La carretera

La página en blanco. El hombre del saco de cualquier escritor. Incluso hablar de ella da miedo. Esta entrada, por ejemplo: primero he tenido que buscar el título y la fotografía de acompañamiento, demorar el momento en que empezara a aporrear el teclado y el recuadro de edición dejara de estar en blanco. Hablar de la página en blanco para llenarla es un viejo truco. A veces hasta salen buenas novelas por el camino, que se lo pregunten a Stephen King.

La página en blanco es un desierto y hay que transitarlo. Cuanto antes lo asumes, antes te pones en marcha. Durante mucho tiempo me negué a aceptarlo, tenía tal pánico de fallar que prefería ponerme a hacer cualquier otra cosa. Porque no soportaría escribir algo malo. Con el paso de los años, acercaba imparable el cambio de década, los 30 en el horizonte. Los personajes ya no luchaban con tanto empeño en mi cabeza, muchos hasta se cansaron de darme patadas en el cráneo. No sé si murieron o bien saltaron hacia la mente de otro escritor más valiente. El caso es que ya no estaban. Ya no hablaban. Los supervivientes que se quedaron conmigo merecían nacer. Se lo debía.

¿De qué iba a escribir? Si llevaba tanto tiempo sin hacerlo. Entre comillas, claro: el blog Sombras de neón no se escribía solo. Pero diseñar toda una historia, planificar escenas, diálogos, dar aliento a personajes hechos de palabras… eso eran palabras mayores. Hasta que me di cuenta de algo: no me costaba nada anotar cosas en los cuadernos. El miedo me lo daba la pantalla de ordenador. Tan blanca y luminosa, tan amenazante, circuitos más sabios que yo. Me miraba con desdén. Los cuadernos, en cambio, se abren cuando quiero y me permiten mancharlos a voluntad. Así que compré uno nuevo para empezar el manuscrito. Esperé días y días, a que llegara el momento oportuno.

Y el momento oportuno llegó con unas frases que leí en un blog. Decían algo así: «Es preferible escribir algo malo y tener que corregirlo después. Con una página en blanco no puedes hacer nada.» Disparo de salida. De repente, el miedo a la página en blanco se transformó en miedo a dejar en blanco las 180 páginas de mi cuaderno. Eso sería mucho peor. De lo que escribí entonces a lo que finalmente estará en la novela, va un largo trecho de correcciones y revisiones. En los cuadernos (llené dos), solo moldeé el barro. Pero en ese barro estaba la semilla. Ahora, cuando releo aquellos cuadernos, sonrío ante la ingenuidad de una historia que aún estaba abriéndose paso, todas las escenas que al final no llegaron a ninguna parte. A algunas les tengo cariño. No tenían cabida en la novela, pero cumplieron su función de llenar la página en blanco. Que las musas te cojan trabajando, dicen. Quizá más adelante estas escenas eliminadas se conviertan en relatos, quién sabe:

Me hizo esperar en el comedor mientras ordenaba la habitación. Observé el orden escrupuloso, los libros de arte exhibidos para que la gente los viera mientras esperaba. Nadie los había hojeado jamás, ni una huella en las portadas. La mayoría eran de la editorial Taschen, así que tampoco se habrían gastado mucho en la decoración del piso. Había un buda gigante entre la entrada y la puerta de la cocina. Me imaginé a todos los que vivían en aquel piso tropezando una y otra vez con el maldito buda, debían de mascullar con cada tropiezo. Y el buda impasible a tanto ajetreo. Iñaki seguía ordenando la habitación, llegaban ruidos de mantas y cojines desde el pasillo. Tantas energías invertidas en algo que no era una cita pero tampoco un buen polvo.

La mayoría de escenas sobrevivieron. En los cuadernos son un ensayo de sus versiones definitivas, con todos los andamios a la vista y los actores sin maquillar. Qué adolescente me veo en esas frases de mi puño y letra, y no hace ni dos años que las escribí. También me sorprenden, aquí y allá, frases de las que sí estoy orgulloso, chispazos que permanecen en la novela terminada. Como todo lo demás, llegaron cuando puse el bolígrafo encima del papel.

No hay otra manera. Maté la página en blanco saltando al vacío. Más que valentía lo llamaría inconsciencia. Y a veces el vértigo jugó a mi favor. Hubo días que estaba tan inspirado que se me acababa el papel, escribía en los márgenes, con letra cada vez más pequeña, flechas para seguir el rastro. Y las palabras seguían fluyendo. Me pareció increíble que antes tuviera yo tanto miedo. Quiero seguir haciendo esto. Escribir, escribir, escribir.

