Till I can get my satisfaction

«Happiness is that little moment
when you stop craving for more.»

No sé de qué lotería era ese cartel, si la de Navidad o la del 11 de Noviembre, pero me llevé las manos a la cabeza al verlo. Un muro roto, gente atrapada luchando por su libertad. Ni rastro de esos cuentos de hadas que eran los anuncios de lotería. Ruptura, agresividad, desesperación. Un signo de los tiempos que corren. La lotería de los indignados.

Algo parecido ocurre con los carteles de las elecciones catalanas de este año. Son agresivos, radicales. Uno es totalmente negro y empieza las frases con dos «No» rotundos. Otro está a medio camino entre Los Diez Mandamientos y la propaganda nazi. Y en medio, como pulpos en un garaje, unos repiten las frases naïf de cada año y los otros, quienes siempre han tirado piedras contra Cataluña, de repente buscan una actitud conciliadora que pocos se creen.

Todos nos prometen que con su fórmula mágica se solucionará todo: la independencia, el federalismo, el centralismo, la austeridad. Cuando lo consigamos, todo estará bien, dicen, y ya hemos visto con el Estatut o los recortes que la maquinaria política no se detiene, ellos siempre quieren que queramos más.

Porque ganar la lotería es solo el principio, ya se asegurarán entonces de que te asalten las dudas: ¿en qué podrías gastártela?, publicitarán tantas opciones, ¿y qué seguros contratas?, ¿y si te roban?, ¿y si ya no sabes vivir sin dinero?, ¿y si ahora tu karma se equilibra y ocurre una desgracia? El síndrome de Hurley en Perdidos.

Los auténticos cambios no los traerá ningún billete de lotería ni ninguna papeleta electoral. No depositaré mis esperanzas en las fórmulas mágicas de gente que solo sonríe en los pósters. Eso no significa que no compre o que no vote, está bien tener ilusión. Al fin y al cabo, los Reyes Magos no existen pero todos esperamos regalos el 6 de Enero por la mañana. Se trata de abrir el regalo con la cabeza fría, sabiendo que la felicidad ya estaba aquí y ahora. Te la has trabajado.

For the price of a cup of tea

Ahora me gusta el té. Costó acostumbrarse a este agua caliente y turbia, cogerle el gusto. Las manos calentándose alrededor de la taza, el estómago abriéndose ante el líquido. Ahora me gusta el té, su sabor, su temperatura (caliente o con hielo), su color, su sonido al verterlo, pero todavía no había apreciado su olor. Hasta ayer, que levanté sin querer la tapa de la tetera de hierro, quemaba un poquito, y me llegó una descarga reconfortante. Como llegar a casa cuando huele a limpio.

Este té olía a naranja y chocolate. Evocaba buenos momentos, buena compañía. Cada lunes pruebo uno distinto porque quedo con una amiga y, sin saber muy bien cómo, porque estas cosas surgen así, de la nada, se ha convertido en una tradición pedirnos un té cada uno mientras nos ponemos al día.

Me gusta que nos lo sirvan en teteras japonesas, de hierro, de colores: a veces me toca una roja, a veces una verde azulona. Conservan el calor una barbaridad, lo cual está muy bien porque te da para dos tazas y para cuando bebes la segunda casi una hora más tarde, todavía está caliente incluso después de echarle leche.

Tomando té, he aprendido muchas cosas. A relajarme y esperar paciente, por ejemplo. Al principio lo vertía en la taza nada más nos lo traían, pero apenas tenía sabor. Mejor que macere. Es curioso que el más bueno, éste con trozos de naranja y chocolate, sea el que más tiempo tiene que estar en reposo, cinco minutos. Me hace pensar en ese haiku infantil:


«En la mudanza,
lo último que llega:
los peces de colores»

Y también he aprendido a degustar sorbo a sorbo, a mirar a los ojos cuando hablo. Y a levantar la tapa, por supuesto. Porque si te atreves con cosas nuevas, si apuestas por algo pero no levantas la tapa para que te llegue toda la intensidad del olor, ¿de qué sirve? Sería como atreverse a medias. El éxito llega cuando te empapas de lleno.

A candy perfume boy

Se terminó ayer. El frasco de Hugo Boss Orange para hombre, mi perfume favorito. Lo compré por impulso, porque el naranja es mi color y porque el día que me propuse comprar mi primer perfume, vi el anuncio, como una señal. Di muchas vueltas entre las columnas del Sephora, agoté los cartoncillos de muestra, tantos perfumes. Al final elegí el de Hugo Boss. Era el único que no había olido, pero me fié de la señal.

 

Recuerdo la sensación cuando me lo puse. Tenía que ser éste, pensé. Manzana verde, incienso, vainilla, madera de bubinga… La ficha técnica menciona una combinación de muchas fragancias. Puede ser. Solo sé que cuando me lo pongo, hay un olor indefinido que me gusta. Los primeros días no dejaba de olerme las muñecas y el cuello de la camiseta. Me reconfortaba, como si siempre quisiese haber olido así.

