Ánima

¿De qué trata tu novela? Te lo pueden preguntar mientras la estás redactando. Te lo pueden preguntar después, cuando ya está terminada. Y siempre cuesta responder, porque en tu cabeza hay tantas líneas de diálogo que no acabaron en sus páginas, tantas escenas clave, tantos momentos de los que estás orgulloso, que podrías decir que tu novela va de mil cosas y aún te quedarías corto. Pero no: solo va de una. Y para saber de qué, tienes que escribirla. Empiezas escribiendo una novela de vampiros y acabas escribiendo la historia de una búsqueda: amor, vocación, identidad.

En un reality show de escritores que se emite en Italia, una de las pruebas era defender un manuscrito delante de un prestigioso editor. Tenían un minuto para contarle de qué trata su libro. Me parece una de las cosas más difíciles; no diré que resumir una novela en apenas ocho o diez líneas cueste tanto como escribirla y pulirla, pero casi. Yo tuve que hacerlo para uno de esos pasos a los que tienes que enfrentarte sí o sí cuando pretendes llegar a publicar algún día: la propuesta editorial. En una o dos páginas tienes que vender tu libro, convencer a alguien para que no solo lo lea, también que invierta dinero.

Hay guías como Marketing para escritores, hay plantillas, hay consejos contradictorios… y aunque intentas seguirlos al pie de la letra, piensas si haciéndolo no se estará perdiendo lo más importante de tu historia: el alma. Pero es que en este paso, el cariño hay que dejarlo a un lado (por duro que suene). Tienes que ponerte el traje de vendedor, ser sincero, no desvelar más de la cuenta y dejar que sea el lector quien extraiga sus propias conclusiones. Porque esa es otra: una misma historia la habla de forma distinta a cada persona que lo lee. Por eso, quizá recomendaría que a la hora de redactar la sinopsis nos ayude más gente. Ello verán con mayor objetividad nuestro libro, incluso pueden aportar ideas.

Hace dos meses, por ejemplo, un amigo me pidió que valorara la sinopsis que estaba redactando para su segunda novela y aunque yo no la había leído todavía, me bastó con recordarle las cinco o seis palabras con las que me la había «vendido» una noche que me habló de ella. Igual contribuyeron los gin-tonics, pero en ese momento, con tan poco, apenas una pincelada, sentí la necesidad de leer el libro. Es el efecto deseado de una buena sinopsis. Invitar a descubrir, no formar una imagen exacta e inequívoca en la mente del lector.

Con mi libro La noche nos alumbrará, he ido cambiando sobre la marcha su descripción y de hecho, nunca estuve seguro de cómo definirlo ni en qué categoría debía clasificarlo. Y es que, ¿cómo diseccionas un recopilatorio de textos de un blog? No es ficción, no son artículos periodísticos, no es un libro de autoayuda. Fui probando combinaciones hasta que varios lectores me lo definieron como pequeños cuentos. Y opté por ahí. Sin ellos nunca lo habría valorado así. Supongo que, en el futuro, será una de las cosas buenas de contar con un editor que trabaje codo a codo conmigo: me ayudará a ver mi novela con ojos distintos. Más sabios, más comerciales, más seguros. Quizá solo entonces descubra de qué trata realmente El mar llegaba hasta aquí y podré explicároslo.

Metafísica de los tubos

Cada historia tiene su propia estructura. Capítulos largos o cortos, flashbacks, partes diferenciadas: es algo que vas descubriendo sobre la marcha, a medida que escribes. En general, me gustan las novelas con capítulos muy breves que te invitan a leer uno más, y otro, y otro. Pero desde el principio intuí que El mar llegaba hasta aquí no sería así. Porque el protagonista iba a resolver un problema o situación al final de cada capítulo y para desarrollarlo de esa manera necesitaba más espacio (más páginas). Se me ocurrió que podía convertir los capítulos en pequeños cuentos que formaran parte de una misma historia.

