Terenci Moix – Olas sobre una roca desierta

En algún lugar, supongo, tiene que haber algún reino, un mundo, un ser, una cosa, una sola idea que, nada más cogerla, me haga sentir un rey.

¿Crecen los libros con nosotros? ¿Aprenden, evolucionan? Pienso que sí. Durante medio verano y todo el otoño de 1999, devoré todo lo publicado por Terenci Moix, encontrando en él esa compañía, esa comprensión que tanto necesitaba entonces. Pero Olas sobre una roca desierta me dejó absolutamente indiferente. Y ahora, 12 años después (¡se dice pronto!), decido revisitar esta obra casi por instinto y encuentro en ella, a pesar de estar escrita hace ya más de 4 décadas, las mismas reflexiones que yo me hago ahora. Me descubro reflejado. A lo largo de los años, el libro y yo hemos cambiado, caminando de la mano sin saberlo. Y ahora me habla, porque ahora podemos entendernos.

Olas sobre una roca desierta (recomiendo que, si os es posible, leáis el original en catalán) es la historia de un fugitivo. Un chico de 24 años que huye del ahogo de sentir que no pertenece a su ciudad, a su entorno, a su época. No puede aceptar lo que se espera de él. Así que con la herencia de su madre, se compra un coche deportivo y durante año y medio recorre Europa, sin detenerse en ningún lugar más de la cuenta. Emula así a todos sus mitos, jóvenes rebeldes que huyeron en busca de otras posibilidades. Especialmente al héroe típicamente byroniano de Las peregrinaciones de Childe Harold.

La «novela» (si se la puede llamar así) son las cartas que el protagonista, Oliveri, le envía a un amigo de Barcelona. Le describe las ciudades que visita (descripciones logradísimas, por cierto), le habla de los motivos de su huida, sus lecturas, sus paseos solitarios siempre de noche, sus devaneos amorosos… Todas estas confidencias llegan a dar un tono íntimo, casi de diario.

No se puede negar que Oliveri es clasista, elitista, algo intransigente y despótico. Pero hay algo en él, en ese sentir suyo de que no encajará allá donde vaya, que despierta mucha empatía. Reflexiona con dureza sobre una generación y una cultura que son las suyas pero que no siente como tales, critica la adopción de unos nuevos valores que él no puede compartir. Y suena todo extrañamente actual.

Todo Terenci está contenido en este libro: los jóvenes que huyen, los años 60 (también los 40 y 50), las influencias literarias, la mitomanía del cine, los cómics y otras manifestaciones pop, el por qué del acto de crear arte (especialmente literatura), los misterios del amor y el final del mismo, la soledad, el sexo, la fascinación por un cuerpo martirizado, los viajes, todos esos lugares que lo marcaron: Barcelona, París, Londres, Italia entera, incluso Egipto. También están muy presentes los dos grandes temas que vertebran toda su obra: la eterna búsqueda del doble y el paso del Tiempo. Olas sobre una roca desierta es, quizás, detrás de todas las máscaras, uno de sus libros más sinceros: el que explica la transformación de Ramón Moix en Terenci Moix, nada menos.

Soledad de uno solo; no matas a nadie, nadie te mata. Es paz.

Alberto Olmos – Tatami

Cuanto más irrealizable era el deseo, menos dolía.

Mientras esperaba a que me llegase Ejército Enemigo, la nueva novela de Alberto Olmos que tanto me llamó la atención en la última Qué Leer, opté por tener una primera toma de contacto con el autor, y elegí este otro título por sus resonancias japonesas. Me encontré con un estilo ameno, contundente, travieso pero también muy lúcido. Detrás de una historia en apariencia grosera, encontramos ideas interesantes.

A través del diálogo entre un mirón (la palabra voyeur le quedaría grande) y su sufrida compañera de vuelo, Alberto Olmos nos habla del miedo al contacto físico, del pánico a dar pasos decisivos, de la desidia y la soledad a las que parece abocarnos la sociedad con sus contratos basura y sus minipisos en edificios demasiado grandes (con Japón como telón de fondo y paradigma de ese individualismo forzado).

