Hacia tierras salvajes

Mi rincón favorito para escribir siempre había sido la cama. Supongo que influyó el hecho de que me gustara escribir por las noches. Claro que todo tiene sus inconvenientes: tan cómodo estaba en la cama, tan seguro, que terminaba por dormirme o, lo que es peor, acomodarme en la escritura. Leí hace meses que varios escritores famosos (Lewis Carroll, creo, puede que Hemingway) escribían de pie, para mantenerse alerta, en tensión, y que eso se reflejara en la escritura. Más despierta y ágil, con más gancho. Su fervor por no sentarse se contagiaba al lector y este no podía soltar el libro.

Cuando me puse en serio a escribir El mar llegaba hasta aquí, tuve claro que no solo podría escribir en la cama y de noche. Necesitaba más horas. Descubrí que también rendía bien escribiendo por la mañana, antes de desayunar, incluso: que las ideas salían frescas, como recién soñadas. Aproveché la movilidad del netbook para llevarlo a todas partes: a fines de semana en el pueblo de unos amigos, de viaje, a un paseo por Barcelona. Siempre con mi mochila a cuestas.

Entonces me di cuenta de que el enemigo a batir era internet. Escribiendo en un ordenador con acceso a internet ocurre como cuando intento ver una película en casa: por buena que sea, al final siempre la paro un momento, voy al baño, consulto Facebook. Rompo el hechizo. No lo puedo evitar, al fin y al cabo estoy en casa y puedo hacer todas esas cosas. Por eso prefiero ir al cine cuando puedo, porque ahí no queda otra que disfrutar de la película. He pagado por ello y mis sentidos se dejan seducir por la historia, los diálogos y los personajes. Me invitan a formar parte.

Empecé a refugiarme en cafeterías. Si en casa tardaba una o dos horas en revisar cuatro páginas, en una cafetería llegaba a revisar el doble o el triple de páginas en el mismo tiempo. “Has pagado por tu consumición, ahora ponte a trabajar”, me decía mi cerebro. Diría que más de la mitad de la novela la confeccioné en Starbucks. A veces digo medio en broma que Starbucks deberían patrocinarme la redacción del próximo libro. No es un lugar barato, pero solo ahí encuentro siempre una mesa tranquila en una esquina, a veces con una butaca; lo más parecido a un “rincón para escritor” que he encontrado. Y además, los camareros me dejan mi espacio y mi tiempo, no tienen prisa por echarme como me ha ocurrido en cafeterías de barrio. Cuando entro y pido un mocca blanco, sé que será una tarde productiva.

Algún día tendré una cabaña en medio de la nada donde ir a escribir. En medio de la nada porque no tendrá internet, pero habrá un lago cerca, por supuesto. Y una chimenea donde lanzar las páginas que no sirvan. Cumpliré todos los tópicos del escritor cincuentón. Hasta entonces, tocará seguir saltando de rincón en rincón en Barcelona. Buscando las pequeñas incomodidades que me mantienen despierto: ya sea el sofá donde tengo que inclinarme sobre la mesa baja o la cafetería donde los turistas hablan alrededor. Creo que es una de las lecciones más valiosas de haber terminado la novela. Escribir puedo hacerlo en cualquier parte. No solo en la cama como antaño. Lo importante no es el lugar: es querer escribir. Y ponerse a ello.

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