«¿Cuánto hay de autobiográfico?». La pregunta estrella. Yo mismo me la hago cuando leo los libros de otros. Ese excitante cosquilleo al pensar que el escritor se está desnudando solo para ti. Por ejemplo, mientras leía La soledad de los números primos, no conseguí apartar la sospecha de que Giordano había escrito la novela con su propia sangre. Era todo tan creíble y crudo que solo podía ser verdad. Con su segunda novela, novela, en cambio, tuve otra sensación: que el autor se colocaba una máscara tras otra, escudándose en soldados tópicos, y solo al final volvía a desnudarse. Era la mejor parte del libro.

Todos utilizamos máscaras. Unos porque el trabajo les exige un rictus de faraón, otros porque no han salido del armario todavía. Yo, que siempre me he considerado tímido, pronto encontré en la escritura el único lugar donde podía ser yo de verdad. Escribiendo me sentía como cuando sabes que vas a estar solo en casa, y no te importa ir desnudo a la cocina. Nunca me ha importado escribir sobre lo que sufría, disfrutaba o rondaba por la cabeza. Me sirve de terapia. Antes lo disfrazaba con chicos heterosexuales que visitaban a su novia en el hospital y cantantes de pop prefabricado que en realidad eran robots. Historias que flojeaban porque aprovechaba la máscara para ocultar mi inexperiencia. Me di cuenta de que escribía mejor cuando hablaba de lo que me resultaba cercano.
Gracias al blog Sombras de neón, me acostumbré enseguida a verter en él mi día a día, sin máscaras. Tanto asimilé este método de escritura, que la novela la empecé con el mismo modo mental. Así, lo que iba a ser un historia de vampiros emocionales, acabó convirtiéndose en un resumen de lo que había aprendido a lo largo de los últimos dos años. Solo al terminar el libro, y dejarlo leer, y sobre todo releerlo yo mismo, me di cuenta de hasta qué nivel me había desnudado. Cosas que no me había dicho ni a mí mismo, ahí estaban, sobre el papel. Una amiga me hizo notar lo simbólico que era que en la última escena del libro, el protagonista termine sin ropa. Expuesto.
Y sin embargo, lo considero una novela y no una autobiografía, porque al final todo es ficción. Podría decirse que he usado lo vivido como documentación. Hay quien entrevista a varias geishas para escribir un libro sobre una de ellas. En este caso, solo tuve que transformar lo que me rodeaba, lo que había vivido yo y observado en mis amigos, coger solo lo que me servía, mezclarlo en la coctelera, exagerarlo, y sobre todo colocar piezas nuevas que encajaran y mejoraran la historia. Al fin y al cabo, no tenemos vidas tan interesantes. Hay que colocarles muchos filtros Valencia y adornos bonitos para que tenga sentido mostrarlas a otra persona. Me divertí mezclando fábulas y cicatrices, que parecieran lo contrario de lo que son.
En El mar llegaba hasta aquí, escenas en apariencia autobiográficas (algunos lectores medio se escandalizan, medio se ríen de que las haya incluido), solo lo son a un nivel emocional. Por ejemplo, ésta del primer capítulo…
Acabó llegando el día que me vi en el espejo del dormitorio, abierto de patas, con otro cuerpo que me aplastaba y Pablo muy lejos, en una silla, meneándose la polla por encima de sus calzoncillos nuevos de Aussiebum. No me miraba a mí, miraba al otro, que tampoco era tan guapo.
Nunca he vivido nada así. La imagen la tomé prestada de la película Wilde, donde Stephen Fry (interpretando a Oscar Wilde) observa a su amante follar con otro en la cama. La película la vi con 20 años, calculo, y me impactó especialmente esta escena. Era morbosa y triste. La rescaté como símbolo del final del amor. Y eso, el final del amor, sí que es algo que he vivido de cerca. Sentirte desplazado e intentar cualquier cosa para que se vuelvan a fijar en ti como antes.
En cambio, esta otra escena del capítulo 2, donde la amiga del protagonista conoce por fin al que será su pareja, tras meses persiguiéndole, y que parece copiada de la peor comedia romántica de Sandra Bullock, me ocurrió tal cual en la Alhambra. Solo que el chico era japonés y nunca llegué a saber su nombre.
Y allí estaba él. Jordi. Después de varios viernes buscándole sin éxito, lo descubrí. En medio de la carretera que lleva al castillo. Mirándome. Bueno, enfocándome con una cámara. Me estaba haciendo una foto. Esta vez pude mirarle yo de frente. No con el objetivo, con mis ojos. Me encendí entera, quería hacer el amor con él allí mismo. Le sonreí y él, después de apretar el obturador, bajó la cámara y también me sonrió. Clic.
Sé que si algún día me propongo escribir sobre una base en Marte, uno de los astronautas seré yo, y Marte una visión desmadrada de todos los Martes que he ido acumulando gracias a cómics y películas, los paisajes áridos recorridos y los sueños de infancia. No podemos escapar de nuestra forma de ver la vida. De cómo la vivimos. Quizá es hora de aceptarlo y abrazarlo. A mí es lo que más me gusta de los escritores: cómo me hablan de mi propio mundo a través de sus ojos. Los suyos y no otros. A veces sientes que sienten como tú y a veces te descubres nuevos detalles. Se crea una atmósfera tan íntima que, sí, llegas a pensar que están contigo desnudos en la cama. Que los conoces de toda una vida. Es un juego. Jugar a reconocerse. La máscara del lector y la máscara del escritor, bailando.