Take a sad song and make it better

Te piden que digas una canción bonita y rápidamente piensas en una canción triste. Voz desgarrada, mucho arreglo de cuerda melodramático y letra sobre el desamor. ¿Por qué siempre asociamos canciones bonitas con canciones tristes? Que sí, que I Will Always Love You y Someone Like You son preciosas pero ¿por qué en estos casos no nos acordamos también de canciones sobre días soleados y vidas desbordantes de color?

Creo que nos pasa a todos. Lo he detectado en conversaciones, en foros, en redes sociales; yo intento evitarlo pero aún así me pasa a menudo. ¿Acaso no son bonitas canciones como Downtown o Brimful of Asha? Pues sí. Pero eso de «Bonito = triste» lo tenemos ya muy arraigado. Es como si hubiéramos aceptado como inevitable la belleza de las lágrimas. Parece que, para emocionarnos, las canciones tengan que tratar siempre de amores que terminan, historias que hacen llorar, días de lluvia.

Es por eso mismo que aceptamos como válidas frases dañinas en plan «Quien bien te quiere te hará llorar» o «Para amar hay que sufrir». Y no. Llorar y sufrir no son cosas positivas y no deberíamos relacionarlas con cosas que sí lo son (querer, amar, canciones bonitas). Hay que valorarse más, intentar rodearse de lo bueno, de lo que nos alegra el día a día.

Digo yo que para variar, estaría bien acordarse de vez en cuando de todas esas canciones que nos dan ganas de abrir la capota del coche y levantar los brazos, el pelo al viento, silbar, cantar a gritos, dar palmadas, disfrutar. Que ser feliz y estar vivo también son cosas bonitas.

The Sound of Arrows – Voyage

Dos años y medio esperándolo y, de repente, ya está aquí el debut de The Sound of Arrows. Contiene los 4 singles que ya amábamos y otras 7 canciones que se mantienen fieles a su estilo. Ellos tenían muy claro el concepto del grupo; todos los vídeos, todas las letras, todas las fotografías, todos los sonidos forman un pack coherente. Quizá por eso se han tomado su tiempo hasta dar con ese disco redondo que habrá de definirles.

Voyage es un título certero, tanto por sus evocaciones ochenteras (época de la que beben The Sound of Arrows pero jamás como homenaje sino como característica indiscutible de su sonido) como por su temática. Las 11 canciones nos hablan de viajes a otros mundos, a otras realidades. Son odas a paraísos perdidos. Todas tienen la textura de los mejores sueños y los colores de una puesta de sol eterna.

Pero ojo: se trata de una nostalgia optimista, porque si en el pasado hubo mundos mejores, significa que podemos encontrar otro para nosotros. Ahí radica la magia. Escuchando por la calle cualquiera de las pistas del disco, tienes la sensación de que de un momento a otro alguien te cogerá de la mano y despegaréis hacia esa vida que soñaste.

Oskar Gullstrand y Stefan Storm, con la ayuda de Richard X, han cogido la melancolía bailable de grupos como Pet Shop Boys (influencia innegable en My Shadow), la épica de los paisajes sonoros de Vangelis, los atmósferas más místicas del synthpop; lo han metido todo en su batidora sueca y el resultado viene a ser la perfecta banda sonora de once secuelas de La Historia Interminable.

Difícil destacar una sola canción: no sólo todas son maravillosas, sino que una tras otra forman un conjunto sólido que conviene escuchar de principio a fin. Pero en fin, mencionaré el crescendo de casi 8 minutos de There Is Still Hope, el petardeo elegante de Conquest (y del bonus track Disappear), la voz femenina de Longest Ever Dream, los coros infantiles sobre esas percusiones militares de Ruins of Rome

The Sound of Arrows pueden respirar tranquilos: han superado la prueba con matrícula de honor. Ojalá todas las largas esperas siempre merecieran tanto la pena como ésta. El CD se unirá pronto a mi colección de discos especiales, como los de Hurts y Empire of the Sun. Ya podéis escucharlo entero en Spotify.

