When you’re young you find inspiration in anyone who’s ever gone

Hoy me ha dado por repasar las citas que voy acumulando en mi Book Journal, un cuaderno que me autorregalé y que sirve para llevar un registro de los libros que lees: fecha de lectura, citas, opinión, etc. Una maravilla que ya me fascina ahora, apenas un mes después de comprarlo, así que dentro de unos años será como un tesoro, una especie de cápsula del tiempo literaria que me permitirá recordar no sólo lo que estaba leyendo, sino también en qué estado mental me encontraba..

Son curiosas las citas que voy anotando. La mayoría me sorprenden con más fuerza ahora que en el momento en que las anoté. Es como volver de un paseo por la playa y descubrir que todas esas piedras grises y planas que has recogido en la orilla ahora son perlas.

Ahí va una pequeña selección (notaréis que este enero he estado poniéndome al día de literatura japonesa)…

«A veces no basta con que merezca la pena.»
(Algo que brilla como el mar, Hiromi Kawakami)

«No hago otra cosa que pensar en él. Seguro que, aunque no sea todo, una gran parte de mi sentimiento tiene que llegarle a él de alguna forma.»
(El ganso salvaje, Ogai Mori)

«¿Es posible que el amor convierta a la persona que amas en alguien a quien ni siquiera deseas?»
(El color prohibido, Yukio Mishima)

«Quien ama un ideal espera a su vez que el ideal le ame.»
(El color prohibido, Yukio Mishima)

«Todos trabajaban en silencio, como si fueran hombres que hubieran olvidado las palabras.»
(Kanikosen, Takiji Kobayashi)

«Es más sencillo ser la víctima que aceptar la propia responsabilidad.»
(La ley del espejo, Yoshinori Noguchi)

«No te surge ningún problema para el que no conozcas la solución. Todo problema surge para aprender algo importante.»
(La ley del espejo, Yoshinori Noguchi)

«Quiero poesía, peligro real, libertad, bondad, pecado. Reclamo el derecho a ser desgraciado.»
(Un mundo feliz, Aldous Huxley)

«-¿Cuál es la cosa más valiosa del mundo?
-La cabeza de un gato muerto.
-¿Por qué?
-Porque nadie puede decir su precio.»
(Zen sin maestros, Richard Alderman)

The spell has been broken, I loved you so

La ruptura. Y tras la ruptura, el desierto. El descorazonador éxodo hacia la Tierra Prometida. La ilusión y el miedo, las ganas y los reparos, la iniciativa y las dudas, la propulsión y el vértigo. Aprender a vivir solo, aprender a ser tú otra vez. Volver a decir «yo» en vez de «nosotros». Mudar la piel, como una serpiente.

Afrontar y superar una ruptura nunca es fácil para ninguna de las dos partes. Está claro que no es lo mismo ser el abandonado que quien abandona. Dependiendo de las circunstancias en que se produzca esa ruptura, es muy probable que uno sufra más que el otro. Pero aún así, lo disimulen más o menos, para ninguno de los dos será sencillo. Mientras uno está en pareja, deja de ser «uno». Volver a convertirse de golpe y porrazo en ese «uno» cuesta. Es un vacío absoluto que duele. Duele muchísimo pero toca avanzar con la esperanza de que el futuro será mejor, como un bebé cuando le crecen los primeros dientes y pronto podrá comer algo que no sean papillas.

Cada cual sobrelleva la ruptura como buenamente sabe. No hay opciones mejores o peores. Hay quien decide encerrarse en sí mismo, llorar por las esquinas y colgar canciones de desamor en Facebook. Hay quien engaña a la tristeza con una espiral de fiesta y risas y alcohol interminable. Hay quien cambia de aires y se traslada a otra ciudad u otro país. Hay quien se deja ilusionar por el primer capullo que pase, creyendo que será el amor de su vida aunque no le haga ni puto caso. Hay quien se da de bruces con una nueva relación estable que no estaba buscando, que le hace sentir extrañamente culpable pero que también le hace feliz. Hay quien pone en práctica por fin todo aquello que había ido postergando: apuntarse al gimnasio o a un cursillo intensivo de coreano, renovar por completo el vestuario, hacer un viaje a Tombuctú… Hay quien prohíbe a los amigos que le hablen de su ex y al mismo tiempo no para de ponerle verde despiadadamente. Hay quien se va de putas o de cruising. Hay quien se desgañita en la ducha cantando «Sobreviviré» o «No Voy A Llorar» de Mónica Naranjo. Hay quien harta a sus amigos de ciclos de películas lacrimógenas acompañadas de helado. Hay quien aprovecha para acostarse con medio Grindr o abrir mil perfiles para cepillarse a todo el que pueda, sin listón que valga. ¿Y qué?

