C’est l’homme ideal, charme au masculin… Sexy boy

No me considero fetichista de nada. Pero no sé qué tendrán los chicos que leen que me vuelven loco. Basta con que sean mínimamente monos y tengan un libro entre manos. La atracción aumenta si además el libro es bueno: algún clásico, algún autor poco conocido… todo lo que se aleje de los best-sellers. Los veo concentrados en la lectura, en el tren, el metro, un parque o un banco, ajenos a lo que los rodea, con el ceño fruncido y esa media sonrisa muy seria que todos tenemos cuando disfrutamos de un libro, y mi imaginación se dispara, mucho más que si estuvieran enseñando carne.

Quizá influye que, por desgracia, no sea tan habitual ver a un hombre joven leyendo. Y menos gay. Recuerdo cuando en el colegio y el instituto me tildaban de gay por preferir quedarme sentado leyendo la bibliografía entera de Stephen King en vez de darle patadas a un balón. Y yo pensaba: sí, soy gay y sí, me gusta leer, per una cosa no tiene que ver con la otra. Tuve que crecer para confirmarlo. Tengo amigos gays y lectores, pero son los menos. Que tampoco pasa nada por no leer un libro, nadie se muere.

Pero los libros constituyen una parte muy importante de mi vida, así que para mí es un tema de conversación casi imprescindible con alguien. Poder hablar de literatura y autores y recomendaciones y capítulos y frases, lo que me ha transmitido cierto pasaje. Disfruto más de esto que hablando de otros temas divertidos sin duda pero que no me llenan del mismo modo. Por eso me apasiona tanto ser librero, y así poder hablar con los clientes de tal o cual libro. Ahora menos, pero en mi anterior librería generalista, me pasaba horas hablando de los libros, los que teníamos en la tienda y los que no. Iba conociendo a los clientes, sus gustos, y les recomendaba libros acordes: a veces a sabiendas de que les gustarían, a veces por intuición. Rara vez fallaba. La gente menos lectora me miraba con cara de susto y preguntaba: «¿Pero te los has leído todos?». Ojalá.

Y volviendo al fetichismo que comentaba al principio, una de las primeras cosas que valoro cuando conozco a algún chico u hombre que me gusta es si tiene o no tiene «cara de leer». No sabría describir qué significa eso de «cara de leer», pero no suelo equivocarme. Supongo que me fijo en eso porque para un polvo da igual, pero no podría compartir mi vida con alguien que no le guste leer. Y otra cosa que me vuelve loco son los escritores guapos. Y que escriban bien, claro. Soy capaz de comprarme toda su obra. Bret Easton Ellis no es guapo pero escribe de tal manera que me da morbazo. Javier Montes y Paolo Giordano son mis últimos descubrimientos: tan guapos como buenos escritores. Supongo que los clásicos estarían orgullosos de mis manías. Mens sana in corpore sano.

Hidden on the pages is the answer to a neverending story

Libros. Como librero me paso el día rodeado de ellos. Y como lector, además me sumerjo cada día en ellos. Siempre han formado parte de mi vida y aunque no necesite un 23 de Abril que me empuje a regalarlos, comprarlos o leerlos (garantizo que hay gente que se piensa que sólo vendemos libros ese día), sí me gusta el día de Sant Jordi. Celebrar la cultura, la lectura. Por eso, estos días que quedan hasta la Diada los voy a dedicar en mi blog a los libros, a mis libros, a lo que significan para mí y lo que me aportan.

Los libros siempre han formado parte de mi vida, desde muy pequeño. Tengo la suerte de pertenecer a una familia con tradición lectora. Al menos por parte de algunos miembros de la familia: mis abuelos, mi madre, yo. Otros familiares no han abierto un libro en su vida. Está bien: el placer de la lectura no es algo que se pueda forzar. De hecho, ése es el error del sistema educativo: en vez de incentivar la lectura, los profesores asustan a los críos imponiéndoles unos libros que no me leería ni yo. Deben hacerlo por venganza de habérselos tenido que leer ellos.