Noah & The Whale – Last Night On Earth

What you don’t have now will come back again
You’ve got heart and you go in your own way

A Noah & The Whale ya les tenía echado el ojo después de que su Give a Little Love acompañase una preciosa escena de la serie Cougar Town. La semana pasada me salió la recomendación de su último disco en Spotify y lo escuché y conecté con todas las canciones, porque las cosas siempre llegan cuando las necesitas.

Creo que este disco resume en 30 minutos toda la filosofía que intento compartir en mis entradas de este blog: mirar hacia adelante siempre con una sonrisa, con la seguridad de que los buenos cambios y las buenas cosas están al alcance, sólo hay que querer extender la mano.

Por lo visto, el grupo no tuvo el éxito esperado con su disco anterior, que lidiaba la ruptura del cantante con su novia (ex-miembro del grupo). Para este tercer trabajo, Last Night On Earth, se ponen las pilas y dan lo mejor de sí. Es un disco tranquilo, que no es lo mismo que lento. Intensamente optimista. A ratos folk, a ratos rock, a ratos inclasificable. Las suaves guitarras se mezclan sin reparos con sintetizadores, xilófonos, violines, coros de connotaciones gospel…

Las letras hablan de nuevas oportunidades, de chicos que contemplan la ciudad que dejarán atrás desde la ventana del autobús, hombres que cargan las maletas en el coche, prostitutas que no pierden la sonrisa y escritores que aún no han dado con su Gran Obra pero siguen intentándolo. Porque cuando llegue la última noche quieren estar orgullosos de decir que, como mínimo, vivieron. 10 canciones redondas, homogéneas (gracias a las letras, sobre todo) a pesar de su disparidad sonora. La música de este disco es la compañía ideal. No os lo perdáis.

Well you used to be somebody and now you’re someone else
Took apart his own life, left it on the shelf
Sick of being someone he did not admire
Took apart his old things, set them all on fire

He’s gonna change, gonna change his ways
Gonna change, gonna change his ways

And it feels like his new life can start
And it feels like heaven

I just want to give you the best version of me

¿Mejoramos para nosotros o para los demás? Perfectionist, el notable disco debut de Natalia Kills, funciona especialmente bien porque, después de tantas canciones frívolas enumerando todo lo que le gusta y en todo lo que se gasta su dinero, presumiendo de lo materialista y guapa que es y de cuánto seduce a los hombres con su mediocridad… en la última canción, If I Was God, la chica se quita la máscara y admite que todo era mentira, una imagen prefabricada por temor a no gustar de otra manera.

Es curioso. Nos machamos en el gimnasio y nos embarcamos en toda clase de actividades culturales no tanto para estar sanos o culturalizarnos como para inscribirnos en el resto de la masa. Sentimos que debemos presumir de ser como los demás. O eso nos enseñan. Como esos anuncios de grandes marcas que te instan a ser «diferente» comprando el mismo producto que otros tantos millones de personas.

Al conocer a alguien nuevo tenemos miedos de destacar (¿le cohibiremos, le espantaremos? ¿pensará que somos ridículos?), por eso luchamos por lucir una máscara perfectamente normal. Nos han programado para entender nuestras peculiaridades como defectos y no como todo eso que nos hace únicos. Una nariz prominente, una afición por el cine gore, una preferencia por los colores fluorescentes, una cierta habilidad al tocar el violoncello. Son esas cosas las que nos distinguen y las que nos empeñamos en limar, no vaya a ser que el otro se piense que somos extraterrestres.

Pero, ojo, que también sería peligroso el sabernos tan, tan diferentes al resto que de ninguna manera podemos encajar en nuestro entorno. Despreciar a los demás por no ser como nosotros, ansiar otra ciudad, otra época donde las cosas serían diferentes y donde podríamos ser y mostrarnos tal como somos sin sentirnos culpables. Esta necesidad de ir contracorriente se convertiría en un ahogo, nos empujaría a una huida muy urgente sólo para descubrir, al final del camino, ya estrellados, que no hay lugar posible para tanta rebeldía sin causa, para tantas ganas de ser únicos.