A veces estaremos tentados de decir sobre alguien que atraviesa una ruptura: «está cambiado, no le reconozco». Pero no hay que juzgar a alguien por su forma de superar una ruptura, hacerlo es cruel y mezquino. Curar el dolor requiere agarrarse a todo aquello que huela a salvación, sea verdad o no. Requiere perder el norte, la noción de lo que está bien o mal, incluso humillarse públicamente si es preciso. Es como ponerse zapatos nuevos para aprender a caminar otra vez: aprietan, salen llagas, caminas de forma extraña, tropiezas. Ya pasará esa cojera. Sé benévolo con los demás. Ten paciencia contigo mismo.

Lo más delicado de toda ruptura son los amigos comunes. Toda historia de pareja tiene dos versiones y no se puede pretender que los amigos se transformen en seres bipolares capaces de afrontar y apoyar dos perspectivas distintas sobre una misma ruptura. Tomarán partido por uno de los dos bandos casi por inercia. Así que si alguien deja accidentalmente de hacerte un favor o te da largas para quedar contigo pero luego se cita a diario con la otra persona, no le culpes. Es normal. Tú también acabarás apoyando a un amigo que sale de una relación: por afinidad, por conocerle de antes, por compartir ese dolor, porque está más bueno, porque la otra persona en realidad tampoco te había caído tan bien, porque sinceramente consideras que tu amigo es el que lo está pasando de los dos y te resulta imposible concebir que el otro sufra a su manera, porque tu amiga afronta las rupturas con risas y prefieres eso que aguantar los lloros de la otra persona. Tú también acabarás poniendo a un amigo común en contra de tu expareja gracias a alguna crítica destructiva o algún comentario sesgado sobre el porqué de todo. Da igual. Como decía, que los amigos se posicionen es normal. Ya pasará el tiempo, ya se asentarán las cosas.

Y lo más horrible de toda ruptura es cuando el amor se convierte en odio y los antiguos besos en puñaladas. Cuando pasas de compartir lo que te ha pasado a lo largo del día a gritar y resoplar ante cada frase del otro. Cuando los pequeños defectos entrañables se transforman en afrentas imperdonables. Cuando se rompe el hechizo, el desamor y las rupturas sacan lo peor de todos nosotros, nos convertimos en pequeños monstruos (hola, Lady Gaga) que se defienden del dolor provocando más dolor. Escorpiones luchando salvajemente contra escorpiones. Y como conoces tanto a la otra persona (no en vano habéis compartido media vida), sabes perfectamente dónde asestar el golpe de gracia, olvidando que pueden contraatacarte. Quieres olvidar que tú también eres vulnerable. Criticas, acumulas rencor, crees que sólo el otro ha cambiado, detestas todo lo que antaño habías adorado: su forma de peinarse, su optimismo, su forma de dibujar o bailar, su memoria fotográfica para hablar de cualquier película habida y por haber, su sonrisa (que ahora te parece abominable). Una ruptura es como coger una habitación, pintar de negro todas sus paredes, tapiar las ventanas, romper los muebles, llenarla de polvo y pretender que siga tan bonita como antes.

