Gabriele Picco – Lo que te cae de los ojos

“El Universo no piensa, sucede.”

Un libro curioso éste. Y no sólo por su título o su (fantástica) portada con esa escultura donde las lágrimas se convierten en peceras. Curioso porque me ha gustado y no me ha gustado al mismo tiempo. ¿Es eso posible? Sólo sé que en el cuaderno donde voy registrando mis lecturas, con fechas, citas y valoraciones, todavía no sé si puntuarlo con una estrella o con cuatro. Puntuaciones al margen, recomiendo leerlo.

Alguien incapaz de llorar, un italiano en Nueva York que se dedica a fotografiar las lágrimas de los demás porque en ellas ve mundos enteros, en ellas puede leer el pasado y parte del futuro de esa persona. Y una japonesa que ha perdido su cuaderno de dibujos mágicos y que envía cartas a Dios pero siempre las recibe de vuelta por culpa del “Destinatario desconocido”. Ellos dos son los protagonistas de la historia, pero la galería de secundarios es igualmente peculiar: dos vecinos enamorados que se odian, un director de cine hippie que siempre va con una cámara en la cabeza para grabarlo todo, etc. Los ingredientes para una gran novela están ahí pero…

…Pero, aunque el estilo evoca al de Mathias Malzieu, fábulas urbanas donde los edificios se derriten como la nata, Picco nunca iguala el talento excepcional del francés; en Lo que te cae de los ojos, lo que debería ser magia a menudo se queda en metáforas confusas. …Pero, aunque la lectura es trepidante ya que la mayoría de capítulos no superan las 4 páginas, ese ritmo frenético llega a aturdirte en una novela con tantos personajes y tantos cambios de punto de vista. No es extraño, pues, que los mejores pasajes del libro lleguen cuando Picco echa el freno y se detiene a observar, a compartir contigo la magia de lo que sucede alrededor. Maravillosa descripción de dos personajes hablando, vistos desde la ventana, por ejemplo. O un pájaro observando lo que sucede en la playa. Es ahí donde la novela funciona, se despliega ante nosotros en todo su esplendor, como un libro pop-up.

Los dibujos (en la novela son del cuaderno de Kazuko, pero dibujados en realidad por el propio autor) adornan el libro con acierto, como esta ciudad sobre una hoja. Son esos dibujos, y un par de capítulos hacia el final del libro, los que mejor transmiten lo que quería contarte Picco, y por eso recomiendo tanto su lectura. La realidad es la que tus ojos deciden ver. Tienes la opción de conformarte con algo gris, apenas cuatro líneas asépticas en la página de sucesos de algún periódico, o puedes ver mundos en las lágrimas, volar con una gaviota herida, tocar cajas amarillas, dibujar mujeres gigantes en la arena, construir peces con las manecillas de un reloj y buscar incansablemente la cola de un sueño. Puedes. ¿Quieres?

Sí, ya todo está escrito, está ahí, en los periódicos que salen todas las mañanas de todos los días de todos estos malditos años que son nuestra vida. El tiempo. Las letras. Las palabras. Ahí está, tirada en el suelo. La primera página del New York Times. Ese mundo rectangular que huele a tinta y que lo contiene todo. Basta con saber mirarlo. Y borrar lo superfluo. Lo superfluo del todo: lo que nuestra vida no es.

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