Stéphane Hessel – ¡Indignaos!

La peor actitud es la indiferencia.

Frustración. Es lo que sentí al acabar este «¡Indignaos!». Y es que si este texto es lo que tiene que poner en pie a la juventud europea, vamos apañados. Lo llaman libro pero en realidad es poco más que un folleto de 30 páginas con tipografía enorme y un prólogo de José Luis Sampedro casi más largo que el propio «libro». Un folleto que se queda en agua de borrajas: lo más revolucionario que tiene es el título y la imagen de la portada. Eso sí: buena voluntad no le falta.

Y me da lástima. Me da lástima poque Stéphane Hessel, resistente francés durante la Segunda Guerra Mundial y uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a sus 93 años siente que su vida llega al final y no quiere dejar el mundo tal como está. Luchó por un mundo mejor, y quiere que los jóvenes sigan su ejemplo. Quiere pasarles el testigo. Para ello, pone todo su empeño y sus mejores intenciones en escribir una especie de libro-despertador.

Pretende que los jóvenes se movilicen, aboga por una indignación pacífica. Recuerda que no hay que depositar las esperanzas en gobiernos ni opositores, que no hay que permitir a los poderosos que nos manejen. Hay que coger las riendas, protestar. Y todo esto está muy bien, pero Hessel se queda en la superfície, acaricia muchos temas sin llegar a desgranar ninguno. Y se quiere comunicar con los jóvenes, abrirles los ojos para que vean cómo se les está arrebatando su futuro… pero no creo que la mejor forma de que reaccionen sea hablándoles del trato a los gitanos o de la situación en Palestina. ¿De verdad no podía buscar ejemplos de problemáticas que afecten mucho más directamente a los jóvenes europeos?

El folleto viene precedido de un éxito sin precedentes en Francia: 800.000 ejemplares vendidos en apenas cuatro meses. Estos buenos resultados se han repetido aquí: ha sido el libro de no-ficción más vendido este Sant Jordi, muy por encima de libros mediáticos y de autoayuda. Desde luego, en este éxito ha ayudado el precio: 5 €. Y encima regalar falsa rebeldía siempre queda bien, es como regalar una camiseta del Che. Pero es una rebeldía de cartón piedra, como una colonia: huele mucho cuando te lo pones, pero su olor acaba diluyéndose con el paso de las horas. Los lectores de «¡Indignaos!» cerrarán el librito con ganas de cambiar el mundo, pero al día siguiente seguirán viviendo exactamente como siempre. Eso sí, presumiendo de que se han leído «¡Indignaos!».
¿De qué extrañarse? No olvidemos que, en España, la editorial que ha publicado este texto que clama contra los poderosos, pertenece nada más y nada menos que al Grupo Planeta. Es lo que advertían en «The Matrix»: destellos de libertad, de revolución, ilusiones para disimular las cadenas y que las masas sumisas no enloquezcan. Pero mejor esto que nada, supongo. En el fondo, es más esperanzador que «¡Indignaos!» sea el libro más vendido, y no uno sobre el Barça, sobre un programa de television hortera o la enésima autoayuda descafeinada de algún charlatán. Por mi parte, seguiré recomendando Nada de Janne Teller, que eso sí que es auténtica terapia de choque.

Alessandro Baricco – Seda

Llovía su vida, frente a sus ojos, espectáculo quieto.

Hasta ahora no había leído esta novela breve que, como librero, me he hartado de vender en Navidades y Sant Jordis varios. Supongo que es de esos libros que siempre queda bien regalar: no es muy largo, es famoso pero tampoco cabe desprestigiarlo como best-seller, la temática es exótica, la portada es atractiva, está bien escrito pero es «fácil de leer»… Lo leí en una tarde y, aunque no es una obra maestra y quizá ha tenido más éxito del merecido, sí reconozco que es un libro bonito. Sencillo, pero muy bonito.

Sus capítulos cortos se suceden como finos hilos de seda, entrelanzando con elegancia una historia sobre la costumbre versus la pasión. Más que capítulos, se trata de una sucesión de pequeños poemas en prosa, frases a modo de pinceladas que nos hablan de amores que no fueron, pájaros que quieren escapar de sus jaulas y gusanos de seda que mueren a medio camino sin cumplir su cometido. «Seda» nos  habla del enorme poder de atracción que tiene lo misterioso o inalcanzable. Recurre a tópicos continuamente (lo misterioso = lo exótico, Japón) pero construye una atmósfera tan etérea, tan de cuento de hadas que ninguno de esos tópicos chirrían.

