Modern Family

Me he aficionado a las series de capítulos de 20 minutos. No sólo son más cortas, también tienen un ritmo mucho más ágil que las series de 40 minutos. Aunque las vea por la noche, no me duermen. Al contrario: me animan a poner otro capítulo, y otro, y otro. Acabo haciendo auténticas maratones.

La 1ª temporada de «Modern Family» la empecé hace meses, pero hasta esta semana no he terminado (en una maratón de 10 capítulos), y me queda pendiente la 2ª. Presentada en forma de falso documental sobre las vivencias y desventuras de tres familias muy diferentes (pero que a su vez forman entre ellos una gran familia), se trata de una de las mejores comedias actualmente en antena. La clave, como siempre en una serie, está en los personajes: variopintos, a veces esperpénticos, y siempre adorables.

Las 3 familias nos brindan momentos impagables. Claire y Phil, y sus tres hijos, son la familia más convencional: mujer moderna que renuncia a su vida profesional para dedicarse en cuerpo y alma a su familia, hombre soso y entrañablemente patético en sus intentos de ser guay, hijos problemáticos (la mayor en plena edad del pavo, la mediana en plan repipí, una especie de Lisa Simpson, y el pequeño rebelde y atolondrado). Y a pesar de ser tan convencionales, siempre consiguen complicarse la vida para arrancarte una carcajada. El capítulo del iPad es tremendo.

Mitchell y Cameron, y su hija adoptiva Lily, son mi familia favorita. Pareja gay que encaja precisamente por su disparidad: uno serio, abogado, políticamente correcto e increíblemente sexy (y eso que no me gustan los pelirrojos); el otro corpulento, divertido, plumífero, demasiado lanzado y con un desparpajo inevitable. Sus escenas desprenden ternura y delirio a partes iguales. Y Lily es un amor, con esa mirada y esos disfraces que le encasquetan. Inolvidable la escena del primer capítulo donde presentan a su hija con una performance del «Circle of Life» de «El Rey León».

La otra familia la forman Jay (el patriarca), Gloria y Manny. Típico caso de hombre rico mayor, divorciado, que se vuelve a casar con una jovencita jamona. Jay es bastante anodino pero lo compensa Gloria, que es ni más ni menos que El Personaje de la serie. Latina y pasional, con un acento inglés delirante que da pie a muchas de las grandes frases de cada capítulo: «I am Colombian, I know a fake crime scene when I see one!». Pero su hijo Manny no se queda atrás, muy maduro para su corta edad. Sus alardes de trascendencia me tienen encandilado.

No va a ocupar el lugar de mi serie favorita, porque con «How I Met Your Mother» conecto a muchos niveles (los personajes, la original narrativa, todo el tema de las casualidades y las señales que se van enlazando para llevarte al camino correcto, etc), pero lo cierto es que cada capítulo de «Modern Family» me hace reír y pasar 20 minutos agradables, que ya es mucho. Ahora a por una maratón de otra serie pendiente: «Cougar Town».

Frédéric Beigbeder – El amor dura tres años

Al principio, todo es hermoso, incluso tú.

Más que una novela, a ratos «El amor dura tres años» es una especie de manual de autoayuda con tintes autobiográficos. Un ensayo sobre el fin del amor, un estudio del desamor para autoconvencerse el propio autor y tratar de convencerte a ti por el camino. Y lo consigue. Frédéric Beigbeder (autor del bestial «13,99€») fue publicista, y eso se nota. Sus frases son lapidarias. Puros eslógans. Provocadores, salvajes, sinceros, indiscutibles. Terapia de shock intravenosa con forma de libro.

A través de capítulos muy breves (el más largo tiene 5 páginas; la mayoría, 2), Beigbeder va desgranando el fracaso amoroso de su alter ego Marc Marronier: se enamoró, se casó, se divorció. Y vuelta a empezar, porque se vuelve a enamorar, y vuelve a sufrir, ahora con el añadido de saber que todo terminará dentro de 3 años, porque el amor (según el autor y según la bioquímica) está diseñado para durar sólo ese lapso de tiempo. El entorno de la novela: el París burgués, de los veinteañeros y treintañeros modernos. Contando sus miserias, Beigbeder expone las de toda una generación entera obsesionada con el lujo, las fiestas, las apariencias, el sexo esporádico y todo lo que sea fácil y rápido.