Nos habla sobre todo de los fetichismos, de las muchas formas de entender el sexo. El sexo visto como otra forma de ejercer el poder sobre los demás. Dice el protagonista: «Saber que me desean, que me miran, me excita mucho más, muchísimo más, que mirar yo. (…) Nada se puede comparar a la sensación de dominio, de poder. ‘Tengo lo que tú quieres’: esa es la idea.» Es decir: en Tatami no se utiliza el sexo como una forma simplona de provocación, sino como método de reflexión, un ahondar en las mentes de nuestra época.

Obligándonos durante más de 100 páginas a escuchar una voz tan obscena que a ratos suelta un discurso casi coherente -y aún así radicalmente opuesto a nuestra escala de valores-, el autor nos recuerda que a veces fingimos tener las ideas muy claras para evitar mirarnos al espejo. ¿Por qué pensamos así? ¿Por convicción o por miedo a ser de otra manera? No sé si esta pregunta se resuelve en Tatami, pero sin duda recomiendo esta lectura sorprendente.

En algunas ocasiones, lo único que te puede hacer reaccionar es la inminencia de un final, de un: ya no habrá más oportunidades.

Stephen King – La Cúpula

Hay que prepararse para lo peor y esperar que ocurra lo mejor.

Estaba convencido de que no volvería a leer una gran novela de Stephen King. Dejé a medias novelas como Duma Key o La historia de Lisey, y otros libros como Cell descarrilaban demasiado pronto. Llevaba tiempo queriendo leer La Cúpula, todos me lo recomendaban, pero no quería llevarme otra decepción. Al final, lo leo y me encuentro con el mejor libro del autor en más de 15 años (sin contar el séptimo volumen de La Torre Oscura, saga maravillosa que valoro aparte). Una novela-río a la altura de sus obras más ambiciosas: estoy pensando en Apocalipsis o It.

Lo que me gusta de Stephen King es que pese a estar considerado autor de best-sellers, sus libros pocas veces lo son. Densos, de ritmo lento (crescendo casi imperceptible hasta el estallido final), centrándose mucho en el retrato psicológico de los personajes, huyendo de los sustos fáciles y efectistas, tratando temáticas duras… Puede que no escriba «alta literatura», pero sin duda ofrece entretenimiento de calidad.

En La Cúpula, el autor se mueve como pez en el agua: decenas de personajes (pero tan bien caracterizados que pronto los identificas: no te pierdes), pueblo aislado por una amenaza exterior, rencillas vecinales que van caldeándose… Stephen King utiliza muchos de los ingredientes de sus mejores libros, pero con la sabiduría que le han dado los años: la amenaza es más espectacular y desconcertante, los personajes son humanos (ya no hay buenos muy buenos y malos muy malos, sino personas comportándose como personas… con todo lo bueno y malo que eso conlleva) y sobre todo el mensaje de la novela es poderoso. Ciencia ficción de la que te hace pensar sobre tu presente.

La histeria colectiva por el terrorismo, la compasión y la maldad inherentes en los seres humanos, pero también la arrogancia de creernos superiores en un planeta para el que somos menos que hormigas. Nuestra capacidad de salir adelante. Y sobre todo, La Cúpula es un reflexión sobre el peligro de esos líderes autoritarios  a los que la gente, llevada por el miedo, la codicia, la ignorancia fingida o el egoismo, ensalzan y legitiman… hasta que ya es demasiado tarde.

Lo mejor del libro: las primeras 100 páginas (absolutamente trepidantes) y las últimas 100 páginas (sobrecogedoras). Y en medio de todo eso, más de 900 páginas de tensión tan bien hilvanada que pasarás una página tras otra deseando que no se detenga ese buen «mal rato». De lo mejor que ha salido de la máquina de escribir de Stephen King. En resumen: cierro La Cúpula muy satisfecho de su lectura y espero con ganas la próxima novela del autor, que tratará de viajes en el tiempo y el asesinato de JFK.

Así es como se acaba el mundo, no con una explosión sino con un jadeo.

Vicente Haya – Haiku-dô

A pesar de su sencillez, cada uno de los haikus nos interpela en el fondo de nuestros corazones, a veces cansados, sobreestimulados, distraídos, llenos de nada. «Resuelve mi belleza», parece querer decirnos cada haiku.

El primer acercamiento a los haikus puede dejarte indiferente. Parecen poemas demasiado breves: 3 versos de apenas 13 sílabas (en el texto original, claro: en la traducción es difícil respetar el número de sílabas) que pueden saber a poco, como si no nos hubieran contado nada. Esperamos más, y ese más no llega. Hay decenas de compendios de haikus, pero pocos intentan acercarnos este arte para que no sólo lo comprendamos, también lo sintamos. Haiku-dô es uno de esos libros.

