Francine Prose – Cómo lee un buen escritor

Mientras estudiaba cine, ya hace unos añitos, fui incapaz de disfrutar de las películas como hacía antes. Me pasaba esa hora y media que duraba cada película analizando cómo estaba hecha. En la pantalla ya no veía historias contadas con más o menos arte sino una mera sucesión de planos, contraplanos, secuencias, panorámicas, saltos de ángulo, fallos de raccord,  iluminaciones planas o expresivas, pistas que habían plantado los guionistas en cada escena para adelantar futuros giros de guión, tipos de personajes, la idea original. Me costó tiempo volver a disfrutar las películas sin más, ir al cine o apretar play y dejarme sorprender.

Creo que el arte nos impacta precisamente por la ingenuidad con la que nos acercamos a él. Y estoy convencido de que los conocimientos técnicos lo vuelven opaco. La música, por ejemplo: soy incapaz de saber si un compás es 3/4, 4/4 o 6/8: las canciones me gustan o no me gustan, y las veces que he intentado fijarme en el ritmo, o en el tipo de instrumentos, o incluso las notas, he terminado sin oír realmente la canción, como si la música se diluyera y sólo quedase un pum-pum asincopado. Ruido de fondo. O la pintura: estudié con interés la asignatura de Historia del Arte y sigo comprando bastantes libros, pero a la hora de la verdad, comprendí que hay cuadros que me maravillan y otros que no, al margen de corrientes y técnicas pictóricas.

Pero claro, entiendo que se valora de forma más constructiva una obra de arte si conoces los ingredientes de los que parte cualquier artista, las herramientas que tiene que utilizar, entender que todos parten con igualdad de condiciones. Y es así como puedes ver quien es más diestro y quién más pasional, comprendes los méritos de ciertas obras teniendo en cuenta su época o su técnica. Este paso, estudiar y (re)conocer, es especialmente importante para quienes, además de disfrutadores de arte, aspiran también a ser creadores: ¿cómo podrías crear una película, una pieza de música, un cuadro o un libro si no conoces las urdimbres que los hacen posibles?

Y esa es la misión que se propone Francine Prose en su libro (cuyo título original, por cierto, es más acorde al contenido: «Leer como un escritor. Una guía para gente que ama los libros y para aquellos que quieren escribir»). Leer de otra manera. Fijándote en el orden de las palabras, su selección (¿por qué ese sustantivo y no otro, por qué precisamente ese adjetivo?), la construcción de frases, párrafos y escenas enteras, la importancia de lo que no se dice, las descripciones, los gestos, los diálogos. Te invita a pasearte por el backstage de los libros, y quizá es eso lo que haya que hacer con todo arte. Pasearse, no acampar en el camerino.

Lástima que luego la selección de autores y obras de referencia se centre tanto en la literatura norteamericana del siglo XX, hablando de obras que aquí ni siquiera se han traducido, en vez de clásicos más universales. Habría venido bien una adaptación del libro para su exportación. Pero la idea es buena, y aún mejor es el deseo final de Francine Prose. Que entiendas que todo está escrito, pero nadie lo ha escrito como tú. Y quizá entendiendo porqué todos esos autores escriben de forma única, podrás encontrar tu propia voz.

En los libros, fijarme en cómo están escritos para mí siempre ha sido algo natural, y no me ha impedido disfrutarlos. No me pasa como con el resto de artes. Al revés, destripándolos es como los disfruto más. Releo cada frase perfecta hasta entender por qué me lo parece. Decido qué diálogos me gustan y qué características comparten. El dominio de los tiempos. El barroquismo pop de Terenci Moix y las frases-bisturí de Chuck Palahniuk. Las descripciones más inmersivas y las que sólo están de florero. Las metáforas.

Destriparlos, sí. Hasta la última página. Lo hacía ya de pequeño, con los libros tipo «Elige tu propia aventura», que los releía y hacía diagramas hasta comprender su estructura y distribución, sus trucos, las trampas del autor para que intuyeras atajos donde sólo habría abismos y pozos que te llevaban de vuelta a la primera página. Buceo en los libros. Siempre he leído así, supongo que es la única forma en la que sé leer. No sé, es curioso esto de los libros.

Leyendo a Chéjov no es que me sintiera feliz, exactamente, pero sí tan cerca de la felicidad como sabía que podría estar. Y se me ocurrió pensar que en eso radicaba el placer y el misterio de la lectura, así como la respuesta a quienes dicen que los libros desaparecerán. Por ahora, los libros son todavía la mejor manera de llevar con nosotros el gran arte y su consuelo en un autobús.