Ethan Hawke (del que hace poco hablé, en la entrada de la maravillosa Before Sunrise) escribió un libro normalito titulado «Estado de excitación» pero con una escena que me impactó. Durante los primeros días de relación, cuando todo son besos robados y caricias y risas tontas y bombones, el chico le propone a ella que se digan ya todo lo que detestan del otro. Que se echen en cara todo lo que criticarán y escupirán el día que, Dios no lo quiera, rompan. Que adelanten la escena trágica de la ruptura y así puedan quedarse sólo con lo bueno. Ojalá las cosas fueran así. Pero no: es inevitable sentir ese odio y ese desprecio, dejar de hacerle la cena a tu pareja con cariño para poder tirarle los platos a la cabeza y desear que uno de ellos le rompa la nariz. Yo me considero afortunado de ser amigo de 2 de mis ex (de uno de ellos, muy buen amigo además) y a otros 3 los tengo en Facebook, que ya es mucho. Pero diría que son las excepciones que confirman la regla: cuando del amor ya sólo queda odio o indiferencia, difícilmente podrás ser amigo de tu ex, por muchas afinidades y gustos que compartiérais.

Personalmente, lo que peor llevo de las rupturas (aparte de la ruptura en sí, por supuesto) son dos temas. El primero, ese ineludible proceso de «separar» las cosas. Incluso si se hace de mútuo acuerdo, racionalmente («esto es tuyo, esto es mío, esto es de los dos pero te lo puedes quedar tú»), impacta ponerse a clasificar películas y discos y libros y series y ropa y peluches y fotos y muebles, como si ya no significasen nada, como si de repente trabajases en una oficina de objetos perdidos y estuvieras clasificándolos para que al día siguiente puedan llegar a sus dueños correctamente, gente que no conoces ni conocerás jamás.

Pero lo que se me hace más cuesta arriba es imaginar al otro con una nueva persona. Es algo irracional. Darte cuenta de que los próximos besos ya no serán los tuyos, que otro cuerpo entrará en contacto con el suyo, que le enseñará cosas nuevas, que unas promesas de amor eterno más fuertes sustituirán a las que os hicisteis… Resulta más complicado de asimilar que una ley de física cuántica. Esta especie de celos absurdos pueden atacarte en cualquier momento, aunque la decisión de cortar fuera tuya y tú ya estés tan feliz saliendo con alguien. Es como si considerases que la vida sólo puede seguir adelante para ti, no para los demás. Pues no: la vida sigue para todos. Hay que afrontarlo.

«Siento que no han merecido la pena estos años juntos», me decía el otro día un amigo sobre su ruptura. Y le dije que no es cierto. Toda relación, acabe como acabe, es positiva. Hay que quedarse con las cosas buenas (que siempre las habrá habido: nadie se enamora de alguien con quien no compartía cierta complicidad y buenos momentos). Saber guardar esas fotos con cariño, ser capaz de tenerlas expuestas con orgullo en el corcho de tu vida. Darte cuenta de cuánto has avanzado gracias a esa relación: ahora eres menos tímido, o has descubierto miles de películas y cantantes nuevos, sabes más de sexo, has viajado, has conocido gente, has descubierto lo que es la convivencia, cocinas mejor. ¿Y lo malo? Pues lo malo como mínimo nos servirá para intentar no repetir los mismos errores en el futuro. Las heridas que hoy sangran mañana serán pequeñas cicatrices en una piel más dura y resistente, más sabia.

Roxette – Charm School

Después de 10 años, un cáncer, algunos discos en solitario y 300 recopilatorios, vuelven Roxette con un nuevo álbum de estudio. Siempre han sido uno de mis grupos favoritos, con esa habilidad tan suya de crear melodías perfectas, ya sea en forma de baladas (con la preciosa voz de Marie) o de temas más cañeros. El último álbum, «Room Service» era muy flojo, ¿recuperarán la forma con «Charm School»?

1. Way Out
Seguramente, si no fuera por los ocasionales coros de Marie, la canción parecería un descarte de los álbums en solitario de Per Gessle. Pero ella, por poco que cante, consigue traer la canción a terreno propio. Podría ser de «Crash! Boom! Bang!». No es la bomba, pero sirve de carta de presentación.
Sometimes you don’t decide for yourself.
8/10

2. No One Makes It On Her Own
¿»Spending My Time (2011)»? Eso parece. De esas canciones que comienzan intentando aparentar indiferencia y acaban desgarradas. Una pequeña maravilla que te va enamorando escucha a escucha.
Have you ever been loved and thought it would last forever? Well, then you know nobody makes it on her own.
9/10