Lo usaba mucho, a diario, sin medida. Hasta que quedó tan poco líquido en el bote (precioso, por cierto) que cualquier aplicación podía ser la última. Compré entonces otro perfume, me hizo gracia su nombre, L’homme livre, pero no me gustó tanto, demasiado genérico. Curiosamente, este nuevo me lo alabaron alguna vez, qué buena colonia. El de Hugo Boss nunca, era una broma privada que solo yo entendía.

Dosifiqué el poco Hugo Boss que quedaba, me lo ponía en ocasiones muy especiales. Una primera cita, una cena decisiva, dos cines y un par de conciertos con mi novio. Era mi forma de desearme suerte. Finalmente, ayer se terminó, solo me dio para un chorro en el cuello en vez de dos. Qué tonto, pensé, justo lo gastas hoy que es una noche cualquiera. Me lo había puesto por ponérmelo. Pero no me sentí huérfano, el perfume ya había cumplido su función. Tocaría comprar otro distinto.

Y entonces ocurrió. Bajé a la calle, él ya me estaba esperando, un beso, qué tal el día, bien… y por fin llegó la frase. «Qué bien hueles hoy.» Tantas veces que me lo puse antes de vernos para infundirme ánimos y lo apreciaba hoy, que yo estaba tan tranquilo. Entendí que ese perfume lo había comprado para escucharle a él decir eso. Así que compraré un nuevo frasco. No para impresionar, sino para atesorar esta tranquilidad. Es el olor de un barco navegando por el mar en calma.

Head over feet

Ya no tropiezo. Antes, no hace tanto, me llamaban Susan Mayer. El apodo no era gratuito: tropezaba con el mismo aire. Cuando más cuidado intentaba tener, más se enredaban mis pies con todo lo que hubiera por el suelo, más dejaban caer mis manos lo que estuviesen aguantando. La torpeza es adorable, pero rompe cosas.

Hasta que un día reaccioné. Me di cuenta de los motivos. Estaba en la cocina, había escurrido los macarrones, ya estaban en el plato, con la salsa de tomate y el queso rallado, y justo entonces, al girarme para salir, pensé cuanto odiaba ir con prisas, tenía que comer en cinco minutos, me veía ya bajando al trote las escaleras del metro, seguro que lo perdería.

Pensé y el plato cayó al suelo. Todos los macarrones desparramados por el pasillo. Me quedé sin comida porque estaba pensando. Quejándome. Mientras limpiaba la salsa de tomate del suelo, eché la vista atrás y descubrí que mi torpeza no era natural. Nada fallaba en mis extremidades, era mi mente la que me traicionaba al pensar en cosas negativas. Así que decidí pensar menos, o pensar mejor.

Apartar los odios, rencores, mentiras, ansiedades, expectativas irracionales. Dejé de tropezar, ya no se me caían tantas cosas. La mente no es perfecta, claro, a veces aún me da por pensar. Me impaciento porque el futuro no llega, por ejemplo, y ahí está el cuerpo para devolverme al camino: me clavo la rodilla contra una estantería y se me cae el móvil al suelo. Relájate, ya no eres Susan Mayer. Ahora el aire lo respiras.

Children of the Sun

Supongo que todos lo hacemos. Suena una canción y piensas: sería la banda sonora perfecta para el libro que me estoy leyendo. O caminas por la calle con la música puesta, y de repente, te sientes en medio de un videoclip. No ves las cámaras, pero las escaleras se vuelven escalinatas, haces una aparición estelar a cada paso, caen confettis dorados, la gente te sigue haciendo un divertido flashmob.

Pues bien, el otro día escuché una canción nueva: Children of the Sun de Dead Can Dance, y el impacto fue fuerte. No conocía el grupo, no tenía expectativas. Suena como David Bowie producido por Woodkid. Y lo mejor de todo es que se desplegó en mis ojos una película entera. Ni vídeoclips ni escenas, toda la película ante mis ojos.

Así que pensé que tendría que ponerle banda sonora y me puse a recopilar canciones que encajasen en mi visión. La aventura que yo viviría si la vida fuese una película con monstruos que hay que escalar y niños que vuelan sobre Los Ángeles y relojes que en vez de tic-tac hacen música y príncipes que viven en ruinas escondidas entre las nubes. ¿Cuál es tu película y qué música suena en ella?

Dead Can Dance – Children Of The Sun
Woodkid – Run Boy Run
Brandon Flowers – Playing With Fire
The Black Keys – Lonely Boy
Rufus Wainwright – Sometimes You Need
Emeli Sandé – Read All About It, Pt. III
Lana Del Rey – Born To Die – Woodkid & The Shoes Remix
Natalie Imbruglia – Wild About It
Noah And The Whale – Just Me Before We Met
Saint Etienne – Over The Border
Groove Armada – Hands Of Time
Pet Shop Boys – The way it used to be
The Sound of Arrows – Ruins of Rome
Madonna – Easy Ride
Rebekka Karijord – Wear It Like a Crown