De lo que piensas a lo que escribes hay un mundo. Lo de los cuentos sonaba bien en mi cabeza, pero me había puesto a escribir una novela, así que la historia acabó expandiéndose por todos ellos, vinculándolos. No podía ser de otra manera. A ratos, la novela parecía plastilina en mis manos. Plastilina de distintos colores: te da miedo mezclar fragmentos que escribiste en momentos muy diferentes, hasta que no queda otro remedio, y mezclas y mezclas para que la masa adquiera un color único y una forma característica.

Fue gracioso ir probando cómo funcionaban mejor algunos capítulos. Buscar el contraste a veces, la fluidez otras. Situar a conciencia algunos ganchos (cliffhangers) para arrastrar al lector hasta el desenlace. Los finales sorprendentes están muy bien, pero solo los disfrutan quienes llegan a ellos. Y yo quería que a mi final llegaran todos los lectores. Así que, aunque la mayoría de manuales recomiendan situar el clímax de la historia a pocas páginas del desenlace, yo situé una de las escenas clave justo a la mitad de la historia. Una conversación que, si todo va como espero, el lector estará esperando para que cambie el curso de la novela. Y lo hace, pero no de la forma en que uno esperaría.

Es un clímax prematuro. Casi serviría de final de la historia, pero ocurre a 2/3 del verdadero final. Quedan 50 páginas por delante. Es entonces cuando levanto el telón y digo: en realidad mi novela habla de esto. Claro que no calculé bien y en las revisiones tuve que esmerarme para que lo que venía después de ese falso final estuviera a la altura. «Esperad, esperad: ¡no os vayáis todavía!»: creo que un escritor se pasa media vida exclamando esto. Tiene que enganchar en cada frase, en cada capítulo, en cada parte de la historia. Enganchar, convencer, seducir: yo no estoy seguro de haberlo logrado, pero tras jugar con todas las piezas de que disponía, sí creo que les he dado la mejor forma posible para, al menos, intentarlo.

Enternece mirar ahora los primeros esquemas. Me obsesioné con ajustar la historia a 13 capítulos por algo tan aleatorio como que el 13 es mi númro favorito, pero los personajes querían respirar, tener tiempo para hablar, relacionarse, viajar. En el primer borrador llegué a 19 capítulos y finalmente, tras muchas podas y reestructuraciones, El mar llegaba hasta aquí tendrá estos:

1: Náufragos
2: Faros
3: Remolinos
4: Salvavidas
5: Rompeolas
6: Barandillas
7: Lagos
8: Redes
9: Acuarelas
10: Perlas
11: Ceniza
12: Sushi
13: Eclipse
14: Tierra
15: Estrellas

No conseguí mis 13 capítulos soñados pero, cosas del azar, mi favorito (Eclipse) sí es el nº13. Mi deseo es que el lector navegue del capítulo 1 al 15, que siga leyendo página tras página aunque algunas cosas le descoloquen, y que llegado al final, se sienta recompensado por haber seguido a Leo en este viaje. Todos somos náufragos pero solo algunos contemplan las estrellas.

Hablemos de langostas

No se me dan bien los diálogos. Al menos, siempre lo he pensado. Si algo admiro de la trilogía Antes del amanecer es su forma de presentarnos a los dos personajes solo con sus conversaciones. Puedes ver esas películas mil veces y siempre notarás nuevos matices en las frases que intercambian Jesse y Céline, muchas capas tras las que se esconden para seducir al otro. Unos diálogos que suenan naturales pero están perfectamente construidos.

Esa naturalidad llevo persiguiéndola desde que hace años, el guionista de una popular serie de televisión, me soltara al leer un texto mío: «así no habla la gente». Y tenía razón. Me desternillo con las pomposas frases de los personajes de Oscar Wilde y Terenci Moix, claro, pero con ellos siempre noto que está hablando el escritor, no el personaje. En cambio, me arrodillo ante libros como Fin de David Monteagudo, donde maneja discusiones de un grupo de amigos y están tan bien caracterizados que siempre identificas las voces. También me pasa con Javier Montes: además en su caso ya no son solo las conversaciones: le basta un gesto para definir a sus personajes y las relaciones que existen entre ellos.

