Nobody said it was easy

Con sus mil caminos, el laberinto te atrapa haciéndote creer que solo tú lo cruzarás. Una posibilidad entre mil que se traduce en dar vueltas y vueltas. Perdido, recuerdas aquel truco. Si siempre eligieras el camino de la derecha, acabarías por encontrar el camino correcto. Eso dijeron, al menos, personas con todo el tiempo del mundo por delante. Tú no tienes ese lujo. Intentas desdoblarte en cada bifurcación, llamas a todas las puertas.

Nunca entendiste la solución al enigma de las puertas parlanchinas en la película Dentro del Laberinto. Si una siempre dice la verdad y otra siempre miente, estás perdido. ¿A quién creer? Has confiado en la gente tantas veces y otras tantas te han mentido… Quizá las relaciones entre personas se basen en eso, en la confianza ciega. No queda más remedio. Te juegas el todo por el todo.

Sientes tanta hambre de mar que buscarás unas rocas para usarlas como trampolín. Sin saber si el agua tiene la temperatura idónea o si llegaste a la playa correcta. Confiarás que al salir no sientas el frío sino el placer. Entonces te secarás, contemplarás el paisaje alcanzado. Mil caminos pero solo uno te llevó hasta aquí.

Calm after the storm

Cuando estás enfermo, te llegas a convencer de que nunca volverás a estar bien. Te duele la muela o el oído y vas haciéndote a la idea: de ahora en adelante tendrás que vivir así, con este dolor. Nada existirá que no sea eso, piensas. Luego el dolor remite. Y no es que la vida mejore, pero sí vuelve a ser tal como la recordabas, y eso también te gusta.

«Baila, baila, baila», le recomiendan al protagonista de una novela de Murakami que lleva ese consejo por título. Tiene que seguir bailando aunque no sepa o no le apetezca, aunque no se sienta capaz de captar el ritmo. Bailar hasta que llegue la complicidad de una mirada. Irte o quedarte: la certeza de haber elegido bien.

Disfrutarás entonces de la recompensa. Tu calma tras la tormenta. Que no es una imagen única: el azul limpio entre los edificios de siempre y las flores que siguen en pie en todos los balcones, también el ladrido de bienvenida de un perro al abrirse aquella puerta, el café humeante que acompaña a todo nuevo libro, un abrazo doble. Todo habrá pasado y sabrás que lo lograste. De tanto bailar, llegaste al punto de partida.

Life, oh life

La vida que quieres, la vida que tienes, la vida que merecías. La oportunidades que no llegaron y las que dejaste escapar. Los momentos donde todo iba a cambiar y nada lo hizo, o solo un poco, y no de la manera que esperabas. La gente más joven que tú, con más suerte o más esfuerzos a sus espaldas: ellos son la prueba de que, sencillamente, no naciste donde ni cuando había que hacerlo.

No era cuestión de tiempo sino de que estuviera escrito. Esa vida que envidiabas de la gente valiente, esos volantazos que tú nunca darás porque no sabes conducir. Como un avión que nunca llega a despegar, dando vueltas tontas por las pistas numeradas del aeropuerto. El rumbo fijado pero no autorizado.

Encogimiento de hombros, qué remedio, pasos cortos uno tras otro por la misma calle de siempre en la misma dirección de siempre. Habrá que conformarse. Y entonces llega un mensaje. Dice algo muy simple que podría trastocarlo todo: «sí». Un nuevo comienzo, una nueva carretera, ¿una nueva vida?

No es nada mística

La magia no se puede explicar. Tiene que sorprenderte tras la esquina, como cuando eras un niño que jugaba y las cosas, simplemente, ocurrían. En tu cabeza y de verdad. Diseccionando tus rituales para hacer partícipes a los demás, al final lo único que consigues es quitarles encanto, misticismo. Como quienes señalaban las cuerdas que hacían volar a los actores de las películas.

Y además, solo crees en la magia cuando te conviene. El otro día, por ejemplo, expliqué que una amiga utiliza La noche nos alumbrará a modo de oráculo. Le hace una pregunta, abre una página al azar y lee lo que el libro tiene que decirle. Eso que a ella le funciona, a los demás puede parecerles una tontería. Así fue: risitas, comentarios para cambiar de tema.

Entre cervezas y montaditos, la conversación derivó hacia la situación sentimental de uno de los chicos. Nos contó que le gustaba quedar con cierta chica porque se daban estabilidad, pero que no se consideraban novios. Y eso que llevaban ocho meses viéndose. Los demás opinamos que era tiempo suficiente para establecer una relación. Él se enrocó: si ya estoy bien así, ¿para qué pensar que las cosas son o podrían ser de otra manera?

