El océano al final del camino

Una historia no termina de verdad hasta que no empiezas la siguiente. Hasta entonces sus personajes seguirán vivos, hablarán en tu cabeza, querrán vivir escenas que no estaban previstas, patalearán si no escribes. Harán todo lo posible para que les hagas caso. Y eso es bueno porque significa que están vivos y la historia merece ser contada. Tiene alma, el alma de tus personajes. Pero tarde o temprano toca despedirse de ellos. Es un momento del que no puedes escapar: otros personajes a los que todavía no quieres tanto, porque apenas les conoces, llaman a la puerta.

En 2011 tenía muchos manuscritos a medio empezar, un batiburrillo de historias y personajes por los que no acababa de decidirme. Todos me tentaban pero ninguno me decía “escríbeme” de forma irresistible. Hasta que germinó la idea de El mar llegaba hasta aquí (aunque entonces no se titulaba así, claro) y me volqué en esos personajes. Desaparecieron las historias anteriores, las dudas, todo lo que no fuera el romance encallado de Leo y Adán bajo la lluvia. Escribir un primer borrador se parece a enamorarte: no sabes si encontrarás a alguien, pero cuando ese alguien aparece, lo que no sabes es cómo pudo existir algo antes de él.

Durante dos años y medio, les he visto crecer. A Leo y a Adán, también a Javi, a Marta, a Pedro, a Víctor, al venezolano que ordena estanterías… Todos ellos tienen una parte de mí y de todos ellos estoy orgulloso porque sus corazones laten (al menos para mí lo hacen). Aún pataleaban, aún reclamaban mi atención, exigían correcciones, frases más brillantes, querían cogerme de la mano y salir a jugar. Pero ya iba siendo hora de que se emanciparan. Su historia está completa y solo falta que sus habitantes encuentren su sitio. Tocaba despedirse de ellos, sí.

Ayer empecé un nuevo proyecto. Aún no sé dónde me llevará. Llevaba tiempo rondándome, incluso había empezado a hablar de esa historia en medio de otras conversaciones, sin venir a cuento. Y ayer por la noche por fin cogí un cuaderno de tapas negras que me regaló una amiga hace tiempo, escribí el título provisional en la primera página, y dejé que el bolígrafo se moviera entre mis dedos. Las palabras brotaron y enseguida esa historia que más o menos tenía acotada en mi cabeza, comenzó a crecer. Unas pocas frases y ya tomó caminos que no estaban previstos. Cobró vida.

Esta mañana es la primera vez en dos años y medio que no escucho a Leo y a Adán hablar en la playa. Hoy en su lugar hablaba un personaje que por no tener, aún no tiene ni nombre. Ha sido un momento triste pero también un alivio. Puedo maniobrar el timón, admirar otros paisajes y conocer a otras gentes con las que aprender cosas nuevas de mí mismo. Por su parte, Leo y Adán todavía tendrán que superar muchos retos hasta llegar al mar, pero ya no depende de mí. Como los hijos, se han hecho mayores y sé que conseguirán lo que se propongan.

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2 comentarios en “El océano al final del camino

  1. No puedo más que desearte buena suerte en tu nueva andadura. Los libros a veces son como estaciones, estás deseando llegar pero cuando finalmente lo haces lo que verdaderamente recuerdas no es la estación, sino todo lo que ha venido detrás. Como sabes, aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado, pero no tiene ya nada que darte. Toca emprender nuevos viajes en nuevos trenes, a ver hasta donde llegas. Por mi parte tienes a alguien que te seguirá la pista atentamente.

  2. Gracias por esos ánimos JJ, vienen bien para reponer fuerzas en este nuevo viaje. De todos modos, seguiremos desgranando “El mar llegaba hasta aquí”, porque todavía tienen que anunciar en qué vía se estacionará su tren. Un abrazo fuerte.

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