3. She’s Got Nothing On (But The Radio)
100% Roxette. Suena moderno y clásico al mismo tiempo. Creo que no ha convencido a mucha gente, pero a mí me apasiona. Quiero decir, que no desencajaría para nada en un recopilatorio junto a otros clásicos cañeros del grupo. Para mí, el disco ya merece la pena sólo por darnos esta canción.
What she got she got to give it to somebody…
10/10

4. Speak To Me
En las previews parecía bonita, pero al escucharla entera la decepción ha sido mayúscula. Genérica, que es lo peor que puede ser algo.
Speak to me loneliness, speak to me bitterness.
5/10

5. I’m Glad You Called
También genérica, pero la letra tiene más gracia. Cuando ya crees haber olvidado a alguien, y te llama, y todo vuelve a tu cabeza, y sientes al mismo tiempo tedio y alegría.
Hate to say I’m glad you called but you know I always tell the truth.
6/10

6. Only When I Dream
No está mal, creo que puede ser una de las growers del disco, pero le pesan 2 cosas: estar precedida por otras 2 canciones lentas y no llegar a la altura de la canción homónima de The Corrs, que abría «Talk On Corners».
Only when I dream I touch you and I breathe you…
5/10

7. Dream On
Empieza muy Roxette. Muy de sus canciones tranquilas y melancólicas que nunca serán singles pero que te gusta encontrar y redescubrir al escuchar cualquiera de sus álbums. Suena atemporal, y supongo que eso es bueno. Personalmente, me recuerda a «Cinnamon Street».
Dream on, yesterday is gone and it’s clear I’ll never get out of here…
8/10

8. Big Black Cadillac
Vuelve la caña. Sintetizadores, guitarras enlatadas y un ritmo contundente nos introducen en un tema que intenta ser «Sleeping In My Car (2011)». Se queda muy lejos de conseguirlo, claro, pero no por ello la canción es peor.
I’m sure you missed my touch, I never really, really missed you that much.
9/10

9. In My Own Way
A mí es que cualquier canción que incluya versos como «I’m a woman» me aburre.
I don’t want to own you, I don’t want to lead you, I just want to love you in my own way.
4/10

10. After All
Típico tema correcto que te deja indiferente el 1º día y con los años se acaba convirtiendo en uno de tus favoritos. Desenfadado, muy de anuncio de Vodafone.
Your life goes on and on and on after all.
6/10

11. Happy On The Outside
Es bonita, vale, pero quizá esa letra tan tópica y previsible la hace más olvidable de lo que debería.
So be ready to fall in love though her heart hides the scars.
5/10

12. Sitting On The Top Of The World
Típico tema de cierre de disco: pequeño, con sonidos de burbujas por doquier, coros etéreos y Marie cantando estupendamente.
I’m sitting on top of the world and I like it
7/10

En resumen, un disco muy, muy mejorable pero donde como mínimo todas las canciones suenan a los Roxette clásicos. El genio de antaño queda lejos. Es como un recopilatorio de no-singles, con todo lo que ello implica.

Historia de un parque

Barbra Streisand, tú eres diva como yo…

Ayer me reí como hacía semanas que no me reía gracias a la obra «Historia de un parque». Buena compañía, una sala acogedora, un público lleno de monumentos y de «señoras que», un escenario, un banco, una farola. Y tres actorazos defendiendo con ganas un buen texto.

El punto de partida: tres hombres practicando cruising en un parque, por la noche, cuando ya no queda rastro de las familias con niños y las parejas de enamorados que lo habitaban de día. Pero la obra no se centra en lo excitante o escabroso que pueda ser el sexo anónimo detrás de unos matorrales, sino en los deseos y los frustraciones de esos tres personajes, sus tres formas de encarar la vida, su supervivencia a base de mentir y disfrazarse. Y al fin y al cabo, se trata de comprobar cómo al final nadie somos tan diferentes. Todos somos esclavos de nuestras pasiones y de nuestros miedos, y por más que intentemos engañarnos y rebelarnos contra ello, todos necesitamos sentir un poco de cariño.