No he visto la película, pero intuyo que difícilmente consiguieron capturar esa belleza contenida del libro, habrán trufado esta historia de mucha acción y diálogos innecesarios. Es una novela triste, muy melancólica. Muy oriental, supongo, porque se basa en los gestos y en lo que no se dice, en la fuerza de las bellas imágenes que describe: labios que se acercan gracias a una taza de té, lagos que se rizan con el viento y bandadas de pájaros surcando el horizonte… La verdad es que mientras leía «Seda», sentía que estaba leyendo uno de esos preciosos cuentos ilustrados «para adultos», algo de Benjamin Lacombe o Rebecca Dautremer, pero una edicíón de la que alguien cruel había arrancado las ilustraciones.

Todo es previsible, pero se lee tan rápido que apenas te da tiempo a adivinar. Al final te quedas con la sensación de tener un retazo de seda en las manos: tan magnífico como liviano, valioso pero casi intrascendente. Lo dicho: muy de regalar para quedar bien y muy de leerlo con una sonrisa si os lo regalan.

Es un dolor extraño. Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca.

Scream 4

Cuánto me duele no haber visto «Scream 4» en el Festival de Cine de Sitges para poder aplaudir efusivamente tras cada escena, cada frase y cada guiño. El ambiente friki-festivo que se vive en Sitges es único. Las butacas están pobladas de gente variopinta, unidos porque disfrutamos del cine fantástico y de terror, nos lo pasamos bien y lo compartimos. Cada película allí es una pequeña fiesta. Aplausos, risas y gritos.  Es un festival que le sentaría como un guante a una saga cinéfila y traviesa como «Scream». Nada que ver con la desoladora sala medio vacía que me encontré el miércoles: una pareja de chinos que creo que no entendían castellano, otra pareja que iban allí a liarse, un grupo de amigas que pretendían contarse media vida y un grupo de críos que sólo querían reírse con cada salpicadura de sangre para demostrar que no pasan miedo, que ya son mayores. En fin, yo a lo mío.

Sospecho que no fui el único que se echó a temblar cuando anunciaron la cuarta parte de «Scream». ¿De verdad era necesario resucitar 11 años después esta saga? ¿No habíamos tenido suficiente con el espanto de «Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal»? Pero es que, como ya ocurría con «Toy Story 3», precisamente la fuerza, la razón de ser de «Scream 4» es el largo tiempo que ha transcurrido desde la anterior entrega. Hemos crecido, el cine de terror ha evolucionado, la industria del cine naufraga en un mar de remakes y reboots, ahora las grandes historias se cuentan en las series de televisión, tenemos vida 2.0 y móviles con todas las aplicaciones imaginables…

Todo eso lo coge «Scream 4» y lo aprovecha para armar una celebración del cine de terror, con todo lo bueno y todo lo malo del género. Es un emotivo homenaje a la saga, un fan-service descarado y contínuo. Hay sustos, claro, pero la intención primordial es que los espectadores se diviertan. Incluso que se rían, con un espíritu autoparódico sanísimo y desternillante que las prescindibles «Scary Movie» jamás podrán alcanzar. Su público objetivo somos aquellos que crecimos con «Scream», que las vimos en el cine y después las alquilábamos en VHS, que íbamos a ver en tropel sucedáneos descafeinados como «Sé lo que hicistéis el último verano».

Desde un prólogo deslumbrante a un tercer acto apoteósico, la película se resume en dos frases: «New decade, new rules» y «Don’t fuck with the original». Lo han conseguido. Una secuela digna (tan digna que es la mejor película de la saga tras la primera parte), un gran homenaje que mantiene el espíritu pero también sabe renovarse. Hay fallos, claro: el ritmo a veces decae, las muertes no impactan tanto como deberían y se le podría haber sacado aún más jugo a la vida 2.0. Pero da igual: me conformo con haber disfrutado tantísimo con algo que pensaba que iba a ser aún más espantoso que la resurrección de Indy. Supongo que no se comerá un rosco porque las nuevas generaciones no la entenderán (ni se molestarán en informarse y descubrir que ese «4» implica que hay tres entregas anteriores), pero pueden sentirse orgullosos de dejarnos tan satisfechos a quienes sí crecimos con «Scream».