La madre se cuelga del brazo, dice una frase familiar y yo pienso: «Me gustaría escribir así». Porque los buenos diálogos, como las buenas descripciones, permiten asomarte al alma de alguien. No debería ser tan difícil, bastaría con transformarse en grabadora: dejar que los personajes hablen, interactúen, se delaten con lo que dicen, y transcribirlo para que también lo digan en la novela. Si algo tengo claro desde el principio es que mis personajes dirán, pero nunca aducirán, sopesarán, replicarán, argüirán. «Así no habla la gente». Mis amigos, al menos, no aducen: dicen. Como mucho gritan, responden, susurran.

Cuando empecé a escribir El mar llegaba hasta aquí, confieso que evité las conversaciones todo lo que pude. En las primeras páginas aislé a Leo, el protagonista, y aproveché esa soledad para que las únicas líneas de diálogo estuvieran intercaladas con el texto a modo de flashbacks. A lo tonto, esto me sirvió para realzar la aparición del otro protagonista, Adán: el diálogo entre ambos es el primero de toda la novela y parece importante aunque en el fondo, lo que se dicen es tonto. Las tonterías de una primera cita. Porque todos querríamos ser Jesse y Céline, pero al final hablamos de nuestras cosas sencillas. También Leo y Adán.

Escribí ese primer diálogo y vi que había sobrevivido. Así que me atreví con otros. De repente, mis personajes tenían voz y voto, se mostraban tal como eran en mi cabeza. Quizá no haya cosas que no sepamos hacer sino retos aún por superar. Así, con el manuscrito a puntísimo de llevarlo al registro, me propuse el reto definitivo: convertir uno de los capítulos más descriptivos en puro diálogo. Es el capítulo 8, se titula Redes y en él, Leo va a la discoteca con su amigo Javi para que le amaestre en el noble arte del ligoteo. Y sí, en las discotecas bailamos, pero de noches así yo recuerdo sobre todo esas ganas de hablar para cambiar el mundo mientras movemos el culo al ritmo de Jennifer López. Y fue justo lo que intenté plasmar. Al final, este diálogo de ocho páginas es el capítulo que más me ha divertido escribir. Una pausa frívola, necesaria antes de lo que ha de venir después.

Tanto me gustó la experiencia que en el siguiente proyecto que empecé, la mitad del texto son diálogos. En la mayoría de los casos ni siquiera usé acotaciones. Dejé que los protagonistas hablaran sin interrumpirles. ¿Acabaré escribiendo una novela que sea solo hablada, en plan El beso de la mujer araña? El tiempo dirá. Por ahora, tengo ganas de que sean Leo y Adán quienes hablen en público. Sé que quizá la gente no habla así, pero ellos sí.

—A los guapos se os perdona todo. Un mal afeitado, un desprecio, una llamada que nunca llega. Todo.
—Eso se les perdona a los amigos, ¿no crees? Tengo la suerte de tener buenos amigos. Como tú.
—No sé si serían amigos tuyos si no estuvieras bueno. Todos esos tíos descamisados que tienes en Facebook.
—¿Lo serías tú?

El océano al final del camino

Una historia no termina de verdad hasta que no empiezas la siguiente. Hasta entonces sus personajes seguirán vivos, hablarán en tu cabeza, querrán vivir escenas que no estaban previstas, patalearán si no escribes. Harán todo lo posible para que les hagas caso. Y eso es bueno porque significa que están vivos y la historia merece ser contada. Tiene alma, el alma de tus personajes. Pero tarde o temprano toca despedirse de ellos. Es un momento del que no puedes escapar: otros personajes a los que todavía no quieres tanto, porque apenas les conoces, llaman a la puerta.