Lo leí hace muchos años, después de que «13,99€» me impactase, y recuerdo que entonces «El amor dura tres años» no me gustó tanto. Quizá porque es uno de esos libros que tienes que leer en el momento preciso. Entre el título y el argumento ya os imagináis cuál es ese «momento preciso». Ahora, en cambio, me ha encantado. En su descreímiento, Beigbeder coge los tópicos, los retuerce, los lleva al extremo, pero lo hace con una sinceridad tan brutal, que no sólo te obliga a sentirte identificado, también te lleva a suplicar: «dame un poco de esperanza, coño». Y te la da, claro. El libro no es sólo un largo lloriqueo emo sobre el desamor, también es la búsqueda de una salida, con la voluntad de aprender a hacer las cosas bien en el futuro. Lo dicho: es un libro para leer en el «momento preciso».

En el momento preciso y con un lápiz en la mano, porque lo necesitaréis para subrayar un frase tras otra y párrafos enteros. Os dejo una selección de citas del libro para que podáis haceros una pequeña idea del contenido.

El primer año, se compran muebles. El segundo año, se cambian los muebles de sitio. El tercer año, se reparten los muebles.

Nuestra generación es demasiado superficial para el matrimonio. Casarnos es como ir al McDonald’s. Luego, hacemos zapping.

Cuando uno lo tiene todo demasiado pronto, acaba deseando un desastre que lo libere. Una catástrofe para sentirse aliviado.

Llegará -fatídico- el día en que tendrás que esforzarte. En que tus «te quiero» ya no tendrán el mismo sabor. A mí, la voz de alarma me pilló en la fase de afeitado. Me afeitaba todas las noches para no pinchar a Anne al besarla por la noche. Y, una noche -ella ya estaba durmiendo (había salido sin ella hasta el amanecer, el típico comportamiento lamentable que uno se permite con la excusa del matrimonio)-, no me afeité. Pensé que no era grave, ya que ella no iba a darse cuenta. En cambio, aquello significaba simplemente que ya no la quería.

El amor se acaba cuando es imposible volver atrás.

Todo el problema del amor radica en lo siguiente: para ser felices necesitamos seguridad cuando resulta que para estar enamorados necesitamos inseguridad. La felicidad se basa en la confianza mientras que el amor exige dudas e inquietud.

El amor es una catástrofe espléndida: saber que te vas a estrellar contra una pared, y acelerar a pesar de todo: correr en pos de tu propio desastre con una sonrisa en los labios; esperar con curiosidad el momento en que todo se va a ir al carajo. El amor es la única decepción programada, la única desgracia previsible que deseamos repetir.

The time stood still, the time was flying

Una semana de verano en Granada. Una mañana gris en Madrid. Un encuentro fortuito de medio minuto en Barcelona, en una tarde que no recuerdo si hacía sol, o si llovía, o qué. Así nace y muere el primer amor. Fin de la historia. Una historia normal, sin más misterios: un amor adolescente que naufragó como tantos otros miles de amores adolescentes pero que, como es lógico, a mí me marcó por ser el mío. Varias casualidades me han llevado estos días a recordar la historia; entre otras cosas, que buena parte de La mecánica del corazón transcurra en Granada, precisamente en Granada.

Ya os conté hace unas semanas el reencuentro con P, mi primer amor, en Madrid, y por qué ese reencuentro me llevó durante mucho tiempo a asociar esa ciudad con la lluvia. Faltaba el último capítulo (bueno, y también el primero, claro: la feliz semana en Granada… pero eso me lo guardo, por ahora). Y es que P y yo nos volvimos a ver una última vez, años después de que fracasase estrepitosamente el intento de darnos una nueva oportunidad.

Salía yo del metro de Plaza Catalunya, esa salida que forma una especie de plaza subterránea en ruinas y que da al bar Zurich. Yo había quedado con un chico. Era la típica cita inesperada que sabes que va a ser un desastre: lo sabes tan bien que no te molestas ni en arreglarte, y te aseguras de llevar el reloj en hora para poder mirarlo a media cita con gesto de «uy, ¡pero qué tarde es!» y así irte cuanto antes. Iba a subir las escaleras y entonces te vi, P. Tardé horas, años, siglos en asimilar que eras tú. Tú en Barcelona. En la ciudad donde en su momento ibas a venir a estudiar y no viniste, donde si hubieras venido quizá todo hubiera sido distinto. Tú. Aquí, por fin. Tan cerca, pero más lejos que nunca.

Me arrepentí al instante de no haberme arreglado. Tampoco sé si lo habrías notado, pero es verdad: me arrepentí. Tú en cambio estabas muy guapo. No sé si más guapo que en Granada, pero más guapo que en Madrid, eso seguro. Parecías tan maduro, tan feliz. Habías cambiado. Estabas tan distinto, y sin embargo te parecías tanto al P que me enamoró aquel verano en Granada. Con tu camiseta azul y tus pantalones cortos y tu sonrisa.