Ya desde pequeño recuerdo que mi abuela me llevaba a un Happy Books hace años desaparecido, cerca de Paseo de Gracia, con una enorme cafetería y un jardín. Era una gozada merendar rodeados de libros. Con nueve años me animé a leer «La Historia Interminable», sentí que era mi primer libro «de mayor». Dejaba atrás unos libros que me tenían fascinado, en plan «Elige tu propia aventura» pero con ilustraciones llenas de pruebas visuales, secretos y laberintos. «La Historia Interminable» me marcó tanto que, años después, nuestra primera librería le rendía homenaje, llamándose Koreander.

Desde entonces, mi vida ha sido un no parar de leer libros, descubrir autores, maravillarme con los mundos en los que me sumergen. Ha habido muchos libros buenos, unos cuantos brillantes y también alguno malo, aunque a estos último no les doy muchas oportunidades: si un libro no me engancha, lo dejo. Los libros me han acompañado en los peores momentos, me han dado fuerzas para seguir, me han enseñado valiosas lecciones. También me han iluminado, me han hecho llorar y reír, me han distraído, intrigado, emocionado, horrorizado. Me han reconfortado.

De adolescente, iba mucho a la biblioteca, pero con el tiempo dejé de ir: hace años que no piso ninguna. Y es que los libros me hacen tanta compañía que necesito tenerlos conmigo, sentirlos bien cerca. No me gusta pensar que ese libro que estoy disfrutando tanto tendré que devolverlo. Me gusta conservarlos en la estantería, saber que están ahí si algún día necesito sus consejos o su magia. Cuando hago una mudanza, no me siento en casa hasta que no tengo mis libros favoritos y mis autores fetiche bien a la vista. Es curioso porque al releer un libro, siempre te cuenta algo nuevo. Como si el escritor lo hubiera corregido mientras no mirabas, le hubiera añadido nuevas palabras y nuevas páginas. Hay un libro para cada momento. Un libro que hoy te deja frío mañana te marcará, y al revés. Quizá incluso hay un libro para cada persona.

Mi sueño siempre ha sido llegar a publicar un libro. Estoy en ello: después de años de letargo, me he puesto manos a la obra y he retomado con ganas una novela que tenía a medio escribir.  Tengo ganas de terminarlo y poder sentir el mismo orgullo que cierto amigo que cumplió su sueño de publicar: orgullo hacia su criatura, su creación; satisfacción. Quiero tener esa sonrisa que se le pone a él cuando habla de su libro, cuando explica detalles y secretos de su elaboración. El día que pueda poner mi propio libro junto a los demás libros que me han acompañado a lo largo de mi vida, sé que todo habrá merecido la pena. Todo.

Source Code / Código fuente

-What would you do if you knew you had one minute to live?
-I’d make those seconds count.

Tenía muchas ganas de ver esta película. Duncan Jones (director de «Moon» y además hijo de David Bowie) y Jake Gyllenhaal son ya dos motivos potentes para ir al cine. Si además le sumas una buena historia que mezcla thriller y ciencia ficción con la dosis justa de romance, no hay excusa. Ya soy un habitual de los cines Verdi, tengo que averiguar si tienen algún abono porque cada semana me tienen allí gracias a su espectacular cartelera.

Colter se despierta a bordo de un tren con destino a Chicago. «He seguido tu consejo», le dice la chica que está sentada frente a él. Más tarde averiguará que se llama Christina. Al cabo de 8 minutos, el tren explota y Colter vuelve a despertarse, esta vez dentro de una cápsula, donde descubre que le habían transportado a la mente de uno de los pasajeros del tren, para que recopile pruebas que ayuden a detener al terrorista que lo hizo explotar. Colter tendrá que volver una y otra vez al tren, hasta cumplir su misión. No se trata de cambiar el pasado. Se trata de evitar futuros atentados gracias a la información que obtenga.

Está claro que cada cual interpreta las cosas a su manera. He leído opiniones muy dispares sobre el mensaje de «Código fuente». Por ejemplo, en una de las críticas que leí, comentaban que la película habla de disfrutar del ahora y de las cosas pequeñas que nos brinda la vida. En otra, que el amor nos lleva a perseguir lo imposible. Y en la maravillosa crítica de Blog de Cine, destacan que «Código Fuente» habla de deseos, de decisiones, de ver lo que tienes, descubrir lo que deseas e ir a por ello. Ninguna de estas interpretaciones son mentira, todas me parecen muy válidas.

