, aunque aquí no cubra mucho, aunque entre la arena haya restos de mejillones y alguna que otra alga. Te lanzas con ganas. Tanto tiempo demorando el reencuentro con la playa.

Trece años. Se dice pronto. Trece o catorce, no lo recuerdas bien, desde el último verano que hiciste vela. No te atrevías. Había partes de ti que no querías enseñar. Pero ahora te sientes tan a gusto y tan libre y tan apreciado que eso ya no importa. Ahora importa la playa, el ardor del sol y la crema resbaladiza cuando la extiende él por tu espalda. Las risas y los salpicones.

Importa la toalla nueva pegada a la suya, a cada rato la mueves un poco para que no se vea arena entre ellas. El rumor del mar cuando cierras los ojos. Estás en tu pueblo: ya no vives aquí pero vuelves a sentirte en casa. Ubicado. Has vencido, vuelves a hacer todas esas cosas que habías dejado de hacer.

No era miedo, sino más bien falta de impulso. Pero encontraste el impulso adecuado, esas manos en la espalda, izándote, y ahora saltarás al agua y a donde haga falta. Te desnudas hasta el último centímetro de tu piel, enseñas lo que no habías enseñado nunca. Te atreves. Porque estar vivo es justamente eso: atreverse.

Talk talk talk

Tengo que decirte algo. Tu mejor amigo y tú os encerráis en el baño del instituto. Ha llegado el momento. Toca decírselo. Tragas saliva. Tendrás que confesar una verdad y admitir muchas mentiras, las que contabas cuando necesitabas compartir tu felicidad a cualquier precio. Pues verás, empiezas, resulta que Rosa se llama de otra manera. Adivinanzas. Que sea el otro el que le ponga nombre.

Tengo que decirte algo. Te sientes ridículo. Tu madre ya te lo preguntó hace tiempo, indirectamente, con la delicadeza de las madres, y le dijiste que no. Ahora toca decirle que sí. Pones un disco de música petarda, Sin With Sebastian, para que choque menos. Alargas la conversación con la esperanza de que las frases lleguen solas. Llegan al final, cuando te marchas. Resulta que no me gustan las chicas…

Tengo que decirte algo. Con tus compañeros de trabajo ya no puedes utilizar esa fórmula simplona. Ellos hablan de novias y tú, como si nada, con toda la naturalidad, apoyado en la máquina de bebidas, sueltas lo de «Ayer mi novio me regaló…». Serás la comidilla durante unos días, pero ya está hecho. Cuando conozcas a alguien, ahora y en cualquier momento de tu vida, tendrás que luchar contra lo que dan por sentado.

Tengo que decirte algo. Si es tu pareja, significa un banco en el parque y el principio del fin. Si es un amigo, a partir de ahora lo será aún más, así que brindad. Si es el chico al que todavía estás conociendo, la frase significa un abanico que se abre y dos sonrisas nuevas, un sofá, un televisor azul, baldosas firmes.

Somos el fruto de mil conversaciones. Ha habido tantas que la próxima también será bienvenida. Somos supervivientes, somos orgullo, somos herencia. Dicen que la crisis lo arrasará todo, que el mundo se acaba. Pues seamos felices. Se lo debemos a todos aquellos que se escondieron porque el amor todavía no podía decir su nombre. Nosotros tenemos la suerte de hablar. ¡Hablemos, digamos!

Just keep bringing out the best in me

Dibujad a una persona bajo la lluvia. Eso nos pidió, hace unos meses, una chica mística durante una fiesta. Nos pusimos manos a la obra llenos de curiosidad. Yo dibujé a un chico que miraba sonriente a la lluvia, sin paraguas, los brazos abiertos, dándole la bienvenida a cada gota. Algo parecido a la foto.

Luego la chica nos explicó que ese dibujo representaba nuestra forma de enfrentarnos a la vida y de entregarnos a los demás, y analizó ciertos detalles para demostrarlo. La elección de la ropa y los complementos, la línea del suelo, la expresión de la cara. Pequeñas cosas que todos habíamos dibujado de forma distinta, adaptándolas a nuestra visión del mundo. La chica acertó en todo.

Son curiosos estos destellos del inconsciente. Tu forma de vestir te define, obvio. Es una declaración de intenciones, pero también lo son decisiones en apariencia aleatorias, como ese dibujo de alguien bajo la lluvia o incluso tu llavero. Haz la prueba. Mira qué llavero tienes ahora, piénsalo un poco y verás cómo describe perfectamente en qué punto te encuentras hoy.


Nos conocemos mejor que nadie pero qué fácil es perderse en el egoísmo. Qué tranquilidad encontrar a alguien que te haga de espejo. Alguien para remarcarte las virtudes, que te haga crecer. Un faro a quien decirle: «Me has cogido el punto». Es un proceso mutuo, porque a ti también te gusta adaptarte a su paso. Recordarle lo bueno, que se lo crea. Espejos que miran a espejos.