-¡Holaaa! -nos dijimos al darnos cuenta de que sí, de verdad éramos tú y yo, éramos nosotros.
-¿Qué haces por aquí? -preguntaste con toda naturalidad. Como si Barcelona no fuera mi ciudad.
-¡Eso tú! Qué sorpresa…
-Pues ya ves, estoy aquí -le sonreíste, incómodo, a tu acompañante. Comprendí que querías irte. Comprendí que no habría tiempo para todas las cosas que me habría gustado decirte, preguntarte, escucharte decir.
-¿Acabaste ya Bellas Artes?
-No, todavía me quedan dos años. ¿Cómo llevas tú la… Comunicación Audiovisual?
-Lo dejé, ahora estoy estudiando cine.
-Qué bien, qué bonito.
-A ver si quedamos algún día, ¿no?
-Sí, claro. A ver. ¡Hasta luego!

Tu acompañante y tú entrásteis al metro, yo subí las escaleras. Me giré una última vez pero ya no estabas. No sé por qué tuvimos que coincidir aquel día. No sé por qué no hemos vuelto a coincidir jamás, ahora que los dos vivimos en la misma ciudad. No sé por qué nunca hemos cumplido esas promesas de ir a tomar un café alguna tarde. O sí lo sé. Lo sé perfectamente: todo se acabó. Pero es triste. Tan triste como encontrar el cuadro inspirado en un relato mío que me pintaste con todo el cariño, y encontrarlo mientras busco pósters en casa de mis padres para decorar mi nueva habitación, y guardarlo en el fondo del armario para no volver a tropezar con él. Tan triste como fijarme una noche en un tío tirando a feo en la barra del Átame, pero encontrarlo casi atractivo, y darme cuenta a los cinco minutos que es porque me recuerda remotamente a ti. Tan triste como esa plaza subterránea donde nos vimos por última vez, mal iluminada, su techo desconchado y esa lámpara rescatada de algún antiguo teatro derruido.

Siempre he odiado esa salida de metro, me parece fea e impersonal, como si ese rincón donde se cruzan tantos pasillos no perteneciera realmente a Barcelona. Quienes me conocen saben que siempre intento quedar en la puerta del FNAC («pero la puerta de verdad, la de arriba, no la del Zurich»), y lo hago precisamente para evitar esa salida. No ha sido hasta rememorar esta anécdota que he comprendido porqué. El subconsciente, qué buena memoria tiene, el maldito. Lo más curioso es que mis otras dos grandes relaciones nacieron a menos de cien metros del punto exacto donde me despedí de P por última vez. Y para más inri, al cabo de poco tiempo de la despedida, pusieron dentro del andén de Plaza Catalunya un Dunkin’ Donuts (mi perdición), y sólo se puede entrar por allí. El destino, qué bien se lo pasa, el maldito.

Es demoledor ese último reencuentro con una expareja tuya: lo ves más guapo y más interesante que nunca, tú tampoco estás nada mal ahora, pero constatas lo que en realidad ya sabías: que la vida os ha llevado por caminos muy distintos, que ya nada podría cambiar entre vosotros, porque ya ni él ni tú sóis los mismos y por tanto no hay vuelta atrás. Un «Hasta luego» que en realidad significa «Adiós, hasta nunca». Buena suerte.

It’s a beautiful life

Hay días en los que por muy predispuesto que estés, parece que te cuesta sonreír. La música ayuda. Mucho. Al menos a mí, vaya. Me pongo los cascos, enchufo mi mp3 y acompaño el subidón de la música con pasos más firmes, me dejo llevar por Barcelona y al final la sonrisa se instala sola en mi cara. Sale un poquito el sol, por así decirlo.

Por eso he preparado esta lista de 60 canciones optimistas, y por eso quiero compartirla con vosotros. Son canciones muy distintas, de cantantes y grupos variopintos… pero para mí, todas ellas hablan de disfrutar la vida, de no olvidar las ganas de ser feliz. De abrir la capota del coche, levantar los brazos bien alto y cantarlas a pleno pulmón mientras el viento te despeina.

