Starships were meant to fly

El sabor del mar al darte un chapuzón. Lo habías olvidado. El escozor dulce de la sal te despeja la nariz. Y te lanzas al agua aunque esté fría, aunque aquí no cubra mucho, aunque entre la arena haya restos de mejillones y alguna que otra alga. Te lanzas con ganas. Tanto tiempo demorando el reencuentro con la playa.

Trece años. Se dice pronto. Trece o catorce, no lo recuerdas bien, desde el último verano que hiciste vela. No te atrevías. Había partes de ti que no querías enseñar. Pero ahora te sientes tan a gusto y tan libre y tan apreciado que eso ya no importa. Ahora importa la playa, el ardor del sol y la crema resbaladiza cuando la extiende él por tu espalda. Las risas y los salpicones.

Importa la toalla nueva pegada a la suya, a cada rato la mueves un poco para que no se vea arena entre ellas. El rumor del mar cuando cierras los ojos. Estás en tu pueblo: ya no vives aquí pero vuelves a sentirte en casa. Ubicado. Has vencido, vuelves a hacer todas esas cosas que habías dejado de hacer.

No era miedo, sino más bien falta de impulso. Pero encontraste el impulso adecuado, esas manos en la espalda, izándote, y ahora saltarás al agua y a donde haga falta. Te desnudas hasta el último centímetro de tu piel, enseñas lo que no habías enseñado nunca. Te atreves. Porque estar vivo es justamente eso: atreverse.

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