Dios odia a los cobardes

Hubiera sido tan fácil como decirte hola. Tú ya habías hecho lo demás: mirar, sonreír, acercar posiciones. Un amigo se dio cuenta y me animó a lanzarme. Sí, te diría hola y nos presentaríamos a gritos susurrados, nos contaríamos quiénes eran esos para evitar malentendidos, compartiríamos nuestras canciones favoritas del concierto, con suerte serían las mismas aunque en las vidas de uno y otro significaron distinto, después saldríamos a cenar todos en pandilla, riéndonos como anticipo de futuras noches, subiríamos a tu casa y no tendríamos que hablar mucho más hasta que ocurriera lo de siempre, y estaría bien, ya sé que sí. Hubiera sido tan fácil que me eché atrás. Preferí seguir a lo mío. Cantando hacia el escenario, levantando el brazo en los momentos álgidos, coreando con mis amigos. Cómo explicarte entre saltos que más que cobardía lo mío es cansancio.

Fotografía: Jean-Baptiste Huong.

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