Confesiones de una máscara

Siempre hay un libro que te marca más que el resto. Te hace exclamar: «¡Quiero escribir así!». Y quieres ser escritor, así que te pones a escribir. Descubres enseguida que escribir es mucho más que enlazar palabras. Tienes que medir los tiempos, sintetizar, mostrar, enganchar, dosificar, revisar… Tantas cosas. Y aun así, sigues haciéndolo. Confías en el entrenamiento.

Pero por encima de todo, sigues leyendo. Aprendes de los maestros. Nadie mejor que ellos. Desde pequeño te han maravillado con sus páginas. Mundos vivos y personajes heroicos. Los buenos escritores hacen que parezca todo tan fácil. Lees en entrevistas y biografías sobre sus historias de éxito fulminante, el libro que los llevó al éxito. Éxito a veces de crítica, a veces de público; a veces, las menos, de ambas cosas. Jóvenes de 28 que ganan dos premios, sesentones que de repente se hinchan a vender. Tú escribes y llegas a convencerte de que serás uno de ellos. Con los años, has aprendido a enlazar palabras y a corregir mucho. ¿Qué podría salir mal?

Siempre hay un libro definitivo que te hace abrir los ojos. Nunca escribirás así de bien. Por mucho que lo intentes. Esa naturalidad. Esa capacidad para expresar tanto con tan poco. Esos ojos que captan lo que nadie más ve. Tú no tienes esos dones. Ni nunca los tendrás. En el mejor de los casos, podrías llegar a ser una imitación. De las que se detectan al momento; bastaría con morder la moneda. Tus frases, las mismas que tanto te gustaban antes, de repente se revelan como lo torpes que siempre fueron. ¿Y a quién le podría interesar tu protagonista? Si ni a ti te importa ya lo que le pase. Se ha transformado en el dibujo del niño cuando se cae de un álbum viejo. Aquellos garabatos de colorines en algún momento fueron importantes, ahora solo son eso: garabatos. Espirales rojas, azules y verdes.

A partir de ese descubrimiento, te dejarás de sueños. Asumes que talento, reconocimiento y suerte te serán ajenos. Peor sería convertirte en uno de esos juntaletras que por carambola se convierten en best sellers gracias a una novela mediocre. No. En adelante, escribirás para ti mismo. Como hacías antes. Eso será más honesto. Tu lugar será la segunda fila de quienes lo intentaron y nada más. Y seguirás degustando los libros de otros. Eso sí puedes hacerlo. El cosquilleo inconfundible de un buen libro. Agradeces esa sensación tan esquiva. Al adentrarte en sus páginas, recuerdas con nostalgia aquellos días en que todo parecía tan fácil. Ahora sabes que no lo es. Escribir es difícil. Casi imposible. Y por eso disfrutas tanto leyendo a los demás cuando les sale bien. Ellos sí han llegado a puerto. Son héroes. Y como tales los aplaudes.

De repente el último verano

La semana pasada, un amigo se embarcaba en la aventura de la autopublicación. Llevaba casi un mes contándome un proceso que conozco bien pero siempre se siente como nuevo y emociona leerlo de otras manos: terminar el relato, revisarlo, comprobar que sí, que se sostiene, buscar una imagen de portada. Él se atrevía a ir más allá y apostaba por darlo a conocer. Ahí sí que entró en terrenos que yo desconocía: editó el archivo como RTF, lo ajustó a los parámetros de Kindle, lo envió a Amazon para Amazon… et voilà, al día siguiente vio la luz. Resultado: tras 24 horas de intensa promoción, lo habían comprado apenas media docena de sus cientos de seguidores en las redes sociales.

Y me dio pena. Porque por mucho que él se riera, un encogimiento de hombros modesto, «así son las cosas», y de hecho ya antes de publicarlo me había dicho que no esperaba grandes resultados… pienso que en el fondo todos escribimos para que nos lean. Y estamos convencido de que así será. Que escribiremos y nos leerán con los brazos abiertos. A mí me ha pasado. Mientras redactaba la novela, una parte de mí, pequeña pero implacable, sentía que estaba escribiendo algo importante, que perduraría. Algo que el mundo necesitaba leer justo ahora. Cada «me gusta» a una publicación referente al manuscrito la veía transformada en el futuro en cientos, cuando no miles, de ventas.

En cuanto la terminé, la mandé a muchos amigos y pocos se volcaron en ella. La mayoría la dejaron para más adelante. Para cuando tuvieran tiempo. No pude entender cómo no la devoraban en menos de un fin de semana. Así que la mandé a más gente, con los mismos resultados. La única realidad es que a nadie le importa eso que has escrito. Como se suele decir, los escritores predicamos en el desierto. Una entrada de blog puede que tenga más o menos aceptación, se ve como algo simpático y que se lee en un par de minutos. Pero algo más largo requiere esfuerzo y concentración, y la gente tiene cosas demasiado importantes por hacer, mil cosas antes que sentarse a leer durante quinte minutos o media hora ese escrito al que tanto cariño le tienes.