En 2011 tenía muchos manuscritos a medio empezar, un batiburrillo de historias y personajes por los que no acababa de decidirme. Todos me tentaban pero ninguno me decía «escríbeme» de forma irresistible. Hasta que germinó la idea de El mar llegaba hasta aquí (aunque entonces no se titulaba así, claro) y me volqué en esos personajes. Desaparecieron las historias anteriores, las dudas, todo lo que no fuera el romance encallado de Leo y Adán bajo la lluvia. Escribir un primer borrador se parece a enamorarte: no sabes si encontrarás a alguien, pero cuando ese alguien aparece, lo que no sabes es cómo pudo existir algo antes de él.

Durante dos años y medio, les he visto crecer. A Leo y a Adán, también a Javi, a Marta, a Pedro, a Víctor, al venezolano que ordena estanterías… Todos ellos tienen una parte de mí y de todos ellos estoy orgulloso porque sus corazones laten (al menos para mí lo hacen). Aún pataleaban, aún reclamaban mi atención, exigían correcciones, frases más brillantes, querían cogerme de la mano y salir a jugar. Pero ya iba siendo hora de que se emanciparan. Su historia está completa y solo falta que sus habitantes encuentren su sitio. Tocaba despedirse de ellos, sí.

Ayer empecé un nuevo proyecto. Aún no sé dónde me llevará. Llevaba tiempo rondándome, incluso había empezado a hablar de esa historia en medio de otras conversaciones, sin venir a cuento. Y ayer por la noche por fin cogí un cuaderno de tapas negras que me regaló una amiga hace tiempo, escribí el título provisional en la primera página, y dejé que el bolígrafo se moviera entre mis dedos. Las palabras brotaron y enseguida esa historia que más o menos tenía acotada en mi cabeza, comenzó a crecer. Unas pocas frases y ya tomó caminos que no estaban previstos. Cobró vida.

Esta mañana es la primera vez en dos años y medio que no escucho a Leo y a Adán hablar en la playa. Hoy en su lugar hablaba un personaje que por no tener, aún no tiene ni nombre. Ha sido un momento triste pero también un alivio. Puedo maniobrar el timón, admirar otros paisajes y conocer a otras gentes con las que aprender cosas nuevas de mí mismo. Por su parte, Leo y Adán todavía tendrán que superar muchos retos hasta llegar al mar, pero ya no depende de mí. Como los hijos, se han hecho mayores y sé que conseguirán lo que se propongan.

Las mil y una noches

«Haz caso, escucha bien.» Si alguien me pidiera consejo a la hora de revisar o dar a conocer su obra, este sería el único que le daría. Y lo diría desde el reconocimiento de ser alguien que no siempre sabe escuchar. Hay que hacer caso a los consejos de otros y también mantenerte fiel a tu obra. Parece contradictorio, pero diría que en ese cruce de caminos está la X del mapa del tesoro.

Todo se puede mejorar. En especial, ese manuscrito en el que llevas tanto tiempo trabajando. Mientras lo escribías, llegaste a creer que sería el mejor del mundo, y así debe ser, porque si algo no te entusiasma, ¿para qué lo escribes? Pero luego llega la revisión. Las revisiones, la auténtica odisea: pulir y pulir y seguir puliendo hasta que de puro desgaste, la piedra brilla. Es mejor revisar en frío: guardar la obra en un cajón y solo volver a ella cuando tus ojos sean lo más parecido a los de un lector virgen. Entonces tacharás sin piedad todo lo que no sirva y se sorprenderás ante las frases bien escritas, que también las habrá, igual que te sorprenderías de un libro que acabas de coger de la mesa de una librería cualquiera.

Me produce mucha ternura cuando alguien pone, generalmente en Twitter, que ha empezado a escribir una novela y que calcula que en cosa de 6 o 12 meses podrá moverla por editoriales y concursos. Ternura porque yo también hice mis cálculos con El mar llegaba hasta aquí y al final, si lo pienso, he pasado más tiempo revisándola que escribiéndola. Si es que revisión y escritura no son lo mismo, en realidad.