Son canciones que hablan de dar una vuelta por el parque cuando estás de bajón. Con una mano en el bolsillo y la otra bien alto: «choca esos cinco». Rápido, esta oportunidad sólo llegará una vez en la vida. Vivimos fascinados. Y cantas las canciones, pensando: «ésta es la vida». Nada ni nadie puede hacer que me derrumbe hoy. No quiero desperdiciar el tiempo en pequeñas tonterías. Habrá cosas que no entenderé y preguntas por responder, pero yo no me rendiré: no tengo miedo al futuro. Pienso: ¿qué más da?
El sol brillará hasta la eternidad. La sed que siento me sanará. Estos son los buenos momentos de tu vida, ponte una sonrisa y todo irá bien. Estoy contento de estar vivo. El vinilo desborda de la voz de Asha, y al cantar ilumina las calles. Baile, baile mágico. Porque bailando, hasta el espíritu santo se pone blando. La vida puede ser divertida, si lo deseas de verdad. No huiré de la lucha. Sólo el cambio te sacará de la oscuridad. Todavía sigo en pie, sí. Como el águila que vuela en libertad, sobre el valle, lejos de la tempestad.

Se acabó perder el tiempo. Los buenos momentos están por llegar. He encontrado el camino al paraíso. Sólo quiero ser feliz. Me siento vivo otra vez. No te rindas, es una vida maravillosa. Se necesita perder para encontrar. Haces latir mi corazón. Puedo compartir todos los sueños que tengo. Recuerdo mis cosas favoritas y no me siento tan mal. Tras un huracán, llega un arcoiris. Arriésgate esta noche y prueba algo nuevo. Tu voz se proyecta, el futuro se acerca. Aspira positividad. 
Una invitación al baile de la vida. Decidido: vamos a pasarlo bien. No hay rendición posible cuando eres joven y quieres algo. Levántame, levántame, más alto. Quiero jugar, quiero que se me lleve el circo. Alza tu copa. Cuánto necesitaba unas manos que se alzaran al aire. Así es la vida. Escucha el ritmo de una suave bossa nova. Es una mañana luminosa como cualquier otra, pero me siento diferente, estoy feliz. Es algún tipo de magia. Vamos a comprar un helado. Brilla, dulce libertad.
Creo que la hierba no es más verde al otro lado. Despiértate, mañana estarás viviendo la vida correcta. Cuando menos piensas, sale el sol. Nunca dejes de confiar en los buenos momentos. El mundo me parece tan nuevo. Estamos encerando las tablas de surf. Algo me dice que voy hacia algo bueno. No puedo esconderlo, no puedo evitarlo. Vamos a hacer volar una cometa. Podemos irnos de aquí y volar lejos. Tienes que seguir adelante, no te detengas. Sigues vivo.
Ace of Base – Beautiful Life
Alanis Morissette – Hand In My Pocket
Alexis Jordan – Happiness
Alphabeat – Fascination
Amy MacDonald – This Is The Life
Ana Torroja – Sonrisa
Aqua – Happy Boys & Girls
Astrud – No Tengo Miedo Al Futuro
Avril Lavigne – What The Hell
Bob Sinclar (Feat. Gary Nesta Pine) – Love Generation
Café Tacvba – Volver A Comenzar
Calvin Harris – The Rain
Céline Dion – I’m Alive
Cornershop – Brimful Of Asha (The Norman Cook Remix – Single Version)
David Bowie – Magic Dance (7″ Version)
Delafe Y Las Flores Azules – Espíritu Santo
Des’ree – Life
Dover – Dannaya
Duran Duran – (Reach Up For The) Sunrise
Elton John – I’m Still Standing
Fangoria – No sé qué me das
Florence + The Machine – Dog Days Are Over
Freddie Mercury – Living On My Own
Genki Rockets – Heavenly Star
Gloria Estefan – I Just Wanna Be Happy
Goldfrapp – Alive
Hurts – Wonderful Life
Jason Mraz – Life Is Wonderful
Jon McLaughlin – Beating My Heart
José Galisteo – Beautiful Life
Julie Andrews (The Sound of Music OST) – My Favorite Things
Katy Perry – Firework
Kylie Minogue – Get Outta My Way
La Casa Azul – La Nueva Yma Sumac
Lazyboy – Inhale Positivity
Madonna – Celebration
Melanie C – Yeh, Yeh, Yeh (Radio Mix)
MIKA – We Are Golden
Moby – Lift Me Up
Natalie Imbruglia – Wild About It
P!nk – Raise Your Glass
Pastora – Feel The Magic
Pet Shop Boys – Se A Vida E (That’s The Way Life Is)
Petula Clark – Downtown
Pizzicato Five – It’s A Beautiful Day
Queen – A Kind Of Magic
Roxette – June Afternoon
Safri Duo (Feat. Michael McDonald) – Sweet Freedom
Savage Garden – Affirmation
Seal – The Right Life
Shakira – Sale El Sol
Spice Girls – Never Give Up On The Good Times
The Avalanches – Since I Left You
The Beach Boys – Surfin’ U.S.A.
The Bird And The Bee – I’m Into Something Good
The Corrs – Breathless
The Londoners & David Tomlinson (Mary Poppins OST) – Let’s Go Fly A Kite
The Sound Of Arrows – Into The Clouds (Fear Of Tigers Remix)
Whitney Houston – Step By Step
Yas – Stayin’ Alive

Mathias Malzieu – La mecánica del corazón

Antes de conocer el sabor de las fresas con azúcar, uno no las pide todos los días.