No lo comprendí hasta que alguien me pasó a mí un texto suyo para que le diera mi opinión y permití que se escurrieran las horas y los días sin darme cuenta. Y sin leerlo hasta mucho tiempo después. No porque tuviera lecturas pendientes (la excusa preferida: «no es que no lea, es que tengo tanto por leer») o un exceso de trabajo, sino simple y llanamente porque ya bastante cómodo estaba en mi mundo como para sumergirme en el de otro. Al menos no estaba mirando el reality show de turno, me consolé. Supongo que entonces no fui consciente de que yo no era el único que había aporreado el teclado hasta altas horas, depositando ilusión en cada palabra, ni tampoco el único enamorado de sus personajes, ni mucho menos el único creyéndose ese elegido que algún día alguien descubriría. Todos nos creemos únicos.

Leí hace tiempo que un artista solo necesita 1000 seguidores fieles para poder vivir de su arte. Entonces me pareció una cifra razonable. Asumible, incluso. Ahora asumo que a un cantante quizá le resulte más o menos sencillo porque todos escuchan música, pero ¿leer? ¿Eso quién lo hace? Si hasta yo que me considero lector empedernido puedo tener temporadas en las que me demoro una semana o un mes con el mismo libro.

Y cuando pienso estas cosas me siento fatal, porque sé que nunca debería escribir para que me lean ni mucho menos para ganar dinero con ello, sino para mí mismo. Como escribo un diario o como pienso tantas cosas que no luego no llegan a materializarse. Pero no puedo evitarlo. Escribo y deseo que alguien me diga que eso es lo mejor que ha leído en su vida. Y cuando eso no ocurre, y no ocurrirá nunca, me da por jurarme a mí mismo que lo conseguiré la próxima vez, con el siguiente texto. De un proyecto naufragado al siguiente. Lo que falla en todos los casos es la mentalidad. Porque escribir ya escribo para mí, siempre me propongo escribir el libro que a mí me gustaría leer en ese momento exacto. ¿Por qué debería interesarle a nadie más? Tendría que sentirme satisfecho de haberlo terminado y de poder compartirlo al fin, tanto con aquellos que sí lo leen como esos otros que lo dejan a medias. Sí, quizá sea bastante recompensa haber llegado a puerto. Otras veces no lo logré y esta vez sí. «¡Vuelé! ¡Vuelé!», que diría el pterodáctilo de En busca del Valle Encantado.

La carretera

La página en blanco. El hombre del saco de cualquier escritor. Incluso hablar de ella da miedo. Esta entrada, por ejemplo: primero he tenido que buscar el título y la fotografía de acompañamiento, demorar el momento en que empezara a aporrear el teclado y el recuadro de edición dejara de estar en blanco. Hablar de la página en blanco para llenarla es un viejo truco. A veces hasta salen buenas novelas por el camino, que se lo pregunten a Stephen King.

La página en blanco es un desierto y hay que transitarlo. Cuanto antes lo asumes, antes te pones en marcha. Durante mucho tiempo me negué a aceptarlo, tenía tal pánico de fallar que prefería ponerme a hacer cualquier otra cosa. Porque no soportaría escribir algo malo. Con el paso de los años, acercaba imparable el cambio de década, los 30 en el horizonte. Los personajes ya no luchaban con tanto empeño en mi cabeza, muchos hasta se cansaron de darme patadas en el cráneo. No sé si murieron o bien saltaron hacia la mente de otro escritor más valiente. El caso es que ya no estaban. Ya no hablaban. Los supervivientes que se quedaron conmigo merecían nacer. Se lo debía.

¿De qué iba a escribir? Si llevaba tanto tiempo sin hacerlo. Entre comillas, claro: el blog Sombras de neón no se escribía solo. Pero diseñar toda una historia, planificar escenas, diálogos, dar aliento a personajes hechos de palabras… eso eran palabras mayores. Hasta que me di cuenta de algo: no me costaba nada anotar cosas en los cuadernos. El miedo me lo daba la pantalla de ordenador. Tan blanca y luminosa, tan amenazante, circuitos más sabios que yo. Me miraba con desdén. Los cuadernos, en cambio, se abren cuando quiero y me permiten mancharlos a voluntad. Así que compré uno nuevo para empezar el manuscrito. Esperé días y días, a que llegara el momento oportuno.

