Come into my world

Como él no se decidía, te decidiste tú. Ya entonces sabías que aquel verano eterno no iba a durar toda la vida. Dejaste el libro de bolsillo y el bañador sobre la toalla de rayas y con el ímpetu de tus dieciséis años te lanzaste a la piscina. El hombre barbudo te siguió. Te asustaron un poco el ruido y las gotas de agua contra tu espalda, pero también te excitaron. No sabías qué ocurriría a partir de ahora: solo lo habías planeado hasta este momento. Los otros brazos te envolvieron y te dejaste llevar por la intuición. Desde el balcón tu madre pudo ver cómo dejabas de ser su hijo para convertirte en el hombre que con los años traería aquí novios y amantes, algunos incluso se los presentarías, compartiríais sandía. Pero esa tarde aquello quedaba lejos todavía porque todo era nuevo y el agua muy azul.

Fotografía: Boys gallery.
Banda sonora: Kylie Minogue.

A head full of dreams

Aquello tan ansiado de golpe está aquí, sobre una alfombra junto a la chimenea apagada. Dos copas de vino, cuatro piernas enredadas, una manta: lo inalcanzable ahora puedes contarlo. Durante dos o tres horas habláis con los ojos cerrados para que nada implique más de la cuenta. Es curioso, antes de entrar te daba miedo incluso decir tu nombre y ahora no dejas de hablar de tus padres, de tu hermano que duerme en la litera de arriba, de lo fácil que es para tus amigos lo que a ti te ha llevado años. Tampoco era tan difícil en el fondo, responde él en voz baja, como diciéndoselo a sí mismo, mientras cambia el lado del vinilo en el tocadiscos. Asientes aunque él no lo vea. Te sientes capaz de repetirlo, lo repetirás, te repites al salir a la calle. Amanece y en el metro nadie sabe quién eres porque ya eres otra persona.

Fotografía: Théo Gosselin.
Banda sonora: Coldplay.

I thought it doesn’t get better than this

Podrías haber estado en cualquier lugar pero estabas ahí. En Londres, en un restaurante que cada noche cambiaba de estilo y clientela. Por primera vez te sentías en casa en ese local camaleónico, entre candelabros y vinilos de palmeras. Empezabas a conocerte a ti mismo. Eso le contaste a tu cita, el hombre experimentado y cosmopolita que te había traído a ti, el jovencito de pueblo lleno de dudas, al centro del mundo. Con una sonrisa dijiste que no te importaría quedarte aquí toda la vida. Después te ofreciste a pagar la cena para no parecer pobre. Por culpa de los nervios olvidaste la tarjeta en la bandeja, pero ya no había marcha atrás: la puerta de salida solo se abría hacia adelante. Él se ofreció a pagarte el taxi de vuelta. No pudiste negarte. Su mano en tu hombro todavía quemaba horas después, a bordo de un avión, de regreso a tu vida de siempre, y fue en aquel momento, sobrevolando la ciudad que abandonabas, el último instante donde te supiste a salvo de todas las decisiones y todos los cambios.

Fotografía: Prospects.
Banda sonora: Florence + The Machine.