De todo lo visible y lo invisible

Después de estudiar cine, durante un tiempo fui incapaz de disfrutar de las películas como hacía antes. Me pasaba esa hora y media que duraba cada película analizando cómo estaba hecha. En la pantalla ya no veía historias contadas con más o menos arte sino una mera sucesión de planos, contraplanos, secuencias, panorámicas, saltos de ángulo, fallos de raccord,  iluminaciones planas o expresivas, pistas que habían plantado los guionistas en cada escena para adelantar futuros giros de guión, tipos de personajes, la idea original. Me llevó años volver a disfrutar las películas sin más, ir al cine o apretar play y dejarme sorprender.

Supongo que por eso nunca he leído muchos manuales de escritura. No quiero que me pase como a mi madre, fotógrafa aficionada que después de un curso de fotografía, se bloqueó: tan preocupada por el diafragma y la luz y el tiempo de exposición que se había olvidado de lo más fácil, hacer clic cuando algo le gustaba tanto que tenía que capturarlo. Creo que en el arte hay mucho de ingenuidad, de frescura del momento. Por parte del creador y por parte del espectador. Confieso que nunca veo los making offs en los extras de los DVDs. Me gusta el hechizo, creer que los involucrados en la película consiguieron crear ese mundo, no que lo rodaron en Australia y que las criaturas fantásticas no estaban ahí y los actores tuvieron que repetir mil veces la toma hasta dar con la entonación exacta.

Pero claro, entiendo que se valora de forma más constructiva una obra de arte si conoces las herramientas, las técnicas y los materiales que tiene que utilizar el artista. Cuando admites que todos los artistas parten con igualdad de condiciones. Y así distingues quién es más diestro y quién más pasional, comprendes los méritos de ciertas obras teniendo en cuenta su época o su técnica. Muy importante todo esto si, además de disfrutar el arte, aspiras también a crearlo.

Con los libros, fijarme en cómo están escritos siempre ha sido algo natural para mí. Destripándolos es como más los disfruto, de hecho. Releo cada frase perfecta hasta entender por qué me lo parece. Decido qué diálogos me gustan y qué características comparten. El dominio de los tiempos. El barroquismo pop de Terenci Moix y las frases-bisturí de Bret Easton Ellis y la difusa frontera entre realidad y magia de Haruki Murakami. Las descripciones más inmersivas y las que solo están de florero. Las metáforas.

Destriparlos, sí. Hasta la última página. Lo hacía ya de pequeño, con los libros tipo «Elige tu propia aventura», que los releía y hacía diagramas hasta comprender su estructura y distribución, sus trucos, las trampas del autor para que intuyeras atajos donde sólo habría abismos y pozos que te llevaban de vuelta a la primera página. Buceo en los libros. Siempre he leído así, supongo que es la única forma en la que sé leer. Pero se parece más a seguir mi propio instinto que al academicismo que intuyo en un taller de escritura. Leo con atención lo que me apetece. No hay más misterios. Leer, leer, leer como único método de aprendizaje. Estos días, por ejemplo, leo El Palacio de la Luna de Paul Auster y me está dando una lección de vida y estilo. Con qué pocos ingredientes comunica, emociona, atrapa, con qué arte los engarza. Me da igual si es una obra maestra o no: yo aprendo.

El retrato de Dorian Gray

Los personajes tienen vida propia. Tópico entre tópicos de los escritores. En mi caso, no hay mayor verdad. Para empezar, porque no los creo a partir de fichas. Es lo que recomiendan en todos los manuales de escritura: ordenar toda la información acerca de los personajes, edad, biografía, carácter, forma de hablar, intenciones y deseos, etc. Una cómoda ficha para consultarla en cualquier momento. Siempre lo intento, pero al segundo personaje ya me he aburrido y lo dejo a medias. Me digo que tengo las fichas en mi cabeza, pero no es verdad. Como los Gremlins, acaban campando a sus anchas, traviesos y a menudo ajenos a la historia que les tenía reservada.

Almuerzo a orillas del río de Pierre Auguste Renoir.