Como librero, hay veces que te llega un libro y sabes (sientes) que es especial. Puede ser por el título, por la portada, quizá por la sinopsis… No necesitas leerlo para empezar a recomendarlo a esos clientes que intuyes que sabrán apreciarlo. Y aciertas, los clientes quedan encantados y te compran más ejemplares para regalarlo. Se te acumulan demasiadas lecturas pendientes en la mesilla de noche, pero sabes que tarde o temprano, ese libro tendrás que leerlo.

Y cuando por fin llega el día de la lectura, siempre ocurre en el momento más adecuado, y al cerrarlo tras saborear la última página, la última frase, piensas: «No me equivoqué: es especial». Me pasó con La soledad de los números primos (¡ese título!) y me ha pasado con «La mecánica del corazón». Cuando puse en Facebook que iba a leerlo, descubrí que entre mis amigos, había decepcionado bastante; sólo una persona me dijo que le había gustado mucho (excepto el final) y que incluso le había ayudado en su momento. Una vez más, tengo que coincidir con esta persona.

¿Qué se esconde detrás de la preciosísima ilustración de Benjamin Lacombe (ilustrador francés responsable de otras maravillas como «Los amantes mariposa» o «Cuentos silenciosos») que nos invita a abrir «La mecánica del corazón»? Pues ni más ni menos que una fábula sobre el amor. Iba a decir «Una fábula sobre el primer amor», pero no sería del todo cierto. Al final, descubres que todos los amores te marcan a fuego. Del primero al último. Cada uno a su manera. Pero todos te hacen bajar las defensas, a todos te entregas ciegamente, todos te parecen algo nuevo y distinto, todos te hacen flotar mientras duran, por todos luchas hasta la extenuación. Y cuando terminan, todos te desbordan y te hacen sufrir hasta el punto de que parece que morirás.

La portada y la sinopsis de «La mecánica del corazón» recuerdan a Tim Burton, y no es casual. La peripecia del pequeño Jack en busca del amor está plagada de elementos muy burtonianos: pájaros que caen muertos «el día más frío de la historia», humanos monstruosos y monstruos muy humanos, un reloj-corazón demasiado frágil para soportar los sufrimientos del amor, personajes secundarios tan siniestros y adorables como Madeleine, Arthur, Jack el Destripador, George Mélies, una atmósfera de bello cuento trágico surcando todas sus páginas…

Quizá no tiene el encanto de los poemas de Tim Burton recogidos en «La melancólica muerte de Chico Ostra», porque «La mecánica del corazón» no es un libro perfecto: le falla principalmente el ritmo. A ratos todo pasa muy rápido y a ratos muy lento; hay elipsis frustrantes y escenas innecesarias. Tampoco acabo de entender la división por capítulos. Y aunque la mayoría de metáforas y alegorías son preciosas, muy imaginativas y sobre todo imprescindibles para adornar el texto de ese aura de cuento macabro, a veces Mathias Malzieu es tan rebuscado que no sabes muy bien qué te quiere decir. O lo sabes, pero estás convencido de que no era necesaria tanta parafernalia. En cualquier caso, a pesar de estos mínimos defectos, este cuento infantil para adultos es una maravilla.

Te enamoras con Jack, buscas el amor con Jack, sientes la desdicha de Jack. Me ha hecho gracia que gran parte de la acción transcurra en Granada, ciudad donde yo también viví el primer amor. No me enamoré de una bailarina andaluza como Jack, pero sí de un (aprendiz de) artista andaluz. Pero ya digo que «La mecánica del corazón» habla de El Amor en general, no del primer amor. Del proceso inevitable que todo amor conlleva. De cómo al final, siempre, aunque parezca mentira, sobrevives.
En Francia, el autor publicó un álbum con su banda Dionysos, con canciones inspiradas por el libro y algunos featurings inverosímiles como Rossy De Palma. También se estrenó un musical, y Luc Besson prepara una película de animación en colaboración con Benjamin Lacombe. Una buena muestra de que este libro ya se ha convertido en un pequeño clásico. Como mínimo, yo lo he puesto en mi estantería de «libros especiales». Hay que leerlo.
Estás vivo; distinto, pero vivo.