Vicente Haya se propone traducir y explicar setenta haikus especialmente difíciles, ya sea por lo críptico del mensaje, por su métrica, por la ambigüedad temática, por la ausencia de contexto… En sus textos, amenos y didácticos casi sin quererlo, Haya desgrana cada haiku: su significado literal, las posibles interpretaciones y traducciones, justifica la elección de cada palabra, las peculiaridades del pensamiento japonés… y así, nos ayuda a entender porqué los haikus son cómo son. Comprendiéndolos, aprendemos también a saborearlos. A visualizarlos, incluso.

Descubrimos así que en los haikus no cabe el «yo», porque se trata de apreciar el universo que nos rodea, fijarse en un detalle o un gesto, captar un instante. No en vano a los haikus se los describe en el libro como «estética zoom». Explicar lo eterno a través de algo insignificante, efímero. Sorprenderse ante la belleza de las pequeñas cosas; valorarlas por como son, sin artificios, sin esperar de ellas nada más que su propia naturaleza. Ser feliz aquí y ahora porque no podrías existir en otro lugar ni otro momento.

Es un buen ejercicio esto de leer haikus. Y, ¿por qué no?, también componerlos. Para ello, imprescindible este Haiku-dô como libro de iniciación. Sus explicaciones nos ayudarán en el futuro a valorar como merecen cualquier otro haiku con el que choquemos.

Contando una mentira,
atajo por medio del templo…
La Luna con un halo de niebla
Sobre un cazo votivo
que flota en el agua,
la nieve de primavera
Dijo: «Antaño, el mar
llegaba hasta aquí»
y puso más leña en el fuego
De la bandada de los chidori,
uno va perdiendo fuerzas
y el viento lo recoge

Hiromi Kawakami – Algo que brilla como el mar

A veces no basta con que merezca la pena.

Cuando comento un libro suele ser el último que he leído. Con Algo que brilla como el mar recuperé a principios de año el buen hábito de leer diariamente, pero eso fue semanas antes de retomar el blog, así que el libro se quedó sin crítica. Ahora que estoy inmerso en el mastodóntico volumen La Cúpula de Stephen King, aprovecho para comentar la novela con la que descubrí a Hiromi Kawakami.
Algo que brilla como el mar es más que el típico relato de iniciación. Asistimos a unos personajes entrando en la adolescencia, sí, unos niños que crecen y empiezan a preguntarse cosas, pero la prosa de la autora es tan sutil que no está explicándonos una historia con un principio y un final marcado. Hiromi Kawakami prefiere dejar que los personajes fluyan, aprendan, descubran, vivan sin que parezca forzado. El libro es una colección de instantes de infancia cargados de simbolismo.
Creo que es un acierto esta estructura, porque cuando los libros nos hablan de experiencias pasadas, siempre me choca cuando el protagonista puede recordarlo todo cronológicamente. Recordamos sobre todo sensaciones, aunque no podamos ubicarlas exactamente en el tiempo, y de eso está lleno Algo que brilla como el mar. Estos niños se enfadan unos con otros sin saber muy bien el motivo, van al colegio cada mañana, viven los ardores sexuales con curiosidad y un regusto de miedo, respetan las tradiciones familiares, piensan en el futuro, aprenden que los adultos no son perfectos, sueñan con las vacaciones de verano, gozan de la lluvia y del sol…
En fin: el mundo y la naturaleza abriéndose con toda su fuerza ante la mirada de unos niños que juegan a sentir como adultos. Un libro para disfrutar y saborear tranquilamente. Te mantiene pegado a sus páginas porque habla de tu infancia, la infancia de todos, y lo hace con una suavidad y una belleza poco habituales. Y si os quedáis con ganas de más, tenéis El cielo es azul, la tierra blanca, más famosa (pero menos redonda, para mí) .

-¿Por qué estamos vivos? -pregunté de sopetón.
-No lo sé -me respondió él, con simplicidad.
«No lo sé». Las palabras de Hanada resonaron en mi cabeza. No lo sé. No lo sabe nadie. La lluvía volvía a caer con más intensidad.