A todo esto, la obra magna del metacine, de los homenajes, parodias, guiños y ejercicios de estilo en torno al cine fantástico y de terror, sigue siendo la serie de televisión «Supernatural». Salí del cine con unas ganas inmensas de retomarla.

Sant Jordi Reloaded

Adoro Sant Jordi desde bien pequeño. Mis primeros recuerdos son de perderme junto a mi abuela entre las paradas y el bullicio de gente. Siempre hacía sol y por una vez parecía que todos leíamos. Recuerdo que pensaba que las rosas no se compraban, que en las paradas las regalaban; todo el mundo sonreía tanto al comprarlas que no daba la impresión de que las pagasen a precio de oro. Mi abuela era muy especial, por eso uno de los primeros libros que me regaló -tendría yo 11 o 12 años- era un estudio pormenorizado sobre los crímenes de Jack El Destripador, libro que aún atesoro junto a otros del mismo tema que me he ido comprando yo mismo con los años.

Sant Jordi para mí significa (cómo no) libros: libros baratos, libros anunciados, libros expuestos, libros comentados, libros regalados, libros disfrutados. Sant Jordi implica esa curiosa imagen de encontrarte al día siguiente mucha gente leyendo en el tren y el metro. Sant Jordi me recuerda también al mejor día del colegio y el instituto: los resultados de los «Jocs Florals», certamen literario en el que a menudo ganaba gracias a alguno de los relatos y poemas que presentaba. Era el único día «de clase» (aunque en realidad fuera fiesta) donde nada se torcía, nada ni nadie me estropeaba esos momentos de satisfaccion.

Mi abuela murió una semana antes de Sant Jordi, y aquel año, en su honor, inicié una tradición: autorregalarme un libro cada Sant Jordi. Tradición un poco absurda, leo tanto que me compro libros casi cada semana, pero los libros de Sant Jordi tienen algo especial. Me encanta tener «fichado» el libro que me compraré desde mucho días antes y esperar impacientemente a comprarlo el 23 de abril. Es como si lo leyera con más ganas, como si significase mucho más que otros libros. Suelo dejar aparcadas las demás lecturas para darle prioridad a los libros de Sant Jordi.

Y por supuesto, me gusta que me regalen libros y me gusta regalarlos. Lo que más me gusta es sorprender, y por supuesto que me sorprendan (sobre todo porque no lo pongo fácil: soy ávido lector y encima librero, combinación terrible para quien tenga que regalarme un libro). Este Sant Jordi será la primera vez en 10 años que no siga esta parte de la tradición de Sant Jordi. Ni regalaré ni me regalarán. Y la verdad es que lo echaré de menos. El último libro que me regaló mi ex fue nada más y nada menos que «La soledad de los números primos», probablemente mi libro preferido de esta década y de lo más bonito que he leído jamás. Las vidas de Alice y Mattia me marcaron tanto que aún hoy sigo acordándome de ellos. Como dos viejos amigos que no volveré a encontrar. Veo difícil que alguien supere este regalo.

Este año voy a autorregalarme no uno sino dos libros. Y una piruleta con forma de rosa. Esta vez me ha costado más que nunca elegirlos, pero ya los he decidido: Las obras selectas de T.S. Spivet (Reif Larsen) y Antes de las jirafas (Matías Candeira). Ya los comentaré puntualmente en este blog.

Our aspirations are wrapped up in books

Hoy haré un repaso por todos esos libros que más me han marcado. Todo lo que me han enseñado y lo que me han hecho disfrutar. Me voy a dejar muchos en el tintero (es el problema de leer «demasiado» y no tener tan buena memoria como me gustaría), pero intentaré que esta selección sea un pequeño repaso de mi vida lectora. Y a vosotros, ¿qué libros os han marcado a fuego?