Y el momento oportuno llegó con unas frases que leí en un blog. Decían algo así: «Es preferible escribir algo malo y tener que corregirlo después. Con una página en blanco no puedes hacer nada.» Disparo de salida. De repente, el miedo a la página en blanco se transformó en miedo a dejar en blanco las 180 páginas de mi cuaderno. Eso sería mucho peor. De lo que escribí entonces a lo que finalmente estará en la novela, va un largo trecho de correcciones y revisiones. En los cuadernos (llené dos), solo moldeé el barro. Pero en ese barro estaba la semilla. Ahora, cuando releo aquellos cuadernos, sonrío ante la ingenuidad de una historia que aún estaba abriéndose paso, todas las escenas que al final no llegaron a ninguna parte. A algunas les tengo cariño. No tenían cabida en la novela, pero cumplieron su función de llenar la página en blanco. Que las musas te cojan trabajando, dicen. Quizá más adelante estas escenas eliminadas se conviertan en relatos, quién sabe:

Me hizo esperar en el comedor mientras ordenaba la habitación. Observé el orden escrupuloso, los libros de arte exhibidos para que la gente los viera mientras esperaba. Nadie los había hojeado jamás, ni una huella en las portadas. La mayoría eran de la editorial Taschen, así que tampoco se habrían gastado mucho en la decoración del piso. Había un buda gigante entre la entrada y la puerta de la cocina. Me imaginé a todos los que vivían en aquel piso tropezando una y otra vez con el maldito buda, debían de mascullar con cada tropiezo. Y el buda impasible a tanto ajetreo. Iñaki seguía ordenando la habitación, llegaban ruidos de mantas y cojines desde el pasillo. Tantas energías invertidas en algo que no era una cita pero tampoco un buen polvo.

La mayoría de escenas sobrevivieron. En los cuadernos son un ensayo de sus versiones definitivas, con todos los andamios a la vista y los actores sin maquillar. Qué adolescente me veo en esas frases de mi puño y letra, y no hace ni dos años que las escribí. También me sorprenden, aquí y allá, frases de las que sí estoy orgulloso, chispazos que permanecen en la novela terminada. Como todo lo demás, llegaron cuando puse el bolígrafo encima del papel.

No hay otra manera. Maté la página en blanco saltando al vacío. Más que valentía lo llamaría inconsciencia. Y a veces el vértigo jugó a mi favor. Hubo días que estaba tan inspirado que se me acababa el papel, escribía en los márgenes, con letra cada vez más pequeña, flechas para seguir el rastro. Y las palabras seguían fluyendo. Me pareció increíble que antes tuviera yo tanto miedo. Quiero seguir haciendo esto. Escribir, escribir, escribir.

De todo lo visible y lo invisible

Después de estudiar cine, durante un tiempo fui incapaz de disfrutar de las películas como hacía antes. Me pasaba esa hora y media que duraba cada película analizando cómo estaba hecha. En la pantalla ya no veía historias contadas con más o menos arte sino una mera sucesión de planos, contraplanos, secuencias, panorámicas, saltos de ángulo, fallos de raccord,  iluminaciones planas o expresivas, pistas que habían plantado los guionistas en cada escena para adelantar futuros giros de guión, tipos de personajes, la idea original. Me llevó años volver a disfrutar las películas sin más, ir al cine o apretar play y dejarme sorprender.

Supongo que por eso nunca he leído muchos manuales de escritura. No quiero que me pase como a mi madre, fotógrafa aficionada que después de un curso de fotografía, se bloqueó: tan preocupada por el diafragma y la luz y el tiempo de exposición que se había olvidado de lo más fácil, hacer clic cuando algo le gustaba tanto que tenía que capturarlo. Creo que en el arte hay mucho de ingenuidad, de frescura del momento. Por parte del creador y por parte del espectador. Confieso que nunca veo los making offs en los extras de los DVDs. Me gusta el hechizo, creer que los involucrados en la película consiguieron crear ese mundo, no que lo rodaron en Australia y que las criaturas fantásticas no estaban ahí y los actores tuvieron que repetir mil veces la toma hasta dar con la entonación exacta.

Pero claro, entiendo que se valora de forma más constructiva una obra de arte si conoces las herramientas, las técnicas y los materiales que tiene que utilizar el artista. Cuando admites que todos los artistas parten con igualdad de condiciones. Y así distingues quién es más diestro y quién más pasional, comprendes los méritos de ciertas obras teniendo en cuenta su época o su técnica. Muy importante todo esto si, además de disfrutar el arte, aspiras también a crearlo.

Con los libros, fijarme en cómo están escritos siempre ha sido algo natural para mí. Destripándolos es como más los disfruto, de hecho. Releo cada frase perfecta hasta entender por qué me lo parece. Decido qué diálogos me gustan y qué características comparten. El dominio de los tiempos. El barroquismo pop de Terenci Moix y las frases-bisturí de Bret Easton Ellis y la difusa frontera entre realidad y magia de Haruki Murakami. Las descripciones más inmersivas y las que solo están de florero. Las metáforas.