A modo de ejemplo: Ruth de El mar llegaba hasta aquí. Es un personaje muy secundario, la compañera de piso de Adán (el personaje del que el protagonista se enamora). Creo que Ruth solo aparece en dos escenas, pero quería que al lector le cayera mal desde el primer momento. La describo así cuando el protagonista llega a una fiesta y ella le recibe:

Ruth fingió que me reconocía, me saludó efusiva, hola, hola, llegas a tiempo, mientras en la cabeza hacía inventario de todas las personas que yo podía ser y no era. Y entonces, a medio pasillo, se giró con una mezcla de curiosidad y desconfianza, como si pudiera ser un vecino cotilla. Y me preguntó aquello, quién eres, todo lo borde que pudo y más. (…) Ruth era minúscula. Sus muñecas huesudas siempre se movían porque siempre estaba alterada y siempre parecía a punto de morder el aire con su dentadura de caballo. Aquella tarde entendí por fin por qué salía con la boca cerrada en todas las fotos que había visto repartidas por el piso.


Me inspiré en una jefa que tuve hace cosa de 10 años, cuando era teleoperador. La típica coordinadora que era todo sonrisas pero te hundía en cuanto tenía oportunidad. Siempre le vi un punto de Alien a su dentadura y para cuando necesité un personaje antipático, pensé en ella. Ni lo dudé. Pero cómo es esto de escribir, que en la siguiente escena importante que Ruth comparte con el protagonista, las cosas se ablandan entre ellos. No diré que se hacen amigos, pero sí derriban muchos muros y se abrazan en la distancia. Nada más lejos de mi intención inicial. ¡Si yo quería vengarme de aquella jefa!

Y sí, lo confieso: creo mis personajes a partir de gente que he conocido. En la mayor parte de los casos, desde el cariño. Todos los personajes importantes de la novela están hechos a partir de pedazos de amigos y conocidos: sus grandes gestas, con las que he aprendido, y todos esos detalles insignificantes en los que no puedo evitar fijarme y que supongo que los describen. Crearlos ha sido un poco como jugar a ser el doctor Frankenstein, porque no me limito a que X personaje sea Y persona real, eso no tendría ninguna gracia. Mezclo, modifico y por supuesto, invento, porque al fin y al cabo la novela es ficción y necesito comportamientos y actos nuevos. Marta, la mejor amiga del protagonista, es la suma de hasta 7 personas de mi alrededor, puestas en una coctelera y añadiendo unas gotas de limón para que al final, Marta sea Marta, y nadie más.

Manejando las vidas de tus personajes puedes jugar a ser Dios, pero ellos siempre se rebelan. No me gustan los escritores que los matan porque sí o que les obligan a hacer cosas que no quieren. Eso al final se nota. Cada personaje es un actor o actriz, tiene su papel, y solo ellos lo conocen. Tú vas descubriéndolo escena a escena, sorprendiéndote y desplegando a su paso la alfombra, la cámara, el micrófono, los focos para que puedan lucirse como merecen. Eso es lo mejor de algunas relaciones: cuando crees conocer a alguien y sigue sorprendiéndote para bien.

Estudio en escarlata

«Te lo has sacado de la manga». Para un mago, quizá sea un halago. Pero para mí, en pleno montaje de mi historia, fue una indicación clara de que algo no funcionaba bien. Pretendía sorprender, descolocar, por supuesto; que llegado a cierto punto el lector soltara «Ah, claro» al encajar las pistas. En ningún caso ese «No me lo veía venir» que se repitió con el primer borrador de la novela.

Desde que se lo dejé leer a los amigos más cercanos, admiro más que nunca a los buenos escritores de novela policíaca. Cómo consiguen despistarte. Es cierto que si lees de un tirón todos los relatos de Sherlock Holmes, acabas por adivinar los trucos de Arthur Conan Doyle, te adelantas a la solución. Pero hasta ese momento, has disfrutado del placer de que el final siempre te coja por sorpresa. La satisfacción de saberte tonto al no ser capaz de ver que todas las pistas las tenías delante. Tú también podrías haber resuelto el caso pero, claro, tú no eres Sherlock Holmes. El autor ha triunfado con su obra de orfebrería.

Y eso que parece tan fácil cuando funciona en los textos de otros, en realidad exige toda una serie de ajustes al escribir y planificar la historia. Es lo que he descubierto estos últimos meses. Lo que para mí era obvio, para un lector que parte de cero en el mundo que he creado, puede ser confuso o banal. Él sigue leyendo, ajeno a todas las pistas que intento darle y llegado el momento no entiende de dónde salen los nuevos sucesos. Una fiesta de Carnaval al girar la esquina en pleno agosto.

