Javier Montes – Segunda parte

Fue la reseña de esta “Segunda parte” en la revista Qué Leer lo que me llevó a hacerme con los dos libros de Javier Montes. Primero me leí “Los penúltimos”, una joya de la que ya hablé aquí mismo hace unos días. Y aunque (por el argumento, el primer capítulo, la portada y en realidad todo) estaba convencido de que este segundo libro me gustaría mucho más, debo admitir que me ha decepcionado un pelín. La sinopsis es la siguiente:

¿Qué heredamos de los ausentes? ¿Cuánto –o hasta cuándo– está permitido echarlos de menos? ¿Hablan las cosas cuando desaparece su dueño? ¿Es más dulce el amor o su recuerdo? 

A traición –astuto como siempre o más inocente que nunca–, Rule aprovecha el momento cumbre de una boda en el campo para anunciar a Miguel su mudanza a Río de Janeiro. En Madrid, una anciana directora de cine prepara un remake de su primera película. Precisamente desde Brasil viaja el joven actor que sustituirá a Farley Granger, la estrella menor de Hollywood que la protagonizó en secreto. 

El riesgo del olvido y los peligros de la buena memoria; los castings para reemplazar un amor vacante; los padres que se modernizan sin dejar de ser terribles; la tentación dolorosa de nuevas oportunidades y segundas partes.

No es que segundas partes nunca sean buenas (“Segunda parte” no tiene nada que ver con “Los penúltimos”), pero creo que la historia daba para más, mucho más. No me suele ocurrir que a un libro le eche en falta 100 páginas, y menos hoy en día que apenas tengo tiempo y suelo optar por libros cortitos, pero en este caso ha sido así: me hubiera gustado leer más de Miguel y Fred y Patricia y los padres de Miguel y, claro, Rule. Supongo que en el fondo es bueno eso de que un libro te deje con ganas de más.

Javier Montes sigue con su habilidad única para captar lo único en lo cotidiano. No dice nada nuevo, pero lo dice de tal manera que parece que alguien te esté hablando por primera vez de todo eso. Utiliza un lenguaje llano, muy actual, para emocionarte como nadie describiendo exactamente cómo se siente la pérdida, cómo siempre el olvido parece imposible al principio, cómo se enfrenta uno tras la ruptura al proceso de aterrizar y seguir adelante.

La mirada de este escritor se fija en los detalles que a otros nos pasarían por alto, saca brillo a un simple gesto, un simple recuerdo, un simple paseo por el Madrid de siempre. Es increíble la sustancia que extrae Javier Montes de las minucias de nuestro día a día. Su prosa es tan sencilla como mágica, enlaza una emoción tras otra; se lee sola, como al beber limonada en pleno agosto. Sus diálogos son tan naturales y distinguen tan bien las voces de los personajes que parece que estés oyéndoles hablar, no leyéndoles.

Me ha gustado especialmente la relación entre Miguel y su madre. Después de dos gestos y dos frases entre ellos, te da la sensación de que ya los conoces de siempre, son parte de tu familia y comprendes muy bien su forma de entenderse. También tienes esa sensación con Rule y Miguel: nunca se dan demasiados detalles de cómo funcionaba su relación o cómo se conocieron siquiera, pero de algún modo, lo sabes.

En resumen: “Segunda parte” no es tan perfecto como “Los penúltimos”, pero merece mucho la pena leerlo. Estaré muy atento a los próximo libros de Javier Montes.

Y como mis dos párrafos favoritos del libro están en sus últimas páginas y no quiero spoilearos el final, voy a poneros un trocito de una página aleatoria de “Segunda parte”:

Los dos soñaban mucho despiertos: en eso como en otras cosas se parecían, aunque costaba verlo y a primera vista no podían resultar más distintos. Pero Rule soñaba para fuera y Miguel más bien para dentro. Las vidas paralelas de Rule eran prácticas y pedían ser llevadas a la práctica, aunque casi siempre se quedasen en nada. Miguel era más de estar en Babia de una forma que quizá había heredado de su padre: toqueteaba las ideas como quien palpa y no compra fruta en el mercado, mirando las que parecían maduras y podían pensarse a conciencia, olisqueándolas por la punta y sólo después de muchas dudas decidiéndose por una y guardándola todavía al fresco un tiempo antes de abrirla y probarla.
(Javier Montes, Segunda parte)
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