Me costó engancharme a «Friends». No fue hasta que mi ex se compró las tres primeras temporadas mediante un coleccionable semanal en los kioscos que decidí darle una oportunidad. Me fascinó, claro. Comprendí entonces que no era malo que le gustase tanto a los más garrulos de mi instituto, porque ahí reside la grandeza de esta serie: le gusta a todo el mundo. A todo el mundo de nuestra generación, al menos.
Después de aquello, vi salteados muchos capítulos en televisión, muchos más de los que creía, pero curiosamente, ninguno de las dos últimas temporadas. El año pasado ya empecé a ver la serie completa y en orden (otra vez, gracias a mi ex: se compró la caja con las 10 temporadas), y tras una parada técnica (ya se sabe: las rupturas y sus consecuencias), el viernes pasado la terminé por fin. Viví esta series finale con cierto entusiasmo ya que había logrado mantenerme al margen de spoilers. Conceptos estos (series finale y spoilers) muy posteriores a «Friends», pero me gustó poder aplicárselos.
Fue una sensación extraña. Antes de ver el final, sentía como si «Friends» fuera eterna. Podías verla cronológicamente o bien cazar al vuelo un capítulo aleatorio haciendo zapping; te reirías seguro y esos 6 amigos estarían siempre allí, en tu pantalla. A veces más viejos y a veces más jóvenes, mejor o peor peinados según la temporada, pero siempre igual de divertidos, sostenidos en una especie de limbo, negándose a avanzar, a «madurar» (no sé cómo expresar el famoso Let go, move on de «Lost»). Después del último plano y del último fundido a negro comprendí que no, que incluso «Friends» terminaba. Que sí, que Chandler, Joey, Monica, Phoebe, Rachel y Ross seguirán garantizándote risas cuando los necesites, pero que incluso ellos crecen y siguen adelante con sus vidas.
De eso va «Friends», en el fondo. Del paso a la auténtica edad adulta, de cruzar la barrera de los 30, de asumir responsabilidades casi sin darte cuenta, hasta que ya no hay marcha atrás. De romper esa burbuja en la que parece que durante un instante muy largo todo seguirá igual. Afortunadamente, lo que podría haber sido una historia triste es en realidad una comedia muy divertida, sin más pretensiones que hacerte reír. Y lo consigue a cada escena, a cada frase, ofreciéndote ratos agradables a través del día a día de 6 amigos (sus trabajos, sus amoríos, sus fiestas, sus cafés, sus pequeñas rencillas, sus experiencias…). Es el paradigma del formato sitcom. El único caso en el que ninguna de las risas del público parece forzada.
Leía esta mañana en otro blog que el éxito de «Friends» era gracias a que todos nos sentíamos identificados, a que era real. Discrepo ligeramente. Sí, claro que la serie trata situaciones más o menos absurdas que todos hemos vivido en mayor o menor medida, y por eso nos reímos tanto, pero considero que el éxito de «Friends» radica precisamente en la visión idealizada, irreal incluso, que nos ofrece de la amistad en particular y de la vida en general.
Puertas que se abren sin necesidad de llaves, visitas que siempre son bienvenidas aunque te pillen en la situación más incómoda, cafeterías eternas donde siempre tienes el mejor sitio asegurado aunque no vayas a consumir nada, cafeterías donde los camareros son uno más de la familia (vale, quizá ese pariente que intentas tener lejos en las bodas), trabajos soñados que siempre acaban llegando, problemas que duran como máximo de 20 minutos (lo que dura un capítulo), polvos y rupturas que nunca afectan al grupo de amigos (nadie juzga, nadie se posiciona), pisazos en el corazón de Nueva York que a todos nos encantaría tener porque además puedes pagarlos incluso estando en paro, carácteres muy dispares que dan lugar a amistades inquebrantables, reencuentros con una ex que lejos de ser incómodos siempre dan pie a una nueva anécdota memorable, aquí incluso ligar resulta tan sencillo que sólo hace falta saludar al otro para que acepte salir contigo… En «Friends», lo bueno es inmejorable y lo malo también te hace soltar una carcajada. Y lo aceptas, lo abrazas con cariño y entusiasmo porque en la vida real no es así, pero debería ser así.
«Friends» es en definitiva un cuento de hadas. El de seis amigos en Manhattan. Lo mejor de todo es que, terminada la serie, no te preguntas cómo les irá, qué hacen, cómo están, porque tienes la certeza absoluta de que siguen compartiendo juntos los mismos momentos inolvidables y las mismas risas, aunque ya no les puedas ver porque ahora es tu turno. Ahora te toca a ti avanzar, descubrir qué hay allí fuera.