James Sallis – Drive

No suele pasar que un libro te ayude a apreciar la película inspirada en él. «El libro siempre es mejor», dice el tópico, y es verdad. A veces, se da el caso de buenas películas basadas en grandes libros: unas porque consiguen trasladar parte del corazón de la novela a la pantalla (Nunca me abandones), otras porque proponen una interesante relectura del material original (pienso en «Drácula» de Francis Ford Coppola, donde el vampiro es menos villano que nunca y la historia gira alrededor de un amor inmortal). Pero por buenas que sean, el libro juega con la ventaja de poder profundizar en los personajes y las situaciones, ganarse al lector durante todas esas horas compartidas.

Total, que había visto hace unas semanas Drive. Salí del cine un poco confuso. No es que no me hubiera gustado, pero sí me había parecido todo un poco batiburrillo, como queriendo tocar muchos palos y no destacando en ninguno. Algo así como Isabel Coixet dirigiendo un guión de Tarantino (también me habría valido Sofia Coppola). Pero sí, Ryan Gosling es carismático y la música está muy bien elegida (aunque no siempre tan bien colocada). Es decir: pasé un buen rato, pero no tan bueno como parece que dicen todos los demás. Y ahí la tenía pendiente de revisión, a ver si la segunda vez la disfrutaba más, hasta que pensé que quizá sería mejor (más productivo) ponerme con la novela. Al fin y al cabo, el libro siempre es mejor, ¿no?

En este caso, sí y no. La prosa escueta de James Sallis convierte en un recital de poesía la vida de los delincuentes de poca monta, los ajustes de cuentas se transforman bajo su máquina de escribir -casi puedes oír el golpe de cada tecla- en emociones a flor de piel. Frases lapidarias que tejen un precioso tapiz de vidas echadas a perder y los supervivientes que quedan tras la batalla del día a día. Flashbacks, flashforwards, elipsis, algún que otro coche, no demasiada sangre, y su buena dosis de alcohol y fastfood. Es disfrutando la novela que me dije: pues oye, han hecho una película estupenda.

El material del que partían ya era bueno, pero menudo trabajo han hecho recomponiendo el puzzle, escarbando en todas las posibilidades que ofrecía la historia (para que os hagáis una idea: en la novela, el personaje de Irina sale en dos capítulos, y ninguno dura más de 6 páginas), convirtiendo algunas reflexiones en secuencias adrenalínicas y ciertas descripciones en un homenaje al cine negro setentero y ochentero. La novela de Sallis es oscura como un callejón donde te van a matar pero entonces llegan el guionista Hossein Amini y el director Nicolas Winding Refn y encienden las luces de neón de los ochenta, aprietan el botón play de su boombox y -Ryan Gosling mediante- erotizan hasta la médula a Driver, un eterno solitario. En su paso a la pantalla, la ciudad se vuelve sexo y cada latido, un videoclip. Suena A Real Hero. Pisas el acelerador.

Gabriele Picco – Lo que te cae de los ojos

«El Universo no piensa, sucede.»

Un libro curioso éste. Y no sólo por su título o su (fantástica) portada con esa escultura donde las lágrimas se convierten en peceras. Curioso porque me ha gustado y no me ha gustado al mismo tiempo. ¿Es eso posible? Sólo sé que en el cuaderno donde voy registrando mis lecturas, con fechas, citas y valoraciones, todavía no sé si puntuarlo con una estrella o con cuatro. Puntuaciones al margen, recomiendo leerlo.

Alguien incapaz de llorar, un italiano en Nueva York que se dedica a fotografiar las lágrimas de los demás porque en ellas ve mundos enteros, en ellas puede leer el pasado y parte del futuro de esa persona. Y una japonesa que ha perdido su cuaderno de dibujos mágicos y que envía cartas a Dios pero siempre las recibe de vuelta por culpa del «Destinatario desconocido». Ellos dos son los protagonistas de la historia, pero la galería de secundarios es igualmente peculiar: dos vecinos enamorados que se odian, un director de cine hippie que siempre va con una cámara en la cabeza para grabarlo todo, etc. Los ingredientes para una gran novela están ahí pero…

…Pero, aunque el estilo evoca al de Mathias Malzieu, fábulas urbanas donde los edificios se derriten como la nata, Picco nunca iguala el talento excepcional del francés; en Lo que te cae de los ojos, lo que debería ser magia a menudo se queda en metáforas confusas. …Pero, aunque la lectura es trepidante ya que la mayoría de capítulos no superan las 4 páginas, ese ritmo frenético llega a aturdirte en una novela con tantos personajes y tantos cambios de punto de vista. No es extraño, pues, que los mejores pasajes del libro lleguen cuando Picco echa el freno y se detiene a observar, a compartir contigo la magia de lo que sucede alrededor. Maravillosa descripción de dos personajes hablando, vistos desde la ventana, por ejemplo. O un pájaro observando lo que sucede en la playa. Es ahí donde la novela funciona, se despliega ante nosotros en todo su esplendor, como un libro pop-up.

