Viva Las Vegas

“Se nos ha dado la oportunidad de habitar, no lo olvidemos, en un mundo concebido para nuestra fascinación; tenemos la posibilidad de habitar en el más perfecto de los mundos.”
(Vicente Haya – “El espacio interior del haiku”)

Me gusta la canción Viva Las Vegas de Aqua. Hoy me he dado cuenta de que no me gusta sólo por ese ritmo trepidante que te invita a cruzar las calles con paso decidido, como si estuvieras en un vídeoclip. Sobre todo me gusta porque habla de llegar a una nueva ciudad y deslumbrarte ante la avalancha de cosas (cosas pequeñas y cosas brillantes) que ésta te ofrece. Es lo que pasa cuando haces turismo, que exploras cada rincón, visitas museos y plazas y calles y todo tipo de lugares cuyos equivalentes en tu ciudad apenas conoces, los pasas de largo. La costumbre mata la sorpresa.

Hace cosa de año y medio, yendo al trabajo me detuve junto a la avalancha de turistas que hacían fotos de la Sagrada Familia. No es mi edificio favorito de Gaudí, de hecho ni siquiera me parece bonito. Pero los turistas sonreían ante él, lo fotografiaban, señalaban detalles boquiabertos. Pensé que nunca he estado dentro de la Sagrada Familia. Llevaba años pasando por delante cada día y no lo miraba. Aquel día, y muchos otros a partir de entonces, lo contemplé admirado como habría hecho en cualquier otra ciudad, y descubrí la representación de unas frutas de colores en lo alto de una de las torres. Reparar en aquel detalle (aquellas frutas de piedra brillando bajo el sol) me alegró la tarde.

Pero no se trata sólo de monumentos. Lo más sorprendente nunca está en los mapas. Las calles de asfalto gris, esas mismas que atravesamos cada día en el itinerario de nuestra rutina, en realidad son un microcosmos de pequeñas maravillas en las que fijarse, detalles que esperan que alguien se detenga y los convierta en poesía. Una baldosa fuera de sitio, una pintada desdibujada por la lluvia, libros colgando de un escaparate. Son esos pedazos los que dan alma a cada ciudad. Los vemos cuando salimos fuera, pero también existen en nuestra ciudad.

 De eso tratan los haikus: de la belleza aquí y ahora, en cada rincón. Recomiendo leer libros de haiku. Son perfectos para aprender a apreciar la belleza que nos rodea. Después de una sesión de lectura, sales a la calle y todo parece nuevo, porque tus ojos son otros. Hoy he escrito estos dos haikus mientras volvía a casa por la misma calle que ayer sólo me pareció una línea recta, quince minutos de fachadas invisibles:

El viento arrastra
Una flor pequeña y una colilla
Que alguien tiró

Una paloma vieja
Paso a paso atraviesa la calzada
Hay un charco

No son gran cosa, pero son míos. Todo es empezar. El primer paso es abrir los ojos, el resto ya irá llegando.

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