El primer borrador tardé menos de 4 meses en redactarlo: de Agosto a Noviembre de 2011. Fueron noches intensas donde las palabras fluían solas. A lo largo de Diciembre lo pasé a limpio y durante año y medio estuve revisándolo, hasta que por fin, plantándome ya en Mayo de 2013, imprimí el manuscrito, lo llevé al Registro, lo mandé a los amigos y me armé de valor para mandarlo también a agencias literarias y editoriales diversas. Entre Julio y Agosto, animado por las opiniones de esos primeros lectores, modifiqué algunas cosas, muy pocas y muy pequeñas, y entonces consideré que después de dos años de idas y venidas, ya estaba bien de cambios y el mar se quedaría como estaba. Había partes que aún se podían mejorar, pero me sentía cansado y no me creía capaz de enderezarlo más. Aquella era la mejor novela que yo podía escribir. Fin.

Como sea que en ninguna editorial ni agencia encontró su lugar, aparqué el manuscrito en un cajón (en un armario, en realidad: los dos cuadernos, todas las copias impresas, el atril que me regalaron para exponer el primer ejemplar, las plumas que también me regalaron para firmarlo, incluso guardé el marco con un prototipo de portada). Dolía, no nos vamos a engañar. Dolía que más allá de familia y amigos, nadie compartiera mi entusiasmo. Había gastado todos los cartuchos y necesitaba aclarar la mente, así que me embarqué en nuevos proyectos: La noche nos alumbrará, entre otros.

Y en esas estaba cuando un amigo escritor me pidió leer El mar llegaba hasta aquí. Acabábamos de conocernos en persona después de más de un año de interactuar por las redes y saber el uno del otro por un amigo en común. Era Diciembre de 2013 y yo llevaba tiempo sin mandarle el manuscrito a casi nadie; se había convertido en ese hijo feo del que prefieres no hablar mucho. Pero a mi amigo se lo mandé porque después de charlar de Murakami y de otros gustos en común, pensé que si él no comprendía mi libro, quién iba a hacerlo. Se lo mandé y él lo leyó y me dijo muchas cosas, pero de entre todas sus críticas y sugerencias, bastó una frase suya para que todo cobrara sentido.

Muchos amigos que lo leyeron antes opinaban parecido, pero solo ahora que yo ya no aspiraba a nada (me había bajado del burro, si queréis), solo ahora comprendí que todos estaban en lo cierto, cada uno a su manera. Todo se puede mejorar y más importante: ahora sabía cómo hacerlo. Descubrí que podía cambiar algunos capítulos, incluso quitarlos, sin que la novela perdiera fuerza. Al contrario. Podé, reencaucé aquello que siempre estuvo ahí, potencié otros elementos ya presentes y antes de darme cuenta, todos los consejos anteriores confluyeron. En una novela, todos los elementos trabajan juntos. Tiene que ser así, tienes que hacer para que así sea. Por eso, cuando tuve la llave del timón, fue rápido. Un pequeño cambio en un capítulo daba sentido a los siguientes. Me volví a enamorar de algunas frases y encontré las que faltaban. Apenas me llevó una semana, y sin ordenador propio. Y así el manuscrito se convirtió por fin en novela. En la mejor novela que yo podía escribir aquí y ahora.

Han pasado dos años y medio desde que escribí sus primeras frases y El mar llegaba hasta aquí empieza a dar unos pasos diminutos que hace apenas unos meses no creía posibles. Por fin comprendo que todo el proceso fue necesario. Gracias a todos quienes han formado parte de él, de una forma u otra. Veremos en qué puerto toca recalar. Así pues, a los que estéis escribiendo, mi humilde consejo es: haced caso, escuchad bien. Permitid que os lean. Puede que no sea ahora mismo, pero algún día todas esas opiniones y todos esos consejos cobrarán sentido.