Los dibujos (en la novela son del cuaderno de Kazuko, pero dibujados en realidad por el propio autor) adornan el libro con acierto, como esta ciudad sobre una hoja. Son esos dibujos, y un par de capítulos hacia el final del libro, los que mejor transmiten lo que quería contarte Picco, y por eso recomiendo tanto su lectura. La realidad es la que tus ojos deciden ver. Tienes la opción de conformarte con algo gris, apenas cuatro líneas asépticas en la página de sucesos de algún periódico, o puedes ver mundos en las lágrimas, volar con una gaviota herida, tocar cajas amarillas, dibujar mujeres gigantes en la arena, construir peces con las manecillas de un reloj y buscar incansablemente la cola de un sueño. Puedes. ¿Quieres?

Sí, ya todo está escrito, está ahí, en los periódicos que salen todas las mañanas de todos los días de todos estos malditos años que son nuestra vida. El tiempo. Las letras. Las palabras. Ahí está, tirada en el suelo. La primera página del New York Times. Ese mundo rectangular que huele a tinta y que lo contiene todo. Basta con saber mirarlo. Y borrar lo superfluo. Lo superfluo del todo: lo que nuestra vida no es.

You can judge a book by its cover almost always

Siempre pienso que si me toca la lotería, aparte de comprarme un estudio para mí y viajar a menudo, abriré algún negocio propio, algo arriesgado pero que me encante, que no importe tanto la viabilidad económica como el placer de tener justo la tienda que quiero. Y eso que ahora estoy encantado con mi librería dedicada a Japón, pero lo de este sueño sería algo más radical. Supongo que sería también una librería. Quizá una que sólo vendiera obras de Oscar Wilde, en todo tipo de ediciones y en varios idiomas. O una mezcla de todas las cosas que me gustan: libros, cine, música, videojuegos. Ya veríamos. El caso es que sueñas, y un buen día descubres que hay gente que no ha esperado a que les toque la lotería para abrir librerías de las que a ti te gustan: diferentes. En estos dos casos, muy diferentes. Y parece que les funciona.

Primero descubrí la existencia de Ed’s Martian Book, ubicada en Nueva York. La abrió Andrew Kessler para vender un único libro: el suyo, Verano Marciano, en el que explica su experiencia laboral en la NASA durante la misión Phoenix-Mars. La librería tiene un espacio dedicado a una exposición de la misión espacial con fotografías, gráficos y mapas, y aparte se puede comprar el libro, claro. La NASA no es un tema que me interese espacialmente, pero admiro absolutamente el valor del chico, que apuesta a ese nivel por su propia obra. Procuraré hacerle una visita cuando vuelva a Nueva York para darle la enhorabuena. Hay que confiar en ti mismo y en tu talento, sin duda.

Y aún me fascinó más la historia de una librería de Tokyo, Dokusho No Susume (Recomendación Lectora). En 1995 Katsuyoshi Shimizu apostó por abrir una tienda en la que sólo vende libros que se ha leído, para así poder recomendarlos personalmente a sus clientes. Habla con cada uno de ellos, se interesa por su estado de ánimo, sus gustos, y en base a eso elige un libro: el libro que considera que esa persona debería leer ahora mismo. Salir de una librería con un libro que no sabías que querías, que de hecho ni siquiera conocías, pero que te estaba esperando a ti para que lo leyeras. Y el librero, Shimizu, ha servido de enlace: puente entre el buen libro y su lector ideal. Una idea fascinante.

Dice Shimizu que abrió su librería después de años de ver cómo a menudo las distribuidoras no le servían ciertos títulos superventas: se los llevaban todos las grandes cadenas. Sé lo que es eso. Que la distribuidora te diga que no les quedan existencias del libro que todo el mundo quiere ahora mismo, y luego encontrarte cientos y cientos de ejemplares apilados en la FNAC o la Casa del Libro. Te preguntas si esas tiendas habrían notado la ausencia de 10 ejemplares que a ti te habrían ayudado a cuadrar cuentas. Shimizu cortó por lo sano: fuera novedades, fuera libros que el mes que viene ya nadie recordará. Se limitó a vender los libros que él recomendaría. Ni más ni menos.

La atención personalizada llevada a sus últimas consecuencias. Cómo disfrutaba yo descubriéndoles libros a mis clientes, a base de hablar con ellos y de sus compras a lo largo del tiempo, adelantarme a sus gustos, atreverme a recomendarles algo que me había fascinado, y que luego volvieran a darme las gracias. Era una sensación mágica, entiendo tantísimo a Shimizu y le admiro por su valentía. A modo de guinda final, la decoración de su librería son caligrafías con mensajes que invitan a los clientes a mirar la vida de forma más optimista. Visita obligada cuando regrese a Japón, junto al barrio Kanda, el de los libreros, que se me pasó la primera vez. Parece que Dokusho no Susume ya lleva 17 años en activo, le deseo muchos más de éxito.