Michael Ende – La historia interminable
Ya lo dije hace un par de días: fue mi primer libro «de mayor». Sigue fascinándome cómo trata la relación que se establece entre un libro y su lector. Cómo incluso el libro más vendido consigue hacerte sentir su único lector mientras navegas entre sus páginas. Sólo yo he cruzado junto a Atreyu el oráculo de las esfinges. Imprescindible tener la edición con las ilustraciones que abren cada capítulo e impresión a dos tintas.
Los buenos libros te absorben absolutamente.



Andreu Martín + Jaume Ribera – Serie Flanagan
En este caso, no se trata de un solo libro, sino de toda una colección narrando las aventuras de Flanagan, un detective adolescente. De pequeño, mi sueño era ser detective. Con estos libros, aprendí que ni siquiera los detectives se libran de hacer los deberes y sufrir. Mucho humor y casos que enganchan. Novelas juveniles que se pueden disfrutar incluso de mayor. Porque si por algo destaca Flanagan es por describir mejor que nadie qué significa crecer. Libro a libro, creces y evolucionas con Flanagan. Mi favorito: «Los vampiros no creen en Flanagan», pero todos son fantásticos y aún hoy devoro cada nuevo libro de la serie que publican.
¿Ser detective? No hay nada más misterioso ni fascinante que vivir.



Michael Crichton – Parque Jurásico
Después de ver la película 4 veces en el cine, todavía me quedaban ganas para más dinosaurios, así que me compré el libro. Y me encontré la mejor novela de aventuras, además de la mejor novela de Michael Crichton. Una fábula sobre la codicia del ser humano, sobre cómo se ordena el caos, sobre cómo la naturaleza siempre encuentra su camino. Fascinante es poco. Mucho más que un best seller.
El libro siempre es mejor que la película.



Arthur Conan Doyle – Estudio en escarlata
Sherlock Holmes es un personaje imprescindible de la literatura. Drogadicto pero lúcido, antisocial pero con don de gentes, descuidado y analítico, científico y artista… Un cúmulo de contrastes que lo hacen único. Un consejo: no os leáis las aventuras completas de Sherlock Holmes de una tacada porque aparte de un empacho literario, llega un punto que detectas enseguida los trucos de Conan Doyle, los casos pierden todo su misterio. De todos modos, lo que más fascina de estos libros es el propio personaje de Sherlock Holmes, todo lo demás es accesorio para que él pueda lucirse. Mi favorito: «Estudio en escarlata».
Las respuestas están en los pequeños detalles.



Stephen King – It
Empecé con 11 o 12 años a devorar los libros del señor King. Y entre mucha morralla (que la tiene), hay verdaderas obras maestras: «Misery», «Carrie», «Apocalipsis», «La larga marcha», «El juego de Gerald», «La tienda», la saga «La Torre Oscura», etc. Pero «It» es el mejor de todos. Qué bien explota los miedos que todos hemos tenido. Un lavamanos nunca había sido tan terrorífico. Y si el problema de Stephen King son los finales (sus libros suelen desinflarse en la última recta), ésta es la excepción: qué llorera. El inevitable olvido.
La vida nos tiene reservados caminos separados para cada uno, y eso no es malo.

Terenci Moix – El día que murió Marilyn
Mi libro favorito de mi autor favorito. También fue el primero que me leí. Me enamoré ya de sus primeras frases: «A veces, aún te deseo. Quizá ahora mismo. Ahora, quizá te abrazaría. Pero siempre con miedo, siempre con miedo y un poco más de tedio». Retrato generacional. La posguerra a pie de calle. La aventura de hacerse mayor en un mundo donde los adultos son más inmaduros que tú mismo. Los amores y los amigos perdidos. Las vacaciones de verano que no volverán. Nostalgia en estado puro. No sólo del pasado: también nostalgia del futuro que no fue. Hay cierta despedida bajo la lluvia que me parece lo más emotivo y verdadero que se ha escrito jamás. Tengo pendiente releerlo, ya haré crítica completa en el blog.
Te conviertes en un verdadero adulto el día que te das cuenta que sólo puedes depender y apoyarte en ti mismo.