Pero para mí, la película habla de nuevas oportunidades. De que siempre es posible empezar una etapa nueva de tu vida, de que tienes derecho a hacerlo. Todos los sacrificios y toda la mierda que has soportado no pueden ser en vano. Para ello, primero tienes que reconciliarte con ese pasado que quieres dejar atrás, cerrar todos los cabos sueltos. Con la tranquilidad de que ahora tomarás las decisiones correctas gracias a los errores cometidos en el pasado. Y, entonces sí, liberado de ese pasado, aceptarás la persona en la que te has convertido («That’s the new me») y disfrutarás relajadamente, con una sonrisa de satisfacción, de todo lo que has conseguido. Que no es poco.

«Código fuente» va rizando el rizo. Sin estridencias. Juega a sorprenderte cuando creías que ya lo sabías todo. Pero lo mejor es que se trata de una película humilde, honesta, sin más efectos especiales de los necesarios ni momentos trascendentales fuera de lugar. Podría decirse que se trata de una película de ciencia ficción contenida, intimista: al final, lo importante es, siempre ha sido la peripecia personal de Colter. Su evolución, o su aprendizaje.

Por eso emociona tanto ese plano congelado de puro cine (cuando lo veáis, sabréis cuál es), porque consigues sentir lo mismo que Colter. Es un momento mágico, de esos por los que te satisface haber pagado 8€ de entrada y así disfrutarlos en pantalla grande de alta definición y con sonido envolvente. Preocuparse de que lo que se expone en la película no es científicamente plausible sería desviarse del tema. «Código fuente» es una bonita fábula. Tan irreal como la gota de mercurio que hay en pleno Millenium Park de Chicago, y sin embargo tan real como esa skyline curvada que refleja.

Everything’s going to be okay.

Gang Bang (Obert fins a l’hora de l’Àngelus)

El mundo ha acabado. Es terrible no tener nunca suficiente.

La polémica vende. Y polémica es lo que han buscado con esta obra. Desde el propio título hasta la ambientación: situar la acción durante la visita del Papa a Barcelona. Las malas lenguas dicen que incluso el famoso incidente en que dos espontáneos interrumpieron una de las primeras funciones al grito de «¡Viva Cristo Rey!» fue un montaje para compensar las malas críticas del estreno. No me extrañaría: ya es casualidad que esas personas irrumpieran justo el día que estaban allí las cámaras de BTV y que además pudieran salir sin ser identificados de una sala cuyo pasillo es tan largo como estrecho y te obliga a pasar junto a numerosos miembros del personal del teatro. Pero en fin, no nos vamos a caer ahora de un guindo, ¿verdad?

Lo triste es que, por lo general, estas polémicas se hacen cuando no hay nada más que ofrecer. El mensaje es tan vacío que hay que ponerle un envoltorio que dé que hablar. Un ejemplo reciente: Lady Gaga y su refrito «Judas». Y digo que lo de «Gang Bang» es triste porque detrás de tanta polémica, detrás de todas esas escenas escatológicas, lluvias doradas, actores en calzoncillos, slings, puños, cadenas, chistes sobre la Iglesia y demás intentos de transgresión, se esconde una buena historia. La polémica la lastra. La polémica y la pretenciosidad: demasiados personajes, demasiadas líneas de acción simultáneas, demasiadas tintas cargadas contra demasiados frentes.

Le quitas todo eso, y te queda la emocionante historia de unas personas atrapadas en la oscuridad de un local llamado «La Luz». Allí, esperan furiosamente un último tren que les saque de una vida que no les gusta. Todos acumulan frustraciones, todos buscan algo allí que nunca van a encontrar, y lo saben perfectamente pero dejan que las horas pasen confiando estar equivocados. Todos necesitan un cambio en su vida, todos culpan a los demás de sus desgracias, todos dan vueltas sin rumbo a lo largo y ancho de La Luz. Todos se sinceran con desconocidos porque eso es más fácil que sincerarse con uno mismo. Necesitan un milagro. Pero ¿existen los milagros? Quizá.