La obra es muy divertida, con grandes escenas y diálogos y monólogos hilarantes, aunque por supuesto no faltan los momentos más serios y emotivos. Los tres actores lo bordan: Ramón Reche (Jonás, «el duro, pero…» – buf!, podría enamorarme), Álex Molero (Gabi, «el ingenuo» – monísimo, y con un cambio del personaje muy bien defendido), y Antonio Nieves (Ángel, «el plumífero»… enorme, genial, a ratos lleva todo el peso y con él las carcajadas están aseguradas). Se nota la ilusión de los 3 en la obra, tienen muy buena química entre ellos y una complicidad con el público muy de agradecer. A destacar también los momentos musicales (personalmente, me quedo con el breve uso de la versión de «Somewhere» de Pet Shop Boys, pero todos son brutales).

Recomiendo ir a verla incluso si el tema del cruising ni te va ni te viene. La mejor prueba: las señoras que teníamos detrás no paraban de reír (fan de ellas). Al fin y al cabo, ese tema es sólo una excusa para reír y hablarnos de todos nosotros.

No os la perdáis si queréis pasar un rato más que agradable. Más información en su blog oficial.

Now I’ve changed my mind, this is my religion

Paseando por un hermoso bosque, un niño encontró un pozo. De su estructura, pendía una gruesa cadena, bloqueada en lo alto por dos piedras enormes. «¿Quién las habrá clavado allí arriba?». El niño estiró con energía desde un lado, estiró con energía desde el otro; sus esfuerzos para desencallar la cadena sólo provocaban que los cantos de las piedras hicieran saltar partes del esmalte gris. Los eslabones emitían ruidos extraños, lamentos de cansancio. No podían avanzar, no podían retroceder. Las piedras los mantenían anclados.

El niño suspiró. Sintió que resolver ese enigma era su misión. «Seguro que el pozo oculta algún tesoro», pensó. Así pues, decidió acampar allí mismo, aferrándose a la certeza de que, algún día, la cadena acabaría liberándose o rompiéndose. Y él quería -necesitaba- estar ahí cuando aquello ocurriera y así extraer el tesoro de aquel agujero oscuro. De hecho, una parte de él creía firmemente que, si se concentraba lo suficiente, su mirada desintegraría aquellos malditos pedruscos.

Y empezó a clavar sus ojos en lo alto de pozo, sin cerrarlos ni pestañear siquiera. A la intemperie, los días de lluvia, el agua oxidaba la cadena y calaba sus ropas; los días de sol, la luz quemaba la cadena y desteñía sus ropas. Pero el niño permanecía impasible. Sus ojos resecos no se apartaban de los eslabones entre los que mucho tiempo atrás alguien cruel, para hacerle desistir del tesoro, había incrustado aquellas piedras. A veces, éstas, con el roce del hierro, crujían y dejaban caer un fino polvillo blanco. El niño se obsesionaba: «Es un signo de erosión, tienen que romperse pronto».

Una noche, el niño se despertó de golpe, escaló el borde de piedra del pozo y de puntillas, tambaleante, intentó arrancar los dos pedruscos con sus propias manos: sólo consiguió rasguños y cortes, sangre. No volvió a intentarlo hasta que las heridas ya habían cicatrizado lo suficiente. Insistió infinitas veces pero siempre obtuvo el mismo resultado: rasguños y cortes, sangre.

Pasaron los años. Y un día, las manos completamente magulladas, sin uñas en esos muñones que en el pasado habían sido dedos, el niño se rindió. Agotado, se dio la vuelta y empezó a caminar. Dejó atrás las dos piedras y la cadena y el pozo y el bosque, los olvidó.

Al día siguiente, el cielo tenía las mismas nubes y el mismo sol, los árboles se mecían bajo el mismo viento. Pero ese día tan vulgar como cualquier otro, las dos piedras acabaron por romperse en mil guijarros. Nadie las había tocado. La cadena estaba por fin libre y retomó su avance. Con un relajado tono metálico, los eslabones susurraron: «Tu mundo vuelve a girar».

El sufrimiento es el voraz apetito de encontrar seguridad en lugares donde no puede hallarse.

(Buda)

(Y por cierto, con ésta cumplo 100 entradas en el blog.)