De todo lo visible y lo invisible

Después de estudiar cine, durante un tiempo fui incapaz de disfrutar de las películas como hacía antes. Me pasaba esa hora y media que duraba cada película analizando cómo estaba hecha. En la pantalla ya no veía historias contadas con más o menos arte sino una mera sucesión de planos, contraplanos, secuencias, panorámicas, saltos de ángulo, fallos de raccord,  iluminaciones planas o expresivas, pistas que habían plantado los guionistas en cada escena para adelantar futuros giros de guión, tipos de personajes, la idea original. Me llevó años volver a disfrutar las películas sin más, ir al cine o apretar play y dejarme sorprender.

Supongo que por eso nunca he leído muchos manuales de escritura. No quiero que me pase como a mi madre, fotógrafa aficionada que después de un curso de fotografía, se bloqueó: tan preocupada por el diafragma y la luz y el tiempo de exposición que se había olvidado de lo más fácil, hacer clic cuando algo le gustaba tanto que tenía que capturarlo. Creo que en el arte hay mucho de ingenuidad, de frescura del momento. Por parte del creador y por parte del espectador. Confieso que nunca veo los making offs en los extras de los DVDs. Me gusta el hechizo, creer que los involucrados en la película consiguieron crear ese mundo, no que lo rodaron en Australia y que las criaturas fantásticas no estaban ahí y los actores tuvieron que repetir mil veces la toma hasta dar con la entonación exacta.

Pero claro, entiendo que se valora de forma más constructiva una obra de arte si conoces las herramientas, las técnicas y los materiales que tiene que utilizar el artista. Cuando admites que todos los artistas parten con igualdad de condiciones. Y así distingues quién es más diestro y quién más pasional, comprendes los méritos de ciertas obras teniendo en cuenta su época o su técnica. Muy importante todo esto si, además de disfrutar el arte, aspiras también a crearlo.

Con los libros, fijarme en cómo están escritos siempre ha sido algo natural para mí. Destripándolos es como más los disfruto, de hecho. Releo cada frase perfecta hasta entender por qué me lo parece. Decido qué diálogos me gustan y qué características comparten. El dominio de los tiempos. El barroquismo pop de Terenci Moix y las frases-bisturí de Bret Easton Ellis y la difusa frontera entre realidad y magia de Haruki Murakami. Las descripciones más inmersivas y las que solo están de florero. Las metáforas.

Destriparlos, sí. Hasta la última página. Lo hacía ya de pequeño, con los libros tipo “Elige tu propia aventura”, que los releía y hacía diagramas hasta comprender su estructura y distribución, sus trucos, las trampas del autor para que intuyeras atajos donde sólo habría abismos y pozos que te llevaban de vuelta a la primera página. Buceo en los libros. Siempre he leído así, supongo que es la única forma en la que sé leer. Pero se parece más a seguir mi propio instinto que al academicismo que intuyo en un taller de escritura. Leo con atención lo que me apetece. No hay más misterios. Leer, leer, leer como único método de aprendizaje. Estos días, por ejemplo, leo El Palacio de la Luna de Paul Auster y me está dando una lección de vida y estilo. Con qué pocos ingredientes comunica, emociona, atrapa, con qué arte los engarza. Me da igual si es una obra maestra o no: yo aprendo.

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