Me fascinan ambas historias porque demuestra que hay gente valiente y que las buenas ideas pueden funcionar. Sirven de inspiración. Cuando uno va de viaje y se atreve a callejear, es fantástico descubrir todos esos rinconcitos especiales que a alguien se le ocurrió abrir. Curioseas entre todos los artículos que ofrecen, sorprendiéndote a cada estantería, y siempre compras algo, por pequeñito que sea. Un talismán que te recuerde a ese lugar. Sí, creo que es lo que más me gusta de los viajes, descubrir tiendas únicas. Y a vosotros, ¿qué tipo de negocio os gustaría abrir algún día?

Víctor Balcells Matas – Yo mataré monstruos por ti

«Y me besabas en todos los sitios menos en la boca,
porque no sabíamos que las bocas servían para besar.»

Quise comprarlo el viernes, y allí estaba. Encima del mostrador de la primera librería en la que entré. Descubrí la existencia de «Yo mataré monstruos por ti» en la reseña que le dedicó el blog Deborahlibros, recuerdo que sentí ese «Tengo que leer este libro y no otro» revoloteando en el estómago, sensación que precede siempre a los buenos libros. Después corroboré esas vibraciones al flipar con el relato «Pizarnik», transcrito aquí. Pasaron los meses y al final el libro apareció cuando tenía que aparecer. El viernes, ya lo he dicho. Día 13. Claro.

Tenía pensada la crítica perfecta mientras lo leía este fin de semana. Pensaba: diré que en el amor somos como esta portada, que nos creemos todopoderosos, capaces de matar monstruos con nuestros bíceps transparentes. Diré que el libro habla de un primer amor, luego llega el cuarto, como Pastora en Un pedazo de tierra. Porque el título está extraído de una canción de Love of Lesbian pero yo pensaba en Pastora. Archivo de palabras tristes, Desolado, No entiendo el mapa. Y es que estaba maravillado ante el arte -a veces poético, a veces sucio, pero siempre arte- que desborda de cada página de este libro. Diré tantas cosas. Hablaré de ese desfile de amores corruptos, luminosos, divertidos, trágicos, monstruosos.

Y entonces llega el último relato, el que comparte título con el libro, y Víctor Balcells Matas te desmonta una vez más. La definitiva. Como estás en público, intentas no llorar. Así que era eso. ¿Y ahora qué puedes decir? ¿Qué coño escribes? Pues por ejemplo, que cada página de «Yo mataré monstruos por ti» está llena de poemas disfrazados de relato. Que hay puñetazos agazapados tras cada palabra, tras cada frase. Son palabras seleccionadas a traición, que eso también es un talento, puede que el mejor: impactar al lector. Impactarlo a puñetazos hablándole del enamoramiento y las despedidas, los juegos, la muerte, la ausencia, el vértigo, la sorpresa, el vacío, los celos, el sexo basto y la compañía.

En fin: que disfrutas de un golpe tras otro, hasta que llegas al final, veintiseis relatos después, y el libro te da un último mordisco, ñam, y ya no sabes si Víctor ha estado matando monstruos o te ha matado a ti, con ese bracito heroico de la portada, todo ufano él pues ha conseguido que compres y leas esta maravilla suya, pero el caso es que cierras el libro cubierto de moratones, algunos metáforicos, y te sientes más vivo que nunca, así que sonríes y das las gracias porque alguien ha vuelto a contar las pequeñas cosas como nadie, y es por eso, por todas las cosas, historias, personas y derrotas que habitan a lo largo y ancho de estas 141 páginas punzantes, que la vida merece la pena. Yo también quiero escribir un libro cuadrado.

¿Dónde estás?, gritó él. Ella contestó desde el otro lado. Nadó hacia allí y la encontró en medio, flotando, su cabeza era como una pelota apoyada sobre el césped. Se va a hacer de noche, dijo él. No me digas, dijo ella. No se dijeron nada más. El barco flotaba junto a ellos. Sólo pensaron, flotando boca arriba, con los brazos extendidos. Él piensa: Cuántas estrellas veremos esta noche, pero no sé si llegaremos a mañana. Ella pensaba lo mismo. Morir descifrando las constelaciones. Estar junto a alguien que piensa lo mismo y no saberlo. No volvieron a tocarse. Sólo cuando ella empezó a desfallecer y a ahogarse él se giró y la miró, ya sin fuerzas para socorrerla, la mira y piensa: Tú te vas primero, como cuando nos queríamos en secreto y salías del baño la primera, ajustándote las faldas, prometiéndome que nos encontraríamos al otro lado. Pero esta vez no me has prometido nada.
(Relato «Nostalgia de lo duro»)