Somos seres sociales y, mal que nos pese, para no enloquecer, necesitamos un poco de esa pátina de mediocridad. A menudo olvidamos que, debajo de tanto disfraz y tanta máscara, los demás también pueden ser únicos a su manera y quizá se camuflan con el resto sólo para sobrevivir, como todos. Como nosotros. Saber amoldarnos en sociedad pero no tener miedo de quitarnos la máscara cuando merezca la pena. Quizá reside ahí la tan ansiada perfección.

I’m scared to disappoint you
All I really got is a
Heartbeat, soul, honest
Heartbeat, soul, honest

It’s a secret me
I never showed nobody, no
That everything I wanted
Isn’t pathological

I wish it was real
I wish I had everything
I dream of while I’m in bed
Don’t let me wake up
The fear of emptiness
Just let me believe it

If I was God, what would I change?
Should we keep on or should we throw me away?

Adele – Someone Like You

«Perfección». Así definiría este videoclip de Someone Like You en una palabra. A menudo se nos olvida que un videoclip debería limitarse a trasladar una canción al lenguaje audiovisual, reforzarla con imágenes que la complementen, sí, pero no que la emperifollen para que parezca mejor de lo que es.

Por mucho vestuario, por mucho maquillaje, por mucho efecto especial que haya en el videoclip, a la hora de la verdad la protagonista  debe seguir siendo siempre la canción, su letra, su sonido: que todos estos elementos queden envueltos por las imágenes y, juntos, marquen a fuego emociones en el cerebro del espectador. Por eso hay videoclips que funcionan y hay videoclips que fallan. Unos recuerdan su función y otros sólo pretenden impactar. Pero los impactos duran dos segundos, se olvidan enseguida.

No debía ser fácil grabar un videoclip para una canción tan emocionante como Someone Like You. Quizá por eso han tardado tanto. Por eso o porque la marcada estética otoñal habría chocado un poco en pleno mayo.

Hay un relato de Terenci Moix que siempre me ha gustado mucho. Se titula «Asesinar con el amor» y en él, el protagonista pasea por una Barcelona vacía mientras recuerda una historia de amor fallida, los errores y las cosas que cambiaría y no podrá cambiar. Los recuerdos se agolpan y el escenario, esa ciudad nocturna  llena de hojas caídas y aceras húmedas, parece aliarse con las emociones del personaje. No deja de ser una escena que todos hemos vivido pero contada con especial maestría.

Desde hace tiempo me imaginaba algo así para Someone Like you. Y en realidad el resultado no se aleja demasiado. Es un videoclip en apariencia sencillo pero cuyas piezas encajan con la perfección de un reloj, empezando por la fotografía granulada y la ciudad elegida (París… amor y desamor).

Primero, el escenario: un paseo bordeado de árboles junto al río Sena. Sopla el viento. Adele camina mientras canta llena de emoción. Parece ensimismada, sus gestos transmiten toda la intensidad de la letra. La cámara se aleja y Adele encoge. Para el estribillo, volvemos a acercarnos a ella y de repente -la magia de la coreografía, mira a cámara en el momento preciso, justo cuando pronuncia esos «never mind» y «someone like you» tan desgarradores. Te sientes casi culpable. Pronto la cámara gira sobre sí misma, recorriendo ese pequeño pedazo de una ciudad que ya nunca más será de los dos. Termina la panorámica de 360º y jurarías que Adele ha desaparecido. Pero no: ha seguido adelante. Así es el sufrimiento: parece que no podrás, que te fallarán las fuerzas, pero casi sin darte cuenta continúas dando pasos hacia adelante.

En este trozo, Adele no canta. Lógico: esta estrofa es retrospectiva absolutamente. Adele contempla un punto muy concreto del canal, evoca recuerdos, momentos que no volverán. Continuamos el paseo y Adele vuelve a cantar. Atentos a su gesto cuando entona: «how bittersweet this would taste». Brillante. El rostro de la chica se diluye sobre un último vistazo a París. Y la escena final: ¿qué decir? Pocas veces se habrán rodado despedidas tan intensas en un videoclip. No hay diálogos pero tampoco hacen falta gracias a esos juegos de perspectivas y espejos y una última panorámica en la que dejamos de comprender dónde está Adele porque ella ya sólo piensa: «Tú te marchas, yo me quedo».

Lo dicho: un vídeo perfecto para una de las mejores canciones del año.