Me quedo con el personaje de Adela (enorme Àngels Poch), la dueña de ese local donde los hombres van a desahogar su sed de sexo. Ella es la que tiene las mejores escenas y la que pronuncia las mejores frases. Gran momento cuando descubres que la mujer se ha tatuado los nombres de los hombres que la han traicionado a lo largo de su vida, para no olvidarlo y no perdonárselo a sí misma. Adela también asegura que se fía sin problemas de toda esa gente influyente que acude anónimamente a su local: «De los que se desahogan te puedes fiar. Los peligrosos son los otros, los que se reprimen; ya sabes cómo acaba eso.»

Pero su gran discurso lo pronuncia a media obra y para mí resume perfectamente de qué va «Gang Bang» debajo de todo ese maquillaje. He intentado buscar las frases exactas por Internet pero no lo he conseguido, así que voy a recrearlo de memoria. Espero encontrar el texto original algún día, porque es un monólogo fascinante. Verdades como puños.

Te pasas toda la vida esperando a que ocurra algo, una señal, que llegue esa fecha concreta. El 11 del 11 del 11, por ejemplo. Ése día será único, por fuerza tiene que ocurrir algo. Tu vida cambiará. Seguro. Pero luego llega ese día, y no pasa nada, todo sigue igual que siempre. Así que continúas adelante, como siempre, y te inventas una nueva fecha mágica en la que depositar todas tus esperanzas.

Janne Teller – Nada

Significado. Vosotros no nos habéis enseñado nada. Así que lo hemos aprendido solos.

De novela vetada a lectura recomendada en los institutos. Ésa ha sido la trayectoria de este libro en Dinamarca, Francia y Alemania. Parece mentira. A estas alturas, y en plena Europa, pero así están las cosas. Debe asustar que alguien haga pensar a los jóvenes. Que no les escriba una novela juvenil sobre amores insulsos sino sobre ellos mismos, sobre el mundo en el que viven, sobre lo que importa y lo que no. Afortunadamente, hay escritoras como Janne Teller, dispuestas a asumir el riesgo.

La sombra de «El señor de las moscas» planea sobre «Nada», que no llega a la altura del clásico pero consigue removerte las entrañas. Te marca. Es la historia del aprendizaje que vivirá la clase de 7º A de un pequeño pueblo danés. Uno de los alumnos, Pierre Anthon, se sube un día a un árbol y se niega a bajar de allí: «Nada importa», recita mientras lanza manzanas a quienes se acercan. «No merece la pena hacer nada». Sus compañeros deciden demostrarle que se equivoca, que hay cosas que sí importan.

La novela es la búsqueda de todas esas cosas que importan. Los alumnos de 7º A van desprendiéndose de sus objetos favoritos, acumulando lo que ellos llaman «una montaña de significado». Sus ganas de derrotar el nihilismo de Pierre Anthon son tan fuertes que se meten en una peligrosa espiral. «Nada» nunca pierde su fría elegancia, pero la búsqueda de significado se vuelve más cruda y salvaje a cada capítulo. Asistes aterrorizado a la crueldad inocente de esos críos, empeñados en demostrar lo indemostrable.

Al final, la novela te obliga a hacer examen de conciencia. ¿A qué cosas llenas de significado has renunciado a lo largo de tu vida creyendo que no importaban? «Nada» nos recuerda lo barato que nos vendemos: al mejor postor, al mejor mentiroso, a los poderes absolutos, por un poco de amor, por un poco de dinero, por un poco de fama. Sacrificamos todo a cambio de nada.

Al cerrar el libro, me sentí absolutamente vacío. No sé si vacío es la palabra. Limpio, como después de una intensa ducha de hora y media. Estuve diez o quince minutos en silencio. Observando mi salón, lo que había más allá de la ventana; hojeando otra vez el libro, anotando las mejores frases en mi Book Journal. Pensando, pensando mucho. Acumulando en mi mente, despacio, con cuidado, mi propia montaña de significado.

Leedlo.