Destriparlos, sí. Hasta la última página. Lo hacía ya de pequeño, con los libros tipo «Elige tu propia aventura», que los releía y hacía diagramas hasta comprender su estructura y distribución, sus trucos, las trampas del autor para que intuyeras atajos donde sólo habría abismos y pozos que te llevaban de vuelta a la primera página. Buceo en los libros. Siempre he leído así, supongo que es la única forma en la que sé leer. Pero se parece más a seguir mi propio instinto que al academicismo que intuyo en un taller de escritura. Leo con atención lo que me apetece. No hay más misterios. Leer, leer, leer como único método de aprendizaje. Estos días, por ejemplo, leo El Palacio de la Luna de Paul Auster y me está dando una lección de vida y estilo. Con qué pocos ingredientes comunica, emociona, atrapa, con qué arte los engarza. Me da igual si es una obra maestra o no: yo aprendo.

El retrato de Dorian Gray

Los personajes tienen vida propia. Tópico entre tópicos de los escritores. En mi caso, no hay mayor verdad. Para empezar, porque no los creo a partir de fichas. Es lo que recomiendan en todos los manuales de escritura: ordenar toda la información acerca de los personajes, edad, biografía, carácter, forma de hablar, intenciones y deseos, etc. Una cómoda ficha para consultarla en cualquier momento. Siempre lo intento, pero al segundo personaje ya me he aburrido y lo dejo a medias. Me digo que tengo las fichas en mi cabeza, pero no es verdad. Como los Gremlins, acaban campando a sus anchas, traviesos y a menudo ajenos a la historia que les tenía reservada.

Almuerzo a orillas del río de Pierre Auguste Renoir.

A modo de ejemplo: Ruth de El mar llegaba hasta aquí. Es un personaje muy secundario, la compañera de piso de Adán (el personaje del que el protagonista se enamora). Creo que Ruth solo aparece en dos escenas, pero quería que al lector le cayera mal desde el primer momento. La describo así cuando el protagonista llega a una fiesta y ella le recibe:

Ruth fingió que me reconocía, me saludó efusiva, hola, hola, llegas a tiempo, mientras en la cabeza hacía inventario de todas las personas que yo podía ser y no era. Y entonces, a medio pasillo, se giró con una mezcla de curiosidad y desconfianza, como si pudiera ser un vecino cotilla. Y me preguntó aquello, quién eres, todo lo borde que pudo y más. (…) Ruth era minúscula. Sus muñecas huesudas siempre se movían porque siempre estaba alterada y siempre parecía a punto de morder el aire con su dentadura de caballo. Aquella tarde entendí por fin por qué salía con la boca cerrada en todas las fotos que había visto repartidas por el piso.


Me inspiré en una jefa que tuve hace cosa de 10 años, cuando era teleoperador. La típica coordinadora que era todo sonrisas pero te hundía en cuanto tenía oportunidad. Siempre le vi un punto de Alien a su dentadura y para cuando necesité un personaje antipático, pensé en ella. Ni lo dudé. Pero cómo es esto de escribir, que en la siguiente escena importante que Ruth comparte con el protagonista, las cosas se ablandan entre ellos. No diré que se hacen amigos, pero sí derriban muchos muros y se abrazan en la distancia. Nada más lejos de mi intención inicial. ¡Si yo quería vengarme de aquella jefa!

Y sí, lo confieso: creo mis personajes a partir de gente que he conocido. En la mayor parte de los casos, desde el cariño. Todos los personajes importantes de la novela están hechos a partir de pedazos de amigos y conocidos: sus grandes gestas, con las que he aprendido, y todos esos detalles insignificantes en los que no puedo evitar fijarme y que supongo que los describen. Crearlos ha sido un poco como jugar a ser el doctor Frankenstein, porque no me limito a que X personaje sea Y persona real, eso no tendría ninguna gracia. Mezclo, modifico y por supuesto, invento, porque al fin y al cabo la novela es ficción y necesito comportamientos y actos nuevos. Marta, la mejor amiga del protagonista, es la suma de hasta 7 personas de mi alrededor, puestas en una coctelera y añadiendo unas gotas de limón para que al final, Marta sea Marta, y nadie más.

Manejando las vidas de tus personajes puedes jugar a ser Dios, pero ellos siempre se rebelan. No me gustan los escritores que los matan porque sí o que les obligan a hacer cosas que no quieren. Eso al final se nota. Cada personaje es un actor o actriz, tiene su papel, y solo ellos lo conocen. Tú vas descubriéndolo escena a escena, sorprendiéndote y desplegando a su paso la alfombra, la cámara, el micrófono, los focos para que puedan lucirse como merecen. Eso es lo mejor de algunas relaciones: cuando crees conocer a alguien y sigue sorprendiéndote para bien.