Viviendo cada día con mis personajes, perdí la perspectiva de mi propio texto. Como cuando la conversación viene y va en una fiesta y bromeas sobre un tema que los demás habían olvidado. Te miran como a un loco. Para cuando terminas de dar explicaciones, el chiste ya ha perdido su gracia. La tentación ante esos «Te lo has sacado de la manga», fue irme al extremo, ser obvio desde la primera página. Tampoco funcionó. Tuve que seguir ajustando para que la sorpresa fuera eso y no fuegos artificiales que explotan antes de tiempo.

Escribir es seducir. Tienes que desabrocharte dos o tres botones de la camisa. Ninguno más. Enseñando todas tus cartas demasiado pronto, se perdería el misterio. Nos gusta que nos embauquen lo justo, no que nos mientan ni que nos remarquen lo que ya habíamos entendido. Hay que dosificar la información. Píldora a píldora. Y en el balance entre decir mucho y demasiado poco, ocurre la magia. La sonrisa de complicidad, las manos cogidas, la cama.

Que empiece la fiesta

La puerta de acceso a una mansión. Así tendría que ser la primera frase de cualquier libro. Con grandes letras de metal, una verja dorada, que pueda abrirse de par en par, y te conduzca hacia un jardín tras el cual se da esa fiesta a la que todavía no sabes si te han invitado. Cuando me da por curiosear en una librería, cojo los libros por sus portadas y por los ecos que despiertan la combinación de autor y título. Pero al final es la primera frase la que decide la compra. Tengo que sentir un flechazo. Admiro a autores como Bret Easton Ellis, capaces de condensar todo el argumento de la novela en su primera frase: «A la gente le da miedo mezclarse con la circulación de los autopistas de Los Angeles» en Menos que cero o «Abandonad cualquier esperanza…» de American Psycho.

Así que me propuse conseguir un efecto parecido con El mar llegaba hasta aquí. El día que me senté a escribir el primer manuscrito, la primera frase brotó sencilla y obvia, como una margarita en el campo: «Siempre llovía». No podía ser otra. Dos palabras que definían la atmósfera de ese mundo que rondaba mi cabeza. Un mundo donde, cómo no, llueve día y noche sobre las ciudades, escena tras escena. Es una parte importante del argumento. Pero no tardé en considerar que como primera frase era algo blanda. Peor que eso: yo, que nunca compraría un libro que empiece con la frase: «Era una mañana de verano y el sol lucía en lo alto», había terminado por sucumbir a la presión climatológica.

Le di vueltas. Mantuve la intención de definir el mundo ya en la primera frase, pero tenía que hacerlo por todo lo alto. Necesitaba algo que sonase poderoso. Que le dejase claro al lector que tenía entre manos una historia donde no solo llovía, también pasaban grandes cosas. Así que retorcí una frase tras otra hasta que di con una que me convenció: «Tanta lluvia lo aplastaba todo». Mucho mejor. Ya no era una simple lluvia, ahora ni los edificios estaban a salvo. Estaba orgulloso de mi hallazgo.

Cuando el primer capítulo original quedó descartado, con él cayó también esa primera frase. Conseguí reubicarla más adelante, en medio de un párrafo, como si ya no tuviera ninguna importancia y me hubiera salido sin pensarlo. Pero lo importante es que mi primera página estaba otra vez huérfana. El capítulo que finalmente se quedaría como el primero empezaba entonces con un «Nadie quiere venir a Granada» que me gustaba mucho, pero que despistaría a cualquiera, ya que la novela, al fin y al cabo, transcurre en su 75% entre Barcelona y Madrid.

La salvación llegó pronto. Un día, hablando un amigo, nos dio por analizar la sensación de dejar a alguien. Esa despedida en el pasillo, el sonido de la puerta a tus espaldas, encontrarte solo con tu maleta en ese rellano y no saber hacia dónde tirar. Me había pasado a mí y le había pasado a él. Y le pasaba también al protagonista de mi novela. De hecho, ése era su punto de partida. Así aporreé unas pocas palabras:

«Un portazo, una maleta y un rellano.»

Y supe que ya tenía mi primera frase. Ningún verbo, pero tres acciones claras. Con esa frase, además, acabé de definir la intención del manuscrito. El mar llegaba hasta aquí cuenta la historia de alguien que tiene que atravesar muchas puertas hasta encontrar su sitio. Alguien que, como yo en su día, tendrá que descubrir que los finales siempre son el inicio de algo más. El libro no podía empezar de otra manera que con un portazo. No será la mejor primera frase, pero en cuanto la escribí, supe que había venido para quedarse.