Oscar Wilde – El retrato de Dorian Gray
Y mi otro libro favorito junto al anterior. Una obra para la que no pasan los años; cada vez que la leo me parece más actual. Oscar Wilde en estado de gracia. Diálogos brillantes y una historia descarnada sobre la vanidad. El culto al físico por encima de todo lo demás, todo lo que sacrificamos a cambio de cosas fugaces. También habla de lo monstruosos que nos volvemos por culpa del amor… o de la ausencia de él. Recomiendo la lujosa edición de Galaxia Gutenberg, una maravilla.
Acepta tus defectos para vivir libremente y sin hacer daño a los demás.



Bret Easton Ellis – Glamorama
Después de dos autores tan recargados como Oscar Wilde y Terenci Moix, el estilo glacial de Bret Easton Ellis me impactó. Sus libros siempre retratan con precisión quirúrgica a gente perdida en un mundo absurdo del que no saben salir. Flotan por la vida dando torpes brazadas. Todas sus novelas son magníficas, pero personalmente me quedo con «Glamorama». Ese mundo de modelos terroristas y gente tan famosa que ya ni se reconocen unos a otros.
No busques la perfección: todo tiene manchas.

Mark Haddon – El curioso incidente del perro a medianoche
El mundo visto a través de los ojos de un niño autista. A estas alturas, quizá el libro os parecerá sobrevalorado, se le ha dado mucha publicidad. A mí me sigue pareciendo una joya. A través de las reglas «absurdas» por las que se rige el mundo de Christopher, te replanteas tu forma de entender lo que te rodea. ¿Por qué hay cosas que damos por sentadas? ¿Por qué un buen día es ése que hace un sol radiante y no el día que te cruzas con cinco coches rojos?
Nada como un cambio de enfoque para verlo todo más claro.



Chuck Palahniuk – Nana
Con un estilo clínico y salvaje parecido a Bret Easton Ellis (sin llegar a su altura), se trata de otro autor imprescindible, aunque sus 2 últimos libros (Rant y Snuff) sean espantosos. «Nana» me parece su mejor obra, incluso por encima de «El club de lucha» o «Monstruos invisibles». Una road movie enloquecida para destruir todos los ejemplares de un libro de poemas africanos con el poder de matar a quien lo escucha. Como siempre, Palahniuk no deja títere con cabeza. No tiene piedad. Nosotros tampoco.
A menudo olvidamos el poder de nuestras palabras.

Kazuo Ishiguro – Nunca me abandones
Triste y desolador. Durísimo, tan duro como esos días negros en que parece, que tu vida se derrumba. Al terminar el libro, no pude dejar de pensar en él durante semanas. Hablé más a fondo de todo lo que me transmitió esta historia en la crítica de la película. Una pequeña joya a la que afortunadamente, ahora se le hace un poco más de caso gracias a la película. Esta semana he vendido varios ejemplares en la tienda y no podía dejar de sonreír.
Aprovecha cada segundo, porque al final del día no hay mayor recompensa que haber vivido.

Haruki Murakami – Crónica del pájaro que da cuerda al mundo
Para mí (a falta de leer «1Q84»), el libro más críptico, intimista, apasionante y complejo del autor japonés de moda. Es de esos libros en los que «no pasa nada» y sin embargo te mantienen enganchado. No puedes soltarlo. Alucinas con el protagonista mientras su vida se va volviendo más y más absurda. Su mujer le ha dejado por causas desconocidas,, y en la búsqueda de respuestas, primero tendrá que volver a descubrir quién es él. Se rodeará de gente muy extraña que no sabes si quiere ayudarle o todo lo contrario.
No te reencontrarás a ti mismo en el fondo de un pozo: sal de ahí.



Paolo Giordano – La soledad de los números primos
Quizá el libro más bonito que he leído jamás. La sensibilidad de Giordano es única. Se fija en los pequeños gestos, defectos y manías de sus personajes para explicarte no sólo cómo es su vida: también cómo es la tuya. No me cansaré jamás de recomendar esta maravilla. Una oda a la compañía del silencio. Es un libro que todo el mundo debería leer, aunque muy poca gente será capaz de apreciarlo. O eso creía, porque hasta ahora me consta que todos los que lo han leído gracias a mi insistencia, han quedado fascinados por sus páginas. Siento que mi primera crítica no le hacía justicia a su grandeza, tengo que releerlo y recomentarlo.
Hay que aprender a soltar lastre y seguir adelante.