Ya nos íbamos cuando alguien, medio en broma, le pidió que le preguntara a mi libro si aquella chica era su novia. Él se rio y entonado por las cervezas, lo hizo. Al fin y al cabo, le iba a salir alguna frase tonta. Entonces leyó: «Eres tú. Cuesta creerlo.» Cerró el libro en silencio. De golpe, volvía a ser aquel niño que creía que los dragones blancos volaban. Y delante nuestro, el más brillante de todos surcaba los tejados de Barcelona.

Y así fue como conocí a vuestra madre

Durante años, How I Met Your Mother fue un talismán. Antes había sido un conjunto de packs de DVDs que devorabas en compañía: en un fin de semana podíais ventilaros una temporada completa, para poneros al día. Cuando aquello terminó, las aventuras de Ted y sus amigos se convirtieron en tu faro. Cada capítulo tenía una frase clave que se ajustaba a tu momento actual, que te orientaba cuando lo necesitabas o te señalaba lo importante si tú no eras capaz de verlo. Los guionistas escribían la serie solo para ti, como las mejores canciones. Luego volviste a lanzarte al agua y la serie continuó un rumbo que ya no era el tuyo, pero aun así conservaste tu cariño hacia ella.

Sí, desde aquel primer «¿Conoces a Ted?» han pasado muchas cosas. En la serie y en tu vida. 9 años: tiempo suficiente para la aparición de arrugas y las primeras canas, para dejarte de barba o empezar a raparte el pelo, para encontrar una nueva pareja con la que descubrir nuevas cosas que antes parecían impensables, para instaurar nuevos rituales con nuevos amigos que se cruzaron contigo en el mejor momento. 9 años de risas enlatadas pero sobre todo de vivencias compartidas, cada martes, mientras desayunabas. Porque tú esta serie la veías por la mañana: no había mejor forma de empezar el día.

Lo que nunca fue How I Met Your Mother es una serie convencional. Y tampoco podía serlo su final, claro. Nos dijeron que lo importante no era la meta sino el recorrido y tú asentiste. Pero en realidad querías llegar, ver, saber. Cuanto antes. Y querías que encajara en tu esquema de final perfecto para poder exclamar que tú ya lo sabías. Así eres: lo pides todo, aquí y ahora, a tu manera. Olvidas que la vida es caprichosa. Que las cosas se toman su tiempo y aunque aparezcan, nunca lo hacen en el orden ni de la manera que esperabas. Los desvíos no te alejan: hacen el camino más ameno, te ofrecen posibilidades y elecciones mientras continúas avanzando.

Ted lo ha descubierto a base de dar muchos tumbos y derramar muchas lágrimas, y así se lo ha contado a sus hijos. Él ahora también sabe que en su búsqueda del amor se cruzaron muchas personas interesantes, incluso importantes, cada una a su manera. No hay un único amor, hay muchos. Y a esta verdad se suman chistes, giros inesperados, anécdotas cuya importancia solo él y los suyos entienden. También se perdieron amigos, otros se distanciaron. Dicen que el desgaste es ley de vida. Mientras sueltas una carcajada en la mesa habitual de vuestro bar favorito, te juras que para ti, para vosotros, esto no terminará nunca. Pero ocurrirá. ¿Lo disfrutarás a tiempo?

Aún no sabes qué harás la semana que viene, ya sin serie talismán. Quizá prepares un desayuno especial o nada más despertarte, sonrías por cualquier motivo tonto. Eso sí, por fin dejarás de preguntarte cómo se llamaba la madre o cómo se conocieron Ted y ella. Primero porque ya lo sabes y segundo porque ya va siendo hora de abrazar, una a una, las pequeñas cosas que te trae la vida, las subidas y bajadas, todos los desvíos. De verdad, no de boquilla.

La estación de llegada aguarda al final del camino, más lejos de lo que imaginas, y solo cuando llegues todo cobrará sentido. Hasta entonces, tú decides. Puedes contemplar por la ventana mil paisajes, contar árboles, incluso apoyarte en el cristal si lo necesitas, puedes bajarte en las estaciones antes de dejarlas atrás, saltar en el tiempo o continuar viajando puntual como un reloj. Construir tú la magia y conseguir que llueva o dejar que sea ella la que te envuelva. Es el último truco del destino: creas en él o hayas decidido tirar la toalla, siempre acabarás llegando a tu destino. Ahí estará el paraguas amarillo soñado y para cogerlo solo tendrás que levantarte y dar dos pasos.

-Hi!
-Hi…